Primero que todo: LO SIENTO por haber dejado todo tirado por tanto tiempo. Tengo varias excusas, que son válidas y todo (mi abuela está enferma, trabajos de la universidad, depresiones juveniles, quiebres amorosos, etc.), pero de todas formas me siento culpable, ya que quienes leen este fic lo hacen sólo porque les gusta lo que escribo y me siento tan agradecida por ello.

Lo que me lleva al segundo punto: GRACIAS por los mensajitos :) me subieron tanto el ánimo cuando los leí, gracias gracias, besos besos! Los contestaré todos.

Y por último, el capítulo no es lo que esperaba para un poco redimirme por el tiempo pasado, pero piensen en él como de transición, jajaja. Ah, y sé que mis gemelos decepcionarán, pero es que no pude escribir nada chistoso al estilo Fred y George, así que para no embarrarla, aparecerán poquito u.u

A leer!

10

Fleur se encontró a sí misma mirándose en el espejo de su pequeño baño en busca de alguna falla en su apariencia. De inmediato frunció el ceño, mirándose a los ojos con reproche. ¿Acaso estaba insegura de su belleza? Por Circe, ella podía estar sucia, tener el cabello corto y vestir harapos y seguiría siendo la más hermosa. Aunque quizá su hermana le quitaría el puesto en una situación así.

Sonrió suavemente al recordar a Gabrielle y comenzó a hacerse una trenza que partía desde la frente, pegada a la cabeza; ya estaba cansada de usar cola de caballo todos los días. Quedaban sólo dos semanas para que su hermana la fuera a visitar y estaba ansiosa de verla. Quería contarle tantas cosas… Lo que la remitía a Bill y, nuevamente, a su imagen frente al espejo. Se analizó con ojo crítico, continuando la trenza de manera automática. Pero no miraba su exterior –que por supuesto estaba perfecto, pensaba.

Desafiándose a ella misma con la mirada, se obligó a pensar en lo que fuera que estaba sintiendo por Bill. Cada decisión que tomaba respecto a él terminaba olvidada luego de unos instantes a su lado. Y eso que eran muy pocos los instantes que había pasado a su lado hasta el momento, se recordó como lo hacía cada vez que pensaba en él. ¿Entonces qué? Bill la atraía con una fuerza increíble sin que si quiera se diera cuenta de ello. Prefirió no avanzar por esos lados y se centró en la relación que tenían, algo más concreto y por lo tanto seguro de analizar.

Podía ser que finalmente sólo fueran amigos. Era totalmente probable, ¿por qué no? Se llevaban bien y Bill no había intentado seducirla. Pero y si… ¿y si llegaban a ser algo más? ¿Y si no fuera sólo algo pasajero, sino una relación seria, con todo lo que implicaba –sus seis hermanos, por ejemplo? Fleur soltó un pequeño bufido, atándose el final de la trenza con un lazo negro y cortando aquellas preguntas tan tontas; era sólo el tercer día en que lo vería, por Merlín.

Se dio un último vistazo en el espejo y salió del baño, deteniéndose en la habitación para rociarse apenas unas gotas de perfume. En la pequeñísima, pero funcional cocina, se preparó un café negro y sacó unas pastas inglesas que había comprado el día anterior. No eran bollos franceses, pero al menos no estaban mal. Se sentó a la mesa, avanzando un capítulo del libro que estaba leyendo mientras desayunaba.

El sol la calentó cuando caminaba por las calles hasta llegar al Caldero Chorreante. Se dio cuenta que había tenido una secreta esperanza de volver a encontrarse con Bill cuando llegó alicaída a las escaleras del edificio de mármol sin haberlo visto.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

– ¡Buenos días! – saludó Bill, revolviéndole el pelo a Ron mientras entraba a la cocina.

– Buenos días, cielo – la respuesta de su madre fue la única que se entendió entre el murmullo de Ron, Fred y George.

– ¿Tan temprano y levantados? – le preguntó a sus hermanos cogiendo un plato con huevos fritos y salchichas que le alcanzaba su madre. Ron murmuró algo que Bill entendió como "quidditch" – ¿Y papá?

– Tuvo que salir temprano a una emergencia – suspiró su madre, alzando una gran calabaza amarillo pálido con un movimiento de varita.

– Guau, ¿es de la casa? – le preguntó Bill, maravillado.

– Sí, están dándose preciosos. Haré un budín para la cena.

– Oh, guárdame mi parte, por favor. No estoy seguro a qué hora llegaré – Bill abrió el ejemplar del Profeta que su padre había dejado sobre la mesa.

– ¿Una cita con tus pergaminos? – le preguntó Fred desperezándose.

– No, yo… – Bill frunció levemente el ceño. ¿Por qué de repente no quería decirle lo que haría? – Tengo otras cosas que hacer.

– Claro, querido, pero intenta no llegar tan tarde – le dijo su madre apenas escuchándolo – Recuerda que hay que terminar de ordenar las cosas que llevaremos a la casa de Sirius – salió de la cocina guiando con la varita un enorme montón de ropa.

Bill asintió con la cabeza aunque su madre no lo veía. Ya tenía listas sus cosas; nunca había sido bueno acumulando y todo había vuelto a las maletas con que había llegado de Egipto. Su madre no estaba muy feliz de dejar la Madriguera para ir a la casa de la familia Black, que ahora serviría de cuartel para la Orden del Fénix, y Bill tenía la sospecha que lo había intentado retrasar lo máximo posible. Pero ahora que sus hermanos pequeños habían llegado a casa, no le quedaban excusas y se había puesto a empacar y guardar de mal humor.

Apenas los pasos de su madre se perdieron, Fred y George se inclinaron hacia adelante, mirándolo con suspicacia. Ron seguía masticando sus tostadas sin mucho entusiasmo.

– Ahora desembucha – le dijo George.

– Y no te hagas el inocente – le advirtió Fred al ver cómo su hermano mayor alzaba una ceja.

– ¿A qué se refieren? – les preguntó Ron al ver las expresiones suspicaces de sus hermanos.

– No me he hecho el inocente ni nada – Bill era la viva imagen de la tranquilidad, hojeando el periódico – Le haré clases de inglés a una compañera de trabajo, eso es todo.

Los gemelos se miraron de reojo, con una idéntica sonrisa maliciosa.

– Claro, clases de inglés… – dijo Fred

– …Y seguro que le enseñarás muy bien… – dijo George.

– Sí, por supuesto – les respondió Bill rodando los ojos – Así que no me esperen levantado.

– Bueno, ¿y cómo se llama?

– ¿Desde hace cuánto que están juntos?

– ¿Cuándo se la presentarás a mamá?

– ¿Ya han…?

– A ver, a ver – Bill detuvo a Fred con un gesto de la mano – Sólo somos compañeros de trabajo. Está un poco complicada con el idioma, ya que es francesa, por eso la ayudaré… No hay nada más entre… medio – en último minuto le había parecido extraño decir "nosotros", y terminó con la impresión que todo lo dicho era más una afirmación para él que a sus hermanos pequeños.

– Ya, bueno, si no quieres contarnos no lo hagas – le dijo Fred, volviendo al estado aletargado de al principio.

– Sí, qué pesado – George bostezó sirviéndose más té.

Bill ya había terminado de desayunar, por lo que se despidió de sus hermanos y se desapareció en el jardín.

No se encontró con Fleur en la muralla trasera del caldero Chorreante y se sintió bastante decepcionado, ni siquiera se lo intentó ocultar. Se encaminó al Banco sin prestar demasiada atención a su alrededor, pensando en la clase que tendía que hacer en la tarde.

De pronto sentía que había sido una muy mala idea. Que no estaba preparado, ¿qué podría enseñarle? ¿Desde cuándo él se consideraba apto para enseñar? Debería haberle dicho que lo decía bromeando y se ahorrarían un momento incómodo… estaba casi seguro que sería el peor profesor que Fleur podría desear y que pensaría que sólo lo hacía para intentar acercarse a ella y seducirla, que estaba usando la peor excusa de la vida para acercarse y que lo encontraría patético y le dirigiría una mirada como la que le dirigió a Yerko antes de pararse e irse y nunca más hablarle, y que le contaría a todo el mundo y que… y que… y que nada. ¿Por qué tendría Fleur que pensar eso? ¿Qué le importaba a él hacer el ridículo? De hecho, ¿por qué estaba pensando en que haría el ridículo, o que no podría hacer una clase, una simple clase de inglés? Claro que podía; por supuesto que podía; era un idiota si pensaba que no podía.

– Estás ido… – oyó.

Se percató que había llegado a su oficina por inercia. Patrick lo miraba desde su escritorio, abriendo el correo que les llegaba cada mañana.

– Buenos días – lo saludó con una palmadita en el hombro y se dejó caer en su silla.

– ¿Estás bien? – le preguntó su compañero.

– Sí, sólo un poco… adormilado.

– Ya. Bueno, ¿y? ¿Cómo te fue ayer con Fleur? – Patrick lo miró con su habitual subida y bajada de cejas, evidentemente interesado en todos los detalles.

Bill pensó en la tarde anterior y esbozó una sonrisa ligera. Pero luego recordó lo que había estado pensando y la sonrisa se le desvaneció. ¿Por qué se cuestionaba tanto todo lo relacionado con Fleur? Se pasó una mano por la nuca una vez con fuerza.

– Bien – dijo de manera brusca. Por alguna razón, Patrick pareció conforme con esa respuesta y sin agregar ningún comentario, le alcanzó una parte del correo y de las tareas del día.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Fleur entró en el Comedor con la barbilla alzada y el semblante serio, como de costumbre. Se detuvo bajo el dintel un momento, ignorando los rostros vueltos hacia ella y buscando entre la gente al único pelirrojo que trabajaba en Gringotts. Cuando lo localizó, sentado en una de las mesas del fondo, sonrió complacida.

Se dirigió con paso altivo hasta su mesa. Estaba sentado frente a Patrick y de espaldas a ella, por lo que no la vio llegar a su lado hasta que Patrick la miró.

– Fleur – la saludó con un gesto de la cabeza.

– Patrick – le respondió imitándolo.

Bill se dio vuelta rápidamente, golpeándose la rodilla con la pata de la mesa. Sí, justo como quería, sobre todo al verla parada junto a él, con una simple túnica verde que así y todo resaltaba su figura y una trenza que le daba un aspecto cándido que extrañamente incitaba un tipo de pensamientos totalmente opuestos a ello en su mente.

– Hola Fleur – la saludó ceñudo sobándose el lugar adolorido y poniéndose de pie.

– Hola Bill – aprovechando que estaba algo encorvado por ocuparse de su rodilla, Fleur no tuvo que estirarse para besarlo en la mejilla – ¿Cómo estás?

Sabía que esos besos fugaces, que en su país no significaban nada, a Bill lo descolocaban; ya lo había visto dos veces el día anterior y Fleur lo había adorado. Esta vez no fue distinto, pero el joven se sobrepuso más rápido, enderezándose con seguridad.

– Bien, ¿y tú?

– Bien, gacias – con una mano movió la trenza hacia su espalda – Queguía hablagte sobgue la clase de hoy. ¿Dónde te paguece que nos gueunamos cuando tegminemos la jognada?

– Puedo esperarte fuera de tu oficina – sugirió Bill – Así no te preocupes por terminar rápido todo; yo tengo mucha más libertad de acción. Termino lo mío y voy, ¿te parece?

Très bien.

– Y empezaremos a corregir estos detallitos – le dijo Bill molestándola con expresión maliciosa.

– No tengo que coguegig nada – replicó aun sabiendo lo absurdo de su respuesta.

Bill resopló divertido y ahí estaba, la sonrisa que Fleur inconscientemente había estado esperando y que replicó de inmediato sin darse cuenta.

– Nos vemos más tarde, entonces – le dijo Bill exagerando su acento inglés.

¡Aur revoir!– le respondió Fleur a la vez que se daba vuelta y se dirigía a la barra de buffet.

Bill la quedó mirando unos segundos hasta que se percató que varios hombres lo estaban espiando con mala cara. "Siéntate, Bill" se dijo y obedeció. Patrick lo miraba atónito.

– Qué – le espetó el pelirrojo, volviendo a su comida.

– ¿Cómo que qué? – Patrick soltó una risita. Bill abrió la boca para replicar, pero lo pensó mejor y no dijo nada – Ok, ok. Tampoco diré nada, tranquilo. Quiero decir… para qué. Pero – levantó un dedo amenazador – ya te pediré la cuenta, amigo mío.

Bill se hizo el desentendido.

Mientras tanto, Fleur se sentaba en la mesa junto con sus compañeros y comía sin prestarles atención.

Estaba nerviosa por la clase que tendría con Bill y eso la confundía un poco ya que, por supuesto, nunca había estado nerviosa por una cita. Se había dado cuenta cuando había empezado a pensar en qué haría ella en la clase, en cómo sería su desempeño, en que esperaba no sonar tonta… Todas eran cosas que nunca le habían importado con un chico. Sentía que quería impresionar a Bill, no que lo iba a impresionar. Y había una gran diferencia en ello. Y que estuviera pensando en todas esas cosas cuando la clase de la tarde no era una "cita" propiamente tal – en realidad no era una cita por donde la mirara– la confundía aún más.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

La tarde se le pasó rápida y antes de que se diera cuenta estaba subiendo de los subterráneos en compañía de un poco amigable duende. Ella tampoco era amigable, en todo caso; se limitaban a ignorarse tanto como podían.

Cuando llegó a su oficina no encontró a Bill esperándola y pensó por un microsegundo que no vendría porque se le había olvidado, que ella no le importaba y que le contaría a todo el mundo que la había dejado plantada. Luego se recordó quién era ella y se concentró en ir a firmar el libro que manejaba Hookner.

Se despidió de Tina y Robert y salió de la oficina. Pensaba en dónde podría esperar a Bill cuando una mano le asió la muñeca. Tuvo un instante de furia porque alguien se hubiese atrevido a hacerle eso, hasta que se dio cuenta que era el pelirrojo quien la sujetaba con una sonrisa.

– No me viste – le dijo como excusándose mientras la soltaba con suavidad.

Fleur ignoró la leve decepción que sintió y se cruzó de brazos.

– No estabas espegándome como dijiste – le recriminó.

– Lo siento – se disculpó algo divertido – Aunque estaba cuando saliste de tu oficina. En eso habíamos quedado.

– No fue muy caballegoso de tu pagte – le dijo reanudando el paso y dejándolo donde estaba.

– Fleur… – Bill la llamó desde su lugar. A regañadientes, la chica se dio vuelta. Él la miraba con el ceño fruncido como intentado ser duro, pero una sonrisa de lado lo delataba – Espérame.

Avanzó hasta llegar a su lado y comenzaron a caminar, Bill riendo por lo bajo ante la expresión amurrada de ella.

– Y ¿dónde haremos las clases? – le preguntó Bill mientras bajaban la gran escalera de mármol – ¿Has pensado en algún lugar?

– Yo… cgeo que podguíamos haceglo en mi depagtamento – propuso Fleur sonrojándose intensamente.

Por suerte Bill miraba hacia el frente, sopesando su propuesta e intentando no desviarse hacia las alternativas que le sugería la frase de Fleur.

– Si te acomoda, no tengo ningún problema.

Charlaron del día de cada uno hasta llegar al edificio de cuatro pisos en que vivía la joven. Subieron las escaleras – el piso de Fleur estaba en el segundo piso – y sacó unas llaves para abrir la puerta.

– ¿No usas magia para esto? – le preguntó Bill, extrañado.

– Es un edificio muggle – explicó la chica – No me puedo aguiesgag a que alguien me vea haciéndolo. Dentgo no hay pgoblema.

– Claro, claro – Ahora recordaba la regulación de la ley mágica al respecto, pero estaba tan poco acostumbrado a transitar por el mundo muggle que habían cosas que se le escapaban.

El departamento no era muy grande, pero bastaba para una sola persona. El comedor y el living estaban en una sola habitación y la cocina era estilo americana. Se veían dos puertas cerradas en un pasillo, que Fleur indicó como el baño y su cuarto. No había decoraciones salvo dos jarrones con flores y fotografías familiares.

– Es bonito – comentó Bill tras echar un vistazo.

– ¿Quiegues tomag algo? – le ofreció Fleur.

– Sólo agua, por favor.

Fleur sirvió dos vasos y se sentó en uno de los sillones. Bill la imitó, sentándose en el sofá de dos cuerpos.

– Bueno, tengo en mente una especie de programa para que mejoremos… – Fleur comenzó a deshacerse la trenza sin dejar de mirarlo – … tu inglés.

Bill la miró unos segundos sin decir nada, hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Pestañeó varias veces y le contó su propuesta. Sólo lo había dividido en temas, ya que el tiempo era mejor ir definiéndolo a medida que avanzaran. Fleur se mostró de acuerdo y comenzaron en seguida.

Partieron con pronunciación de conversaciones triviales y Bill estaba mucho más relajado de lo que había pensado. Feur no estaba jugando tanto con su cabello y era una buena estudiante.

Por su parte, Fleur lo escuchaba atenta y hacía su mejor esfuerzo. Empujó a un rincón apartado la lamentación por estar tan lejos de Bill.

– ¿Te parece que hagamos un receso? – le preguntó el joven cuando llevaban alrededor de cuarenta minutos.

Clago – aceptó Fleur, contenta al ver que no era el final de la clase – ¿Quiegues un café?

– Sí, gracias.

Bill se levantó con la intención de ayudarla. Como no era necesario, ya que Fleur puso a calentar el agua y preparó las tazas con unos cuantos movimientos de varita, se sentó en uno de los altos pisos de la cocina americana.

Tomó un gran sorbo del café que le acercó la chica y de inmediato arrugó el rostro.

– Está cargado – comentó.

– Oh, disculpa, no te pgegunté qué tan fuegte lo tomas… Te hagué otgo.

– No te preocupes… – Fleur no le hizo caso y a los segundos le entregó otra taza con un líquido menos oscuro.

– ¿Quiegues cgema? – le preguntó alcanzándole un jarrito de cerámica.

– Me siento un poco avergonzado – le dijo Bill mientras vertía crema en su taza – No cumplo el estándar francés, al parecer. Soy un buen inglés, prefiero el café suave y el té a las cinco.

– Lamento no teneg té – le dijo Fleur divertida – Compgagué paga la pgóxima clase.

– Ah, no. Apuesto que no comprarías el que corresponde – la picó Bill – Yo lo traeré.

Fleur se limitó a tomar un sorbo de su café, decidida a no caer en su provocación.

– ¿Y cómo están tus hegmanos? – le preguntó como si nada.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Fleur se despidió de Bill con un beso en la mejilla, nuevamente, pero esta vez él ya se lo esperaba; apenas se le pusieron las orejas coloradas y estaba seguro que la joven no se había dado cuenta. Se desapareció dentro del departamento para no arriesgarse en el mundo muggle y un momento después estaba en el patio trasero de la Madriguera. Sonriendo ampliamente, entró a la cocina en donde su padre revisaba un pergamino y sus hermanos charlaban animadamente sobre el traslado a la casa Black.

Se calentó la cena y se sentó conversando con su padre, sorteando las preguntas que los gemelos le hicieron de su clase.

Se sentía animado y feliz. Todo había salido bien, no había hecho el ridículo y no había sido incómodo estar en el departamento de Fleur a solas con ella. Además, la perspectiva de comenzar a cooperar en la Orden se hacía cada vez más cercana.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Cuando Bill se desapareció, Fleur se mordió ligeramente el labio inferior mientras contenía una sonrisa. Todo había ido perfecto y no la había delatado el nerviosismo estúpido que sentía, incluso había bromeado con Bill con naturalidad.

Feliz, se aseó y se acostó, perdiendo la vista en el cielo estrellado que se asomaba por su ventana hasta que se durmió.