Capítulo 18.

Sirius avanzaba con la mirada fija hacia delante por los pasillos de Hogwarts que lo alejaban de la enfermería. No sabía qué rumbo estaba tomando, ni a donde se dirigía. Lo único que hacía era andar, como si eso pudiera calmar la inquietud que llevaba por dentro.

Iba andando tan concentrado en sus pensamientos que ni siquiera se fijo en el grupo de chicas que le miraban mientras soltaban risitas ridículas, ni a Hugo Ericcsen, buscador del equipo de Quidditch de Gryffindor, que se paraba a decirle algo sobre el partido que jugarían la semana que viene contra Slytherin. Lo único que deseaba era tranquilidad, pensar…

-¿Cómo ha podido mentirme?- pensaba- Además, ¿Quién me dice que ahora me está diciendo la verdad? ¿Cómo puedo confiar en ella?

Sin darse cuenta había llegado junto al tapiz de Barnabás el Chiflado, en el séptimo piso. Allí era donde solían acudir los merodeadores para decidir su próxima broma, o cuando quedaban con una chica… o cuando deseaban estar solos. Esto último era lo que pretendía Sirius, por lo que pasó tres por delante de un trozo de pared desnuda pensando:

-Necesito un lugar donde pensar, necesito un lugar donde pensar, necesito un lugar donde pensar…

La tercera vez que pasó se materializó en la pared una puerta, que el chico procedió a abrir. En cuanto la puerta se cerró, Sirius miró alrededor. Esa sala, llamada Sala de los Menesteres, cambia de forma y aspecto según las necesidades del que la solicita. En ese momento había una cama muy mullida, dos sofás grandes separados de una mesita de cristal y poco más.

Sirius se acercó a la cama y se sentó con lentitud en ella. A continuación se quitó los zapatos, se acostó encima de las sábanas, cerró los ojos y empezó a hacer lo que Remus siempre le recordaba que hiciera y James y él decían que era peligroso para sus cerebros: PENSAR.

Desde que era un niño, sus padres (que, al contrario de lo que se piensa, fueron cariñosos, en cierta medida, con él) lo habían criado para que creyera que era el mejor, que por el hecho de ser un Black, de ser un sangre limpia, era mejor que todos los demás niños e incluso adultos. Al principio (se avergonzaba casi de confesárselo a sí mismo), lo había creído. Con reservas. Pero lo había creído. Era lo único que conocía. Sus padres lo habían educado así y a toda la gente que había en su casa los había visto actuar de ese modo. ¿Por qué no iba a hacerlo él? Con el paso de los años empezó a pensar que tal vez su familia estaba equivocada, que tal vez su forma de pensar no era la correcta. Se sentía mal por tener ideales que eran contrarios a los de su familia

Hasta que un día, en su primer día de Hogwarts, conoció a James, Remus y Peter. Con ellos rió, lloró, confesó sus más desdichados recuerdos. Y no lo abandonaron. Siguieron allí, con él, para siempre. Desde entonces, la lealtad de Sirius hacia ellos era inquebrantable.

Es por ello que, una calurosa mañana de Julio de ese mismo verano, cuando llegó a su casa tras un partido de quidditch en casa de James, y oyó a su madre hablando con su padre sobre lo bajo que había caido el Ministerio dejando que un sangre sucia como Gilbert French hubiera llegado a jefe del Departamento de Aurores (Imagínate, querido. Una persona de esa calaña en el mismo asiento que ocupó mi abuelo. Habría que echarlos a todos, no se merecen el cargo que ocupan…), no pudo contenerse más y, creyendo que, al igual que sus amigos, lo comprenderían, entró en la habitación.

-Perdona, madre, pero no veo motivos por los cuales estás tan disgustada. Gilbert French es una persona perfectamente cualificada para asumir el cargo. Yo, personalmente…

-¿Pero qué dices, hijo?- se sorprendió su padre- Ese lugar lo ocupó tu abuelo, y antes de él su padre, y antes su padre…

-Pero, padre- dijo Sirius- los puestos en el Ministerio no han de reservarse para el uso exclusivo de una familia.- su padre hizo gestos de querer interrumpirle, pero Sirius, con un gesto, le pidió que se callara- ¿Qué pasa, que una persona, por el hecho de no nacer sangre limpia, no merece las mismas oportunidades que nosotros?

-Hijo, ¿pero qué estás diciendo?- susurró su madre.

-¿No lo ves, Walburga? Sabía yo que pasaría esto, llevándole al colegio donde ese viejo charlatán llena la cabeza de decentes sangre limpias de absurdas tendencias pro-muggles.

-Padre…- comenzó Sirius.

-También hay un error que pienso cortar de raíz. Esas visitas a casa de los Potter, de los Lupin y de los Pettigrew- sentenció Orión.

Sirius sintió como se le achicaban los ojos de la furia.

-¿Qué?

-Ya has oído a tu padre, hijo. No volverás a ver a esos amiguitos tuyos. Te exijimos que dejes de tratar con ellos- dijo su madre.

-SON MIS AMIGOS- Gritó el chico. No podía creer que sus padres le hicieran eso.

-NO LE GRITES A TU MADRE, SIRIUS- se encolerizó su padre.

-no voy a dejar de verlos- susurró Sirius.

Media hora después estaba pidiendo asilo político en casa de James. Charlus y Dorea Potter lo trataron con el mismo cariño y dulzura con que trataban a James y Sirius fue poco a poco recuperándose del dolor que le causó que sus padres estuvieran tan cegados por sus ideales absurdos, que no fueran capaz de respetar las creencias de su hijo mayor.

Cuando empezó el nuevo curso, Sirius se refugió en sus amigos, en las clases y… en la chica nueva: Hermione. Poco a poco, Hermione y Lily se habían acercado cada vez más al grupo formado por los merodeadores. Y para finales de Septiembre Sirius descubrió que se había enamorado de Hermione.

Confuso como estaba, le pidió consejo a James, quien, después de las típicas bromas entre amigos, le dijo:

-Mira, Sirius. Hermione acaba de llegar desde Estados Unidos y, aunque es una buena amiga y yo la aprecio mucho, la conocemos prácticamente hace nada. Lo primero que tienes que hacer es hacerte amigo suyo.

-¿No me digas?- se sorprendió Sirius- ¿Tendré que hablar con ella? Será extraño.

-Ja. Ja. Ja. Muy gracioso, Canuto- sonrió James- Pero te lo digo en serio. Tienes que asegurarte de que te gusta de verdad antes de empezar algo serio con ella.

Y así, Sirius empezó a buscar más la compañía de Hermione, pero de manera sutil, para no dar lugar a rumores, de los que parecía que todo Hogwarts disfrutaba, en especial si tenían algo que ver con los grandes merodeadores.

Cuando habían sufrido el ataque de los mortífagos el día de Halloween, hacía apenas unas horas, en Hogsmeade, y Hermione había caído, alcanzada por un hechizo, justo delante de él, el mundo se le vino abajo. No volvió a respirar tranquilo hasta que la vio despertar y se aseguró que estaba bien. Entonces, al rato de salir de la enfermería, Lily se dio cuenta de que se le había caído el colgante en la enfermería, por lo que, al ir a buscarlo, vieron que Hermione tenía visita.

Sirius se sorprendió, ya que Hermione nunca les había dicho que tuviera a alguien en Inglaterra, pero su asombro se transformó en indignación cuando descubrió el secreto de a castaña: venía del FUTURO.

El enfado de Sirius vino en parte porque un secreto tan grande, como el del motivo de su presencia en Hogwarts, se lo hubiera ocultado. Tenía la sensación de que no la conocía, que se había enamorado de una extraña. Que quién le decía si no volvería a engañarle.

-Pero- dijo una vocecilla en su cabeza- es posible que Hermione diga la verdad y sus sentimientos por vosotros y por ti sean verdaderos.

-¿Y quién me dice que ahora sí me esté diciendo la verdad?- pensó Sirius.

-No creo que seas tan estúpido como para pensar que se iba a inventar una cosa así, ¿no? En sus ojos se veía que no mentía.

Sirius tuvo que admitir que era verdad. En sus ojos no había mentira. Era del futuro.

-De acuerdo, es del futuro. Pero… es un miembro de la Orden- masculló.

-Por mucho que lo digas no va a sonar mejor- dijo la voz en su cabeza, burlona.

-Oh, cállate- pensó Sirius- Me ocultó la verdad, a mí y a mis amigos, por las barbas de Merlín- pensó exasperado.

-Tuvo una buena razón para ello, tú lo oíste.

Hermione les contó que no les había dicho nada porque cualquier acción de ella podría hacer que el futuro cambiara. Y nada podía cambiar.

De acuerdo, podría aceptar que estuviera en la Orden, que viniera del futuro y todo eso, incluso aceptar que le hubiera ocultado la verdad a él mismo.

Ya podía estar en paz. Sirius abrió los ojos, mucho más despejado y relajado que cuando entró. Al mirar el reloj, se dio cuenta de que eran las nueve de la noche. Con un suspiro se incorporó en la cama, se calzó y se apresuró hasta la puerta.

Al abrirla, se encontró con James, que estaba al otro lado de la puerta.

-Hola- dijo James.

-Hola.

-¿Estás mejor?

-Sí, he ordenado mis ideas- dijo Sirius, serio.

-¿Y?- preguntó James, preocupado.

Sirius sonrió.

-Y mañana, le voy a decir a Hermione lo que siento.

James sonrió, pletórico de felicidad y abrazó a Sirius.