Los días se sucedieron rápido. La segunda clase pasó ligera y con más comodidad entre ambos; pasó el viernes y los Weasley se trasladaron a la casa de los Black y Bill asistió a su primera reunión formal de la Orden del Fénix.

La tercera clase pasó entre las primeras rondas de la Orden junto con Tonks y las jornadas de oficina junto a Patrick.

Llegó el jueves y con él la cuarta clase en el departamento de Fleur. Bill revisaba unos párrafos que la joven había compuesto con términos técnicos y ella tomaba sorbos de té inglés (que debía reconocer que estaba bueno), mirándolo de reojo cada cierto rato.

Siempre que llegaba a su departamento, para felicidad de Fleur, Bill se quitaba la chaqueta negra y lucía la camiseta que tuviese puesta. Ese día era una gris de manga larga que en su opinión, le sentaba muy bien. Siendo sincera, todas las camisetas que le había visto puestas le gustaban. Se rió para sus adentros. Nunca antes había considerado las simples camisetas de algodón como una prenda que un hombre debiese usar (quizá sólo para realizar trabajos como jardinería o pintar la casa) y tampoco que le llegarían a gustar tanto; aunque sospechaba que tenía más que ver con que era Bill quien las usaba que con las camisetas mismas.

Bill seguía la lectura del pergamino con la pluma y movía los labios en silencio. Tenía un codo apoyado en la rodilla y el cabello de la nuca entrelazado en los dedos de la mano izquierda. Fleur se quedó mirando el cabello enredado que brillaba con los últimos rayos de sol que entraban por las ventanas, dándole un halo anaranjado a causa del contraluz. Se imaginó cómo sería estar en una situación distinta. En el mismo instante, pero… distinto. Bill sentado en el sofá, la luz del sol, su cola de caballo enredada y los dedos de ella en vez de los de él en su cabello…

– ¿Puedo peinagte? – soltó de pronto Fleur, incapaz de contenerse.

Bill la miró sorprendido.

– Ah… ¿Qué? – atinó a decir, enderezándose.

– Lo siento – se disculpó ella sin saber por qué – Pego tienes la costumbgue de fgotagte la nuca, y se ve todo tu cabello enguedado

– Oh, yo… – confundido, Bill se llevó la mano automáticamente a la nuca, pero se detuvo a medio camino. Soltó una risa desenfadada – Tienes razón. Bueno, si quieres, péiname.

Fleur sonrió encantada y se deslizó hasta el baño en busca de su cepillo. Se colocó detrás de Bill, quien se puso muy derecho con ambas manos en las rodillas.

– ¿Hacemos una pausa, entonces? – le preguntó la joven.

– Mh-hm. Ya terminé de revisar esto. Luego te hago los comentarios.

Fleur se mordió ligeramente el labio inferior al tomar, por fin, el cabello de Bill con sus manos. Quería tocarlo desde la primera vez que lo había visto, pensó. Era tan… Por supuesto que nunca reconocería ante nadie aquella fascinación. Le sacó el elástico negro, enredado con algunos pelos y se lo pasó. Le quedó la forma de la coleta marcada tanto por la costumbre de mantenerla como por los muchos y pequeños nudos.

Con delicadeza, Fleur comenzó a cepillarle las puntas, subiendo poco a poco a medida que lo iba desenredando. Tenía el cabello limpio, suave y olía a Bill de forma concentrada. Cuando le levantaba algún mechón dejaba al descubierto la nuca, con un rastro de cortos cabellos pelirrojos que le bajaban por el cuello. La línea de la columna, que se perdía bajo el cuello de la camiseta, la tentaba con fuerza a trazarla con un dedo. Y se cuidó de tocar siquiera el pendiente.

Tragó con dificultad. ¿Por qué todo él le resultaba tan atractivo? ¿Por qué tenía que verse tan bien? ¿Por qué tenía que oler así? ¿Por qué se ponía a su disposición así sin más? Lo maldijo en silencio. Estaba demasiado cerca; demasiado cerca de su espalda, de su cuello, de su nuca, de su aroma y de su cabello como para estar realmente tranquila y confiada. En realidad, no había sido una buena idea. Sólo quería más… Y sabía que no era posible.

Aun así, aparentó bien, escondiendo su conflicto interno; no era el tipo de chica que huye de las cosas. Y tampoco quería que Bill se alejara de ella si se daba cuenta de lo que sentía. Fleur sintió un apretón en el pecho que le hizo hacer una mueca al pensar en ello. No tenía que conocer a Bill de toda la vida para saber que esa sería su reacción si llegaba a saber que le gustaba. Era demasiado noble como para tener algo con ella sin sentir lo mismo, o para aprovecharse de la situación.

Por Merlín, ¿por qué tenía que sentirse como si la hubiesen rechazado antes que nada hubiese pasado? Intentó alejarse de esos pensamientos volviendo a concentrarse en lo que estaba haciendo con una meticulosidad perfeccionista que la hizo repasar varias veces cada mechón antes de darlo por aprobado.

Bill, por su parte, tenía sus propias reflexiones y sentimientos que sopesar. Había cerrado los ojos tras decidir que quedarse mirando el vacío era bastante estúpido. La petición de Fleur lo había descolocado por uno segundos, pero luego había llegado a la conclusión que como a las chicas en general les gusta peinarse y arreglarse el cabello y él no era muy cuidadoso al respecto, obviamente representaba un reto para su compañera-estudiante. Porque (afirmaba para sí con absoluta seguridad) por supuesto que eso no quería decir nada más, no representaba ningún tipo de indicio y toda otra suposición era una estupidez. Lamentablemente, el resto de su mente no dejaba de suponer y la manera de hacer de Fleur no estaba precisamente colaborando a detenerla.

Su tacto lo estaba haciendo sentir extremadamente consciente de su cuerpo. Sentía la textura rígida de los jeans bajo las palmas de sus manos, el aire que entraba y salía por su nariz, el peso de la camiseta en sus hombros, los pies plantados en el suelo. Y sentía también todos los movimientos de Fleur. Sabía a qué distancia estaba parada tras él, notaba cuando cambiaba el peso de un pie a otro, oía el frufrú de la ropa cuando movía los brazos y olía su perfume que, aunque tenue, poco a poco se difuminaba a su alrededor, envolviéndolo. Sus manos se movían ligeras por su cabello y sentía la base de la cabeza caliente, como si un líquido espeso chorrera lentamente desde ahí hasta la espalda baja, provocándole una placentera sensación. Se sentía tranquilo, relajado.

Se sentía bien, muy bien. De hecho se sentía tan bien, que algo no le calzaba, haciéndole sentir que no estaba realmente bien; sin embargo no podía identificar el problema. Sólo era Fleur, su compañera de trabajo, a quien él le hacía clases de inglés, que le estaba desenredándole el pelo. ¿Qué podía haber de malo en ello?

Entonces, cuando los dedos de Fleur le rozaron el cuello en la acción de tomar más cabello, Bill lo comprendió.

—¿Te tigué? – le preguntó Fleur al ver que Bill se sobresaltaba ligeramente.

—No…

Bill cuadró los hombros y decidió no volver a cerrar los ojos, entreteniéndose en sacar los pelos enredados en el elástico y luego hacer una bolita con ellos. Cuando acabó, buscó otra distracción. Un tema, necesitaba un tema de conversación. Lo que fuera. Podía hablar toda la tarde si era necesario.

—Creo que debería peinarme más seguido— comentó—Qué pereza. Pero me quedaré calvo si sigo así.

Debeguías— le dijo Fleur como si estuviera afirmando una obviedad —Además, supongo que no usas ningún tipo de desenguedante o mascaguilla

—¿Mascarilla?— le preguntó confuso.

Fleur resopló divertida.

—¿Paga qué tienes el cabello laggo si no lo cuidas?

—Me gusta así porque sí, no es como que quiera demostrar algo.

—A mí también me gusta— le dijo Fleur e inmediatamente cerró la boca, sintiendo cómo se sonrojaba. Por suerte, Bill no pareció entender el sentido de que lo decía.

—¿Cierto que está bien? Deberías decírselo a mi madre, ella siempre intenta convencerme de cortarlo…— Bill rodó los ojos —Pero bueno, supongo que las madres son así.

—No lo sé. Mi madgue no tiene hijos, y le encanta que con Gabguielle tengamos el cabello laggo. Aunque mi abuela pgobablemente estguía de acuegdo con tu madgue. Ella cguee que un caballego debe teneg el cabello y las uñas cogtos.

—¿Tú abuela?

—Sí, mi abuela pategna. Ella es una dama muy gefinadaPog supuesto, mi abuela mategna también lo ega, pego muguió hace seis años. Ambas son bgujas gueconocidas en el mundo mágico fgancés— Bill pudo sentir cómo Fleur acompañaba este comentario con una sacudida de su melena.

—Lo siento por tu abuela materna…— luego levantó las manos por sobre sus hombros —Al menos eso sí lo cumplo. Las uñas, quiero decir. Pero si me conociera a mí y a Charlie en el mismo momento quizá no esté muy complacida… ¿recuerdas que te hablé de Charlie, mi hermano…?

Oui, el segundo hijo— dijo Fleur exagerando la pronunciación inglesa.

—Ajá. Como trabaja con dragones siempre tiene las uñas un poco largas, dice que para sacarles espinas o cosas así; sinceramente no sé qué tanto debe usar las manos para esas cosas, por algo es un mago y tiene una varita, pero bueno, él es del tipo cercano—soltó una risa corta — Y tiene las uñas sucias todo el tiempo, llenas de cosas como sangre seca y restos de animales-cena de dragón…

Fleur se abstuvo de comentarle que su cabello largo no era lo único que su abuela encontraría fuera de lugar y retomó el primer punto de la conversación.

Pego que te cuides el cabello no quiegue decig que tgatas de pgobag algún punto— le dijo.

—Oh, bueno— Bill torció el gesto —Fleur, qué flojera, realmente.

Recordar a su hermano le había devuelto la tranquilidad. La risa de Fleur fue lo último en escucharse hasta que terminó de peinarlo.

Super— comentó Fleur caminando hasta colocarse frente a él.

—Gracias— Bill le sonrió mientras estiraba el elástico con el que había estado jugueteando.

Fleur, que nuevamente se había sonrojado al ver a Bill con el cabello suelto y sonriéndole, frunció el entrecejo y murmurando un "de nada", fue a dejar el cepillo al baño.

Cuando terminó la clase y Bill se fue, Fleur exhaló un largo suspiro.

La segunda parte de la clase había sido terrible. Otra persona diría que estaba exagerando, pero no era verdad. Se había sentido muy incómoda, sentada tiesa junto a Bill, evitando mirarlo a los ojos. Y él, como si nada.

Porque realmente era nada, claro. Él no sentía nada por ella y eso hacía la hacía sentir un peso en el pecho cada vez que se lo recordaba. Sobre todo después de reconocerse a sí misma que Bill le gustaba mucho.

Sabía que era joven y que aún le quedaba mucho por vivir, pero siempre había estado segura con los lineamientos que se había trazado y nunca le había costado seguirlos; de hecho nunca le habían parecido una imposición.

Bill no encajaba en ellos y debía recordárselo cada dos por tres cuando estaba con él. Por supuesto que era inteligente, educado, amable, simpático… pero eso no era todo. Estaba, por ejemplo, su estilo para vestir. Esas camisetas, esos pantalones gastados, esas botas que siempre debía sacudir para quitarse el barro pegado, esa chaqueta que… De acuerdo, reconocía que se le veían bien, muy, muy bien, pero no eran ropas que usara un caballero que se preciara de tal (desde pequeña, Fleur tenía una imagen mental de un treinteañero al estilo francés, rubio, con un traje y bastón para paseo. No tenía claro si el caballero que esperaba era realmente así, pero por ahí iba la cosa). Bill tenía el pelo largo y un pendiente, por Circe. No importaba todo lo que ese colmillo suscitara en ella, un pendiente era un pendiente; un agujero en una única oreja con un objeto colgando. Nada caballeresco. Bill no podía estar más alejado del estilo elegante o refinado. Quizá no supiera mantener una conversación en una fiesta de gala. Y no era para nada complaciente con ella y nunca callaba sus críticas.

Y con todo, parecía estar enumerando sus cualidades en vez de sus defectos.

"Quizá tiene novia", pensó por primera vez, sintiendo una desazón en la boca del estómago. "Pero apuesto a que es fea y tonta y come con la boca abierta y…" no; lo seguro es que su novia fuera bonita, tierna, graciosa y muy inteligente. Y se llamaba Marian, perfecto para una inglesa —porque claro que era inglesa. Marian, Mérrrri-ean la perfecta. Y al llegar a casa lo esperaba con galletas recién hechas y le hacía masaje en los hombros. Cómo detestaba a las mujeres como ella.

Pero dejando de lado a Marian, Bill no encajaba en su vida. Eso y listo. Tenía que dejar que se le pasara, preocuparse de mejorar su inglés y volver a Francia, donde pertenecía.

Al llegar a la casa de Sirius, su madre le calentó la cena mientras tarareaba las canciones de la radio. Sus hermanos estaban aún sentados a la mesa, con aspecto de cansados, ya que como le contaron, estaban "limpiando" la enorme casa de todas las rarezas que se habían acumulado con el paso del tiempo y de generaciones de magos del tipo de la familia Black.

Sirius, a quien Bill no conocía hasta que se había presentado en la enfermería de Hogwarts el año pasado, parecía bastante animado con que estuvieran allí, aunque todavía mantenía una expresión huraña casi constante, que Bill atribuía al tiempo que había pasado en Azkaban y ahora como prófugo de la justicia. De todas formas, le había resultado fácil llevarse con él y mantenían un trato cordial.

Esa noche habían estado conversando con su padre acerca de objetos muggles encantados (Sirius había mencionado una motocicleta voladora y su padre se había mostrado prudentemente interesado, lanzándole miradas furtivas a su esposa) y ahora hablaban sobre creaciones muggles funcionales.

Mientras comía, Bill hacía breves comentarios a favor o en contra, hasta que Ginny se dejó caer a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Mucho trabajo?— le preguntó frotándole el brazo como intentado inyectarle energía.

—Sálvame…— con un tono de voz lastimero y aferrándole la espalda con una mano, lo miró con ojos como platos.

—Vamos, vamos, tú puedes— la animó riendo ante su actuación y le frotó con fuerza la cabeza, despeinándola.

—¡Hey! — se quejó ella y le agarró la cola de caballo para tirársela, pero no terminó la acción, sino que lo miró ladeando la cabeza —¿Qué es…? ¿Te hiciste algo? Estás como… ¡Tienes el pelo desenredado! ¡Vaya! Es primera vez que puedo hacer esto sin quedar atascada con los nudos— comentó pasándole los dedos por el cabello tomado, dejándole mechones levantados.

—Sí, Fleur me peinó hace un rato— le explicó Bill mientras tiraba del elástico hacia arriba, arreglándose la coleta.

Al instante, sintió cuatro pares de ojos fijos en él.

—¿Fleur? ¿La Fleur? ¿De la Academia Beauxbatons?— saltó Fred sorprendido y animado repentinamente.

—Sí…

—¿Es a ella a quien le estás haciendo clases?— le preguntó George con la misma expresión que su gemelo.

—Sí— Bill sonrió de lado, viendo a dónde querían llegar sus hermanos.

—¿Dos veces a la semana?

—¿A Fleur?

—¿Quién es Fleur? — inquirió su madre mientras frente a ella se emparejaban calcetines.

—La campeona veela del Torneo de los Tres Magos— explicó Ginny, mirando con suspicacia a su hermano mayor.

—Ah, apenas la recuerdo. ¿Una chica rubia? — preguntó con poca simpatía.

—Ron la debe recordar muy bien…— Ginny le levantó las cejas a su hermano, quien se puso colorado mientras le dirigía una mirada asesina.

—¿Eso es verdad, Ronnie?— le preguntó George con una risilla.

—¿Ah, sí?— preguntó Bill. Ya que Harry había sido campeón también, quizá Ron la hubiese conocido.

—Oh, ¿estás celoso, Willy?— le preguntó Fred con tono calumnioso.

—¿Willy?— Bill frunció el entrecejo.

—No te desvíes del tema— dijo George apuntándolo con un dedo acusador —¿Cuándo pensabas decírnoslo?

—No sabía que les interesaba tanto— dijo Bill con simpleza —Fleur está trabajando en Gringotts y yo la estoy ayudando con el inglés. Eso es todo.

—¿Y cómo…?

—Fred, George, dejen en paz a su hermano— los reprendió su padre en tono cansino.

Los gemelos abrieron la boca para replicar, pero Sirius habló antes que ellos.

—¿Y qué decías sobre el teléfono?

Bill estaba acostado en su cama, mirando el techo en la oscuridad. No le costaba aparentar tranquilidad, por lo que estaba seguro que nadie se había dado cuenta de cómo se había sentido en realidad sobre el tema de Fleur. Para empezar se había sentido pillado, y si "eso fuera todo" con Fleur, no se habría sentido así.

Entrelazó los dedos bajo la cabeza a la vez que exhalaba lentamente. Lo mismo que con la clase de aquella tarde, ese sentimiento de que algo le molestaba…

Había bastado un roce de los dedos de Fleur en su cuello para comprender lo que estaba mal.

Le gustaba Fleur. Realmente le gustaba, y no sólo en el sentido de una-simpática-compañera-de-trabajo-que-puede-ser-mi-amiga. Abarcaba un campo mucho más amplio de lo que Bill quería si quiera plantearse.

No estaba acostumbrado a sentirse de esta manera. Sí, había tenido un par de novias en el colegio y algunas historias en Egipto, pero no eran más que bonitos momentos de las etapas de su vida que no tenían mayor relevancia. El amor o las relaciones de pareja nunca habían sido un gran tema en su vida, y lo eran mucho menos ahora, con el Innombrable escondido reuniendo poder y fuerzas.

Entonces, ¿por qué justo ahora? Aunque más bien la pregunta era otra, ya que ¿tanto le gustaba Fleur que estaba pensando en amor?

No, por supuesto que no. No es que le gustara tanto, sino que Fleur no era el tipo de chica con la que enrollarse, pasar un buen rato y después como si nada (no es que eso tuviera algo de malo); sólo no era de ese tipo y por lo tanto no podía pensar en ella como algo pasajero.

"No tiene sentido" pensó frustrado. "Nada de lo que estoy pensando ahora tiene sentido."

La verdad, simplemente, era que le gustaba Fleur y ya era hora que se lo reconociera a sí mismo. Le gustaba estar a su lado, le gustaba conversar con ella, le gustaba su voz, su risa, su figura. Le gustaba cómo de bien se había sentido cuando ella lo había peinado y no podía hacerse el tonto ante las imágenes que su mente se esmeraba en proyectar ante ciertos detalles, como cuando la vio por primera vez con trenza, o las primeras veces que lo besó en la mejilla, o cuando le rozó el cuello, o cuando…

Bill detuvo el curso de sus pensamientos. Todo eso lo llevaba nuevamente a pensar en que estaba mal.

En primer lugar, estaba todo el tema del Innombrable y el posible advenimiento de una guerra en el mundo mágico, que ni siquiera necesitaba mayor detenimiento, ya que estaba más que claro que comparado con eso, pensar en un enamoramiento era un chiquillada.

En segundo lugar, Fleur era menor que él. No sabía cuánto, pero si había salido recién del colegio debía tener unos diecisiete, dieciocho años. Él tenía, con buena suerte, siete años más que ella y con mala, ocho. Ocho años más, por Merlín.

En segundo lugar, sentía que se estaba aprovechando de la situación y de ella. Habían comenzado a ser amigos porque él la estaba ayudando con el idioma, nada más, y que ahora le gustara… hasta para él sonaba más bien que se había acercado sólo para conquistarla.

¿Cómo reaccionaría si lo supiera? Lo más probable es que se alejara de él. Y no quería eso. Además de la obvia razón de que le gustaba y que le gustaba estar cerca de ella, le agradaba Fleur y no quería dejarla sola… aunque eso era bastante egocéntrico. ¿Cómo sabía él que Fleur estaba sola? ¿Qué no tenía amigos o conocidos en Inglaterra, o que la visitaran constantemente? ¿O que se sentía mal por estar sola, si es que lo estaba?

Tal como le había pasado en la tarde, recordó a Charlie. Deseó ser su hermano por un momento; Charlie no se encontraría acostado en su cama sin poder dormir sólo porque le gustaba una chica. Él era honesto, transparente y no le daba muchas vueltas a las cosas. Probablemente, si es que estuviera en su situación, le habría dicho a Fleur desde el principio lo atraído que se sentía por ella y que qué opinaba ella al respecto, o algo así.

Esbozó una sonrisa en la oscuridad al imaginarlo. Hacía ya bastante que no lo veía, y la última carta que había recibido de él era de casi un mes. Impulsándose hacia arriba para sentarse, cogió la varita de la mesita de noche e iluminó la habitación. Se sentó en el escritorio de madera oscura y ornamentada con el escudo de los Black, cogió la pluma y sacó pergaminos en blanco.

Charlie:

¿Cómo has estado? Disculpa por no responderte antes la última carta. Las cosas por estos tiempos me tienen ocupado, o más bien como absorbido. De todas formas no es una excusa, si escribir una carta no me cuesta nada.

Me alegré cuando me contaste que los huevos de la wyvern al fin eclosionaron. ¿Están bien los pequeños lagartos? Supongo que en tu respuesta vendrá el diario completo de su día a día, así que no te pregunto más y espero por ello.

¿Cómo está tu quemadura? Le conté a mamá al respecto (lo siento) y estaba bastante preocupada, creo que si no hubiésemos estado planificando lo de la mudanza y si papá no la hubiese calmado, la tendrías al lado de tu cama aplicándote ungüento. Créeme que le dije que era pequeña y todo, pero como fue en la cara le causó mayor impresión.

Por aquí todo está tranquilo, ya sabes. Al fin me conocí a los amigos de nuestros padres y tenías razón, son muy simpáticos y me acogieron en seguida. Ya estoy ayudándolos con su proyecto, pero prefiero contarte más cuando nos veamos.

Nuestros hermanitos están haciendo la limpieza de la casa, te imaginarás todo el polvo que tenía con tantos años sin uso.

De Percy no hemos sabido nada. Supongo que papá se lo topa en el Ministerio, pero nunca lo menciona.

Estoy haciendo clases de inglés. Tengo una nueva compañera de trabajo; no es de mi departamento, pero nos conocimos hace un tiempo y como ella es francesa, le estoy ayudando con el idioma. Los duendes son muy quisquillosos respecto al vocabulario y esas cosas.

Y ves, nada más ha pasado en mi vida, no tengo historias de momias que contarte esta vez. Espero que nos veamos luego.

Un abrazo,

Bill.

P.S.: Te encargo de esos vegetales encurtidos que comimos la última vez en tu casa. No los he podido encontrar aquí.

Bill releyó una vez la carta, la guardó en un sobre y la dejó sobre el escritorio para enviarla mañana desde el trabajo. Sabía que entendería la referencia a la Orden del Fénix, pero quizá había sido muy ambiguo con la limpieza que estaban haciendo sus hermanos y su madre. Ya se lo aclararía cuando se vieran.

Ahora se sentía bien, como si esas pocas palabras escritas constituyeran una especie de confesión que sería absuelta una vez que Charlie las leyera. Apagando la luz, volvió a acostarse, esta vez para dormirse plácidamente hasta el otro día.

Volví! Sólo diré: lo siento por la demora. Mil losientos, pero de verdad me cuesta actualizar como me gustaría.

Además, les cuento que tenía algunos capítulos hechos, pero releyéndolos me di cuenta que me estaba yendo totalmente para otro lado y borré todo ._. así que estoy reescribiendo... Me estaba dando muchas vueltas tontas y perdiendo el foco de lo importante: cómo nuestra pareja llegó a estar junta. Así que también me he demorado un poquito más por eso...

Gracias por los nuevos favoritos y reviews! Me hacen feliz muy feliz. Espero no decepcionarlos :3

A.M, que bueno que te encataraaaaaa! espero que lo sigas disfrutando :) y creo que no te entendí bien, pero no estoy preocupada por la fama del fic, para nada! sólo adoro a quienes les gusta mi historia, porque es tan lindo que alguien a quien no conoces valore algo que "creaste" (las comillas porque es un fanfic).

Besitos besitos!