Capítulo 2
"Miserable Vida"

-¡Apúrate niña!- gritó irritada la dueña del lugar

-¡Ya voy! – se quejó mientras se pichaba con una aguja - ¡Auch!

-¡Sí serás torpe!- gritó enfurecida- Necesito ese vestido en 5 minutos y si no te apuras juro que te lo cobraré todo a ti

-¡No!- gritó temerosa

-¡Pues haz tu trabajo! – dijo la señora regordeta y salió dando un portazo

Alice derramó unas lágrimas y siguió con el fino bordado de aquel vestido tan lujoso, al parecer la reina había decidido cambiar de costurera y resultó que Madame Marion fue la boutique seleccionada para la confección de sus nuevos vestidos.

-Alice, no le hagas caso- dijo una señora de aproximadamente 40 años- sabes cómo es la vieja tacaña, ¡que no te afecte!- aseguró

-¡Ya no lo soporto!- se quejó -¿Por qué es tan horrible conmigo?

-Es simple envidia- dijo Carmen

-¿De qué? ¿De una vida tan miserable como la mía? – Preguntó- No lo creo- se contestó mientras terminaba con los últimos bordados. Sus ojos se cerraban y lucia pálida, tenía grandes ojeras, la alegría de sus ojos se escapaba día con día

-¿Ya has terminado?- preguntó Madame Marion entrando de nuevo al taller

-Me faltan don hilos y término- informó Alice

-¡Apresúrate!- ordenó mientras esperaba- Ya han venido por el vestido- Alice cosió de prisa para terminar, en cuanto la última lentejuela estuvo adherida, anudó el hilo y extendió el vestido para entregárselo a la dueña del lugar

-¡Tonta!- dijo arrebatándole el vestido y saliendo.

Alice se dejó caer en la silla, cerró sus ojos y lanzó un largo suspiro de cansancio, colocó sus manos sobre su estómago que no dejaba de chillar a causa del hambre, había estado trabajando jornadas largas en el taller, sin comida, Madame Marion no veía necesaria la comida para su mejor costurera

-Le ha encantado el vestido a Lady Prime, la asesora de la reina, esperemos que a la reina le guste- decía la gorda de nuevo en el lugar

-Madame Marion – dijo Alice- ¿puedo comer? Hace tres días que no me da comida

-¿Crees que es necesario querida?-

-Tengo hambre- se defendió

-¿Y crees que es un argumento válido?- pregunto mirando sus uñas

-Pero por supuesto que lo es- se puso de pie- trabajo horas aquí y usted hizo un trato con mi madre, mi servicio por comida – decía Alice molesta

-Cariño, tu madre me debe la vida y tú estás aquí para pagar su deuda- explicaba acercándose a Alice- si quiero te doy de comer y si no también- siguió diciendo

-¡Es usted una arpía!- dijo casi al borde del llanto

-Solo cuido mi dinero querida, no quiero terminar siendo rata de alcantarilla como tú y tu familia- decía con desprecio- te acepté en este lugar por la deuda de tu familia, tu madre se endeudó hasta el cuello por mantenerte a ti y a tus estúpidos hermanos, y todo por casarse con el pobretón de tu padre, no le podía dar un vida digna y mírala ahora, enferma sin las fuerzas suficientes para trabajar, deberías agradecerme Alice, si no fuera por que acepté que trabajaras en lugar de tu madre estarían todos en la cárcel, por no poder pagarme la deuda y seguramente por deberle también a la reina y la renta, o mejor aún, estarían muertos por no tener que comer en días- Alice dejo correr las lágrimas sobre sus mejillas- ¡Así que será mejor que dejes de quejarte, llorar y exigir niña, agradece que soy muy bondadosa y te acepto conmigo!- dijo poniendo su larga uña sobre su nariz- Y no hace falta que te diga que por todo el drama que me has hecho pasar tampoco comerás hoy, sigue bordando y ¡tú!- señaló a Carmen- deja de observar y ponte a coser

Alice retuvo sus lágrimas y sus ganas de gritar, simplemente estrujo la tela en sus manos y se volvió a sentar, odiaba su miserable vida y odiaba trabajar para esa arpía, pero si de algo estaba segura es que no dejaría de trabajar hasta pagar la deuda de su madre, no podría, era su única obligación en la vida.

Al término del día su vista estaba cansada, bordaba vestidos todo el día uniendo perlas y chaquiras, lentejuelas y canutillos, su mano tenía un fino temblor y los dedos le hormigueaban, su estómago gritaba por hambre y sus ojos se cerraban a cada paso que daba. Se sentía débil y agotada, estaba segura que antes de llegar a su hogar se desmayaría en medio de la calle.

-Dios, ya no puedo más- se dijo así misma apoyándose en una casa cercana a la suya y respirando lentamente

-¡Tía Alice!- gritó un pequeño niño rubio de ojos grises, con la ropa raída y el rostro opaco por polvo

-Hola pequeño osezno- le dijo aparentando sentirse bien

-Hoy llegas más temprano que de costumbre- dijo parándose junto a ella –Mamá y tío Edward aún no llegan, talvez hoy si los podrás ver- decía emocionado, su madre y el tío Edward llegaban únicamente una vez a la semana y cuando Alice volvía del trabajo ellos ya dormían y al despertar ella se iba tan temprano que ni los veía

-Espero que sí Tommy- dijo Alice intentando no perder el equilibrio

-¿Te sientes bien tía Alice?- preguntó el niño observando a su tía tambalearse mientras se alejaba de la casa e intentaba caminar tras el niño

-Sí, es solo que estoy un poco cansada- mintió

-Deberías dormir entonces- dijo sabiamente el niño de 7 años

-Sí, yo también creo que debería…- fue lo último de que dijo antes de volverse todo negro y caer como un costal en medio del pavimento

-¡Tía Alice!- gritó Tommy asustado al ver. El niño se acercó a Alice y la movió de lado a lado, al ver que no reaccionaba corrió a su casa en busca de ayuda. -¡Papá! – gritó acercándose a su padre quien cargaba leña

-¿Qué pasó pequeño osezno?- preguntó despreocupado

-Creo que tía Alice se desmayó- dijo bajito para que su abuela no escuchara

-¿Dónde está?- preguntó su padre preocupado dejando la leña de lado

-¡En la calle!- dijo exasperado, tomo la mano de su padre y lo jaló hacia la calle. Emmet intentaba correr al ritmo de su hijo, sin embargo la cojera en su pierna derecha le impedía llevar el ritmo de su hijo -¡Ahí papá!- señaló Tommy donde algunos niños se habían reunido alrededor de Alice.

-¡Fuera de aquí niños!- ordenó Emmet arrastrando su pierna y acercándose a su hermana, tomó a Alice en brazos y la llevó de inmediato a su casa. Cuando entraron, intentaron ser lo más silenciosos para evitar que Esme se diera cuenta, pero fue imposible.

-¡Santo cielo!- exclamó asustada al ver a su pequeña en brazos de su primogénito- ¿Qué le paso a Alice?

-No lo sé madre- contestó Emmet- Tommy la ha visto desmayada

-En realidad- dijo el niño jugando sus dedos- yo hablaba con mi tía camino a casa y de pronto se cayó al suelo- terminó de contar

-Tráeme un poco de agua en una tinaja y un pedazo de tela Tommy- ordenó a su nieto, mientras tosía un par de veces al acercarse a su hija- Emmet cielo, dejé un poco de sopa en el fuego, puedes estar al pendiente- dijo mientras tomaba lo que Tommy había llevado. Se sentó junto a su hija y colocó un poco de agua con la tela en su frente, pasó su mano un par de veces por el cabello de Alice y esperó a que despertara - ¡Hola cielo!- le dijo sonriente

-¿Qué me paso?- preguntó desconcertada

-Te desmayaste cariño- dijo preocupado acariciando el cabello de su hija

-¿Cómo?- preguntó

-Debes de estar muy débil cariño- dijo preocupadamente para luego tener una racha de toz- ¿Has comida bien?

-Si- mintió Alice, no le podría decir que no le habían dado de comer, eso ocasionaría que Esme se fuera a pelear con Madame Marion y le traería problemas

-Creo que entonces deberíamos ver un médico- dijo Esme

-No mamá- aseguró- yo estoy bien, no necesito médicos, seguro es cansancio, aquí tu eres la que necesita un médico- dijo escuchando a su madre toser

-Tonterías, estoy bien- dijo poniéndose de pie- iré a ayudar a Emmet y Tommy, tu descansa- ordenó y salió de la pequeña habitación que tenía 3 camas sumamente apretadas.

Alice suspiró y se maldijo por haberse desmayado, en esos momentos no debía ser débil ni mucho menos una carga para su familia, al contrario debía esforzarse por trabajar más, el dinero era necesario, la deuda que tenían era tremenda, los impuestos aumentaban, la comida también y los trabajos de Edward, Carlisle y Rosalie apenas y alcanzaban para eso, si Alice dejaba a Madame Marion, morirían de hambre.

-Tía Alice- dijo Tommy entrando a la habitación – la abuela te manda esto- dijo entregándole un pequeño plato con un poco de sopa- Dice que te lo termines todo- terminó de decir sentándose junto a su tía

-Gracias Tommy- le dijo sonriéndole a su sobrino. Aquel niño había llegado a sus vidas para alegrarlas y para enseñarles que debían luchar por algo en la vida. Cuando Rosalie se embarazó de Tommy, aun no se había casado con Emmet, el niño fue un impulso más para formalizar su relación. Rosalie no venía de una familia mucho más rica que la de los Cullen, todo lo contrario, aquella niña se había criado en las calles sin familia, mendigando por comida o trabajando por ella, conocía a Emmet desde pequeños, aquel niño la había defendido infinidad de veces de otros niños. Cuando Rosalie descubrió que estaba embarazada, comenzó a formar parte oficial de la familia Cullen.

Thomas Emmet Cullen, era tan rubio como su madre pero tenía aquellos ojos pícaros de su padre, Esme y Carlisle se desvivían por él, era como volver a vivir cuando su hijo tenía esa edad.

-Sabes tía- comenzó a decir jugando con sus dedos, Tommy tenía el hábito de hacerlo cada vez que estaba nervioso o triste- Extraño a mi mamá, casi no la veo, porque tiene que trabajar mucho, cuando viene a casa está siempre cansada- decía triste

-Oh cariño – dijo mirándolo fijamente- pero tienes a los abuelos

-Ya son abuelos- dijo bufando

-A mí – dijo Alice

-Tú también trabajas mucho

-A tu papá- dijo Alice

-Papá a veces no puede correr- dijo el niño recordando la cojera de su padre- y el también extraña mucho a mamá, me lo ha dicho

-Tu sabes que tu mami lo hace para que tu estés bien ¿verdad?- el niño solo asintió – entonces no te acongojes Tommy, tu mamá te ama mucho y todo lo hace por la mejora de ti y de tu papá- terminó de decirle.

Al cabo de una hora Tommy se encontraba durmiendo junto a su padre en la cama que compartían, Alice por el contrario estaba acostada sin poder dormir, esperando ansiosamente que su hermano llegara.

-¡Estamos en casa!- gritó una voz que Alice extrañaba, de inmediato se puso de pie y tambaleándose llego a donde estaban los recién llegados

-¡Edward!- gritó Alice corriendo a su hermano mayor

-¡Enana! Que gusto verte- dijo- viviendo en la misma casa y sin vernos, estás muy pálida

-Tu hermana se desmayó hoy- informó su madre

-¿Cómo?- preguntó Carlisle escuchando

-No pasó nada, solo necesitaba dormir- mintió Alice a toda la familia

-Hija, debes descansar- el señor Cullen obligó a su hija- podrás ver a tu hermano otro día

-¡No!- se quejó observando como Rosalie caminaba hasta la habitación que compartía con su esposo e hijo – Quiero hablar con mi hermano, no he hablado con él en meses

-Es una orden hija- ordenó Carlisle, mientras se sentaba junto a Esme que tosía una y otra vez

-Yo me encargo de que no pase una mala noche papá- dijo Edward tomando su capa y la de su hermana- Alice y yo caminaremos un rato- dijo jalándola y saliendo de la casa

-Gracias – dijo Alice mientras caminaban sin dirección

-No tienes que agradecer- dijo- yo también te extraño

Ambos caminaron por las calles hasta llegar a las afueras del reino, donde al mirar justo hacia el norte se podía observar el gran castillo de la familia Swan y todos los alrededores de Marcill.

-Todo apesta Edward- dijo Alice mirando el castillo fijamente- nuestra vida es miserable, no he comido en tres días

-Todo mejorará- afirmó Edward

-Nada mejora- gritaba Alice – Madame Marion me hace trabajar arduamente sin comida, ¿y sabes que es lo peor Edward? Que lo tengo que hacer, amo a nuestros padres, no puedo renunciar- decía al borde del llanto

-Alice tienes 18, tu vida no es miserable- explicaba Edward

-Por favor- se quejó Alice- mírate Edward tienes 22 y trabajas cuidando caballos y no puedes aspirar a más, nuestro hermano tiene 24, una familia que mantener y lo peor de todo es que él no puede hacer nada por su maldita cojera, la guardia de la reina arruinó nuestra familia

-Ali, me gusta mi trabajo- dijo, dejando sin palabras a Alice- nuestra vida no es miserable, sólo es dura, me gusta trabajar en el castillo- dijo

Alice quedo sorprendida con las palabras de su hermano, había algo que ella debía saber, algo que los ojos de Edward delataban sutilmente, algo que Edward llevaba oculto desde hacía ya algunos meses.

-¿Algo que deba saber?- preguntó Alice

-Talvez le he tomado cariño a la princesa

-¿A la princesa? ¡Edward que demonios tienes en la cabeza!- gritaba Alice sonriendo

-Es mi amiga Alice, soy su único amigo, es una amistad sincera- explicaba- es todo, no existe otro tipo de cariño

-¡Edward estás enamorado de la princesa!- exclamó Alice

-No Mary Alice, no estoy enamorado de ella, solo le tengo cariño, un cariño sincero de amistad- trataba de ocultar

-Está bien, te creeré, pero has de saber que pienso ¡que es una completa locura!- Alice gritaba y reía al mismo tiempo, era como un pequeño animalito que había recuperado la energía- No puede existir una relación entre un plebeyo y la realeza

-Pues la existe

-¡Estás loco!- dijo sonriente -¿Cómo es ella?- preguntó curiosa

-Dulce y gentil, no se parece a su madre, es como un pequeño cisne encerrado en el disfraz de un patito feo- explicaba

-¡Vaya! Que fuerte amistad, si no me hubieras dicho que son amigos juraría que estás enamorado- Alice solo recibió una mirada de reproche -¿Qué?

-¿Ya te sientes mejor verdad? – preguntó

-Sólo pienso que ha de ser una experiencia épica tener una relación, de cualquier tipo- aclaró- con la realeza, es decir eres un plebeyo con suerte

-Y tú una parlanchina sin sentido- dijo Edward- Ahora vamos a casa o nuestros padres nos reprenderán, a parte mañana tengo que volver al castillo

-¿Mañana?- preguntó Alice mientras caminaban de regreso

-Le he hecho una promesa a la princesa- fue lo único que dijo Edward, dejándole en claro a su hermanita que no le contaría más.