—Amarles a todos... no es en lo absoluto lo mismo, papa... —niega el francés con la cabeza—, tú... tú... ¡TÚ! ¡Te estás perdiendo de algo, algo grande, importante, fantastique!
—Quid? —le mira.
—Yo llevo SIGLOS diciéndote eso, Francia —responde España.
—¡Pero es que yo lo he tenido claro siempre, ÉL NO! —asegura Francia.
—De hecho, pensándolo bien... —España entrecierra los ojos y mira a Roma, seriamente—. Papá ¿alguna vez has hecho el amor?
Francia levanta las cejas.
—Si dice que les ha amado a todos...
—Quid? —pregunta Roma y se ríe—. Creo que lo visteis algunas veces incluso...
—No, no... Piénsalo, Francia, piensa... Prusia, o yo. Yo te amo de verdad, pero no puedo hacer el amor contigo aunque tengamos sexo...
—Eso... —inclina la cabeza—, eso... es factible.
—Es que dice que si siempre lo ha hecho con la cabeza y no con el corazón...
—Al final del día... no... ¡Es que no es posible, Espagne, es él!
—Sé quién es, Francia, pero es que... ¿estás oyendo lo que dice?
—Muchachos... calma —pide Roma.
—Incrédulamente, oui.
—¿De verdad creéis que queda algo en ese campo que vuestro viejo padre no haya probado? —sigue Roma tan seguro.
—Oui, cada vez me queda más claro que es posible que hay algo importante que tú no has probado.
Roma, por lo general es una persona sin problemas o miedos a decir que no sabe sobre algo, dispuesto a escuchar y aprender a cualquiera de cualquier cosa con atención y humildad, como una pequeña esponja que tarde o temprano usará esos conocimientos en su favor, ya sea mejorando la calidad de vida o usándolos en contra de sus enemigos... pero que sus hijos intentaran darle lecciones de sexo era un poco... incomodo, definitivamente.
—¿Por qué mejor no me contáis como se hace y veremos si nosotros le llamábamos de otra forma? —propone suavemente igual.
—¿Explicarte cómo se hace, papa? —sonríe Francia.
—Es la única manera en la que podré estar seguro de si lo he hecho o no —responde Roma.
—Es sexo... Pero no es sólo sexo —explica Francia después de pensárselo un poco.
—Para empezar, necesitas a una persona que hayas elegido con el corazón —añade España.
—Y eso... Es justamente a lo que le refería hace rato. ¿Tú sabes quién es LA persona?
—Mmmm... —les mira a los dos, vacilando. España sonríe y mira a Francia de reojo.
—Vacilaste —susurra el francés.
—Vacilé —le guiña un ojo sonriendo. Francia sonríe mirando a España y este asiente, sonriendo también.
—Bien... Entonces comamos.
—¿Qué me habéis pedido? —pregunta Roma.
—Comida... Comida buena. Ahora verás.
—¿Ves?, mi hijo, tan especifico —se ríe el romano señalándoselo a España.
—Tanto como tú —se ríe España.
—La mitad de los ingredientes no los conoces papa —se ríe—. Pero bueno, si has de saberlo, es conejo.
—Ah, ¿ahora sí que comes conejo? Cuando eras pequeño te decíamos que era un pollo especial de las montañas para que no lloraras.
—Claro que... ¡Eso no pasaba! —sonríe Francia riendo.
—Claro que sí, no querías comerlo, decías que te daba pena, que te gustaban mucho —sigue Roma y España se descojona de risa.
—Eran bonitos —se muerde el labio y aprieta los ojos—. Y me recordaban a Angleterre... ¡Y era un niño!
—Sí, ya lo sé, todo el tiempo decías esas cosas, eras adorable —se ríe Roma.
—¡Claro que era adorable! —sonríe el francés y le cierra un ojo. Roma se ríe más y España se queda pensando. Francia le sonríe a España—. ¿Qué pasa?
—No —niega quitándole importancia—. Es que pensaba en lo que hablábamos antes...
—¿En qué? —pregunta Roma.
Francia sonríe y mira a España con atención.
—Bueno, pensaba que si lo de enamorarse de verdad era un suicidio como has dicho... ¿Cuánta gente sabía realmente de tu persona especial? —pregunta España.
Roma levanta las cejas y se sonroja un poquito, vacilando unos instantes... finalmente suelta el aire por la nariz a modo de rendición, cerrando los ojos.
—Por aquel entonces, creo que, además de mí, solamente una persona —confiesa. Francia levanta las cejas.
—Evidentemente esa persona no era esa persona especial —susurra Francia.
—Evidentemente esa persona era Helena —se ríe el español.
—Además, ella nunca lo supo porque yo se lo dijera, se podría decir que esta es la primera vez que se lo digo a alguien abiertamente —les guiña un ojo—. Sólo por que sois vosotros.
—Bien, confesarlo no es demasiado malo nunca papa... —sonríe.
—En fin... —suspira.
—Y tampoco es tarde para confesarlo, es el principio —sonríe el francés—. ¿Qué vas a hacer ahora? Esta persona... ¿Sabe?
—Non —sonríe, pasándose una mano por el pelo. España mira a Francia.
—¿Nunca lo ha sabido? —pregunta el Español.
—¿Tú qué crees? —sigue sonriendo.
—Yo creo que por el contrario, si te parecía como un suicidio... —el galo sonríe cuando su padre abre las manos y se encoge de hombros—. Es muy mono todo esto papa —se ríe el francés levantando su copa.
—¿Te lo parece? —le sonríe.
—Ahora mismo, sí... Sólo tienes que relajarte y confiar en nosotros.
—¿En qué?
—En general, papa —sonríe Francia orgulloso cuando les traen la sopa.
—Pues no creo que haya nadie en quien confíe más que en mis cuatro niños, pero es más fácil si me dices en qué piensas.
—Nah, en realidad no pienso en nada... pienso en irnos de vacaciones y ya —gesto de desinterés. Roma les mira a uno y a otro, España sonríe inocentemente —. ¿Algún día te hemos contado cómo es que funcionan los aviones?
El romano suspira y sonríe, pensando que es un cambio de tema bastante sospechoso.
—Non.
—Es que hoy nos vamos a subir a uno... son... bueno, ya verás, creo que es mejor que te enteres ya que estés adentro —Francia le sonríe a España, sabiendo que no ha engañado a su padre, y que va a pensar que hay algo sospechoso, pero que sí que confiará en ellos.
(Debo decir que Prusia ha planeado dejar a Germania inconsciente)
—¿Hoy?
—¿No quieres? Es divertido —responde España.
—Un poco impactante, pero tú eres un hombre fuerte.
—Creía que no pensabais en nada y de repente me saltáis con esto...
—Bueno... ha sido cuando se ha acordado —explica España.
—Además, ¿qué te hace pensar que esto tiene que ver con lo que estamos diciendo? —sonríe Francia con falsa inocencia.
—Una percepción personal —se encoge de hombros, cada vez más seguro al respecto.
—Además no has confesado del todo, no podríamos saber...
—Ah, non, claro, ahora resulta que sois tontos —se ríe.
—Por completo, papa... nosotros no somos hijos de Helena —se ríe el francés terminándose la sopa.
España apoya la mejilla en la mano y le mira sonriente.
—Queremos oírlo, es especial ser los únicos a quienes les has dicho.
—Venga, papa... —Francia sonríe también, pasándose una mano por el pelo. Roma mira a uno y luego al otro y suspira sonrojándose un poco, sonriendo... y luego se detiene de golpe. España parpadea.
—Quoi? —pregunta Francia suavemente. El mayor niega con la cabeza, en pánico. El francés mira a España de reojo, frunciendo un poquito el ceño —. Quoi?
—¿Qué ocurre? —pregunta España suavemente.
—Non —sentencia, porque de nuevo es esa sensación opresiva... es la primera vez que le sucede solamente hablando ello y además, le da aún más pánico porque ahora no puede engañarlos y cambiar de tema—. Non. Non.
—No pasa nada, papa... —susurra Francia, tensándose un poco por los movimientos corporales.
—Es... estamos aquí, no... Somos nosotros —sigue España, agobiadito porque no sabe ni qué decir.
—No puedo... no puedo —aprieta los ojos—. No me hagáis esto vosotros también.
—¿Hacerte quoi, papa? Calma... —le pone una mano en el brazo.
—Me calmo, me calmo —asiente pasándose las manos por el pelo y España mira a Francia nervioso.
—¿Qué te preocupa? Puedes hablar con nosotros, vamos a ayudarte.
Roma se aprieta los ojos con la respiración agitada aun y tiembla un poco.
—Papá, en serio... no pasa nada —España le pasa la mano por la espalda un poco para confortarlo.
—Papa, estás en confianza... —susurra el francés acariciándole el brazo y tomándole de la mano, apretándosela —, ¿qué es lo que te asusta?
—Si me dejo llevar, podrá hacerme daño —susurra—. Y sabrá que puede.
Francia suspira, porque eso... eso siempre ha sido el mayor problema de todos.
—¿Y él querrá hacerte daño? —pregunta el francés, acariciándole un poco el pelo como suele hacer con Inglaterra.
—Es muy posible, él es de los míos, yo lo haría, no es como vosotros, no piensa como en esta época —le mira.
—Si tú puedes aprender a pensar como gente civilizada, él también puede aprender a hacerlo... no hay nada que tengas hoy que le interese, ¿para qué querría lastimarte?
—Además, él también es vulnerable, también podrías hacerle daño tú a él... y no lo harás. Tienes que confiar en los demás, nosotros no dejaremos que os dañéis el uno al otro como no dejan que lo hagamos nosotros ni nadie.
Roma les mira a los dos entre los dedos. Francia le sonríe.
—Confianza mutua, es difícil y da miedo a veces... —le peina un poco más.
—Pero de verdad, DE VERDAD merece la pena —asiente España abrazándole un poco.
—Yo... me negué la posibilidad por años y AÑOS... nunca permití que pasara —confiesa Francia mirándole a los ojos—, y un día, en un barco... entreabrí un poquito la puerta de mi corazón, sólo un poquito. Lejos de debilitarme como pensaba, me ha hecho alguien mejor.
—Además... te mereces una oportunidad, sólo tienes que relajarte, sabes hacerlo muy bien y siempre has visto como los demás eran felices a pesar de todo... ¿no les envidias un poquito?
—Mis dos monstruos implacables, venid aquí —abre los brazos para que le abracen.
—No somos monstruos —se ríe el francés abrazándole.
—Pero sí implacables —España le abraza también.
—No sabes lo mucho que nos ha odiado toda la humanidad por centurias sólo por esa característica.
—Lo que realmente me sorprendió al llegar es que no estéis dominando el mundo —asiente el romano.
—¿Quién dice que no lo hacemos? —se ríe España.
—Hay diferentes formas de dominar al mundo, papa —susurra Francia sonriendo —. Y espera... —agrega separándose un poquito de Roma y sonriendo —. ¡Aun no nos dices quien es! ¡Tienes que decirnos!
—Deja que Alemania y Suiza se ocupen del dinero, nosotros tenemos sus corazones bailando al son —sonríe el español—. Como nos enseñó nuestro padre.
Francia se acerca a España y tira de el dándole un beso en la mejilla, luego mira a su padre.
—Corazones bailando al son... por décadas, papa... se requiere bastante práctica, quiero decirlo —admite.
Él les revuelve un poco el pelo a los dos, riéndose.
—Yo también os enseñé a manejar el dinero —le riñe un poco.
—Y lo manejamos bastante bien —asegura Francia —, pero son Allemagne, Suisse y Amerique los que hacen la parte complicada, nosotros no nos molestamos tanto con esas cosas.
—Claro, eso es aburrido, papá —protesta España—. Pero igual deja de cambiar de tema, no te vas a librar de decir su nombre, tienes que empezar a soltarte ya y mejor empezar a hacerlo con nosotros para ayudarte.
Francia sonríe mirando a su padre ilusionadillo, separándose un poco.
—Venga, papa... no es como que seas el único en esta mesa.
—Está bien, está bien —enseña las palmas de las manos a modo de rendición—. Se trata de... —pausa dramática, sonrisa.
España le mira sonriendo y conteniendo un poco la respiración. Francia sonríe ilusionadillo.
(Todos contenemos el aliento...)
—Kiev, no sé si le llegasteis a conocer nunca, era de las tierra del este... —suelta inevitablemente. Francia parpadea por un instante antes de reírse y darle un golpe suave en el pecho.
—¡No es verdaaaad!
—¿Eh? —vacila España también descolocado un momento antes de que caer en que Roma se está muriendo de la risa.
—Vale, vale... es Germaniae, por supuesto —confiesa sonrojándose un poquito otra vez, sonriendo.
Francia sonríe sinceramente poniéndole una mano en la mejilla.
—Germania —susurra y Roma se sonroja un poco más, sonriendo también.
—Ya lo sabiamooos —España le clava un dedo en la mejilla a su padre, burloncito.
—Ya sé que lo sabíais —se ríe.
—Nuestro niño está creciendo, Espagne—se ríe Francia dándole unas palmadas en la mejilla. España se ríe.
—Y ahora al menos vais a decirme qué habéis planeado, en justa correspondencia —pide.
—¿Cómo no saber que lo era?, ¡si a Germania le MIRAS diferente...! ¿Sabes? Algo puedo asegurarte... —sigue Francia ignorando por completo la petición. Roma le lanza una mirada cargada de sentido —. Nada que no sepas tú tampoco, pero para Germania también eres especial —se ríe.
—Oh... lo sé —asiente y se ríe—. Yo sí lo sé.
—Claro que lo sabes —sonrisa enseñando los dientes como de anuncio de dentífrico porque sólo quería cambiar el tema, mira a España —. Papa y Germania se quieeereeen.
—A pesar de intentar no hacerlooo —canta Roma y España se ríe.
Francia se ríe con esa respuesta completamente sincera de su padre.
—Este es de los nuestros... inmolestable.
—Pero me sé de dos que no me han respondido a la pregunta que les he hecho a pesar de hablar de la confianza mutua y de implacabilidad que creen que aprendieron de los árboles.
Francia se ríe más, terminando de comer y limpiándose la boca.
—Los árboles son hermosos.
—Vale, vale, a papá le dan miedo las sorpresas —responde España.
—Cobarde —susurra Francia con la boca pequeña. Roma pone los ojos en blanco.
—Decidme al menos que habéis hecho con él cuando te lo has llevado —negocia.
—Uhh... es insaciable Germania... —susurra Francia sin poder evitarlo mirando a España y cerrándole un ojo.
—Terrible, una máquina, de verdad... —asiente el español.
—Esto os saldría mejor si no supiera de quien hablamos, muchachos —responde Roma mirándoles en un poco de riña.
—Oh... ¿ahora me dices que Germania es saciable y no es una máquina? Vaya, papa... eso no lo esperaba de ti —el francés sonríe de lado, malignillo.
—Franciae, a este juego sabemos jugar todos —le advierte no tan divertido. Francia sonríe al ver que le ha picado un poco y se recarga en la silla —. No me hagas enfadar y desconfiar de ti...
—Le dimos un beso... lo pusimos nervioso y le sacudimos un poco las ideas —indica el francés mirándole a los ojos con sinceridad, sonriendo un poco más.
—De hecho, él sí sabe el plan y ha estado de acuerdo... —añade España.
—Un beso... cabrón con suerte, ¡luego que no me grite! —se ríe.
—En general —corrige el galo.
—Pero igual tienes prohibido verle hoy, Romano y Prusia están torturándole —explica España.
—¿Romanito también? —levanta la cejas Francia —. Uh, papa... A ver si te lo devuelven entero.
—Sí... ha dicho que no confiaba en el criterio de Prusia —explica España.
—¿El criterio de Prusiae en qué?
—Asumo que en castigos. Por cierto, ¿sabemos algo del castigo de Veneciano a Allemagne?
—Se ha llevado otro beso —explica Roma a Francia.
—Allemagne? —pregunta levantando las cejas.
—Non, Germaniae. Le he dicho yo que lo hiciera —responde.
—Ah... sí, eso... —susurra España que creía que Roma no lo sabía.
Francia se ríe un poquito.
—Tus métodos papa...
—Pues no es como que pudiera decirle otra cosa —se encoge de hombros.
—Así que en una sentada Germania se va a llevar un beso de cada miembro de la familia. ¡Sólo queda romanito!
—No, no, Romanito no —sentencia España, haciendo reír a su hermano.
—Sólo porque Romanito no se deja... Que si le dices que no lo haga quizás vaya corriendo sólo por llevarte la contraria.
—¡Pues no se lo diré! —responde España.
—No tienes de qué preocuparte, mi vida —responde Roma para España, tratando de calmarle—. Sin desmerecer vuestros besos, me preocupa más Britannia, a vosotros os ve como niños todavía.
—¿Britannia con Germania?
El romano asiente y Francia levanta una ceja sin recordar haberlos visto juntos siquiera, porque eran pequeñitos.
—Pero Britania es... Ella.
—¿Es ella? —pregunta sin entender eso el romano.
—¡Pues es Britania! No se le va a acercar a Germania, si el que le gusta eres... —suspiro —tú.
Roma se ríe.
—Yo les gusto a todos, cariño... y todos tienen vidas al margen de eso que no ruedan a mí alrededor si pueden evitarlo.
—Pues Germania... Mon dieu, ¿de verdad se tiraba a Britannia? ¡Quien lo viera!
—¿De veras quieres saber sobre eso? —pregunta Roma sonriendo y España asiente.
—¡Pues claro que queremos!
—Veamos... —levanta la vista para recordar—. Germaniae... se tiraba a Britannia, a tu madre, a Helvetia... y no sé si Helena llego a ir con él alguna vez, asumo que sí. No estoy seguro de si alguna vez hizo algo con Escandinavia, hasta donde sé eran amigos...
—¡Y todavía a quejan de mí sus hijos! Vaya —se ríe Francia —. ¿Y quién era el mejor en la cama?
—Yo —tan seguro.
—¡No serías mejor que yo, eso te lo aseguro! —se ríe el francés —. Pero hablaba de los otros.
—Eso... no voy a discutir contigo por ello —responde Roma—. Todos tenían su... aquello, ya te lo he dicho, me gustaban todos. Pero creo que si tuviera que elegir a uno... Helena.
—Helena... Hmm... No me extraña. Ella era algo especial —sonríe el francés.
—A mí me gustaba mucho —asiente España.
—Todos eran algo especial —Roma le guiña un ojo.
—Claro... Todos tienen siempre algo especial, pero... Hay quienes están más educados.
—Helena era la más dulce y ella me enseñó a mí casi todo, pero Cartago y Britannia eran puro fuego, o Iberia, que tenía energía para parar un ejército. Egipto era suave y refinada, nadie necesitaba tantos preliminares...
—Aja… —Francia le mira no sin notar que no ha mencionado a Germania. España se queda con el mismo detalle—. ¿Y...?
—Galia era muy delicada, sin embargo se desconcentraba un montón, Helena tenía un ritmo lento para mi gusto, Cartago era demasiado bestia y Britannia muy agresiva, Egipto en cambio era efusiva y entregada una vez lo lograbas...
—Mmmm ya, aja... ¿Y? —insiste Francia sonriendo un poquito de lado.
—¿Y? —pregunta Roma.
—Germania —responde España.
—Sí, y... No estás olvidando... Exactamente —risita de Francia.
—Ah... eso —sonríe.
—¿Aja? Una buena y precisa descripción, sil vous plait.
—Bueno, no he conocido a nadie más vigoroso y se enciende así —le guiña un ojo a Francia y chasquea los dedos—. Voluble, es extremadamente inocente, lo que lo hace especialmente adorable y además es fácil hacerle hacer lo que uno quiere como quiere...
—Prusse, Suisse... Y Allemagne —sonríe—. ¿Y lo hace bien? Esa es una descripción fría y calculadora, casi parece que me lo estás vendiendo.
—Es la misma descripción que te he dado de los otros... —le mira de reojo.
—Justamente por eso es que no es la descripción que quiero —explica Francia—. ¿Qué te hace a TI?
—Lo que te he dicho... —vacila sin seguirle ahora.
—Eso es como funciona, lo que tú le puedes hacer a él. Pero él... ¿Quién te excita más? No me hagas pedirle a España que nos hable de cómo es el sexo con Romanito.
—¿Excitarme a mí? Él —parpadea.
—Ah, ¿sí? ¿Y que más te hace a ti?
—Ya te lo he dicho, a él es a quien es más fácil lograr que haga lo que yo quiero.
—Te niegas muchas cosas, papa... —sonríe.
—Quid?
—Eres muy mono tú también —inclina la cabeza. Roma se encoge de hombros porque de veras no entiende lo que quiere saber—. Espero pronto, cuando te pregunte, me contestes con una respuesta completamente apasionada —sonríe.
—Lo que quiere saber es por qué dices que Germania es especial si sólo es una lista de adjetivos como los demás —explica España y todos le agradecemos.
—Exactamente... Sólo estás dando adjetivos, insisto, parece que nos lo vendes, pero nada de eso me hace pensar que Germania es realmente tu favorito. Hombre, papa... Si no pareces latino.
—Pero si te lo he dicho tres veces, Franciae, puedo hacer que haga lo que yo quiero.
Francia parpadea y España mira a su hermano.
—¿Eso es lo que tiene de especial? ¿Que lo manejas cómo quieres? —pregunta suavemente el galo.
—Sí, pero no —hace un gesto vago.
—¿No lo haces igual con los demás? —pregunta España.
—Mmm... Si yo hiciera lo que quisieras en la cama, ¿me preferirías a mí, entonces?
—Non, no lo hago con los demás, los demás hacen lo que ellos quieren y yo me adapto a ellos —explica.
—Oh, y a Germania... ¡Germania hace para satisfacerte a ti!
—Eso es lo que te estoy diciendo —asiente.
—Consigues que haga... Lo que tú quieres, con él si te das el lujo de... Oh... Bueno eso ya es al menos un poco diferente. No hubiera pensado en Germania como el modelo dispuesto a satisfacer a un amante... —sonrisa —, lo tienes bien entrenado, papa.
—Bueno, él no sabe que lo hace —sonríe.
—¿Y pierdes la cabeza con él? —pregunta sonriendito —. ¿Más que con el resto?
—En realidad nadie hace para que yo la pierda. Les resulta más fácil dejar que sea yo quien haga las cosas. Así ellos están contentos y yo estoy protegido...
—Y... ¿De verdad nunca te has dejado perder la cabeza? —pregunta el francés sonriendo de lado —. No te creo, seguramente no se han enterado de que la pierdes, pero un desliz de vez en cuando, con Germania, después de un día entero con él...
—Non, non Franciae, lo que estoy diciendo... sí, claro que he dejado llevar mi cabeza, lo que digo es que yo la dejo llevar. A ver, es lo mismo que... dar un beso y recibir un beso, el resultado es el mismo pero no es lo mismo, yo doy muchos besos que me pierden pero no los recibo. La mayoría tienen miedo o no saben cómo hacerlo.
Francia le mira medio regañado por un instante.
—Germania se atreve entonces a ser el que te lleva, el que no se hace menos porque eres tú —sonríe —. Germania siempre fue muy valiente.
—Le cuesta hacerlo y admito que no se lo pongo fácil, pero sí —asiente.
—Me gusta mucho Germania para ti —asegura el francés —, siempre lo ha hecho. Hacen buena pareja y es sorprendentemente una buena relación entre iguales.
—Pues tú siempre insistías que fuera con Britannia —risas—. Era Hispaniae el que siempre preguntaba por Austrich y Prusiae.
—¡Yo quería ver a Angleterre, claro! ¡Y Espagna era tonto porque le gustaba Autriche! ¡Pero papa Germania era papa Germania!
—¿Yo no era tonto! —protesta España—. ¡Al menos a mí, Austria no me hacía llorar!
Roma se ríe de la discusión de los dos.
—Bueno, las lágrimas eran premio.
—Sí, un kilo de barro en el pelo y un baño te llevabas de premio.
—No sólo eso... Venga ya, cual si a ti no te maltratara... El mismo Autriche, no digamos más.
—¡De pequeño no!
—¡Porque de pequeño era un niño delicado y ridículo que lloraba con todo!
—¡Anda! ¡Y tú! —se ríe España.
—Non, yo no lloraba por TODO.
—Prácticamente... no le hagas caso, papá, está enfadado con Austria desde siempre.
—¡Deja de defenderle todo el tiempo!
—¿Ves? —risas.
—Es que le defiende irracionalmente —protesta un poco.
—No, tú te enfadas irracionalmente —replica riendo.
—Qué me voy a enfadar irracional —protesta sacándole la lengua —, ¡el único punto en el que no hemos coincidido en dos mil años es en su idiota amor por él!
—¿Por qué te enfadas? —interviene Roma.
—Por lo mismo que Prusia, porque le tienen una ganas... pero nop —suelta España.
—¡Ha! Ya quisiera. El que me tiene ganas es él a mí —hace los ojos en blanco —, lo que me enfada, y no se lo he perdonado nunca, ¡es que te prohibiera hablarme! ¡A mí! ¡Su hermano!
Roma levanta las cejas.
—No, lo que pasa es que por entonces no nos llevábamos como hermanos.
—Se casaron, y después de eso... Le dieron celos idiotas porque nos besábamos y acostábamos y se lo prohibió.
—Yo ni digo que me gustara la medida ni que estuviera bien... pero lo merecíamos.
—¡¿Perdooooooon?! ¡Cómo lo íbamos a merecer! ¡Papa dile algo! ¿Ves como se pone? —le acusa con Roma.
—¡Pues es que yo estaba casado con él —se defiende.
—¡Pero eras mi hermano! Nadie dijo que fuéramos a hacer eso mientras estabas casado, pero ni siquiera tú cumplías con sus absurdas disposiciones —se ríe.
Me gusta estar publicando esta historia a la vez que cuervos porque se notan más las diferencias entre los niños sajones y los latinos en las interacciones con sus correspondientes padres. Recuerdo haber escrito esto mientras pintaba el atrezzo para "La pequeña tienda de los horrores", en verano ¡No olvides agradecer a Josita su beteo y edición!
