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Siendo el mayor de siete hermanos, Bill Weasley había aprendido a ser responsable y a no desear cosas prescindibles. La feliz infancia que tuvo en La Madriguera, en la que junto con Charlie (y a veces Percy), recorrían los campos trepando árboles, rodando por la hierba y persiguiendo gnomos le había forjado su amor por el aire libre; y las enseñanzas que sus padres le inculcaron, le hicieron ser un joven honesto que disfrutaba de la vida.
De esta forma, cuando en su sexto año de Hogwarts se topó con un panfleto para deshacer maldiciones para Gringotts viajando por el mundo, supo que había encontrado lo suyo. A nadie le sorprendió que tomara la decisión de postular al trabajo; y su excelente desempeño escolar y las recomendaciones de sus profesores hicieron que su entrada fuera expedita y bien recibida. Desde entonces, había estado en India al principio y luego en Egipto desentrañando códigos antiguos y asegurando los tesoros del banco.
Visitaba a Charlie en Rumania cada dos o tres meses, pero al resto de su familia los veía muy de vez en cuando. Aún así, mantenía contacto con su madre por correo (algo en lo que ella había insistido, aunque fuera sólo para recibir una carta de dos líneas diciéndole que estaba vivo, bien y que le enviaba cariños) y una correspondencia regular con Ginny, su teosoro.
¿Amor? Claro que sí. Hasta el momento sólo se había enamorado unas pocas veces, nada de otro mundo. No sabía si alguna vez amaría a alguien profunda y románticamente, pero no era algo que le quitara el sueño.
Él sólo disfrutaba de su vida, del mundo y sus maravillas.
