—Basta de Charla, es hora de irnos—la autoritaria vos de su ahora esposo, la hizo temblar, era evidente que dentro de unas hora estaría sometida a todos los caprichos del flamante pelinegro.

Seiya la tomo en brazos y bajo con ella las escaleras, su padre amablemente se ofreció a bajar las cosas de su preciosa hija junto con uno de los encargados de servicio de la casa.

La despedida casi abrumo totalmente a Seiya, el escándalo provocado por Ikuko, lo desesperaba, Serena tenía ya 25 años y ella seguía tratándola como una bebe.

Por fin arranco la camioneta con una enorme sonrisa en los labios, por fin se alejaba de todos para compartir solamente con la belleza rubia que tenia ahora por esposa.

Llegaron al motel cerca del aeropuerto Seiya se registró. Cuando el botones colocó el equipaje en el carrito, Seiya vio las cinco maletas repletas.

—Te dije que prepararas una o dos maletas, no que trajeras todo lo tuyo —gruñó y siguió al botones hacia el ascensor.

—No es ni la mitad de lo que tengo. ¡Tuve que meter la ropa suficiente hasta que la diligencia de llegue a tu rancho, y eso podría tardar meses.

—Bombon, el rancho está en Texas, no en El Infierno. Nos entregan el correo todos los días y no por medio de caballos —habló con exasperación.

Serena se alegró de haber logrado que él perdiera el control. Deseaba que Seiya se sintiera tan desconcertado como ella en su presencia. No era justo que él se mantuviera calmado y ella perdiera todo el control .

Su euforia se desvaneció en el instante en que entraron en la sala de la enorme suite. Seiya le dio una generosa propina al botones y éste salió dejándolos solos.

Serena contuvo el aliento y cerró los puños. Aquel era el momento. Había soportado el día, pero sin aceptar totalmente el hecho de que aquella noche terminaría en una alcoba con Seiya Kou. Ni por un momento dejó de pensar, en el fondo de su mente, que era seguro que podría escapar. Ya no era posible.

Permaneció muy quieta, con los ojos bien abiertos y la boca reseca mientras Seiya inspeccionaba la suite.

—Esta es la suite presidencial —comentó al ver la canasta con fruta y la botella de champán—. La preferí porque los decoradores a veces enloquecen cuando se trata de la suite nupcial. Camas redondas que vibran, mantas de cuero, espejos en el techo... Creo que a ninguno de los dos nos habría gustado eso.

Serena pensó que se habría desmayado si hubiera entrado en una alcoba con cama redonda, mantas de cuero y espejos en el techo. Ya así se sentía peligrosamente mareada.

Se desplomó sobre una silla forrada de sedoso algodón y como un ratón que recela del gato que lo persigue, observó los movimientos de Su guapo esposo.

De pronto su estómago gruñó. Serena cerró los párpados y gimió para sus adentros. Sólo eso le faltaba. Además de sentirse débil y llorosa de angustia, estaba muerta de hambre. No había ingerido bocado en todo el día.

Al presentir que Seiya se acercaba a ella abrió los párpados. Estaba frente a su silla y la observaba con detenimiento.

—¿Te sientes bien? —preguntó quedo.

Si Seiya le hubiera dicho algo mordaz ella habría tenido las fuerzas para luchar, pero él había hablado sin sarcasmos y su expresión no era provocadora ni divertida. Estaba sereno y preocupado.

Serena negó con un movimiento de cabeza, temiendo que si hablaba, lloraría.

Seiya se acuclilló frente a ella y le tomó las manos.

—Tus manos están heladas —le desenroscó los dedos y los entrelazó con los suyos. Se puso de pie y, despacio pero de manera inexorable, la puso de pie frente a él.

—¡No lo hagas! —Serena contuvo el aliento presa del pánico—. ¡No puedo hacerlo, me es imposible!

Seiya se llevó la mano derecha de Serena hasta su boca y le besó la punta de cada dedo.

—Iba a sugerirte que pidiéramos la cena —explicó—. Me di cuenta de que no aceptaste ningún canapé reseco y evitaste las demás sobras que, por cierto, eran muy caras. Yo hice lo mismo.

—Cross Moon, no sirve sobras —refutó Serena—. Su pastel de ternera es legendario, pero tienes razón en cuanto a sus precios, son caros. Espera a que te llegue la cuenta.

—Estoy impaciente por recibirla —respondió con un dejo de tristeza. —Te conmocionará la cena —agregó complacida, disfrutando aquella pequeña venganza.

—Supongo que debería comentar con galantería que el dinero no es problema cuando se trata del día de mi boda.

El tono de Seiya era tan cómico que Serena casi sonrió a pesar suyo. Casi, porque optó por mirarlo con serenidad.

Sin soltarle una mano, Seiya la condujo a un pequeño escritorio donde habían colocado una carta, cerca del teléfono.

—Dime qué deseas que te traigan y pediré que lo suban. Serena ignoró la carta y con nerviosismo volvió a mirar a su alrededor. Sería demasiado íntimo cenar a solas con el .

—¿Por qué no salimos a cenar? —preguntó esperando reflejar un encanto espontáneo. Incluso logró sonreír con vivacidad—. Deseabas ir a un restaurante y conozco los mejores de por aquí. Dime qué clase de comida deseas y...

—Cenaremos aquí —declaró Seiya y levantó el auricular—. Pediré un filete para mí, ¿pido lo mismo para ti o me dices qué prefieres?

—Quiero salir de aquí, quiero irme a casa.

—Te he preguntado qué quieres de lo que ofrece la carta —explicó con paciencia.

La premeditada torpeza de Seiya la enfureció. Hirviendo de rabia le quitó el auricular de la mano y, con fuerza, lo colocó sobre el aparato.

—¿Eso significa que prefieres pedir la cena... después? —preguntó en un tono suave.

Demasiado tarde, Serena comprendió la consecuencia de su exabrupto. Seiya le había dado la oportunidad ideal de ganar tiempo al sugerirle pedir la cena y ella la había desaprovechado.

—No, eh, yo... —se aclaró la garganta—. Necesito más tiempo para estudiar la carta —improvisó, Levantó la carta y fingió leerla mientras se alejaba un poco de Seiya.

—¿Me tienes miedo a mí o al sexo en general? —preguntó quedo.

—¡No tengo miedo! —refutó al instante. ¡No podía revelar su miedo, al menos no a Seiya—. Pero el acto sexual no me emociona. No es algo personal contra ti —agregó. No deseaba enfadarlo ni retarlo—. No lo deseo ni me agrada, con nadie.

—¿Qué te hizo llegar a esa conclusión?

Ella miró fijo a Seiya para detectar señales de burla, pero su expresión era totalmente enigmática. Tragó saliva.

—Lo intenté una vez y eso me bastó.

—¿Una vez?

—Sí, hace diez años y no me quedaron ganas de repetirlo... —calló porque las mejillas se le encendían.

—Realmente estás reprimida —comentó sorprendido—. Ni siquiera puedes decir la palabra —movió la cabeza—. Permíteme que me asegure de haber comprendido bien... ¿Después de una experiencia en tu adolescencia decidiste que congelarías tu sexualidad? ¿Qué has hecho durante los últimos diez años?

La incredulidad abierta de Seiya la hizo sentirse como un caso raro.

—He intentado advertirte que yo no... soy buena en la cama, pero te has negado a escucharme —se defendió con el ceño fruncido. De pronto se le ocurrió algo. Quizá sí tenía manera de escapar—. Es cierto que soy un témpano de hielo. Estar casado conmigo será como estar varado de por vida en el Círculo Ártico. Tienes justificación para pedir una anulación y yo cooperaré para facilitártelo.

—No sigas, pequeña — suspiró—. No habrá anulación. Y la castidad que te has impuesto terminará esta noche —le moldeó la barbilla con una mano y con el otro brazo la acercó a su cuerpo—. Aquí estoy para liberarte.

La confesión lo pillo desprevenido, la beso de una forma suave y seductora, hasta que la rubia se deshizo en sus brazos.

Serena ardía, la intensidad de la mirada de Seiya parecía una llama. Le intrigó y la emocionó comprender que él la conocería íntimamente. No sabía cómo era posible sentirse tan débil y lánguida al mismo tiempo que vibrante y llena de vida.

—Dilo, Serena , dime que me deseas —fue una orden y de inmediato se rebeló. El estaba encima de ella y la observaba con los párpados entrecerrados.

—No —¿contra quién luchaba, contra ella o contra él?, le preguntó una vocecita. Ya no le guardaba ningún secreto a Seiya Kou. La había visto, tocado... y lo sabía. Sabía muy bien cuan excitada estaba y cuánto lo deseaba. Pero, maldición, no se lo confesaría. No era posible que se saliera con la suya en todo—. No —repitió testaruda. Inesperadamente, Seiya rió.

—¡Qué exagerada eres, bombón! Tu cuerpo ya se ha rendido y los dos lo sabemos. Estás ardiendo y húmeda, lista para mí. ¿Por qué no lo aceptas? —hablaba de forma seductora—. Di que me deseas.

Serena pensó que la voz de Seiya era la de la serpiente que le sugirió a Eva que le diera un bocado a la roja manzana. Cerró los ojos. —¡Nunca lo diré!

—Lo harás—declaró con su confianza usual, ¿o era decisión? En él las dos cosas parecían ser la misma.

Y cuando Seiya le tocó la suavidad entre los muslos, ella arqueó el cuerpo de manera espasmódica, por lo que Seiya sonrió satisfecho. Serena lo deseaba intensamente, aunque no quisiera aceptarlo... todavía.

Siguió acariciándola íntimamente. En su interior emergieron olas cálidas de placer. Ella se aferró a sus hombros e incrustó las uñas en su carne. Gimió y movió la cabeza porque se consumía en una necesidad que nunca había experimentado. Tenía los párpados cerrados, los labios entreabiertos y respiraba con dificultad.

Parecía que su mente se desvanecía cediendo a las intolerables y maravillosas sensaciones que palpitaban en todo su cuerpo. Se estremeció y se perló de sudor.

—Me deseas, Bomboncito, y tu lo sabes.

La voz de Seiya giró en la aterciopelada bruma que la envolvía. De nuevo le daba una orden, pero ya no pudo rebelarse. En vez de eso deseó entregarse y agradarlo. Esa pasión, esa dependencia, la tierna necesidad de ceder fueron nuevas para ella. Finalmente cedió. —Sí —murmuró aferrada a él—. Te deseo.

Estaba totalmente descontrolada y era tan emocionante como si hubiera salido de una prisión. Su cuerpo se puso tenso cuando sintió que un haz de chispas explotaba dentro de ella. Los gemidos se convirtieron en gritos de éxtasis cuando unas convulsiones la sacudieron.

El rostro de Serena se humedeció con lágrimas de alivio, yacía insensible de alegría. No deseaba más que seguir acostada sola y en silencio para saborear el lánguido calor que la llenaba. La voz de Kane, que provino de algún sitio sobre ella, fue una intromisión en su agradable estado de soledad erótica:

—Abre los ojos, bombón.

Ella obedeció, pero a regañadientes.

—Tu siesta tendrá que esperar. Aún no hemos terminado.

—Tengo miedo —murmuró, pero permaneció quieta.

—Lo sé, pequeña —Seiya aceptó su temor, pero no la dejó alejarse para que se tranquilizara. Era el momento inevitable de la posesión y un extraño alivio surgió dentro de Serena cuando lo admitió.

El la poseyó con facilidad. Ella se había arqueado hacia arriba, pensando que le dolería, pero no fue así. Sintió que él la llenaba con su fuerza y su masculino poder y que su propio cuerpo lo acomodaba.

Seiya se movió dentro de ella, al principio despacio mientras ella se ajustaba y lo aceptaba, después con más rapidez y profundidad; con su cuerpo ella seguía el ritmo. Una y otra vez. Cada ocasión que él se alejaba un poco, ella se sentía vacía porque comprendía que sólo aquella dureza masculina la satisfacía. De nuevo sintió que se llenaba de una tensión exquisita y un placer increíble la sacudió.

Se aferró a Seiya y pronunció su nombre. No sabía qué le sucedía, cómo, ni por qué, sólo era consciente de que lo deseaba dentro de ella, una y otra vez, más a fondo y más de él, todo él.

La pasión salvaje la dominó, explotó en olas calientes y rítmicas que llevaron a ambos a un tumultuoso mar de éxtasis. Y cuando los estremecimientos del clímax se desvanecieron, Seiya, muy satisfecho, se desplomó encima de ella. Serena en ningún dejó de abrazarlo. Se sentía débil y repleta, muy atontada e incapaz de hacer nada.

Cuando Seiya finalmente se separó para acostarse de espaldas, Serena tuvo que obligarse a ahogar un grito de protesta. Se conmocionó al comprender lo mucho que lo deseaba dentro de ella.

La sensación de placer comenzó a desvanecerse y los primeros síntomas de la realidad se instalaron. Serena se obligó a abrir los ojos y al verse desnuda, encendida y húmeda sobre la cama, tras haber consumado el matrimonio, se sintió licenciosa. Su mente se llenó de sensuales evocaciones.

Se sentó con el rostro encendido. Seiya se volvió hacia su lado sin dejar de observarla. Ella tuvo que obligarse a no mirar aquel cuerpo esbelto y firme.

Seiya le deslizó un dedo sobre la línea recta y sensible de la columna y Serena se estremeció.

—Lo repetimos? – dijo regalándole una sexi sonrisa…