Hola aquí el segundo capítulo y creo que a lo mucho serán uno o dos más, como les dije antes es una historia que terminare en navidad y para eso faltan casi dos suspiros, quiero agradecer a marialaurajs y a lyrag99 por su seguimiento y marcación como historia favorita respectivamente, solo ruego un review por favor aunque sea un emoticón

En la boca del lobo

Finalmente, varios minutos después, Kagura empujo la vasija en los brazos de Kagome y la echo de su jardín como si fuera una pordiosera. La chica corrió de regreso teniendo mucho cuidado de no tirar la vasija, y aun temblando por la impresión de tener todo ese oro en casa de su señor.

-ya está, da un total de quince saquitos- sonrio Inuyasha cerrando la última de las bolsas donde fue guardando las monedas.

- Ahora si podre darte tu paga Kagome- le sonrió, pero Kagome negó con expresión seria.

-no, amo, es mejor que no toquemos este dinero- él la vio con una ceja alzada.

-¿y por qué no? - le pregunto escéptico.

-amo, los ladrones podrían llegar a sospechar si se enteran de que un vendedor de leña puede pagar con oro a su criada- le explico ella llena de preocupación.

-tienes razón, si enriquezco de pronto podrían sospechar- asintió comprendiendo la preocupación de su criada.

Así, siguiendo el consejo de Kagome, Inuyasha decidió enterrar las monedas en el jardín, donde solo las tomarían como último recurso para una emergencia. Mientras él se ocupaba de enterrar las monedas Kagome volvió a la casa de Sesshomaru a devolver la vasija para medir.

-muchas, gracias por prestarme la vasija- agradeció Kagome extendiendo el envase de barro a Kagura, siempre cuidadosa de tener la mirada abajo.

La demoniza acepto la vasija y antes de que Kagome pudiera pronunciar una despedida le cerró la puerta en la cara, finalmente su curiosidad iba a ser saciada. Así que se dirigió a su ala privada donde se asomó para ver el interior de la vasija.

-¡SANTO CIELO!- grito sorprendida al ver una moneda de oro pegada al fondo de la vasija lo que no conto era que su hijo mayor, Hakudoshi se encontraba por ahí comiéndose un racimo de uvas cuando el grito de su madre le provocó un atragantamiento

-¡oh mi niño! ¿Te encuentras bien?-. Le pregunto preocupada al notar como tosía.

-¡¿Qué si estoy bien?!- gruño el terminando de expulsar las frutas de sus pulmones.

-¿Cómo quieres que este bien si gritas de ese modo madre?- le gruño el tomando una gran copa de agua.

-lo siento, pero mira lo que encontré- le sonrio mostrándole la moneda.

-¿una moneda de oro? ¿De dónde la sacaste madre?- pregunto encantado con el dorado material.

-la encontré en la vasija para medir que le preste a esa criaducha de tu tío Inuyasha - explico con tono despectivo.

-¿ese inútil mestizo con una criada y midiendo monedas de oro?- estallo en carcajadas el muchacho.

-¡que buen chiste madre! ¡Muy bueno!- sonrió sin dejar de reírse.

-no es ninguna broma hijo mío, esa moneda provino de la casa de tu tío, se quedó pegada porque le puse miel en el fondo - le aseguro Kagura muy seria.

Hakudoshi frunció el ceño, el bien sabía que desde que su abuelo había muerto ese medio demonio, al que tenía que llamar tío por ser medio hermano de su padre, no había sido más que un muerto de hambre. De hecho si fuese por él ni siquiera habría permitido que su padre le dejase esa casucha en la que vivía y el asno. Pero el que poseyera una moneda de oro le daba curiosidad.

Horas más tarde Kagome servía un café con algunos dátiles a Inuyasha para que descansara de la larga jornada de ese día, cuando dos visitas inesperadas llamaron a la puerta.

-buenos días tío- saludo el joven entrando como si fuera un rey en su palacio seguido de cerca de su madre.

-Kagura, Hakudoshi- murmuro Inuyasha sorprendido, desde la muerte de su padre, su sobrino jamás le había vuelto a dirigir la palabra, mucho menos visitarlo.

-entren por favor- les pidió aun sorprendido, mientras Kagome se retiraba a la cocina para buscarles algo de comer a los invitados.

-estoy muy orgulloso de ti tío, me enterado de que por fin has hecho tu propia fortuna- sonrió Hakudoshi acomodándose junto a él en los almohadones.

-¿fortuna?- repitió Inuyasha con desconfianza.

-si tío, incluso has podido comprar una esclava, aunque podría haber sido de mejor calidad- sonrió mirando despectivamente a la puerta donde había desaparecido Kagome, y el hanyou tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no partirle la cara a su propio sobrino.

-Kagome es mi criada Hakudoshi, no mi esclava- le corrigió con el ceño fruncido.

-bueno eso está demás, quería que me contras como has hecho para ganar tanto dinero, la verdad estoy intrigado, sabes que a parte de mi padre y tú no tengo más parientes, anda cuéntamelo- le suplico con un puchero. Kagome observaba todo desde la cocina con una ola de nerviosismo calándole la espina.

-bueno… yo…- intento excusarse Inuyasha pero Hakudoshi solo insistió más.

Inuyasha era un hombre muy honesto e ingenuamente conto a su sobrino, con lujo de detalle, todo lo relacionado con la cueva de los ladrones y sus tesoros. Hakudoshi y Kagura estaban impresionados por el relato, y aún más por la descripción de los tesoros que había en esa cueva. Finalmente al caer la noche madre e hijo habían tomado una decisión muy codiciosa.

-¡¿pero qué esperas tío?!- gruño Hakudoshi ansioso por partir.

-Hakudoshi no, no tenemos ni idea de cuándo volverán esos bandidos y nos descubren ni tu padre podrá salvarnos de un buen lio- lo reprendió Inuyasha. Que de haber sabido lo que intentaría ese niño inmaduro no le habría contado nada.

-pero también sería una lástima desaprovechar todo ese oro- lo interrumpió Kagura con aire de autoridad máxima.

-tienes toda la razón mamá- sonrió Hakudoshi, e ignorando olímpicamente las advertencias de su tío, partió con un grupo de 30 burros con alforjas y se encamino a la cueva de los ladrones.

-bien ya llegue ahora a probar si ese hanyou inútil realmente dice la verdad- sonrió Hakudoshi gritando la contraseña.

Como era de esperarse las dos rocas se abrieron con rapidez, entonces corrió al interior sin siquiera acordarse de sus burros, y cuando sus ojos se posaron en el tesoro olvido hasta su propio nombre. "¡SOY RICO! ¡CON ESTE TESORO SERE EL HOMBRE MAS PODEROSO DE PERCIA!" sonrió mientras se daba un clavado en todo ese mar de oro.

-bien este ha de ser el último- suspiro Hakudoshi después de tres horas empacando y transportando sacos a la boca de la cueva.

-me gustaría llevarme todo el resto, pero creo que estos tendré suficiente para vivir bien unas semanas y luego vuelvo por más- sonrio viendo los 90 sacos de oro a sus pies.

-¡ábrete centeno!- grito listo para salir, pero las rocas no se abrieron.

-¿pero qué…? – se rasco la cabeza sin entenderlo.

-¡ah claro! No era centeno, era cebada- sonrió intentándolo de nuevo pero no sirvió.

Enojado comenzó a decir todas las palabras que se le ocurrieron como "ábrete arroz", "ábrete trigo" "ábrete quínoa" pero ninguna le dio resultado. Desesperado comenzó a maldecir y golpear las dos rocas pero ni a patadas logro que se abriera. Y como lo había predicho Inuyasha en pocos minutos la banda de ladrones había arribado a su escondite.

-¿se puede saber que hacen ahí esos burros?- pregunto el jefe de los ladrones mirando a la manada de asnos.

-no lo sé jefe, pero todos tienen alforjas- señalo uno de los ladrones

-eso quiere decir que hay alguien en la cueva- gruño Naraku tornado sus ojos aún más rojos de lo que ya estaban.

-es imposible jefe, nadie fuera de nosotros conoce la contraseña- exclamo otro de los ladrones. Pero Naraku lo ignoro bajando de su caballo de un salto.

-¡ay, no, no, no, no! No quiero quedarme toda la vida aquí, vamos piedrita ábrete por favor, ¡ábrete avena!- sollozo desesperado Hakudoshi, más para su sorpresa las puertas se abrieron de par en par dejándolo tumbado de espaldas en el suelo.

-¡por fin libre! Así que la palabra era avena- grito lleno de regocijo Hakudoshi pero su sonrisa se helo cuando un par de ojos rojos y chispeantes le dedicaron una mirada asesina.

Palido como la muerte y temblando como gelatina sin cuajar, Hakudoshi retrocedió hasta toparse con la dura pared de la montaña, pero tampoco es como si la afilada espada del ladrón le diera algún sitio para donde correr.

-¿tú quién eres y cómo has encontrado mi cueva?- le gruño Naraku con una sonrisa cruel pero Hakudoshi estaba tan asustado que su lengua parecía de gelatina.

-¡habla! ¡Qué juegas tu vida!- pero el muchacho solo cerro los ojos.

-¡qué cobarde! Se ha desmayado- se echó a reír uno de los ladrones al revisarlo.

-encadénenlo, ya encontraremos el modo de hacerlo hablar más tarde- ordeno Naraku envainando su sable.

-a la orden jefe- asintió uno de los ladrones, arrastro a Hakudoshi por el cuello de la camisa y le coloco un grillete con cadena en el tobillo derecho.

En la ciudad ya hacía rato que había pasado el ocaso, las estrellas resplandecían en el cielo con fuerza, y la luna llena brindaba una gran iluminación; mientras que la mayoría de los vecinos ya se encontraban merendando o muchos otros incluso perdidos en el mundo de los sueños, en la casa de Inuyasha los tres adultos no dejaban de ojear la ventana a la espera del muchacho.

-amo, estoy preocupada, ¿no debería haber vuelto ya su sobrino?- se atrevió a romper el silencio Kagome, sirviéndole su novena taza de café a Inuyasha.

-lo sé, puede que le haya pasado algo- asintió el peli plateado tomando la pequeña tasa, lo cierto es que él también estaba bastante preocupado, y el que su cuñada se estuviera paseando como león enjaulado por la habitación no ayudaba en nada.

-¡TODO ESTO ES TU CULPA!- estallo de pronto la demoniza señalándolo acusadoramente con el dedo índice.

-¡¿Por qué le dijiste donde estaba el tesoro si era peligroso?! ¡Lo has hecho adrede!- estallo llena de ira y preocupación por su único hijo.

-¡eso no es verdad!- se defendió Inuyasha levantándose de un salo para encarar a la mujer.

-Si le pasa algo a mi hijo, ¡hare que mi marido te corte la cabeza!- amenazo Kagura con una, mirada que incluso le helo la sangre a Kagome.

-no hará falta Kagura, mañana mismo en cuanto amanezca iré a buscarlo-prometió Inuyasha.

Y tal como lo dijo, al día siguiente el joven medio demonio montado en uno de los burros y arreando al otro con una soga se dirigió a la cueva donde estaba el escondite de los ladrones. Para su buena fortuna cuando estaba por dar la vuelta en el recodo del bosque, la banda entera de ladrones, paso cabalgando en dirección al sur, por lo que ninguno advirtió su presencia. Aprovechando esto Inuyasha corrió a la entrada donde aún estaban atados los 20 asnos.

-así que aun debe estar en la cueva- reflexiono y sin perder un segundo dijo la contraseña y entro corriendo a la caverna en busca de su sobrino.

-¡Hakudoshi! ¡Si estás aquí responde!- llamo a gritos mientras avanzaba, mas solo obtuvo el eco de su propia voz como respuesta. Finalmente vio a su sobrino recargado contra una pared en el fondo de la cueva.

-¿estás bien? ¿Qué te ha pasado?- le pregunto preocupado el verlo tan palido y algo demacrado.

-uh… tío… a-ayudame…- rogo el muchacho apenas consiente debido al hambre y la deshidratación.

Fue cuando Inuyasha vio la enorme cadena que apresaba el tobillo de Hakudoshi. Dándole su túnica para abrigarlo del frio de la cueva salió corriendo en busca de una de sus herramientas de trabajo con la cual fue capaz de separar los eslabones y liberar a su sobrino. Le cargo en su espalda hasta el exterior y lo acomodo sobre uno de los 20 asnos que había llevado con anterioridad.

Finalmente para eso del mediodía, tanto él como su sobrino cruzaban el umbral del patio de la casa donde Kagome y Kagura los esperaban impacientes. La ultima llorando a mares por tener a su hijito sano y salvo de vuelta en sus brazos, con ayuda de Kagome lo bañaron con especias y le dieron alimentos ligeros y calientes, y finalmente lo acomodaron entre todos los almohadones y mantas disponibles en la casa, para ayudar a recuperarlo. Pero por desgracia para Inuyasha, aún le esperaban un montón de peligrosas situaciones, pues esta peligrosa y fea historia aún no había acabado.

Continuara…