El ángel caído
Lo primero que hizo cuando se le pasó las ganas de vomitar fue llamar al gremio.
-Necesito hablar con Inoue –le dijo a la recepcionista.
-Lo siento. La directora se ha marchado ya.
Rukia colgó y volvió a descolgar para marcar el número de la casa de Inoue. Esta descolgó cuando apenas sonó una vez.
-Bueno, ¿cómo iba a saber que tendría noticias tuyas hoy?
-Inoue, por favor, dime que estoy teniendo una alucinación y que tú no me has asignado un trabajo para un arcángel.
-Esto… bueno… -Inoue Orihime, directora del Gremio en Estados Unidos y mujer de armas tomar, ahora estaba mas nerviosa que una adolescente-. Mierda, Ruki, no podía decir que no.
-¿Qué podía haberte hecho? ¿Matarte?
-Lo más probable –murmuró-. Su lacayo vampiro me dejó bien claro que él te quería a ti. Y ese tío no esta acostumbrado a que le digan no.
-¿Intentaste al menos decirle no?
-Soy tu mejor amiga. Concédeme chance.
Tras sentarse en el sofá, Rukia contempló la torre.
-¿De que va el trabajo?
-No lo sé. –Canturreó Inoue-. No te preocupes: no pienso gastar mi aliento intentando tranquilizarte. El bebé se ha despertado. ¿Verdad que si chiquitina?
-¿Dónde está tu amado? Pensé que a Uryu le gustaba encargarse de las cosas del bebé.
-Y así es.-
Han pasado los años y Rukia se daba cuenta que todos sus amigos habían pasado a la siguiente etapa de la vida y que ella se había quedado en el limbo: una cazadora de vampiros de veintiocho años sin ataduras, sin compromiso. Inoue colgó el arco y las flechas, y había ocupado un despacho. Su marido, un rastreador letal, ahora se dedicaba a la fabricación de armas para cazadores. Hasta Renji llevaba dos meses con la misma compañera de cama.
-Oye, Ruki, ¿piensas dormir algo?¿No quieres soñar con tu arcángel?
-Seguro que tendría pesadillas –murmuró cuando vio desde su ventana a un angel extendiendo las alas para aterrizar en la torre. –Inoue, ¿el vampiro te dio alguna pista del por qué ese arcángel me quería a mí?
-Claro. Dijo que Ichigo quería lo mejor.
-Soy la mejor –murmuraba Rukia al día siguiente, cuando salió del taxi frente a la gran torre-. Soy la mejor.
Una vez pago al taxista este le dijo:
-¡Gracias! ¿Qué, hoy tiene una buena caza por delante?
-No, pero tengo altas probabilidades de enfrentarme a una muerte horrible en las próximas horas. Tengo que hacer algo bueno si quiero acabar en el paraíso.
El taxista lo encontró gracioso y se marcho riendo a carcajada, dejando a Rukia delante d la enorme torre blanca. Se iba adentrando en la torre mientras observaba en las sombras unas personas con traje negro y camisa blanca, gafas oscuras y unos discretos audífonos pareciendo agentes secretos, pero Rukia sabía que no eran agentes secretos y que no eran humanos, eran vampiros muy muy viejos, inteligentes y peligrosos ya que cuidaban la torre.
Cuando llegó a la entrada, el vampiro de guardia le abrió la puerta con una inclinación de cabeza.
-Vaya todo recto, hacia el mostrador de la recepción.
Rukia parpadeó perpleja y dijo:
-¿No quiere comprobar mi identificación?
-La esperábamos.
Rukia entró a la estancia haciendo sonar sus zapatos de tacón contra el mármol mientras alcanzaba la recepción donde la esperaba una vampira muy muy muy antigua con cara de una treintañera .
-Señora Kuchiki, soy Shuani. – Se levantó y salió del mostrador para saludarla.- Es todo un placer conocerla.
Rukia estrechó la mano d la mujer y sintió una esencia a sangre fresca, casi le pregunta que había comido para desayunar pero se contuvo.
-Gracias.
Shuani guió a Rukia a la puerta del ascensor y comentó:
-Este elevador la llevará hasta la azotea.
Rukia frenó de golpe.
-¿La azotea?
-La reunión tendrá lugar ahí.
Rukia sorprendida entro al mecanismo y comenzó a subir, miraba los números que iban cambiando a un ritmo sobrecogedor en la pantalla LCD, hasta que le quitó la vista cuando iba por el piso setenta y cinco y se dedicó a mirarse por el espejo y pensar que la azotea no tenía barandillas que pudieran evitar una caída accidental y que estaba claro que el arcángel no creía necesario que sus invitados estuvieran cómodos.
Al llegar vio una mesa con cruasanes, café y zumo de naranja, pero no vio a Ichigo. Rukia puso su mano en el picaporte y la abrió para salir al exterior, el suelo era rugoso, había un viento suave pero que a esa altura podía volverse violento sin aviso alguno y sus tacones eran muy inestables.
Se acercó a la mesa para dejar el bolso y acercarse al borde… y miró hacia abajo. Era increíble la visión de todos los ángeles volando debajo suya, tan cerca que tenía ganas de tocarlos.
-Cuidado. –Palabras suaves aunque con un tono divertido.
Rukia no se sobresaltó ya que sintió el viento producido por unas alas tras el aterrizaje.
-¿Me cogerían se me cayera? –preguntó sin mirarlo.
-Solo si estuvieran de humor. –Cuando se puso a su lado, las alas entró en su visión periférica-. Está claro que no tiene vértigo.
-Nunca lo he tenido –admitió. Era tanto el poder que desprendía que decidió parecer tranquila. Era eso y empezar a gritar-. Aunque nunca había estado a tanta altura.
-¿Qué le parece?
Respiró hondo, dio un paso hacia atrás para encararlo, pero lo que vio la impactó tanto como si de un golpe físico se tratara. Era…
-Hermoso. –Ojos de un marrón claro con fragmentos doradas. Aun no se recuperaba de esa impresión cuando azotó el viento haciendo que se agitara los mechones de su pelo naranja, tan naranja como la misma fruta. Estaba cortado en descuidadas capas que terminaban en la nuca y resaltaban los ángulos de su rostro, Rukia tenía tantas ganas de tocarlos que se le encogieron los dedos de los pies.
Sí, era una criatura hermosa, pero su belleza era la de un guerrero conquistador. Aquel ser tenía el poder pintado en su rostro, en cada parte d su piel. Y eso que no se había percatado de sus alas; eran suaves a la vista y blancas, y parecían salpicadas de oro como sus ojos. No obstante, cuándo se concentró pudo ver la verdad: todos los filamentos de cada pluma tenía la punta dorada.
-Sí, desde aquí arriba todo es hermoso –dijo él, rompiendo el hechizo.
Rukia parpadeó y se ruborizó. No tenía ni idea de cuanto tiempo había pasado.
-Sí.
La sonrisa del arcángel tenía una pizca de satisfacción masculina… y de la más pura y letal concentración.
-Charlemos mientras desayunamos.
Cabreada consigo misma por hacer que la belleza de ese ser la cegara, se mordió el labio para castigarse. Estaba claro que Ichigo sabía lo impresionante que era, y el efecto que tenía con las mortales. Y eso lo convertía en una hijo de puta arrogante.
Él retiró una silla y esperó a que se sentara. Rukia se detuvo, muy consciente de la altura y la fuerza de aquel ser. No estaba acostumbrada a sentirse pequeña y debil, lo que hacia que se cabreara.
-No estoy cómoda cuando hay alguien detrás de mí.
Una chispa de sorpresa se encendió en esos ojos dorados.
-¿No debería ser yo quien temiera acabar con una daga en la espalda? Es usted quien lleva armas ocultas.
-La diferencia está en que yo moriría. Y usted no.
Una vez sentada, el arcángel se dirigía al otro extremo de la mesa, arrastrando las alas y dejando en el suelo un rastro de brillante oro blanco. Elena pensó que lo hizo queriendo, ya que los ángeles no iban por ahí echando polvo de ángel, y cuándo lo hacen, los vampiros y humanos corrían a recogerlo ya que vale millones una simple motita de ese polvo.
-No me tiene miedo –dijo.
No era tan estúpida como para mentir.
-Estoy aterrorizada. Pero supongo que no me ha hecho venir hasta aquí solo para arrojarme desde la azotea.
Sus labios se curvaron, como si hubiese dicho algo grasioso.
-Siéntese, Rukia. –Su nombre sonaba muy distinto en sus labios, como si hubiese un vínculo. Al pronunciarlo, había conseguido cierto poder sobre ella-. Como usted a dicho, no tengo intenciones de matarla. Hoy no.
Rukia estaba dando la espalda al ascensor, cuando el se sentó sus alas se apoyaron con elegancia sobre el respaldo de la silla, fabricado especialmente para ello.
-¿Cuántos años tiene? –preguntó Rukia, que no había podido contener la curiosidad.
Él arqueó una ceja.
-¿Acaso carece de instinto de supervivencia? –Parecía un comentario despreocupado pero Rukia notó el tono acerado que tenía. Un escalofrio le recorrio la espalda.
-Algunos dirían que si…, ya que soy una cazadora de vampiros.
Algo oscuro se removió en aquellos ojos que ningún humano tendrá jamás.
-Una cazadora nata, no una que a sido entrenada para ello.
-Exacto.
-¿A cuantos vampiros a matado o capturado?
-Usted sabe a cuántos. Por eso estoy aquí sentada.
Una fuerte ráfaga de viento hizo que las tazas tintinearan y deshagan algunos mechones de su moño. Rukia no quiso volver a colocarlos; quería mantener toda su atención puesta en el arcángel. Él no le quitaba el ojo de encima, como un enorme depredador que contemplaba a un conejito antes de comerselo.
-Hábleme de sus habilidades. –Era una orden, su tono tenía un matiz de advertencia. El arcángel ya no la encontraba graciosa.
Rukia no apartó la mirada, aunque se clavó las uñas en los muslos para tranquilizarse.
-Puedo seguir la esencia de los vampiros, distinguir a uno del resto de la manada. Eso es todo. –Una habilidad inútil… a menos que uno trabajara como cazavampiros.
-¿Qué edad tiene que tener un vampiro para que usted sea capaz de restrearlo?
Extraña pregunta, Rukia pensó un poco y respondió:
-Bueno, el más joven al que he rastreado solo tenía dos meses.
-¿Así que nunca ha estado en contacto con uno más joven?
Rukia no tenía ni idea de adonde quería llegar el arcángel con ese interrogatorio.
-¿En contacto? Desde luego que sí. Pero no como cazadora. Usted es un ángel: sabe muy bien que ellos no funcionan bien durante el primer mes después de Convertirlos. Cuando son tan jóvenes no son capaces de alimentarse, y mucho menos de huir.
-De cualquier forma, haremos una prueba. –El arcángel cogió el vaso de zumo y dio un trago. –Coma.
-No tengo hambre.
Él dejó el vaso.
-Es un castigo con sangre rechazar algo de la mesa de un arcángel.
Rukia jamás había escuchado eso, pero si estaba relacionado con sangre, no podía ser nada bueno.
-He comido antes de venir. –Una mentira descarada. Tenía el estomago cerrado, hasta el agua le costaba que pasara.
-En ese caso, beba. –Otra orden.
-¿Y si no lo hago?
El viento se detuvo de repente. Incluso las nubes se paralizaron.
La muerte le susurró el oído.
