Capitulo 8: Nuevos amigos.

Una semana después de la lucha contra los mortífagos en el centro comercial de Cornualles, Hermione había formado parte de quince expediciones similares a aquella, y su valor y su habilidad en la lucha empezó a hacerse conocida para los mortífagos e incluso para Voldemort, que, a su pesar, se admiró de su destreza y distribuyó entre los mortífagos la orden de capturarla… con vida con la promesa de una suculenta recompensa. Los espías de la Orden les dieron inmediatamente la información y Hermione recibió la orden de tomárselo con más calma, aunque su presencia se fue haciendo patente en cada vez mas misiones.

En cuanto a los restantes miembros de la Orden, todos parecieron tomarle afecto y confianza a Hermione, e incluso Moody, por las mañanas, la hacía entrenar con él para que mejorara cada vez más sus habilidades de lucha. Cuando el auror se enteró de que Voldemort le había puesto precio a su cabeza, le dijo:

-Muchacha, ya eres miembro de honor de la Orden. A todos los que le damos problemas nos pone precio.

Anthony, Zack, Marc, Lisa, Anne, Kate, Luna y Hermione (o "la juventud", como los llamaba Dumbledore) eran buenos amigos, aunque Hermione no sentía con ellos la misma camadería y el mismo sentimiento que la unía con Harry y Ron.

Doce días después de la primera misión de Hermione, todos volvieron al número 42 de Hamilton Street se dejaron caer en las sillas de la cocina, muy cansados. Ese día habían partido todos juntos al callejón Diagón, pues un grupo de unos cincuenta mortífagos habían sembrado el caos entre la gente que hacía sus compras, sobre todo alumnos de Hogwarts, que ya volvían en dos semanas escasas.

El silencio cayó sobre la cocina, abarrotada, pero no porque hubieran perdido muchos efectivos en la lucha, sino porque entre los mortífagos muertos que encontraron junto con la gente del Ministerio de Magia, había chicos y chicas que no tendrían ni dieciséis años y que en dos semanas habrían entrado en Hogwarts.

En ese momento, Dumbledore habló:

-No consigo explicarme como alumnos de mi colegio pudieron estar allí.

-Dumbledore, no te culpes tú- gruñó Moody- esos niños solo hacen lo que oyen en casa y me apuesto lo que sea a que sus padres son partidarios de Voldemort.

-Tal vez, Alastor- dijo Dumbledore- Posiblemente tengas razón, pero hay algo que me preocupa más todavía.

-¿El qué?- preguntó Lisa.

-Que en Hogwarts haya más mortífagos encubiertos y siembre su semilla en la mente de los demás.

El silencio volvió a posarse en la mesa donde estaban reunidos. Hermione no podía dejar de dar vueltas en su cabeza a lo que había pasado aquella tarde, en la que había visto como caía un chico de unos quince años que iba enmascarado como los mortífagos, abatido por Marc. Hermione sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. Al cabo de un rato, todos se retiraron a dormir a sus habitaciones, o por lo menos a intentarlo. Hermione no conseguía dormir más de media hora seguida y por ello se levantó con dolor de cabeza.

En la cocina la madre de Anthony, que estaba preparando tortitas, le sirvió el desayuno y, al levantar los ojos, se fijó en que Dumbledore la estaba mirando muy serio desde el quicio de la puerta.

-¿Ocurre algo, señor?

-Estaba pensando… ¿podría hablar con usted en privado?

-Claro.

Dumbledore la condujo hasta la sala de las reuniones y allí le pidió que tomara asiento.

-Verás Hermione, se me ha ocurrido una idea para evitar que los alumnos de Hogwarts puedan caer en las manos de Voldemort.

-¿Cuál?

-He pensado que podríamos introducir a alguien de la Orden en Hogwarts, alguien que no levante sospechas, y que vigile si hay gente predicando a favor de Voldemort o de los mortífagos, ¿me sigue?

-Sí, señor. Pero, en mi opinión, no podría ser cualquiera.

-Explícate, por favor- inquirió Dumbledore con una sonrisa.

-Verá, un profesor, por ejemplo, no tendría muchas oportunidades de saber cosas secretas de los alumnos, pues ellos, en cuanto ven un profesor, se callan.

-Tienes razón, Hermione. Es por ello que ha pensado que quién mejor para conocer lo que piensan los alumnos que otro alumno- Dumbledore sonrió y parecía que los rayos del sol brotaran de él.

-¿Me está diciendo que piensa reclutar usted también niños?- preguntó incrédula Hermione.

-No, estaba pensando en un miembro de la Orden que se haga pasar por estudiante y que observe y, en caso de necesidad, actúe- el profesor se levantó y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa- no necesito a cualquiera, no. He decidido, si aceptas, proponerte a ti.

-¿Cómo?

-Hermione, tienes dieciséis años. No has completado tu educación, te quedan dos años por delante en Hogwarts, por lo que me has contado.

-Pero…

-Además, quien mejor que tú para conocer la mente de los estudiantes, si tienes la misma edad, estudias…

Dumbledore observó que Hermione dudaba. Por una parte añoraba Hogwarts, ya que al haber perdido todo cuanto conocía, el castillo le daría la seguridad que desde su viaje en el tiempo y su ingreso en la Orden no tenía. Además, en Hogwarts estaba la biblioteca, su templo del saber y el sitio donde más horas pasó como estudiante, aparte de en las aulas. Pero, por otro lado, irse al castillo implicaba dejar esa casa y a sus amigos…

-Escucha Hermione- dijo Dumbledore, observando los ojos llenos de dudas de Hermione- sé que has renunciado a muchas cosas, pero esto es muy importante. Es posible que muchas de las personas que conozcas en tu tiempo como mortífagos se hayan pasado al lado de Voldemort por culpa de esos alumnos seguidores de Voldemort que están dentro del castillo. Ayúdame a atraparlos. Sé que eres una magnifica bruja. Esto solo te lo puedo pedir a ti.

Hermione se quedó mirando la brillante superficie de la mesa, pensando. Sopesando los pros y los contras de cada decisión que se le planteaba, recordó que en su tercer año, cuando estaba enfadada con Ron y con Harry por culpa de Scabbers, la rata de Ron, descubrió al lado de la sección prohibida de la biblioteca una sección de libros acerca de viajes en el tiempo.

-A lo mejor leyendo esos libros podría encontrar la manera de volver a mi tiempo- pensó Hermione.

-Está bien, Dumbledore, acepto la misión- dijo decidida Hermione- pero tengo unas condiciones.

-¿Cuáles?- preguntó Dumbledore sonriendo.

-Primero, que aunque esté en esa misión, seguiré siendo miembro de la Orden y como tal seguiré acudiendo a las misiones que pueda, siempre que estas no interfieran con mi horario- Dumbledore asintió dos veces con la cabeza- Y segundo, quiero actuar a mi manera y tendré que darle informes periódicos cada semana de lo que descubra.

-Concedido- dijo el profesor.

-De acuerdo, acepto.

Dos semanas después, Hermione estaba subiéndose al expreso de Hogwarts con su baúl repleto de libros, ropa y objetos varios, todo a cargo del Ministerio de Magia. Era extraño y desolador estar en ese tren sin sus amigos, pero saldría adelante.

Empezó a recorrer el tren en busca de un compartimiento para sentarse y, al mirar de pasada por la ventana de uno de ellos, vió un asiento libre y sin pensárselo se acercó de inmediato a ese compartimiento. Cuando agarró el pomo de la puerta para pasar, miró con más detenimiento a los ocupantes y se quedó helada: Uno de ellos, en el asiento opuesto al que estaba libre estaba sentado un muchacho tan parecido a Harry que se le saltaron las lágrimas. El mismo pelo con remolino, las mismas gafas…

-Ese debe ser James Potter, el padre de Harry- pensó Hermione.

En el asiento entre James y la ventana estaba sentado Sirius Black, el padrino de Harry. Pero estaba cambiado a como lo había conocido. Ahora tenía el pelo un poco más largo de lo convencional y limpio y sus ojos grises brillaban con una broma que había soltado James.

Del otro lado de James, el más cercano a la puerta, estaba sentado Peter Pettigrew, el amigo de James que acabó traicionándolo a Voldemort e hizo que Harry creciera sin familia. Era posible que Peter fuera uno de esos estudiantes que se pasaron al lado de Voldemort por esos estudiantes mortífagos, pero no podía evitar sentir asco al ver esos ojillos tristes, como los de la rata que era.

Enfrente de Peter estaba sentado Remus Lupin, su antiguo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en su tercer año. Al igual que Sirius y James, él también era muy atractivo, pero en su mirada había un deje de dulzura sustituyendo a la picardía de las miradas de James y Sirius.

En último lugar, enfrente de Sirius y al lado de la ventana, estaba Lily Evans, la madre de Harry. Era pelirroja y tenía los ojos verdes que en ese momento miraba a los chicos que la acompañaban con desaprobación y un poco de desesperación. En el segundo de antes de abrir la puerta y entrar, Hermione sintió la mirada de James sobre Lily por lo menos cinco veces.

Hermione respiró hondo para tranquilizar sus sentimientos, agarró con fuerza el pomo de la puerta y entró.

-Hola- dijo con una sonrisa. El barullo que había antes de su llegada se transformó en silencio. Sintió sobre sí las miradas inquisitivas de los cuatro chicos y la sonrisa amistosa y aliviada de Lily- disculpad mi intromisión, pero he venido nueva a Hogwarts este año de intercambio desde Estado Unidos y estaba buscando un sitio para sentarme, pero si está ocupado, me voy.

-NO- gritó Lily, sobresaltando a los muchachos- no me dejes sola con este grupo de chimpancés- dijo sonriendo.

-Eh, Evans- dijo Sirius- ¿a quién llamas chimpancés?

-Me llamo Lily Evans- dijo Lily, ignorando al chico, que miró a James con el ceño fruncido- ¿y tú?

-Hermione Granger.

-Yo soy Remus Lupin, Hermione- dijo Remus con una sonrisa.

-Yo me llamo Sirius Black- dijo con un guiño de ojos muy coqueto.

-James Potter, Hermione- le sonrió James.

-Y yo soy Peter Pettigrew- dijo él con una sonrisa nerviosa.

Hermione sintió que una sonrisa se expandía por su rostro en respuesta a aquellos rostros tan conocidos y familiares para ella y dijo:

-Encantada de conoceros.