9
Fleur pasó un fin de semana tranquilo, pero algo triste, en su departamento. Aún estaba cansada por su primera semana y no le apetecía salir a caminar por el Londres muggle, y en el Callejón Diagon no había mucho que ver. Añoró la Francia mágica, sofisticada y glamorosa, donde pasaba tardes enteras con Gabrielle de compras o tomando negros cafés con sus amigas, charlando de cualquier cosa.
Antes de visitar Hogwarts, Fleur ya conocía partes del Reino Unido debido a unas vacaciones familiares y nunca le había parecido la gran cosa. Todo era muy gris y rocoso, y los pocos magos y brujas elegantes que habían conocido le aburrían de sobremanera.
Sumida aun en aquel estado anímico entraba al Caldero Chorreante el lunes por la mañana, su actitud altiva y ceño serio dejaban traslucir sus emociones. Y así la encontró Bill, sorprendido gratamente al verla de espaldas en la muralla trasera del local que se abría al Callejón Diagon.
– ¡Fleur! – exclamó, quizá más animado de lo que admitía.
La joven se volteó mientras los ladrillos se reacomodaban en un arco y su expresión se suavizaba en una sonrisa. Bill, con sus habituales botas y cola de caballo, le estrechó la mano con la suya cálida y grande, pareciendo realmente contento de verla y provocando que el estómago le diera un vuelco. "Sólo está contento pogque le cago bien", se dijo. Se lo repitió varias veces.
– Buenos días, Bill – lo saludó Fleur con poca voz.
– ¿Cómo estás? Espero que hayas pasado un buen fin de semana – le dijo él mientras emprendían rumbo al gran edificio que destacaba al final.
– Bien, gacias. Fue muy… guelajante. ¿Y tú?
Fleur era alta, pero Bill le sacaba al menos una cabeza de altura, haciendo que, para verlo a los ojos, caminando a su lado, tuviera que ladear la cabeza. Entonces, era completamente normal que Bill se fijara en lo largas y oscuras que eran sus pestañas, en el arco de las cejas, en la curva larga de su cuello y en su cabello cayendo hacia atrás por el movimiento, provocándole unas ganas inmensas de cogérselo con una mano para atraerla más a él y poder...
Sintió que se estaba demorando demasiado en responder, aunque no podía asegurarlo. Como en su rescate, sus ojos se posaron en una pelusa gris que la joven tenía en el cabello, cerca una oreja –un signo de interrogación perfecto.
– Tienes… – alargó la mano para sacarla, notando que Fleur se sonrojaba con el contacto. "La estás incomodando" se dijo, "y recuerda que quieres ser sólo su amigo".
Reaccionando, Bill le mostró la pelusa antes de soltarla al viento.
– Oh. Debe de habégseme pegado cuando se abguió la mugalla – dijo Fleur sin darle importancia y apartando los ojos. Otra idea había cruzado por su mente al ver la mano de Bill acercándose, relegando a la sucia pelusa al lugar menos importante de su mente – ¿Entonces? ¿Cómo estuvo tu fin de semana?
– Tranquilo – le respondió el joven, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta – Estuve en mi casa, con mi familia.
– Qué bueno – le dijo Fleur sinceramente.
– Sí… es extraño, en cierta forma, ¿sabes? No los veía mucho antes.
– Trabajabas fuera del país, ¿ciegto? – Bill la miró con sorpresa, por lo que se apresuró a decir:– Magcus, un compañego, lo mencionó.
– ¿Marcus? No me suena… – Bill se frotó la nuca con una mano, pensativo.
– Dijo que ega amigo de tu hegmano, Chag, Chal… – dijo Fleur, insegura.
– Ah, sí, Charlie – Bill esbzó una sonrisa divertida – Siempre fue más sociable que yo.
– Pego tú te ves sociable… – le dijo Fleur, frunciendo el entrecejo levemente.
– Ya, es verdad, pero no conoces a Charlie. Es imposible no querer ser su amigo.
– ¿Es menog que tú?
– Sí, dos años menor. Es el segundo.
– ¿Egues el mayog? ¿Tienes más hegmanos?
Fleur soltó las preguntas y de inmediato se arrepintió, pensando que Bill podría sentirse molesto por tantas preguntas, pero a él no pareció importarle, sino que sonrió ampliamente recordando a sus hermanos y le respondió:
– Yo soy el mayor. Luego viene Charlie, que tiene 23 años. Trabaja en Rumania, con dragones. Luego Percy, de 19; trabaja en el Ministerio, es Secretario del Ministro. Fred y George, de 17, son gemelos; Ron, de 15, y Ginny, de 14. Fred, George, Ron y Ginny están en Hogwarts aún. ¿Y tú?
Fleur se quedó pasmada. Seis hermanos, seis. Seis.
– Sólo tengo a mi hegmana pequeña Gabrielle – le dijo Fleur tras pasar unos segundos – Tiene 9 años y pog supuesto, igá a Beauxbatons cuando cumpla once. Es pgeciosa, muy divegtida y tiene muy buen gusto, la adogo.
– ¿Y cómo…?
– ¡Fleur! – una voz interrumpió la pregunta de Bill, haciendo que ambos se giraran hacia la derecha.
Marcus se acercaba raudo y cuando llegó junto a ellos le estrechó la mano a la joven con mucho ímpetu. Luego se volvió a Bill y su sonrisa se esfumó.
– Buenos días, Bill – lo saludó luego a él, secamente.
– Buenos días. Tú debes ser el amigo de Charlie, ¿no? – le preguntó éste sin dejar su sonrisa.
– Eeeh… sí… – Marcus pareció confundido – Es decir, no fuimos amigos amigos, pero nos llevábamos bien…
– ¿En qué casa ibas? – retomaron la marcha, con la chica entre los dos.
– Hufflepuff – respondió Marcus, poniéndose muy recto.
– ¿Qué es Hufflepuff? – preguntó Fleur. Recordaba vagamente que Davis, el chico con el que había ido al baile en el Torneo de los Tres Magos, le había dicho algo sobre "casas", pero apenas le había prestado atención.
– Hogwarts está dividida en cuatro casas, en las que entras tras una selección en el primer año – comenzó Bill – Cada casa tiene atributos especiales, por lo que se basan en ellos para ver en cuál encajas mejor. En Slytherin son astutos; en Ravenclaw, lógicos; en Hufflepuff – señaló con la mano a Marcus – son íntegros; y en Gryffindor, mi casa, valentía. Eso no quiere decir, claro, que no puedas tener atributos de otras casas... te seleccionan por la que más te represente.
– O sea que están todos sepagados– comentó Fleur, sacudiendo su largo cabello– Qué anticuado y abuguido.
Marcus parecía que iba a darle la razón, pero cerró la boca cuando escuchó a Bill reír.
– Es muy entretenido. Generas verdaderos vínculos de amistad con tus compañeros – pero luego frunció levemente el ceño – Aunque tienes razón sobre la división. Se generan disputas y barreras absurdas sólo por pertenecer a una u otra casa.
Fleur alzó la barbilla, sonriendo con suficiencia.
– Pog supuesto que tengo gazón.
Bill esbozó una sonrisa que hizo sentir incómodo a Marcus, por lo que se apresuró a carraspear y dijo:
– Fleur, hoy debemos hacer el informe semanal, ¿lo sabías? – no esperó que ella respondiera – Se entrega todos los lunes, detallando ciertos elementos de, ya sabes, nuestro trabajo – terminó con petulancia mirando de reojo a Bill.
– No lo sabía. Nunca he hecho un infogme escguito en inglés… Además de la pgueba paga entgag aquí.
– Si quieres, te puedo ayudar – soltó Bill, pero dándose cuenta de lo desesperado que había sonado, agregó de inmediato rodando los ojos:– Hago informes todo el día, incluso en sueños.
– Nosotros te podemos ayudar, Fleur, no es necesario que molestes a Bill – le dijo Marcus antes que ella alcanzara a abrir la boca – Además, llevamos años haciendo el mismo tipo de informe, por lo que no nos cuesta, pero si lo haces por primera vez te complicas mucho: tiene millones de detalles y términos que quizá te enredarían – esto último se lo dijo a Bill.
El pelirrojo lo miró con una sonrisa comprensiva. Estaba clarísimo que Marcus estaba celoso, lo que le provocaba distintos sentimientos. Primero, que era absurdo, ya que él y Fleur apenas se conocían; segundo, un poco de ternura al ver sus intentos por conseguir la atención de Fleur; y tercero, algo levemente parecido a lo que había sentido cuando Yerko le invitó un trago.
– Puede ser – le concedió con amabilidad.
Habían llegado al hall de Gringotts y Bill notó cómo a medida que avanzaban a la pequeña entrada lateral, los rostros de quienes allí habían se volteaban a ver a Fleur. Entraron por el pasillo en dirección a sus oficinas, separándose en la primera bifurcación. Bill se despidió de ambos con un gesto de la cabeza, a lo que Fleur respondió con un murmullo.
Bill tenía la vista fija en sus pergaminos sin verlos realmente. Se apoyaba con un codo en el escritorio y distraídamente se frotaba la nuca con los dedos, desordenándose la cola de caballo. Escuchaba el rasgueo de la pluma de Patrick, continua, haciendo el trabajo que él debería estar haciendo también; pero no, porque nuevamente su cabeza se encontraba en otras partes. En otra parte. En otra persona, siendo sincero…
Le había dado la impresión que Fleur estaba triste aquella mañana, sobre todo cuando había hablado de su hermana. A pesar de las sonrisas que le dirigía constantemente, tenía en los ojos lo que reconocía en sus antiguos compañeros de colegio que extrañaban a sus familias. ¿Sería por vivir en país ajeno? Porque por lo que sabía Beauxbatons era un internado, al igual que Hogwarts.
Él nunca se había sentido así. Ni en Hogwarts, ni al trabajar en el Oriente; siempre se adaptaba rápido a los nuevos lugares, a la nueva gente, a las nuevas comidas… De todas formas, eso había hecho que se separara gradualmente de su familia y lo lamentaba, sobre todo con lo sucedido a Ginny con la Cámara de Slytherin. Si él hubiese sido mejor hermano, más cercano a ella, si le hubiese demostrado que estaba ahí para ella, no habría tenido que volcar su pena en un diario maldito, ni habría estado a punto de morir.
Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar aquel momento y pensamientos sombríos llenaron su mente al recordar que el Innombrable había regresado. Pero tras unos instantes, la imagen de FLeur volvió a superponerse a las demás.
Ella, por el contrario, parecía muy cercana a su hermanita. De seguro la echaba muchísimo de menos. ¿Tendría amigos en Londres, o al menos en Inglaterra? Quizá se sentía sola… no sabía cuánto tiempo llevaba viviendo allí, ni si compartía su casa con alguien. ¿Hace cuánto tiempo que no vería a su familia? Le gustaría hacer algo para ayudarla, pero no sabía qué, lo único que se le ocurría eran tontas palabras que ya en su mente sonaban vacías y obvias.
Aunque, recordando las miradas de Marcus y de quienes la miraban pasar, lo más probable es que no le costara encontrar compañía, en hombres y mujeres. Y no se refería sólo a relaciones amorosas, sino también a amistades; todos quieren ser amigos del más popular, bonito e inteligente. ¿Le importaba o no que Fleur llamara tanto la atención? La conocía desde hace apenas dos días, si es que esa mañana contaba como día entero, así que: ¿tenía algún derecho que le importara que Fleur llamara tanto la atención? Incluso, ¿por qué estaba si quiera preguntándose eso?
Bill suspiró, tomando la pluma negra y haciéndola girar entre los dedos. No podía seguir haciéndose el tonto.
– ¿Bill? – de pronto oyó la voz de Patrick, sobresaltándolo y provocando una corta risa de su colega – No me estabas escuchando, ¿cierto?
– Lo siento, no – Bill se enderezó, frotándose los ojos – ¿Qué me decías?
– Te preguntaba si alguna vez estuviste trabajando en Europa del Este; tengo un caso algo raro.
– No… pero déjame ver, quizá reconozca algo – Patrick le extendió el pergamino.
– ¿Te encuentras bien? – le preguntó su compañero mientras Bill se disponía a revisar el documento – Estás como… ido.
– Ah, sí, estoy algo distraído – Bill se rascó bajo la mandíbula, en donde la barba que comenzaba a crecerle le picaba un poco – Pero no es nada, no te preocupes.
Patrick lo miró interrogante un instante y luego asintió, volviendo a sus pergaminos.
Bill se pasó una mano por la cabeza, aplastándose el pelo hacia atrás; debía concentrarse en su trabajo. Se sentó muy derecho y se enfrascó primero en el caso de Patrick y luego, en los suyos. Así lo sorprendió la hora de almuerzo, satisfecho, con gran parte del trabajo del día hecho.
Tras despedirse de Bill, Fleur y Marcus se dirigieron en silencio hasta la oficina. Marcus le lanzaba miradas de reojo a la joven, pero ésta no se daba cuenta, absorta en sus pensamientos. Caminaba tan erguida como siempre, con la barbilla alzada y aire altanero, pero se intuía en sus labios una sonrisa.
Recordaba la expresión feliz de Bill al encontrársela en la muralla trasera del Caldero Chorreante, con los ojos risueños y sinceros, extendiéndosele esa sonrisa que se le contagiaba tan fácil a Fleur y que le había hecho pensar en lo bello que estaba el día. Adiós añoranza.
Fleur nunca había sido de las que sonreían sólo por sonreír, sólo porque sí. Siempre pensaba antes de sonreír, siempre tenía la intención de antes de hacerlo. Sonrisas calculadas, planeadas. Esbozaba continuamente sonrisas irónicas, sonrisas suficientes, sonrisas de cortesía, sonrisas cuando estaba satisfecha consigo misma. Con sus padres sonreía suavemente y con amor real, pero sólo con Gabrielle reía con sus chistes, cuando le contaba anécdotas o cuando hacía cosas torpes.
Pero Bill sólo tenía que sonreírle para que ella lo hiciera automáticamente y, aun cuando lo conocía horas, pocas horas, tenía la certeza que siempre le pasaría lo mismo.
Y eso no era todo. Fleur tenía que reconocerlo: Bill no le atraía sólo a un nivel de amistad, sino que más. No podía negárselo más: le gustaba. Hizo que se sintiera mejor asumirlo; podía manejar que un chico le gustara. Ahora sabría a qué atenerse, al menos; ya había pasado otras veces por lo mismo, aunque no tan rápido y desde luego no con alguien parecido remotamente a Bill.
Saludó a sus compañeros casi efusivamente y recibió las indicaciones del día como si fueran las mejores noticias del mundo. La mañana se le pasó rápida, reforzando y depurando el cuarto nivel de los subterráneos, en los que agradablemente no habían intentado robar.
Se reunió con sus compañeros en el Comedor luego de pasar al baño a asearse y arreglarse el cabello, alzado nuevamente en una larga cola de caballo.
Gringotts contaba con sus propias cocinas en donde se preparaba el almuerzo de los trabajadores, tanto de duendes como de humanos, ya que los primeros desconfiaban de cualquier cosa que ingresara al banco y que ellos no controlaran; y fiscalizar la colación de todos (incluyéndose a los mismo duendes, porque no confiaban mucho ni en ellos) habría significado una pérdida valiosa de tiempo. Pero no era un servicio cualquiera, sino que contaban con elegantes platos de porcelana y copas de cristal, y la comida era de primer nivel.
Así y todo, Fleur alzaba una ceja y fruncía los labios cada vez que debía coger una de las labradas bandejas de bronce, aligeradas mediante magia, para llevar su comida a la mesa con sus propias manos, ya que el uso de magia dentro del edificio estaba muy limitado. Tanto Fleur como sus compañeros agradecían esto último; mientras más magia realizada, más trabajo para ellos.
Ese día se servía pastel de riñones y estofado con arroz. La comida inglesa no era de su preferencia, así que Fleur se decidió por la alternativa de ensaladas, suspirando al recordar la cocina de su madre, tradicional francesa, exquisita y refinada.
Al darse la vuelta casi chocó con Bill, provocando que derramara algo de agua en su bandeja.
– Lo siento – se apresuró a decir Bill mientras, con un movimiento de varita, hacía desaparecer el agua – No me di cuenta de que estabas tan cerca.
Aunque raro, eso era verdad, ya que Bill se había acercado a Fleur sin prestar atención a nada más. Cuando había entrado al Comedor, la había visto en la barra del buffet y no había resistido a saludarla e intentar intercambiar algunas palabras, mientras Patrick se ponía en la fila para retirar el almuerzo.
– No impogta – le dijo Fleur quitándole importancia, y sin mencionar el hecho que acababa de darles más trabajo con la magia realizada.
– Yo quería saber… ¿cómo te va con tu informe? – le preguntó mientras se movían dejando la vía de la barra libre.
– Lo hagemos en la tagde. Nos dan un cuagto de jognada paga haceglo, aunque podemos estag hasta que el banco ciegue – le explicó Fleur.
– ¿Un cuarto de jornada? Pero, ¿no dijo tu colega que era un informe largo? ¿No te costará hacerlo…? – le dijo frunciendo el ceño.
– Cgeo es más que suficiente – respondió la joven logrando una actitud de aplastante seguridad que en realidad no sentía, mirándolo con los ojos entornados y los hombros cuadrados, haciendo que Bill se sintiera algo incómodo – Se supone que estoy lo suficientemente calificada paga tgabajag, aquí, ¿sabías?
– No, no digo que no puedas hacerlo, es sólo que– Bueno, ya sabes, te reitero mi ayuda y… Algo de francés conozco. Sólo si tienes algún problema… Porque es primera vez que lo haces. Pero entonces tus colegas te ayudarán y… – Bill se pasó la mano por el pelo, hablando al final más para él. Le estaba costando expresarse ante la mirada desafiante de Fleur – ¿Sabes? Me enredé más de lo necesario y ya sabes lo quiero decir.
Fleur se sorprendió ante el brusco cambio de Bill, recordando cuando la había ayudado el viernes pasado, y que ella había sentido que realmente creía en sus capacidades. Solía ponerse a la defensiva cuando se hablaba de ello sin darse cuenta ya, y sabía el efecto que producía. Bill la miraba como con duda, esperándola.
– Sí entiendo – Fleur desvió los ojos de los suyos – Lo tendgé pgesente.
– Genial – alzó nuevamente la vista a su cara cuando oyó su sonrisa, grande y feliz – Estaré en mi oficina, cualquier cosa.
Fleur había comenzado a soltar una risita tonta cuando cayó en el hecho de lo que estaba haciendo y se cortó de inmediato.
– Igué a alogzag – murmuró mirando al frente – Que disfgutes tu comida.
Se escabulló de su lado sin darle tiempo de responderle, caminando rápidamente hasta su mesa. ¿Cómo podía estar soltando risitas tontas? Apenas le gustaba, Bill. No podía estar desarmándose ante sus sonrisas como si fuera una niñita. Eso no le había pasado antes; para eso no estaba preparada. Decidió que no iría a pedirle ayuda nunca más, y que su amistad debería basarse en los esporádicos encuentros que se produjeran accidentalmente en el edificio. Al menos hasta que se le pasaran esos impulsos tan raros y molestos.
– Estabas hablando con Delacour – le dijo Patrick alargando el último sonido.
– Sí. Estabas atento, al parecer.
Patrick soltó una risita mientras cogía el postre. Bill lo había alcanzado en la fila.
– No sólo yo; al menos todos los que los alcanzaban a ver – al ver que Bill fruncía el entrecejo, agregó: – No por ti, no te hagas ilusiones. Sólo que todo el mundo mira a Fleur cuando pueden.
– Y tú también, ¿cierto? – la mirada de Bill dejaba en claro que eligiera bien sus palabras.
– ¿Estás celoso? – le preguntó de manera insidiosa.
– Claro que no. No es correcto que estés como un… – Bill cerró la boca, apretando los labios al ver la expresión burlona de su compañero – ¿Te hace feliz molestarme?
– No sabes cuánto – le respondió Patrick sonriéndole como si fuera un niño pequeño.
Lo cierto es que Patrick era apenas un año mayor que él, por lo que habían coincidido en Hogwarts, pero no habían tenido relación allí. Patrick había pertenecido a Ravenclaw y tenía un perfil más bien bajo; por lo que le había contado, era muy estudioso y pasaba más tiempo en su sala común que en el patio u otros lugares donde podrían haberse encontrado. Bill se alegraba de haberlo conocido, a pesar que lograra tomarle el pelo con tanta facilidad.
– Ya, sólo estábamos conversando.
– Lo sé, lo sé – Patrick rió mientras caminaban en busca de una mesa vacía – Pero no te sorprendas si de pronto te atacan furiosos pretendientes celosos.
Bill rió con su amigo y almorzaron charlando de cualquier cosa. Se resistió todo el rato a buscar a Fleur entre la gente, sobre todo después del pequeño momento incómodo de recién. Realmente se había sentido mal consigo mismo bajo la mirada acusadora de Fleur. ¿Era eso parte del influjo de las veelas? Recordaba historias sobre las locuras que llegaban a hacer los hombres ante estas criaturas, aunque nunca lo había vivido de primera fuente; pero si Fleur tenía sólo un poco de su sangre, no le costaba creer que eran reales.
Se fueron del Comedor para volver al trabajo, en donde Bill descubrió con alegría que se había enfocado de tal forma en la mañana en sus casos, que poco le quedaba por hacer ahora. Quizá incluso podría salir más temprano. Con esta motivación, volvió a concentrar toda su atención en los pergaminos que le restaban.
Por esto, apenas oyó cuando tocaron ligeramente la puerta del despacho y que Patrick hacía pasar a alguien.
Fleur había andado todo el camino de su oficina a la de Bill y Patrick refunfuñando en su mente ante lo incompetentes de sus compañeros que no hablaban francés y de ella misma al no manejar a la perfección el inglés. Y que Bill no se percatara de su presencia no la hacían sentir mejor.
– Bill – lo llamó frente a su escritorio.
Recién entonces Bill reaccionó, alzando la vista para ver a Fleur, con la boca apretada como un botón rosado y el ceño ligeramente fruncido.
– Hola – atinó a decirle.
La chica tomó aire y miró para otro lado.
– ¿Me podgias ayudag con mi infogme? Sólo con algunas palabras – soltó rápidamente.
– Sí, sí, por supuesto. Eeh… – miró para todas partes y se levantó, pasando a su lado.
La silla extra que tenían en la oficina estaba cubierta de pergaminos, los que incluso estaban acomodados bajo ella. Sacándolos y dejándolos desordenados en cualquier parte, Bill acercó la silla a su escritorio.
– Siéntate, por favor.
Fleur lo hizo como si fuera un trono, aun con la expresión enfurruñada, pero mucho menos dura.
– Si tienes que tegminag algo, te espego, no te pgeocupes – le dijo con voz suave – Tengo tiempo.
– Está bien, yo… me falta poco – Bill la miró unos segundos y luego se enfocó en terminar los dos últimos casos.
Había pensado que Fleur no iría a verlo. O sea, a pedirle ayuda. Al menos esa impresión le había dado, por lo que tenerla ahora frente a él lo descolocaba un poco y sin darse cuenta comenzó a frotarse los dedos en la nuca nuevamente.
Estuvieron los tres en silencio por unos minutos. Patrick y Bill estaban centrados en sus pergaminos y Fleur aprovechó para mirar libremente a este último.
Escribía rápido con una pluma negra, llevándose la punta de vez en cuando a la boca. Tenía la cabeza medio de lado, acomodada a la mano izquierda con la que se tocaba la nuca, y se fijó en que tenía la coleta bastante desarmada y con muchos nudos sobre el elástico. Las cejas, más oscuras que su cabello, se mantenían rectas enmarcándole los párpados bajos, dirigidos a la lectura sobre el escritorio. Por primera vez se fijó en que tenía pecas muy tenues sobre la nariz, un poco larga, y la parte superior de los pómulos. Tenía la mandíbula cuadrada cubierta de una sombra que anticipaba la barba y siguió con la vista la línea que bajaba contorneándole el cuello hasta las clavículas, visibles apenas por la camiseta.
Un carraspeo la sacó de su examen, haciéndola sobresaltar y voltear la cabeza. Patrick, de pie y poniéndose una chaqueta sobre la túnica, le sonreía divertido.
– Yo terminé por hoy – anunció sin dejar la sonrisa.
– ¿En serio? ¿Más rápido que yo? – le preguntó Bill, incrédulo.
– Oh, sí. Antes de que llegaras estaba solo, ¿recuerdas? Trabajo bastante rápido cuando no converso todo el día.
Bill resopló, haciéndose el ofendido. No conversaban todo el día y siempre cumplían profesionalmente, pero cuando se enfocaban como ahora terminaban mucho antes. En general usaban ese tiempo para adelantar el trabajo del otro día, pero al parecer Patrick no estaba de humor para ello.
– Que llegues bien a tu casa – le deseó Bill a modo de saludo, volviendo a su pergamino.
Patrick se despidió de Fleur, quien todavía tenía los ojos grandes por haberse visto pillada, y salió de la oficina.
Para no arriesgarse a que ahora fuera Bill quien la descubriera mirándolo, se puso de pie al poco rato y comenzó pasearse por la oficina, deteniéndose en el mapa que señalaba la distribución de tesoros en el mundo, las maldiciones que los protegían y el estado de avance en cada caso. Unos minutos más tarde, oyó a Bill soltar aire, relajado.
– Al fin – le dijo, colocando el último pergamino sobre una pequeña montaña a su lado – Y aún nos queda harto tiempo. Enséñame qué necesitas.
Fleur le extendió el pergamino que llevaba en sus manos. Era bastante largo y estaba escrito con una letra pulcra y estilizada.
– Me faltan ciegtos conceptos técnicos que no manejo muy bien – le explicó – Y mis compañegos no supiegon tgaduciglos.
– Espero ser de ayuda… – murmuró Bil mientras comenzaba a leer el informe de Fleur – Mira, deberíamos ir corrigiéndolo a medida que lo voy leyendo, para ir más rápido… – miró a Fleur y su escritorio unas cuantas veces, como midiendo la distancia – ¿Por qué no te sientas aquí? Así sería más fácil…
Bill creyó que tal vez Fleur pensara que era sólo una excusa barata para estar más cerca de ella (que un poco, sólo un poco de eso tenía), pero se relajó al ver que la joven tomaba la silla y la colocaba a su lado.
– Ya, de partida, hay varios verbos que no estás conjugando bien… – ambos se inclinaron hacia el pergamino y los siguientes quince minutos estuvieron corrigiéndolo, mezclado con las explicaciones de Bill.
Se encontraba extrañamente ansioso teniendo a Fleur tan cerca, pero estar centrados en el informe le ayudaba a tranquilizarse y a no mirarla muy seguido.
– …Entonces, éste te lo tienes que aprender de mem… – las palabras se le cortaron de repente. Fleur, con la vista fija en la palabra que Bill indicaba con la pluma, se había soltado la cola de caballo y con los dedos se agitaba el cabello para deshacerle la forma.
– ¿Bill? – lo llamó, mirándolo al ver que no retomaba la explicación.
El aludido tragó saliva con dificultad. Le había llegado de golpe una nube del perfume de Fleur, concentrado en el cabello amarrado y luego la vista se le había quedado prendada en el movimiento rítmico de su cabello agitado.
Se apartó de los ojos de Fleur que lo miraban interrogantes y continuó hablando, algo tenso.
Fleur escuchaba a Bill haciendo su mayor esfuerzo; tenerlo así de cerca la llenaba de tribulaciones. No es que no estuviera acostumbrada a tener gente u hombres en específico cerca de ella, los franceses no eran gente fría o lejana; se acostumbraba cierto grado de contacto físico, no como los ingleses. Pero al parecer los papeles estaban invertidos, ya que Bill no parecía en modo alguno incómodo por su cercanía y era ella la que debía estar peleándose por aprender todo lo que el pelirrojo le enseñaba, quitando constantemente la vista de sus labios y de sus manos.
Por suerte terminaron con las correcciones de lo ya había escrito y se centraron en las palabras que Fleur no conocía. Bill se manejaba bastante bien con el francés y además tenía un diccionario muggle que usó unas cuantas veces. Lo sacó de un montón de libritos parecidos, y él le contó que Patrick los había conseguido por primera vez hacía años para ayudarse con el trabajo, en el que regularmente estaban recibiendo documentos en otros idiomas y que los actualizaban año a año. Fleur reconoció que era una idea buenísima y muy práctica, considerando seriamente comprarse uno para su uso personal.
Bill se había relajado, reclinándose en la silla, con las piernas estiradas cuan largas eran y el pergamino alzado frente a su vista. Fleur se había apoyado de costado en el escritorio, por lo que sin darse cuenta habían quedado casi uno frente al otro.
Tras encontrar, explicar y aprender un adjetivo particularmente complicado, Bill dejó el pergamino en el escritorio para estirarse. Los dedos de Fleur no habían dejado de moverse de forma automática haciéndose delgadas trenzas en el cabello.
– Qué rápida eres – le comentó Bill.
– ¿Mmh? – Fleur se había distraído viendo los músculos del cuello de Bill tensarse cuando se había estirado – Oh, me entguetiene haceglo.
Sin pensarlo, Bill cogió una de las trencitas y deslizó los dedos por ella.
– Te quedan muy bonitas… – le dijo, fijándose en lo regulares y apretadas que estaban.
Fleur sintió cómo la cara se le iba tiñendo roja y el corazón le retumbaba en el pecho. Entreabrió la boca, pero no dijo nada, hasta que Bill la miró y se quedaron mirando a los ojos unos segundos. Bill soltó la trenza y lentamente recogió la mano hasta su regazo. Fleur estaba con las mejillas encendidas y eso no sabía cómo interpretarlo.
– ¿Sigamos? – murmuró y volvió al pergamino, continuando sin esperar a que Fleur le respondiera.
Ésta pestañeó varias veces obligándose a retomar el hilo de la voz de Bill. Continuaron sin hacer más pausas y poco a poco el ambiente fue distendiéndose hasta que ambos volvieron a relajarse. Bill incluso bromeó con algunos de los ejemplos que le daba para hacerse entender mejor. Al terminar, nuevamente estaban sonriendo y la situación de la trenza había quedado atrás.
– Oye, terminamos antes de lo que pensaba – comentó Bill luego de haber releído el informe en una última corrección – No estoy diciendo que pensara que nos íbamos a demorar mucho porque no entendías, sino que… – la risa de Fleur paró la apresurada aclaración del joven.
– Muchas gacias pog la ayuda, Bill – le dijo e, inclinándose, lo besó en la mejilla.
Si antes había sido Fleur la anonadada, ahora Bill parecía en shock, con los ojos redondos y las orejas rojas. Fleur volvió a reír, más suave ahora, ante su reacción. Aunque volvía a retumbarle los latidos en el pecho, sentía los labios picantes y no podía dejar de sonreír, pudo mantener la compostura. Quizá porque dar besos en la mejilla no era algo nuevo para ella o porque le sorprendía más la cara de Bill.
– Yo, eh… – Bill se frotó la nuca con fuerza, como instándose a responder – De nada – la sonrisa de Fleur, mezcla de alegría y de su reacción, hizo que se mordiera un segundo la lengua para terminar de normalizarse – De todas formas, dominas muy bien el inglés.
– Pego aún me falta mucho – le señaló Fleur, cogiendo la pluma de Bill y jugando con ella entre los dedos – De hecho, una de las gazones paga venig a tgabajag aquí fue mejogag mi inglés. Hoy apguendí hagto, egues un buen pgofesog, pego sé que me falta más.
– Puedo hacerte clases, si quieres – le dijo Bill en broma.
Fleur ladeó la cabeza ante sus palabras, dejando quieta la pluma.
– ¿En seguio lo haguías? – le peguntó.
Bill la miró, sorprendido nuevamente. No se lo esperaba, ¿hacerle clases? ¿Él, haciendo clases? Y no sólo eso, ¿él haciéndole clases a Fleur?
– Sí – le respondió con firmeza, cortando de cuajo las escenas que su imaginación había empezado a generar como loca ante la perspectiva de hacerle clases – Si tú quieres, claro.
– ¡Me encantaguía! – exclamó Fleur, entrelazando los dedos frente a sí.
Bill no pudo evitar sentí como que se derretía en una sonrisa bobalicona ante la expresión feliz de la chica.
– Cuando quieras – le dijo.
Fleur se golpeteó distraídamente los labios con la punta de la pluma, pensando.
– Me acomodan todos los días, en guealidad, después de salig de aquí. Elige el día que te acomode más a ti.
– También puedo todos los días. Incluso, si quieres, podríamos hacerlo más de una vez a la semana… – tanteó Bill, diciéndolo como si nada, esperando que no fueran sus ganas por tenerla cerca las que habían hablado.
Fleur se mordió el labio inferior un instante.
– Seguía magavilloso… Si no te molestaga… ¿Podguían seg los magtes y jueves? Paga que el viegnes tengas libgue – aventuró tímidamente.
– Me parece perfecto – le dijo en seguida sin cuestionárselo ni un segundo.
Se miraron sonriendo por un momento; en su interior, ambos estaban más contentos de lo que aparentaban.
– Bueno, cgeo que igué a entgegag esto – dijo Fleur enrollando el pergamino.
– Espérame; si quieres te acompaño y salimos juntos – nuevamente Bill se mordió la lengua.
Siempre sentía que le hablaba antes de pensar y temía sonar muy agobiante, pero Fleur sólo ensanchó más su sonrisa, asintiendo animadamente con la cabeza.
Caminaron hasta la oficina en silencio, Bill con las manos embutidas en los bolsillos de sus jeans y Fleur avanzando cada paso como si conquistara ese pequeño pedazo de suelo.
Hookner estaba como de costumbre haciendo anotaciones en sus grandes libros negros y recibió su pergamino seca pero educadamente, lanzándole apenas una mirada a Bill, que la esperaba en el dintel de la puerta. En cambio Robert y Marcus, quienes aún estaban completando sus informes (Tina debía haber terminado ya), lo miraron descaradamente, el primero con curiosidad y el segundo con antipatía. Bill les sonrió y los saludó con un gesto de la cabeza, sin afectarse ante la atención.
Fleur se despidió de la mano con sus colegas y salió, precedida de Bill.
– Tegminamos antes que Gobeg y Magcus – le comentó – Y eso que ellos llevan años haciéndolo.
Bill rió ante el tono petulante de Fleur.
– Es que no me tuvieron como ayudante – le dijo, sabiendo que Fleur reaccionaría de la forma en que lo hizo, alzando la barbilla y una ceja, abriendo la boca para replicar. Bill soltó una carcajada, indignándola aún más.
– No te bugles de mí, Bill Weasley – le dijo entornando los ojos.
– No me burlo, no me burlo – Bill levantó las palmas, riendo aún.
Fleur lo miró suspicaz y luego sonrió, agitando su cabellera rubia llevándola a su espalda.
– ¿Desde hace cuánto estás viviendo aquí? – le preguntó Bill, cambiando el tema.
Fleur le contó que llevaba apenas un mes y que arrendaba un departamento en el Londres muggle, cerca del Callejón Diagon. Ante las preguntas de Bill, le contó también que no había visto a su familia en ese tiempo, pero que su hermana iría a verla unos días antes de empezar el colegio y que iría ella luego a Francia para Navidad, si es que le tocaban los turnos libres.
Bill siguió preguntándole trivialidades, como qué le parecía Inglaterra, su departamento, el trabajo, etcétera; mientras tanto, avanzaban por la calle adoquinada y Bill no pudo dejar de fijarse en que la gente se quedaba mirando a Fleur, sobre todo los hombres. ¿Era su impresión, o acaso era más que lo normal? Aunque en realidad no había estado tanto tiempo con ella en lugares públicos como para saberlo. Fulminó con la mirada a quienes se cruzaron con su vista sin dejar de poner atención a las palabras de Fleur, quien no parecía reparar o importarle lo que causaba a su alrededor.
Llegaron al Caldero Chorreante, en donde saludaron a coro a Tom, quien pareció sorprendido de verlos juntos. O de ver a Fleur acompañada de él.
Habían llegado a la entrada del local y se quedaron en silencio ante la despedida.
– Yo me desaparezco aquí – Bill señaló una pequeña recámara sin puerta que estaba junto al pequeño recibidor de la taberna.
– Yo me voy caminando, así que… – Fleur miró al suelo sin terminar la frase.
– Nos vemos mañana, para ver si podemos hacer algo contigo – le dijo Bill, picándola a propósito.
Fleur levantó la vista de inmediato, aireada; pero luego lo miró con la cabeza ladeada y los ojos entornados.
– Qué gacioso – dijo cortante, esbozando media sonrisa.
Bill rió entre dientes mientras extendía una mano, pero Fleur se le adelantó y volvió a besarlo en la mejilla.
– Adiós, Bill – le dijo con malicia – Nos vemos mañana.
Y salió del Caldero Chorreante, dejándolo otra vez plantado unos segundos. Luego esbozó una sonrisa corta y, frotándose la nuca, caminó al pequeño cuarto y se desapareció.
Hola hola!
Primero que todo, lo siento u.u pero no pude actualizar antes de una semana... Mi palabra no vale nada.
Espero que les guste el capítulo y veremos si puedo subir el próximo luego :)
Besitos!
