8
Bill volvió a su oficina sin prestar atención al camino y con el ceño fruncido.
Sentía que se había comportado como un idiota con Fleur. No recordaba haber hecho nada específicamente vergonzoso, de hecho una pequeña voz en su cabeza le decía que se había comportado de lo más normal, pero esa voz era aplastada por una más fuerte que le aseguraba que había hecho el ridículo y que ella se había dado cuenta, y que debía pensar que era un tonto. Que estaba desesperado por su atención. Que era… que era uno más de todos los hombres que debían comportarse así con ella. Uno más de todos los que caían rendidos ante sus encantos y se convertían en sus monigotes; no es que él lo fuera, pero Fleur lo pensaba, claro. Ahora se estaría riendo por la ayuda que le había prestado, feliz de no haberlo hecho ella y de contar con otro esbirro. Seguro que era así. Pero le daba lo mismo, porque, ¿qué le importaba lo que pensara una chiquilla? Y si Patrick no tenía razón y Fleur no tenía nada de veela, que le cortaran el cabello. Obviamente usaba ese encanto para conseguir todo lo que quería. En realidad no era tan bonita.
Bill entonces se detuvo en seco, mental y físicamente. No podía estar pensando esas cosas. Era horrible.
Fleur no lo había usado; es más, él había notado lo incómoda que se sentía pidiéndoles ayuda. Y su obstinación por contribuir de alguna forma. Sabía que si ella hubiese sido capaz de deshacerse de esos hechizos, lo habría hecho. Era inteligente. Había realizado el contrahechizo de manera casi perfecta, aun cuando apostaba que nunca antes lo había hecho. Sin dejar de lado, además, que había participado en el Torneo de los Tres Magos, certamen que exigía un nivel que no todos cumplían.
Bill hizo una mueca de desagrado. Sentía una sensación amarga en la boca, a pesar de no haber dicho nada en voz alta. ¿Qué le pasaba que se estaba comportando así?
Realmente el influjo de las veelas era muy fuerte, ya que Fleur no debía de tener más que un cuarto o algo así de criatura; seguramente no había sentido las veelas de la final de Quidditch el año pasado de manera tan fuerte (la única vez que había visto veelas) por la distancia a la que estaban. Aunque eso no explicaba que pensara las feas cosas de recién…
Soltó un suspiro brusco pasándose la mano por la cara, mientras entraba en la oficina.
– Así que… – Patrick lo miraba, subiendo y bajando las cejas tal como él lo había hecho hace unos días.
– Era una mezcla de hechizos que dejó un ladrón anoche – explicó Bill con voz monocorde, sentándose sobre su escritorio e ignorando las cejas de su compañero.
– ¿Y por eso tienes esa cara? – le preguntó sin dejar de moverlas.
– ¿Qué cara?
– Esa cara de amante trágico…
– No tengo ninguna… – Bill cerró la boca, descubriendo el juego de su amigo – Ja, já.
– Sólo me vengaba por lo del otro día – Patrick reía.
– Está bien, está bien – concedió Bill mientras sacaba algunos pergaminos sobre los cuales estaba sentado y se disponía a revisarlos – Tenías razón, en todo caso. Es muy linda… – Bill dejó la frase en el aire y tras unos segundos se volvió a fijar en Patrick – Apropósito, ¿por qué no estabas como idiota cuando se presentó aquí? – le preguntó con intención de molestarlo de vuelta, aunque no podía negar que le asaltaba la duda.
– Supongo que porque se te pasa con el tiempo – le dijo su compañero con rapidez encogiéndose de hombros. Parecía haberlo pensado ya y no haber captado la broma – Debe de afectar en distinta medida persona por persona. Quiero decir, veela o no, todos tenemos gustos distintos… o algo así.
Bill sopesó sus palabras en silencio. ¿Era eso lo que le pasaba? Sentía la tentación de preguntarle a Patrick qué había sentido él al enfrentarse por primera vez a Fleur, porque claramente lo había afectado más que a él. Bill no se había quedado como lelo sin saber qué hacer, al menos no por más de tres segundos, y tampoco había quedado con la mirada perdida y soñadora con la que había descubierto a su compañero días atrás.
– ¡Ah! Lo olvidaba. David y sus compañeros nos invitaron a tomar algo con ellos tras la salida, ¿te unes? – le dijo Patrick.
David pertenecía al Departamento de Cuentas, una de las oficinas más estresantes del banco porque estaban a cargo de completar y cuadrar los datos que los mismos duendes ingresaban, bajo su control y suspicacia; por lo que siempre se los solía ver en el Caldero Chorreante en las tardes, su medio para desahogarse del trabajo. Bill le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y bajó la vista hacia los pergaminos, sin decir nada.
Creía que Patrick tenía razón sobre Fleur y suponía que era lo que le ocurría, y que continuar hablando del tema era sólo darle más importancia, por lo que no le hizo ninguna pregunta más aún cuando le siguió dando vueltas en la cabeza. Con la vista fija en las letras, se le repetía una y otra vez la sonrisa que Fleur le había devuelto y el tacto de sus manos, haciéndole complicadísimo concentrarse. Así, cuando Patrick le habló sobre ir a almorzar, dejó los pergaminos con frustración sabiendo que debería releerlos enteros.
–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
– … Y entonces ¡plaf! Ya no tenía el pastel en las manos y el suelo estaba cubierto de crema – remató Marcus – Mi madre me quería castigar, olvidando que ya ni siquiera vivo con ella. Me decía "¡el pastel de la abuela!" y empezó a perseguirme para lanzarme un maleficio. Tuve que correr para esconderme, ya les digo, rompió varios platos y la puerta principal…
Fleur aguantó la risa y desvió la mirada para no atorarse con el agua que estaba bebiendo, en el momento justo para ver entrar a Patrick y Bill al Comedor. Pareciendo presentirla, éste último la miró y esbozó media sonrisa a modo de saludo, a lo que la joven respondió levantando un poco la mano, sintiendo cierta desazón cuando Bill apartó rápidamente los ojos.
– ¿Fleur? – la voz de Tina le llegó a lo lejos.
– ¿Sí? – la chica bajó la mano que aún tenía alzada. Sentía los latidos rápidos del corazón, como si la hubiesen descubierto en algo malo; Tina parecía que iba a decirle algo, pero Marcus la interrumpió.
– ¿Bill Weasley? No sabía que estaba trabajando aquí… ¡El paquete del otro día! – comentó, golpeándose la frente con la palma abierta y dirigiéndose a Fleur: – No sabía que lo conocías, ese día me dijiste que no lo encontraste.
– Él… me ayudó hoy con un cúmulo en los subtegáneos – dijo y al ver las expresiones confusas de sus compañeros, dio paso a relatarles lo sucedido.
– Siempre es una molestia que entren ladrones – comentó Robert meneando la cabeza – Lo lamento por ellos, claro, pero es que deberían saber desde el principio que no lo lograrán… Y luego somos nosotros los que debemos limpiar todo. No quito la pena de lo que les pasa, pero… limpiar todo – hizo un gesto con las manos como cortando el aire, como si eso explicara todo.
– ¿Qué les sucede a los ladgones? – la duda sobre ello había estado rondando en la mente de Fleur desde la mañana.
– Eso depende. Puede que lo que hayan intentado les salga mal y se dañen a sí mismos, incluso que se destruyan o desaparezcan. Otros quedan atrapados en las defensas del edificio y nunca vuelven a ser los mismos. O sólo son descubiertos y remitidos a la justicia – le explicó Tina – Por lo que nos contaste, lo más probable es que el ladrón de anoche no sobreviviera – terminó, con expresión triste en los ojos.
– Qué bueno que no te pasó nada grave en todo caso – le dijo Robert a Fleur.
– Sí, nos llevó muy poco tiempo; Bill supo en seguida cuál ega el pgoblema – asintió Fleur más animada.
– Hookner podría habernos dicho a cualquiera que te ayudáramos, no era necesario llamar a Bill – dijo Marcus algo molesto.
– Me pgohibió que los molestaga.
– Y tú, ¿de dónde lo conoces? – Robert se fijaba por primera vez en la cabeza pelirroja de Bill que destacaba a lo lejos – ¿Entró hace poco? No creo haberlo visto en años anteriores...
–Iba dos cursos más arriba que yo, en Hogwarts. No éramos de la misma casa, pero me relacioné con Charlie, su hermano; él iba en mi curso y nos llevábamos bastante bien… Por él supe que Bill había conseguido entrar en seguida a Gringotts tras el colegio. Creo que rompía maldiciones en el extranjero o algo así.
– Se habrá cansado del trabajo de campo – comentó Tina – Tú también entraste después del colegio, ¿no, Fleur?
– Oui, pego yo fui a Beauxbatons – respondió Fleur agitando su cabello platinado ante la comparación de ambas instituciones.
– Es bastante complejo hacerlo – afirmó la señor mirándola con admiración maternal, y luego cambió el tema.
Fleur no prestó mucha atención a la conversación que se desarrollaba frente a ella. Hogwarts no había sido de su… tipo, pero sabía que era un buen colegio. Recordaba la cara de Bill al encontrarse con el cúmulo, realmente entusiasmado por desaparecerlo; no como si fuera un embrollo, y la rapidez con que lo desenredó y aclaró. Si no había sido un buen estudiante, al menos se había convertido en un buen mago con los años. No le calzaba mucho que se hubiese cansado de eso para sumergirse en el trabajo de oficina. Se preguntaba por qué lo habría dejado, ¿sería realmente el cansancio? ¿Aburrimiento? ¿O algún giro en su vida, como una enfermedad, algo de su familia o una… una relación?
Se removió incómoda en la silla. Apenas había estado con Bill una hora más o menos y estaba actuando como una adolescente. Ya tenía dieciocho años, por Merlín. No le gustaba estar pensando tanto en él, no entraba en su lógica. Ella no pensaba en hombres (excepto su padre, por supuesto) y no sólo por orgullo, sino porque nunca había necesitado hacerlo; era los demás quienes pensaban en ella. Sí, no negaba que este Bill Weasley era guapo y simpático, pero había cientos de tipos como él.
¿Cierto?
–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Bill salió de los servicios del Caldero Chorreante secándose las manos con agua en los jeans y giró la vista de manera inconsciente al escuchar la puerta del local que lo conectaba con el Callejón Diagon.
Fleur hizo su aparición, que para nadie pasó desapercibida y que a él lo dejó plantado en el lugar. Caminaba como si el mundo le perteneciera, su falda amplia color granate siguiendo el vaivén de sus pasos y su cabello rubio cayendo como una cortina de suaves ondas, suelto ya de la cola de caballo con que la había visto más temprano. Saludó a Tom al pasar por su lado, el que le prodigó una de sus mejores sonrisas desdentadas y le preguntó si se quedaría a tomar algo, a lo que Fleur declinó de manera elegante sin detenerse.
Bill logró apartar la vista de la joven cuando por el rabillo del ojo vio a uno de los compañeros de David, Yerko, acercándose a ella con una actitud galante, delatándose con la sonrisa bobalicona que esbozaba y las cejas arrugadas de manera que se pensaban sensuales.
Fleur parecía no haberse dado cuenta de él hasta que se paró frente a ella, cortándole el paso. Aún con la distancia y la iluminación, Bill pudo ver las cejas alzadas de la chica y ninguna sonrisa, de esas que a él sí le había prodigado.
– Tú eres la chica nueva, ¿no? – le dijo Yerko con una voz que intentaba sonar profunda. Bill, desde su lugar, vio a sus compañeros y a Patrick en silencio, mirando la escena de manera expectante.
Fleur se mantuvo en silencio, poniéndose recta y tiesa.
– ¿Por qué no vienes a tomarte un trago conmigo? Podríamos pasarlo bien… – las palabras y la actitud de Yerko le sonaron a Bill a grasientas, alojándose en la boca de su estómago, y sintió un impulso que le hizo adelantar un pie, pero Fleur reaccionó antes y de manera mucho más efectiva.
Lo miró como si lo que Yerko le había propuesto fuese tragarse tripas de sapos cornudos crudas, y mientras alzaba los labios en un rictus de desagrado, levantó la barbilla de manera que parecía que lo miraba para abajo, a pesar que Yerko era unos centímetros más alto que ella. Bill pudo ver cómo el joven empequeñecía y la vergüenza lo envolvía, como si fuera un manto tangible.
Fleur retomó su marcha pasando por su lado sin tocarlo y salió del Caldero Chorreante con altanería.
Sólo entonces se retomó la actividad del local; parecía que todos habían quedado inmóviles para ver el intento de conquista de Yerko. Sus compañeros se largaron a reír a mandíbula batiente, Tom le lanzó una mirada no muy amigable y Bill volvió a la mesa que ocupaban, oyendo las risas y murmullos de los pocos clientes sentados en los rincones.
Yerko volvió rojo como un tomate, boquiabierto. Sus compañeros le dieron palmadas en la espalda y lanzaban exclamaciones de burla. Bill y Patrick se quedaron en silencio; el grupo con el que estaban era lo suficientemente escandaloso.
– ¡Cómo te atreviste a hacerlo!
– ¡Y tu cara…!
– ¿Qué se te pasó por la cabeza? ¡Jamás habría aceptado!
– Y tu pose de galán de cuarta, ¿cómo pensaste en algún momento que funcionaría?
– ¡Y su cara…!
– Ella es demasiado para ti, colega…
– ¡Ya verás mañana! ¡Se lo contaré a todos!
– ¡Y tu cara!
A las burlas, que consiguieron que Yerko se fundiera con el asiento, siguió la comprensión y el apoyo al orgullo masculino herido, al tiempo que disminuían los decibeles y retomaban una conversación.
– No hay nada malo en ti, colega, es que jamás te habría aceptado porque ella es demasiado, demasiado.
– Sí, debe hacer lo mismo con todos los tipos que se le acercan.
– Claro, es del tipo que los rechazan y luego cuando quieren algo te engañan y consiguen lo que quiere…
– Las mujeres como ella son unas creídas.
– Y siempre se quedan solas, hasta que cazan a un incauto sin carácter y con mucho dinero…
– Apuesto a que nunca la han…
La jarra de hidromiel de Bill se estampó en la mesa, salpicando y acallando el último comentario.
– No – dijo con firmeza, mirándolos con el ceño fruncido en el silencio que se había instaurado – No hablen así de ella.
Todos, excepto Patrick, lo miraban con sorpresa y algo más que Bill no supo identificar.
– Bill, nosotros no…
– Sí, sólo estábamos…
– Yerko fue…
Los murmullos se apagaron de a poco sin decir algo concreto. Ninguno le preguntó por qué la defendía o cuestionó sus palabras. Bill nunca había sido consciente de la imagen que transmitía ni del liderazgo natural que ejercía, y en ese momento tampoco le importó, ya que había conseguido que dejaran de decir aquellas estupideces.
Se había mantenido al margen de la conversación ya que no sabía muy bien qué pensar sobre la situación que habían visto y tampoco quería saberlo. Se mezclaban en su interior sentimientos parecidos un poco, sólo un poco, a los celos y alegría. Y sinceramente no quería profundizar en ellos, ya era suficiente con el enredo que tenía.
Pero cuando había tornado en difamar a Fleur sólo porque había rechazado a Yerko, había salido de su mutismo. Le sabía mal que lo hicieran porque sus padres le habían enseñado que nunca hablara mal de la gente. Porque Fleur no era todas esas cosas que habían dicho. Porque era una actitud tan machista que se contraponía a todo lo que pensaba. Y porque él había tenido pensamientos parecidos que aún le pesaban.
El grupo se sumió en unos minutos de silencio, roto sólo por los tintineos de los vasos y los sorbos. Finalmente, Patrick comentó un tema sin importancia y el ambiente comenzó a distenderse poco a poco. Bill participó apenas y aguantando a los veinte minutos se despidió y se marchó a su casa.
–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Como era tarde, su familia ya había cenado, pero su madre le había dejado comida para calentarse. Mientras lo hacía, Bill cada vez se sentía peor con lo que había pasado. Los sucesos del día se agolpaban como imágenes cortadas en su mente, resaltando algunas y oscureciendo otras. Sus pensamientos de la mañana lo denigraban más y lamentaba haberse quedado con David y su grupo en vez de pasar tiempo con sus hermanos, quienes pronto empezarían las clases. Vale, no lo había pasado mal hasta lo ocurrido con Fleur, pero el problema es que ese hecho en particular parecía haber alcanzado la prioridad en el orden del día. No quería que hablaran mal de ella, mucho menos por despecho masculino.
Entonces las imágenes en su mente parecieron suavizarse y hacerse continuas, rememorando el rato pasado con Fleur. Su sonrisa, sus manos, la oscilación de su cola de caballo, su voz. Una sonrisa tonta comenzó a dibujarse en sus labios hasta que sintió un leve olor a quemado y se apresuró a sacar la comida del fuego.
Mientras se sentaba a la mesa, Ginny entró por la puerta de la cocina, sacudiendo los zapatos llenos de barro.
– ¡Bill! – exclamó al tiempo que se le echaba a los brazos – Uf, hueles a alcohol – le dijo apartándose como si no soportara la peste.
– No exageres – rió Bill al tiempo que Ginny se sentaba junto a él y se servía un vaso de jugo de calabaza – Apenas tomé un poco. ¿Qué hacías afuera?
Ginny pasó a relatarle su día, que había estado dividido entre volar entre los manzanos, desgnomizar el jardín junto a Ron y leer en la orilla del riachuelo que corría cerca de La Madriguera. Bill sonreía mientras comía y escuchaba a su hermana hablar. Era despierta, inteligente, segura de sí misma y una buena persona. Se sentía muy orgulloso de ella y esperaba ser el buen hermano mayor que ella necesitaba. Ya le había fallado en su segundo curso, y no permitiría que sucediera de nuevo.
– ¿Y tú?
Bill meditó unos instantes antes de responder, rellenando su plato.
– Bueno… Conocí a Fleur Delacour, ¿la recuerdas?
– ¿La campeona de Beauxbatons? ¡Por supuesto que sí! Le dio calabazas a Ron – dijo Ginny con malicia.
– ¿En serio? – Bill intentó no parecer muy interesado.
– Sí, Ron le pidió que fuera al baile con ella acosándola en medio del Gran Comedor, así que bueno, tampoco sé cómo esperaba que pasara otra cosa… – Ginny sonreía plácidamente, como recordando un muy buen momento – Igual ella es una pesada.
– A mí no me lo pareció…
– Claro – bufó su hermanita – Porque eres hooooombre…
– Fue muy simpática conmigo – le aseguró Bill, riendo ante la cara de su Ginny al imitar a los hombres.
– Debes haberle gustado – le dijo pícaramente.
– ¡Oye! Tú no deberías hablar de esas cosas, eres muy pequeña. ¡Pequeña, pequeña, pequeña! – Bill la atrapó en un abrazo y la atacó con cosquillas en los flancos. Ginny reía como loca y cuando logró zafarse, salió corriendo escaleras arriba.
– ¡Esto no se quedará así! – le dijo con restos de risa en la voz que intentaba sonar molesta.
Bill terminó feliz su comida, mucho más animado. Luego se dio una ducha rápida y se acostó, mirando pensativo las murallas limpias.
Y finalmente aceptó que Fleur no le era indiferente. Vamos, si había pensado en ella todo el día. Decidió que le gustaría acercarse más a ella, como amigo, claro, nada más. Se durmió feliz y tranquilo con esta idea en mente, pero si hubiese recordado sus sueños se habría dado cuenta que su intención estaba lejos de ganar terreno.
–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Fleur apoyó la cabeza en la curva de la bañera. Tenía el cabello recogido en un moño alto para que no se le mojara y se encontraba sumergida en al agua hasta el cuello. El cuarto de baño estaba inundado de vapor y del aroma de las sales de baño que estaba usando.
Qué molesto le había resultado el tipo de la taberna, pero dentro de todo se lo esperaba; le sucedían cosas así a menudo. Estar trabajando con gente adulta lo había retrasado un poco, y esperaba que siguiera ese patrón y no que aumentaran. A su corta edad era una situación que constantemente enfrentaba, pero que sabía manejar.
En algún momento había disfrutado ese tipo de demostraciones, ya que eran una demostración de admiración a su belleza; pero desde hacía un tiempo prefería reacciones menos escandalosas. Aunque el tipo de la tarde no lo había sido tanto, pensó frunciendo levemente el entrecejo, recordando otros años, otros lugares y otras personas.
Dejó sus pensamientos divagar, sin prestar mucha atención a ellos. Tarareando una melodía, se aplicó aceite de almendras en el cuerpo, evocando por segunda vez en el día a su abuela paterna.
Sí, su abuela materna le había dado la belleza, pero su abuela paterna le había enseñado a cuidarla. Cómo tratar su cuerpo, cómo comportarse. Había asumido este rol al ver que su madre no era muy interesada por esas cosas; al contrario, su madre cultivaba su belleza por su carácter suave y el amor que junto a su padre se profesaban.
Fleur, más práctica, había seguido siempre los consejos de su abuela. Ser bella, mantenerse bella. "Así puedes elegir muchas cosas más que la mayoría", le decía, "las cosas que quieras".
Las cosas que ella quisiera… hasta el momento había resultado ser verdad, pero Fleur sabía que gran parte de ella se debía también a que era inteligente, no sólo hermosa. Siempre se había enorgullecido por su belleza e inteligencia juntas.
Ah, pero su inteligencia, a diferencia de su belleza, le había fallado en varias ocasiones. En algunas pruebas del colegio, en algunas elecciones de chicos, en algunas partes del Torneo de los Tres Magos. Esa mañana en Gringotts.
Sin ser consciente de ello, se mordió el labio inferior. No había estudiado lo suficiente. Una de sus metas para su trabajo en el banco era conseguir experticia, y si ya estaba fallando no iba muy bien. Tenía que ser exigente consigo misma, se decía. Pero también pesaba que era recién su quinto día, su primer año de trabajo fuera del ambiente controlado de la Academia y que sí se estaba esforzando.
Además, no había salido mal después de todo. Había conocido a Bill Weasley, y no pudo reprimir una sonrisa que acompañaba su nombre, aun cuando volvía a pensar en él.
Era tan simpático. E inteligente. Y guapo. Fleur se había dado cuenta que usaba ropa muggle (al igual que ella y unos pocos más en el banco), y que esa ropa le sentaba maravillosamente. A Fleur nunca le había interesado ese estilo; su tipo eran más bien los chicos con chaquetas de tela, sombreros de rafia y zapatos. No los jeans gastados, las camisetas de algodón y las botas de cuero de dragón. Y mucho menos los pendientes.
Fleur recordó lo que había pensado al ver el pendiente en la oreja de Bill y, sonrojada por las escenas que su imaginación recreaba, se puso de pie y se enjuagó con la ducha.
Pero había algo más.
Bill había sido muy correcto con ella. No sólo correcto como caballero, que sí lo había sido, ayudándola a bajar del carrito y dejándola pasar primero por las puertas, sino que también correcto con ella como… como ¿persona? No la había dejado aparte de la limpieza del cúmulo. No había intentado conquistarla impresionándola con lo fuerte o lo inteligente que era. No le había dirigido miradas de coquetería, ni mucho menos lascivia.
La había tratado como si fuera una compañera de trabajo más. Lo más probable es que eso fuera lo que él pensaba; que era una compañera que le había caído bien, o eso esperaba al menos, caerle bien. Si Bill pensaba eso de ella, entonces… no estaba bien que pensara en su pendiente o en su camiseta como lo estaba haciendo hasta ahora.
Salió del baño a su habitación envuelta en una toalla y procedió a secarse para ponerse pijama, retomando el hilo de sus pensamientos. Entonces, era así como Bill la veía. Seguro. Tal vez quisiera ser su amigo… Fleur se quedó meditabunda ante esto último, ya que no tenía muchos amigos. ¿Podría acercarse a Bill de esa manera?
Y mientras se soltaba el cabello y se arropaba en la cama, pensó que sí, que podría y quería ser amiga de Bill Weasley. Agotada por la semana más agotadora de su vida, tras esto último y haber encontrado el hueco perfecto en su almohada, se durmió.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Hola! Por fin! Disculpen la demoraaa! Pero decidí comenzar escribir mientras hago una práctica profesional que me tiene el tiempo agarrado junto con la Universidad.
Espero que les guste el capítulo! Es el más largo que he hecho hasta ahora, me voy superando de a poco, y ordenando también, pronto ya no será tan raro leerlo.
Subiré el próximo capítulo antes de una semana, palabra de Cataplaf ;D
Y gracias gracias gracias por los reviews: Xtasis, Katy y marta, las adoro.
Besitos!
