—¿Estás bien, vati? —pregunta Prusia mientras les siguen.
Veneciano le cuenta a Romano sobre el baño en plan cuchicheo absoluto. Uy... Romano se ríe más entonces, entrando al establecimiento del demonio, es decir, a la peluquería y saludando a todo el mundo, de mala gana como siempre, pero eso sí, sentándose en su silla de siempre donde le traen su agua finísima de siempre y empiezan a hacerle cualquier clase de cosa, como siempre. Germania se acerca un poquito a Prusia.
—Nein... tengo... creo que tengo el estómago revuelto —responde en un susurro.
Veneciano saluda sonriendo él sí como si fuera un actor de cine, sentándose al lado de su hermano para recibir idéntico trato, explicando a todo el mundo a voces y gesticulando en sobre manera lo que pasa y lo que quieren que le hagan al germano.
De manera que en cuanto entran Prusia y Germania al lugar, Romano señala al germano y literalmente le atacan más o menos seis mujeres, que empiezan a gritar a su alrededor (en realidad sólo hablan...). Y antes de que se dé cuenta está ya sentado en la silla, sin zapatos, con alguien haciéndole algo extraño en los pies, algo más en las manos, y untándole algo terriblemente extraño y maloliente en el pelo. Germania únicamente lucha para no perder de vista a Prusia en el proceso, mirándole súper agobiado.
Prusia consigue ser más o menos ignorado por la marea de gente, esquivándoles, hasta que consigue llegar a su padre y le pone una mano en el hombro como si estuviera postrado en una cama del hospital, terminal.
—¡Pero qué haaaaAAh! —intenta recuperar su mano donde una chica bonita está con la lengua de fuera y un instrumento como de cirugía, intentando quitarle el barro almacenado debajo de sus uñas con mucho esfuerzo y dedicación por décadas y décadas.
Spoiler: La chica no se deja... ni ella ni ninguna otra, que siguen chacualeando entre ellas.
—Calma... —pide el pruso a sabiendas de que no hay forma en que vaya a calmarse de verdad.
—Pero esto... esto es como tortura, ¡¿qué haAAHcen?! —chilla sintiendo que le arrancan un dedo del pie, mientras alguien viene a embadurnarle algo en la cara para ponerle una mascarilla y yo ruedo de la risa con el concepto de Germania con mascarilla en la cara, el pelo lleno de alaciador y siendo atacado.
—Están... —Prusia los mira a todos sin estar para nada seguro de lo que hacen tampoco.
—Torturándome. ¡No van a conquistarme! No importa lo que hagan —resuelto por completo.
—Nein, nein, no están torturándote... creo —trata de calmarle Prusia. Germania le mira.
—¿Por qué a ti no te hacen nada?
—Ehm... pues porque yo no voy a tener una cita —explica.
—¿Y haces esto cuando sales con tu mujer?
Prusia vacila otra vez por que definitivamente no lo hacen.
—Nein... No exactamente, gott sei danke, pero ellos sí lo hacen —señala a los italianos y Germania levanta una ceja.
—¿Y yo por qué tengo que hacerlo?
—Porque vas a salir con uno de ellos, creo —le mira.
—¡Esto es ridículo!
—Bueno es... —el problema es que Prusia está de acuerdo.
—Ridículo. ¡Y no entiendo por qué Rom no está teniendo que pasar todo esto como yo! —protesta y quiero decirle que Roma pasó como la misma semana que regresaron y le encantaron la mayoría de cosas.
—No sé qué estén haciendo con Rom en realidad —asegura tratando de cambiar de tema. Germania suspira.
—Ni siquiera sé si todo esto va a ser para que al final...
—¿Para que al final...? —le insta a seguir.
—Pase lo de siempre —murmura.
—¿Qué es lo que pasa siempre?
El mayor le mira de reojo.
—Siempre termina siendo un idiota... Pero más los soy yo por hacer todo esto.
—¿Por qué?
—¿Quieres saber la verdad? —le mira de reojo y el alemán asiente —. Tu vater a veces se preocupa por cosas que no debería y piensa en cosas tontas —admite.
—¿Cuáles?
El germano niega con la cabeza.
—Nein, no quieres oír a tu Vati hablar de cosas así.
—¿Por qué no? Sí que quiero.
—Al menos sería mejor con una cerveza en mano —murmura encogiéndose de hombros—, ya bastante fue hace rato con los locos hijos de Rom a quienes llamas tus amigos, ya has oído ahí bastante de la historia.
—Pero si no has contado nada.
—Les he dicho que Rom me echó de su casa—le mira levantando las cejas.
—¿Y qué con eso?
Germania parpadea.
—Éramos... Cercanos. Habíamos sido cercanos al menos —toma aire y niega con la cabeza—, un día.
—¿Y?
—¿Ves qué absurdo es? Todo era un día, siempre... Me ponía el mundo de cabeza, por completo en un sólo día y cuando se iba ustedes no dejaban de hablar de él y yo no... —vacila y se sonroja apretando los ojos—. Esto es una estupidez.
—Pero... es que no entiendo. ¿Por qué hacía eso? ¿Peleabais? —frunce el ceño en comprensión. El mayor niega con la cabeza.
—Yo tampoco lo entiendo, solía irse justamente cuando todo estaba bien.
—Frankreich y Spanien han dicho que quizás le daba miedo.
—Frankreich y Spanien no saben bien como eran las cosas —le mira de reojo pensando en algo que le preocupa desde que decidieron esto.
—Sí que lo saben, siempre lo saben.
—Nein, no saben que Rom no tenía nada que temer cuando se iba, si acaso... Habría sido el momento de quedarse y terminar lo que hacía —se mueve un poco incómodo con la chica que está limándole los pies con lija goooorda.
—¿A qué te refieres con terminar?
—A que cuando se iba, era porque habían conseguido que yo estuviera —se revuelve —, vulnerable.
Prusia parpadea un poco.
—Cuando él se iba, era porque estaba seguro de que yo —se detiene a sí mismo, se humedece los labios y niega con la cabeza—. Esto es absurdo. Nunca le permití ganarme y nunca consiguió doblegarme ni vencerme, al contrario... Pero hubo momento, breves, en los que yo realmente —suspira y se sonroja—, le quise.
—¿Y qué hay de malo en ello? —pregunta suavemente.
—Que cada vez que él lo supo, se fue —mira a la chica que le arregla las uñas de la mano derecha, frunciendo el ceño y tratando de quitarle importancia a todo esto.
—Mmmm... ¿Crees que no quería que le quisieras?
Germania se encoge de hombros.
—Él claramente tenía otros intereses, así que yo dejé de quererle, aunque cada vez que lo hacía, volvía y conseguía, con trucos sucios y molestos... Que yo cayera otra vez.
—Eso no tiene mucho sentido...
—Claro que lo tiene, era estúpido y molesto... Y yo era aún más estúpido.
—¿Y nunca le preguntaste?
—¿Qué querías que le preguntara? ¿Por qué haces que te quiera si tú no me quieres? —le medio fulmina—, ¿no era bastante humillante quererle?
—Nein... yo le habría preguntado... ¿por qué intentas que te quiera si cuando casi lo logras te vas corriendo?
—Tú pareces ser más valiente que yo —admite apretando los ojos.
—O... no lo sé, mi situación es diferente.
—Yo no quería escuchar la razón, era más fácil dejarle ir y proponerme odiarle —razona.
—Y... ¿Qué vas a hacer ahora?
—Hay una parte de mí que lo que quiere es ir y que todo lo que dicen sea verdad... —admite.
—Yo confío en ellos.
—Eso... Es los he hace que yo esté aquí ahora —le mira a los ojos y Prusia sonríe—. Otra parte cree que es una estúpidez.
—¿Qué pasará si lo hace de nuevo? Aunque no puede irse en una isla.
—Quizás una vez en la isla sí le pregunte... Y enfrente su respuesta.
—Oh —sonríe.
—Quizás le estrangule de una vez —sonríe levemente y el menor se ríe un poco—. ¡Si es que no me arrancan los dedos! —protesta fulminando a una de las chicas.
—¿Y nunca quisiste a nadie más? —pregunta Prusia con curiosidad ahora. Germania levanta las cejas, tomado desprevenido.
—¿Eh?
—Bueno... sí él no lo hacía quizás alguien más...
—¿Qué me estás preguntando realmente? —pregunta levantando una ceja.
—Bueno yo... Ungarn una vez se casó con Österreich. Por mi culpa. Y... yo intenté querer a alguien más.
—¿A quién?
—No lo sé, a alguien más, quien fuera... Frankreich, Schweiz, Russland... quien fuera.
—Estaba Britannia... Y Galia... Y Helvetia —se revuelve, sonrojadito.
—¿Entonces por qué no te fuiste con Galia o Britannia o Helvetia?
—¿Me fui a dónde?
—Pues estar con ellas... ¿sabes? En vez de seguir viendo a Rom.
—Rom volvía cada vez.
—Bueno, pero si tú estabas con otra...
—No lo sé... No lo pensé nunca —admite. Prusia tuerce el morro un poco, mirándole —. Was?
—No lo sé, es raro.
—¿Lo es?
—Sí, porque... es que podrías haberlo hecho, yo lo hubiera hecho —mentira—. ¿No me quieres? Pues vale, que te den.
Germania se revuelve.
—Parece simple.
—¡Pues claro! Y más si había tres más, ¿qué tan mejor podía ser Rom que ellas?
Germania se sonroja un poco pensando que ninguno de los demás le podía poner la vida de cabeza tan fácilmente como él... Para bien y para mal. Además, no es como que tuviera la opción de deshacerse de Rom.
—No era tan simple.
—¿Por qué no?
—Es facilísimo decirlo ahora, en su momento lo intenté. No quedarme con alguien más, sino dejarle.
—¿Y qué pasó?
—Rom es insistente, Preussen... Llegaba, desorganizaba, no pedía permiso.
—Por eso mismo, es decir... estar solo no funciona, pero estando con alguien más... habrías sido dos contra uno —lo peor es que él era el que luego le machacaba más que nadie para ir a Rom y los hijos de Rom y Rom por aquí y Rom por allá.
—Y tú, ¿por qué no te quedaste entonces con alguien más en vez de quedarte con tu chica?
—Pffff —risa rara nerviosa y se sonroja un poco—. Yo soy demasiado Awesome para los demás.
Germania levanta las cejas.
—¿Demasiado qué?
—Awesome, que es lo que yo soy, genial, increíble, maravilloso, impresionante, estupendo y asombroso.
—Eh… Bueno, si tú... Tú eres eso que dices, pero eso quiere decir que sea como sea no seguiste tu propia sugerencia.
—Es... una cosa diferente.
—Es fácil juzgarme... —murmura.
—No te estoy juzgando... —se defiende y luego suspira—. Bueno, igual el plan no es que te vayas, Spanien y Frankreich creen que vas a enamorarle, quizás puedas vengarte un poco... ¿Te imaginas?
—En realidad no lo he pensado —levanta las cejas mientras una chica viene a quitarle la mascarilla que le han puesto y a ponerle crema de rasurar en las mejillas... se revuelve un poco intentando quitársela y después de pelear un poco termina por rendirse —. Vengarme... ¿Hablas de yo irme o yo hacerle lo que él hacia?
—Pues... no lo sé, ¿qué harás si lo logras?
Germania de lo piensa un poco frunciendo el ceño.
—Puede que... Pueda irme yo —sonríe un poco. Prusia sonríe un instante y luego piensa que quizás esa sea una mala idea... —. Podría ser él el idiotizado y yo tendría más poder sobre él, podría decirle que quiero a los demás.
—Y él se pondría triste...
Germania piensa un poco en eso, teniendo muy claro que no le gusta que Roma esté triste, prefiere que sonría.
—Es lo que merece.
—Aunque si es como Frankreich y Spanien eso no es muy buena idea hacen siempre un desastre muy dramático llorando y todas esas cosas.
—Oh. Es como ellos —asegura.
—Y Römer chilla cosa mala e Italien siempre da mucho miedo.
—Rom hace todas esas cosas. Pega, grita, chilla, llora y me confunde.
—Mmmm...
—No creo que se enamore, Preussen.
—Pero... ellos estaban seguros...
—¿Y? Yo le conozco de siempre.
—¿Entonces qué crees? ¿A qué vas?
—A lo mismo de siempre. Dejemos de hablar de esto —suspira. Prusia sonríe maligno —. Was? —pregunta tensándose al notar la navaja con la que planean rasurarle.
—Lo que pasa es que lo hace muy bien y te gusta —ese tonito burlooon...
—Was?! —más preocupado por eso. Risita maligna de Prusia—. Nein!
—Te gustaaaaa —molesto como con Suiza, riéndose más.
—¡No me gusta! —chilla.
—Sí que te gustaaaa y te gusta que te bese y besarle y quieres hacer cosas suciaaas.
—¡NOOO! ¡No es verdad! Preussen! —protesta mientras la chica le pasa la hoja por la mejilla.
Prusia se ríe, aunque esa manera en que grita su nombre es un poco acojonante, así que no insiste. Germania aprieta los ojos sonrojado y deja que terminen de rasurarle sin chistar.
Para entonces, ya han acabado con el baño de color de Veneciano que se ve ahora con un color caoba rojizo más intenso y brillante. Romano está a su lado, viendo la novela y bebiendo vino, alegando con la chica del salón sobre Marta Patricia Antonieta.
Veneciano se acerca a Prusia y Germania. El ultimo frunce el ceño aún sonrojado, quitándole sus manos a la chica que le estaba arreglándole las uñas y cruzándose de brazos.
—Esta es una tortura —protesta hacia el italiano.
—No, que va, cada vez te ves más guapo y parecido a Germania. Al abuelo le va a gustar.
—Yo soy Germania —responde sin pensar.
—MI Germania.
—Ah, yo no me quiero parecer a él —se le ocurre repentinamente—. No me vayan a cortar el pelo —se lleva las dos manos a la cabeza.
—Nah, sólo las puntas, un poco.
—¿Por qué van a cortarme algo? —frunce el ceño.
—Por qué las tienes rotas y así se verá mejor.
—¿De verdad hacen esto siempre? —pregunta frunciendo el ceño—. Ni siquiera va a ser notorio.
—Se notará al tacto —responde.
—Yo no sé estas cosas son... ridiculeces del futuro. La realidad es que da igual si es suave o no es suave, sólo es pelo. Mi pelo. Siempre ha sido igual y siempre será igual.
—Ya verás cómo no... Cuando lo toques.
—Italien, ¿de verdad hacen este martirio cada vez que salen con alguien? Nosotros solamente íbamos y... bueno, lo más era que te bañabas antes, claro está, aunque no todo el mundo lo hacía... Escandinavia no iba a bañarse con agua helada.
—Ahora tenemos agua caliente... —sonríe.
—Rom también se molestaba en calentarlo —asegura mirando de reojo al italiano mientras el estilista empieza a aclararle el pelo de la cosa alaciante que le ha puesto.
—Es más agradable —asiente.
—Italien... ¿de verdad no crees que Rom vaya a reírse de todo esto? —pregunta con su cara de desagrado mirándole de reojo—, voy a darte la culpa si acaso lo hace.
—Pues... —Italia se lo piensa—. Quizás, pero le gustará seguro.
Se sonroja un poco pasándose una mano por la mejilla sintiéndola EXTREMADAMENTE suavecita. Levanta las cejas.
—Vaya, esto... ¿qué me hicieron en la cara? —pregunta sorprendido por sus mejillas de pompi de bebé.
—Afeitarte con crema suave —explica Prusia.
—La crema suave es suave —susurra pensando que quiere que le enseñen como conseguir hacer eso de ahora en adelante, porque es muy cuadrado y le gusta sentir la cara lisita. Se mira la mano—. ¡Oh!
—En eso consiste —asiente Italia.
Germania acerca la mano a su ojo, notando que tiene las uñas de una mano que no parece ni siquiera suya... ¡parece como de mujer! De Galia quizá.
—Están limpias y bonitas, ¿verdad? —tan feliz el italiano.
—¡Son extrañas! —realmente impresionado—. Preussen a ver las tuyas —pide. Prusia se las muestra, son un poco más desastrosas—. ¡Mira las mías! Están... ¡limpias! —se las muestra.
—Pues eso te estaban haciendo —explica Prusia.
—Pero aun así, ¡no sabía que podían estar así de limpias! —sorprendido.
—¿Te gustan? —pregunta Italia.
—Pues —parpadeo parpadeo—, no me parece especialmente mal tenerlas limpias, sólo es extraño —se las lleva a la boca intentando morderse alguna parte porque habitualmente se muerde los pellejos que tiene por ahí, pero no hay NADA qué morder.
—No, no, no las muerdas —Italia se las quita de la boca.
—¡Pero si yo siempre las muerdo! —protesta un poco dejando que se las quite de la boca cuando vienen a secarle el pelo con secadora haciendo un ruidajal.
—Bueno, pues ahora no.
—¡Ahhh! ¡¿Y eso qué es?! —mira a la secadora como si fuera una máquina endemoniada, tratando de incorporarse y aun medio pateando a la chica que sigue limpiándoselos.
—Tranquilo, vati, sólo es un secador.
Germania se lleva las manos a los oídos mientras la mujer le seca el pelo sonriéndole a Italia y platicando de la maravilla del pelo del germano. Este cierra los ojos otra vez como si esta fuera una gran tortura, hasta que finalmente apagan la secadora y le dejan oliendo a… pelo oloroso.
Italia toma un mechón de pelo de Germania y se lo enrolla en los dedos sin pensar igual como lo hace Roma, pidiendo que le peinen echándoselo todo para atrás y que le hagan la trenza.
Germania se sonroja y le arranca el mechoncito a Italia de la mano.
—Ve~? —parpadea el italiano soltándole.
El chico saca su plancha del pelo para terminar de plancharle el último pedacito cualquiera que haya quedado volando... alegando con alguien algo más, mientras Germania levanta las cejas sorprendido mirándose a sí mismo y mirando a Italia de reojo porque se parece a Roma en cosas... más de lo que quisiera.
—¿Qué te parece? —le sonríe Italia.
—Extraño... —se toca la cabeza con las dos manos y levanta las cejas otra vez, impresionado—. ¡Por Odín! Pero esto... Parece suave, como... como... —no tiene palabras.
—Sí, esa es la idea —sonríe y le acaricia el pelo un poco.
—¿Ya podemos ir por las cervezas?
—No, ahora vamos por ropa.
—Pero si ya tengo ropa. ¡La traigo puesta, mira! —se la señala —. Y es esta moderna.
—No, esa camisa es horrible y además el abuelo lo sabrá. No voy a dejar que piense que soy idiota y no he sabido vestirte.
Germania parpadea.
—Yo puedo vestirme solo —lleva horas diciendo eso de todo el pobre.
—Completamente locos, vati, te lo he dicho.
—Eso es lo que veo, traigo ropa y me la he puesto yo solo.
—Me refiero a elegir la ropa —Veneciano hace un gesto vago con la mano.
—Ya acabó, ¿viste lo que paso con Julián Alberto? —pregunta Romano antes de levantar las cejas notando a Germania—. ¡Oh! Vaya, el macho patatas dos va quedando menos mal... —comenta tomando un mechón de pelo.
—Tremendo asunto con Luisa Eduarda —asiente Veneciano—, lo vi el otro día bajado de internet. Me gusta mucho como le ha quedado el pelo.
—¡Espera, qué ha pasado, no me he enterado de eso! —suelta Prusia y de repente carraspea—. Es decir... esas idioteces para mujeres que veis.
—¿Quien es Luisa Eduarda? —pregunta Germania... Para variar... Sin entender nada.
—Es... una historia tonta que ven después de las comidas —Prusia le quita importancia.
—Que este ve religiosamente —le acusa Romano.
—¡Claro que no! —se defiende—. Es que luego Spanien y tú sois unos plastas y me habla de ello y no me entero de una mierda.
—¡Claro que le gusta! Si luego nos la cuentas cuando no podemos verla —se burla Romano.
—Porque si no Spanien me pide que os la baje de internet y todo eso porque los dos sois unos paquetes.
—Cual si tuvieras que bajarla a mano y cargarla —se ríe el chico pasándole la mano entera por el pelo al germano, envidiando secretamente a su abuelo.
—¡Pues no, pero si estoy descargando otras cosas, me quita ancho de banda! —protesta.
—Andiamo! —les insta Italia una vez ya ha pagado con la tarjeta de Alemania, claro. Germania se levanta después de que alguien le pone zapatos. Prusia le mira de reojo.
—Esto es muy extraño —se pasa una mano por el pelo y la cara.
—Te ves mucho menos mal que antes —valora Romano con ojo clínico.
—Se ve muy bien con el pelo así y se siente súper suave —Veneciano vuelve a tocárselo sin poder evitarlo.
—Es un poco extraño —murmura el germano (y secretamente le gusta mucho porque es JUSTO como SIEMPRE ha querido).
—Ya te acostumbrarás —se encoge de hombros Prusia andando a su lado mientras salen.
—Querría una cerveza —murmura Germania.
—Bien, pediremos cerveza para ti en Gucci —responde Veneciano sin hacer demasiado caso.
—¡Oh! —sonríe un poco—. Eso está mejor.
—Nein... vati... —susurra Prusia.
—Nein? ¿Por? Vamos a tomar cerveza.
—Es una trampa —niega.
—¿Trampa por? —pregunta levantando las cejas.
—No van a dejar que te la tomes...
—¡¿Por?! —levanta las cejas.
—Ya lo verás... —le mira de reojo con cara de angustias y el coche, al que ya se han subido, se pone en marcha de nuevo con un proceso de angustia parecido, un poco menos exagerado y un Blablabla italiano semejante.
Habiéndose desdoblado en la puerta de Gucci, entran siguiendo al par de italianos gritones.
—Vati —le detiene un segundo en la puerta el albino.
—Was? —se detiene mirándole.
—Ich liebe dich y me alegro mucho de haberte visto este tiempo —le abraza—. Ha sido muy entrañable para mí y de veras espero que salgas con vida de esta, por favor, se fuerte, pero quiero que lo sepas por si pasara cualquier cosa.
Parpadeo parpadeo.
—¿P-Perdona? ¿Qué van a hacerme ahí? —balbucea temeroso, mirando hacia adentro y luego otra vez hacia Prusia.
Se oye a Veneciano de fondo hablando con los dependientes, ya ambos hermanos con una copa de vino cada uno que debe haber brotado quien sabe de dónde y un catálogo enumerando "quiero que se pruebe esto, y esto, y esto, y esto... con estos zapatos y esto en rojo y en azul y esta chaqueta".
—Cambiarte de ropa tantas veces que vas a perder la noción del tiempo y el espacio... no duele, pero intenta no desmayarte.
—¿Por qué van a cambiarme la ropa?
—Porque quieren ver cómo te queda esta otra.
—Bueno, ¿qué tan terrible puede ser beber cerveza mientras me ponen dos o tres cosas...?
"¡Uh! Mira las rayas de este traje, ¿no está en más oscuro? Pero con un pañuelo. Y estos pantalones con oh-mio-dio dime que tienes esta en gris perla. Cinco. Sí, no, que se la pruebe, pero pónmelas ya para el mío".
Una dependienta se acerca a los germanos mientras los italianos siguen ojeando las prendas de ropa de la tienda ahora.
(Alemania sufre por su tarjeta mientras le piiiiide a Aaaaaustria por favor que haga strudel. Austria lo negocia con su característico cinismo para ser que vive ahí de gratis. Seguro Alemania termina cortando las manzanas y rayando las nueces, de hecho, Alemania va a acabar haciendo el strudel... pero tal como Austria le indica)
Germania mira a Prusia y se para detrás de él con un poquito de temor.
—Herr, si me acompaña por aquí...
—Ve tú... —empuja a Prusia.
—¿Yo? Nein! ¡Eres tu quien le ha dicho a Italien a dónde íbamos!
—Pero ya estamos aquí. Vas tú, yo no necesito —discute.
—¡Yo menos, eres tú el que tiene una cita! —se defiende.
—¡Pero no es porque quiera! —insiste.
—¿No quieres tener una cita? Bueno, igual la tienes...
Romanito hace los ojos en blanco acercándose a ellos.
—Prusia... —advierte y el alemán le mira—. Vamos a pedir que te prueben a ti también si no apresuras esto —sonríe.
Mientras Veneciano elige bañadores ahora, nadie sabe por qué, puesto que Roma no le va a dejar bañarse vestido en NINGUN sitio, pero parece raro no llevarse media docena de ellos a una isla en mitad del océano índico... por si acaso.
—¡Pero es que no quiere! ¡No es mi culpa! —se defiende Prusia. Bañadores... Alemania empieza a sollozar pensando en la cuenta.
—No me importa. Traiga el de la hoja tres en talla... —insertar especificaciones de talla de Prusia mientras Romano toma a Germania del brazo y tira del hacia la señorita.
Y Germania... Es obligado a visitar el octavo círculo del infierno. MUAJAJAJA.
Hay un tiempo requerido para que Prusia acabe sin zapatos, con los pies en alto y la cabeza colgándole del asiento de una butaca de terciopelo blanco mientras juega a la consola portátil. Había pasado ya y con algún rato más de regalo.
A Germania le tiemblan los brazos de tenerlos abiertos/arriba/abajo/de lado/enfrente y Veneciano sigue y sigue eligiendo prendas de manera insaciablemente cruel, sacando su más bajo instinto que deja claro por qué podía ser perfectamente una de las fuerzas del eje.
—V-Veneciano... Ya no quiero hacer esto, tengo hambre —protesta Germania por vez doscientas, cada vez menos como orden y protesta y más como suplica.
—Sí, sí, solo dos más y nos vamos...
—Nein, no quiero dos más —empuja un poco al chico que le está midiendo el esedeladesaquenosabequees acercándose a Prusia y sentándose en el brazo de la butaca donde tiene los pies.
—Heil... —saluda Prusia mirándole de reojo sin ponerse bien, mientras Veneciano va a probarse cosas él junto con Romano que, como paga Alemania, está eligiendo vaaaarias cosas.
—Heil. ¡Esto es horrible! —protesta Germania recargándose en las piernas de Prusia.
—Te lo he dicho —le pasa su cerveza y el mayor le da un trago laaaaaargo apretando los ojos.
—No me lo advertiste con suficiente insistencia —le "riñe".
—¿Pues cuanto querías que te dijera?
—Debiste impedir que viniéramos si sabías cual era la tortura que iba a sufrir —le mira de reojo dando otro trago a la cerveza—. Y tú sólo te probaste UNA cosa.
—Sí...
Se acaba la cerveza, levanta una mano y le despeina.
—"Hermano" de unos latinos, cómplice de los otros. Eso es alta traición.
—¡No he sido cómplice!
—¡Sí que lo eres! Si no lo fueras estarías sufriendo lo mismo que yo... Preussen, Preussen... ¿Qué te pasó en mi ausencia? —sonríe de lado.
—A mí no me ha besado nadie.
—¡A mí tampoco! —se sonroja—. ¡El idiota que tenía que estar castigado es Rom, no yo! —se defiende.
—¡A ti te han besado Veneciano y Spanien y Frankreich!
—¡Deja de decirlo! —más sonrojo y gruñido—. ¡Rom no estaba ahí, y fueron ellos los que están locos como para venir y hacerlo ellos!
—Además lo hacen muy bien los tres... —confiesa en un susurro y Germania levanta las cejas y le mira de reojo.
—Así que me acusas de algo que TÚ también has hecho —responde en tono bajo y mesurado.
—Pero es que no... Yo... hace mucho de eso.
—Quizás quieras contarme —propone mirándole con intensidad.
—Eh...
—Tú te has enterado de muchas cosas y yo aún no se nada.
—Pues... ¿qué quieres saber?
—¿Cómo es que has besado a todos los hijos de Rom?
—Es que... alguna vez, en un juego de besos...
—¡Oh! Pensé que había sido en otras circunstancias.
—¿Cómo cuáles? Bueno, no siempre ha sido en juegos... con Italien sí, pero...
Otro levantamiento de cejas.
—¿Con los otros dos no?
—Pues es que... ellos dos... Frankreich...
—¿Aja? —inclina la cabeza un poco más curioso de lo que quisiera.
—Es que él es...
—¿Sí?
—Bueno, ya le has visto, de... esa manera y... —se sonroja un poco—. Ahora ya no, es decir, sería muy raro pero...
—Ya le he visto, ja... —se sonroja un poco—, se parece mucho a su padre en... Eso.
—Pues... es que es difícil y lo era más en otra época. Ahora le gusta England pero antes...
—Mmm ja? —pregunta agachándose un poco hacia él.
—Pues es que... en realidad no cuenta, porque ha ido con todo el mundo —se revuelve, poniéndose de nuevo en posición normal.
—Como su padre... —sonrojándose un poquito con esto—, pero eso quiere decir que tu y él en algún momento... —pausita. El albino le mira—, ¿Estuvieron juntos?
—¿Juntos cómo?
—¿Como que cómo?
—Pues es que... hubo sexo, pero nunca fue... nada serio.
—Por Odín... —aprieta los ojos y se sonroja.
—Pues es que no se puede tener nada serio con Frankreich... es Frankreich.
Germania lamenta ooootra vez volver al tema de la inseguridad con Rom.
—Exactamente como su padre —casi susurra.
Prusia le mira un poco desconsolado, a lo que Germania hace un gesto con la mano y suspira.
—No es ninguna novedad y la verdad es que me da igual.
—Pero... ¡entonces no vayas! —se incorpora un poquiiito. Germania se pellizca el puente de la nariz pensando que lleva pensando esto por hoooooras, y aún así... Frunce el ceño —. Aunque bueno, ir solamente a tener sexo sin compromiso y pasarlo bien...
—Ja, sólo es ir a burlarme de él.
—¿A burlarte?
—O a lo que sea, no voy a lo que tú insinuabas.
—¿Eh?
—No voy a enamorarme ni a enamorarle ni ninguna de esas idioteces —tsundere.
—¿Por qué no? —tan inocente.
—Porque no, eso no se puede.
—¿Cómo que no se puede? ¿Por?
—Tú lo has dicho. ¡Es como Frankreich! Ya lo hemos dicho todo el tiempo.
—Pero Frankreich está enamorado de England.
—¿No me decías que no es posible nada serio?
—Pues sí... pero... no. England es diferente por algún motivo.
—Preussen... Sé lo que estás haciendo y no va a funcionar.
—Was? —descolocado, porque no está haciendo nada más que decir lo que piensa
—Si te mandaron tus amigos para decirme que yo soy especial y todas esas cosas, de verdad no hace falta.
—No tengo ni idea de si lo eres —asegura sinceramente—. Ellos lo creen y yo confío en ellos porque no se equivocan casi nunca, pero yo no sé ver esas cosas.
—¿Cómo acabo siempre metido en estos berenjenales por culpa tuya, maldito Rom? —protesta Germania entre dientes.
—¿Culpa mía?
—Nein, culpa de Rom... Estaba... Pensando en voz alta —suelta tan tranquilo y Prusia sonríe —. Was? —le mira.
—A Vati le gustaa y piensa en éeeel —le toca la sien con un dedo.
—Neeein! ¡No pienso en él! —se sonroja más y el menor se ríe.
—Estabas pensando en él en voz alta, tú lo has dichoooo.
—¡Estaba protestando en voz alta, que es diferente! —se defiende y Prusia se ríe burlón, otra vez —. Deja de burlarte de mí... ¡A ti te gusta la chica esa también! Te gustaaaa —imita el tono intentando despeinarle.
—Was? Ella... was? —vacila intentando esconderse para que no le despeine.
—Oh, vaya. ¡Vacilas cuando hablo de ella! —sonrisita de lado.
—Ella... es... bueno, es un poquito awesome y... —se sonroja un poco.
—¡Te has sonrojado!
—Nein! —se cubre la cara con las manos, nervioso.
Germania suelta una risa de las muy suyas, que Prusia era experto en sacarle. El menor sonríe un poco y le da un puñetazo en el hombro, sin medir mucho su fuerza. Germania aprieta los ojos porque Prusia de pequeño pegaba mucho, MUCHO más quedito.
—Eh, eh... No le pegue usted a su vater —le señala con el dedo y le da una palmadita en la mejilla.
—¡Pues no me molestes! —protesta.
—¡Tú empezaste! Vaaaatiiii teeee guuuustaaaa —le imita.
—Pues lo hace —sonríe de lado.
—Pues es Rom, ¿a quién no le gusta? Me gusta menos que al resto... —cara de desagrado.
—¡A mí no me gusta! —mentirijilla nerviosita. El rubio levanta una ceja y le mira de frente.
—¿Ah no?
—Nein!
—Pues serás el único... A toooodos los demás les gusta —ojos en blanco.
—Yo soy más awesome.
Germania entrecierra los ojos, porque además él ha dicho que a él le gusta, lo cual lo hace menos "ausom".
—No voy a ir a la isla —decide repentinamente cruzándose de brazos.
—Was? ¿Por qué no?
—Porque a mí tampoco me gusta, y tu padre es más... Esa cosa que dices que eres, y todo esto es una tontería —se levanta.
—¡Pero si has dicho que sí te gusta!
Y Germania se nos sonroja.
—Nein, yo nunca he dicho eso. Tú has dicho que te gusta a ti, que es diferente.
—Nein, yo he dicho que a mí no me gusta, porque tú dijiste que le gustaba a todo el mundo.
—Nein.
—¡Te da vergüenza, pero yo te he oído! —le acusa. Germania se sonroja más pero no se mueve, con los brazos cruzados aún.
—Nein!
—¡Sí lo hace! ¡Por eso has aguantado todo eso! —señala la ropa—. Y has dejado que te hicieran eso en el pelo y las uñas.
El mayor aprieta los ojos.
—Lo odio. A él, al pelo, a esta estupidez y a las uñas. Si tú no eres capaz de comprenderlo, veo que has pasado demasiado tiempo en medio de esta... gentuza, como para reconocerte —murmura controlado y tenso.
Prusia parpadea un instante, vacilando. Germania frunce el ceño y empieza a caminar a la puerta, decidido, pero no especialmente rápido.
—Vati! Nein! —se va detrás.
—Nein qué? —sale a la tienda en sí, porque estaban en el infierno... Digo, en el probador, tratado de recordar cuál era la puerta porque aún se confunde entre los cristales y espejos. Vacila un instante deteniéndose y tratando de decidir hacia donde caminar para salir.
—Que no te vayas... —Prusia hace para detenerle del brazo y su padre le mira un segundo.
—Aire. Necesito aire.
Prusia hace un silbido a los italianos para avisarles que salen, quienes asienten mientras Germania se acerca a las puertas de cristal, que ya visto bien, es el único lugar donde se ve la parte de afuera. Flipa al ver que se abren solas, sin haberlo notado a la entrada, considerándolo un poco atemorizante y... mágico. Toma una bocanada de aire afuera y Prusia se va detrás.
Germania suspira sintiéndose un poco mejor afuera con el aire fresco, mirando al cielo, que es más o menos la única parte que se ve "normal" en estos tiempos.
Alguien pidió más de los italianos... deseo concedido. ¡No olvides agradecer a Josita su beteo y edición!
