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Bill caminaba de regreso a su oficina deprisa. Estaban en medio de un proceso de una posesión efectiva acerca de un tesoro que habían encontrado en los Urales, y se estaba complicando más de lo normal, porque la familia lo había olvidado y rastrear al heredero actual resultaba un calvario de árboles genealógicos; nunca había imaginado antes que el trabajo administrativo que había tras sus antiguas labores fuera tan pesado. Además no era algo que le gustara realmente, prefería de todas formas estar días intentando descifrar cómo romper una maldición en un apartado rincón de la civilización, a estar recopilando la información que él recibía para cada caso.
Cumplir con las formalidades que exigían los documentos se le había hecho algo complicado al principio, pero como estaba acostumbrado a tratar con los duendes (ya que debía entregar informes semanales) y era metódico y ordenado, rápidamente fue adaptándose y cohesionando con Patrick, logrando un buen equipo de trabajo.
Pero este montón de joyas estaba dándoles un buen quebradero de cabeza. Por esto, y para no quedarse luego del horario, habían decidido avanzar aún mientras almorzaban, cuidando de no manchar los papeles. Fue en ese momento en que le había llegado un paquete proveniente de Egipto, de un amigo, y lo había dejado a un lado para abrirlo más tarde; pero al abandonar el lugar se le había quedado ahí.
Volvió al Comedor apenas se percató, pero un chico le dijo que su compañera se lo había ido a dejar a su oficina, quizá se habían cruzado. Bill negó con la cabeza ante esto, sin recordar nada que le llamara la atención; además había usado un camino distinto, para antes pasar al baño.
Patrick lo esperaba con el sobre en la mano, una sonrisa bobalicona y una mirada perdida. A Bill le recordó fugazmente la expresión del chico del Comedor al mencionar a su compañera.
- ¿Qué ocurre? - le preguntó mientras le sacaba el paquete de las manos al ver que el joven no reaccionaba.
- … Era hermosa - Patrick seguía mirando un punto lejano - Era... Estoy seguro que es la chica de la que todos hablan. ¿Te das cuenta que por trabajar en el almuerzo no la vimos? Pero... pero... Ella vino hacia mí y me sonrió y me habló y me... y me… - suspiró soñadoramente.
Bill le dio unas palmaditas en la espalda y Patrick frunció el ceño, volviendo en sí. Carraspeó y se enderezó, cogiendo y ordenando unos pergaminos sobre el escritorio.
- Algo mágico tiene, eso sí - le dijo sonrojándose levemente - Definitivamente. Seguro es una veela o algo, es realmente es hermosa.
- Bueno, ya podré conocerla yo - le dijo Bill casi sin prestar atención mientras abría el paquete - Y puedo hablarle bien de ti - lo miró levantando y bajando las cejas, a lo que recibió una bola de papel arrugado en el hombro.
Habían escuchado en el almuerzo que había llegado una joven nueva a cierto departamento, que era hermosísima (y que ya te hacías una idea de cómo había entrado, decían las malas lenguas). Habían levantado la cabeza para ver si la atisbaban, pero el Comedor estaba muy lleno y prefirieron seguir trabajando.
Se sorprendió encontrar a Patrick tan afectado, ya que lo consideraba un hombre bastante centrado; quizá tenía razón y no era completamente humana. En su mente hubo un atisbo de recuerdo ante esa afirmación, como algo que ya había escuchado antes... pero no logró concretarse en nada. No estaba muy interesado. Nunca había despreciado a una chica bonita, pero realmente no eran tiempos en los que pensara en esos temas. Sus prioridades eran otras, por lo que mientras revisaba el contenido del paquete olvidó lo que había pasado con su compañero y los rumores sobre la joven.
Muhammad le había enviado una tablilla antigua envuelta en unas hojas grandes y verdes. La tablilla representaba el viaje de Ra por las aguas del Nilo sobre la serpiente Apis. Era muy bella y la nostalgia lo invadió unos momentos. Hizo aparecer unas patitas metálicas que sirvieran de soporte y la colocó sobre el escritorio, al tiempo que Patrick se acercaba a observarla.
También venía una carta, en donde su amigo le enviaba muchos cariños y bendiciones, manifestando su deseo de verlo antes de que se transformara en un "muchachito pálido y serio de Inglaterra". Bill soltó una risita.
Muhammad era el dueño de la residencia que había constituido su hogar casi cinco años. Apenas se habían conocido habían hecho buenas migas, y el egipcio le había enseñado mucho sobre los antiguos brujos de la zona, datos que en más de una ocasión le habían ayudado enormemente.
Bill se dejó llevar un momento. Extrañaba el sol, los colores, los olores, las personas; todo tan distinto a las islas británicas. El tiempo que había pasado en África había sido feliz, pero en absoluto se arrepentía de haber vuelto. No habría podido permanecer en Egipto sabiendo que el Innombrable había regresado. No habría sido él si no hubiera tomado aquella decisión.
Salieron tarde de la oficina, casi los últimos en abandonar el banco; humanos, por supuesto, Bill nunca había visto a los duendes irse o llegar al edificio. Se despidieron y se desaparecieron. Antes de abrir los ojos, Bill tomó mucho aire, impregnándose del aroma a campo que tanto lo tranquilizaba.
Su padre ya había llegado a casa y su madre los estaba esperando con un guiso calentito y contundente. Hablaron de cosas triviales y, tras devorar tres platos, se levantó para escribirle la respuesta a su amigo. Se alargó más de lo que había pensado, por lo que cuando cerró la carta (que mañana enviaría desde Gringotts), sintió el sueño pesado, por lo que tras asearse subió a la pieza de Fred y George, en donde estaba durmiendo, y se dispuso a dormir.
Pero a diferencia de su cuerpo, su mente parecía no querer descansar. Le dio vueltas unos minutos a la carta que había escrito, pero rápidamente sus pensamientos giraron hacia el Innombrable. Bill no recordaba los hechos ocurridos hace más de una década, pero sí recordaba la atmósfera de angustia y miedo que reinaba por doquier. A menudo se encontraba buscando ataques de mortífagos o la gran aparición del Innombrable mientras leía El Profeta, o preguntándose cómo la gente podía seguir tan tranquila y no sentir el frío de un mal presagio en sus corazones.
Sabía que sus padres también estaban preocupados, y ansiaba que Dumbledore pronto le diera una tarea para empezar a ser un miembro activo de la Orden del Fénix. Bill quería ayudar; confiaba en sus capacidades, sabía que sería útil. Y no sólo él, ya que muchos magos y brujas que antaño no tenían la edad (o las prioridades) se unirían para impedir que la maldad del Innombrable se expandiera. Y si había que luchar, lucharían. Estaban mucho mejor preparados que la última vez. Sabía que, nuevamente, podrían con Lord Voldemort.
Y con estos pensamientos de esperanza y extraños destellos de cabello rubio, concilió el pacífico sueño de los buenos.
