Hola aquí el segundo capítulo y creo que a lo mucho serán uno o dos más, como les dije antes es una historia que terminare en navidad y para eso faltan casi dos suspiros, quiero agradecer a marialaurajs por su comentario, además de a hikaru lucian, alicornio 'Angelical Love y a lyrag99 por su seguimiento y marcación como historia favorita, solo ruego un review por favor aunque sea un emoticón. Si me dan al menos dos comentarios, publicare el episodio para este mismo domingo.
Duelo de astucia
-¡me niego a que salga así a la calle!- chillo Kagura mientras que Inuyasha, en su típica pose de piernas y brazos cruzados, hacía uso de toda su paciencia para no gruñirle a su cuñada.
-sé que no es la mejor situación para ustedes Kagura, pero tarde o temprano tendrás que regresar con tu marido- explico con su voz ronca debido a la tensión acumulada esos últimos dos días.
-¡¿Cómo quieres que MI HIJO se pasee por las ciudad con esas cadenas?! ¡Parece un prisionero evadido de la cárcel!- le grito nuevamente antes de llevarse la mano a la frente con fingida debilidad.
-¿Qué pensarían los vecinos?- sollozos viendo como toda su vida social se desvanecía.
-¡AH!- grito la voz de Hakudoshi.
-¿Qué ocurre cariñito mío?- pregunto Kagura preocupada mientras Inuyasha casi se arrancaba los pelos por la frustración.
¿Cómo aguantaba su hermano esa clase de gente en su casa y todos los días del año? Jamás lo sabría.
-los ladrones…- murmuro su sobrino rompiendo su meditación.
-¿Qué?- pregunto la madre a su hijo.
-si los ladrones me ven con esto, seguro me reconocerían y a que me matan- tembló el muchacho y se arrojó a los brazos de la demoniza mientras no dejaba de recitar un "tengo miedo" entre sollozos.
-¡Inuyasha!- llampo Kagura mientras acunaba a su hijo.
-él es tu sobrino, tienes que hacer algo para ayudarle, pues al fin y al cabo tú encontraste el tesoro y lo metiste en este avispero- el medio demonio le dedico tal gruñido que por primera vez en su vida Kagura temió por su cuello en presencia de Inuyasha.
-¡Kagome!- llamo con un tono más calmado pero aun áspero.
-¿me llamaste, amo?- Se asomó la pelinegra desde la concina que si bien había sido educada en no escuchar conversaciones ajenas ese gruñido no había sonado nada alentador.
-ve al mercado y consigue al mejor herrero de la ciudad, y no tardes más de lo necesario- ordeno, sintiéndose avergonzado por su tono severo cuando ella no tenía ninguna culpa.
Es más esas últimas dos noches su admiración por ella había sido cuadruplicada veinte o quizá cientos veces, púes de por si Kagura no era fácil de tratar, a Kagome la trataba pero que a una esclava, por no hablar de Hakudoshi, que a pesar de esa debilidad tampoco había perdido tiempo ni escatimado esfuerzos por hacerle la vida de cuadritos a la pelinegra.
-sí, amo, en seguida- respondió Kagome, quien pareció no haber detectado su crudo tono, y con toda la prisa corrió hacia el mercado de la ciudad para cumplir la orden dada por su señor.
Entre tanto las correrías de los ladrones continuaban en las ciudades del otro lado de la montaña. Finalmente, cerca de dos horas más tarde, Kagome había conseguido al herrero más habilidoso del gremio, y lo guio con prontitud para que socorriera al sobrino de su señor. En la montaña los ladrones volvieron a su cueva cargados de decenas de sacos de oro, y varios de ellos sumamente entusiasmados por el interrogatorio que había programado Naraku.
-listo, esto ya está- sonrió el herrero después de soltar el grillete del tobillo de Hakudoshi.
-bien, parece que después de todo si es el mejor herrero de la ciudad- sonrió Inuyasha colocando en la mano del anciano herrero cinco monedas de oro.
-¡oh señor! ¡Pero esto es demasiado! no creo merecer tantas monedas- sonrió encantado el hombre.
-insisto que se las lleve, nos ha prestado un gran servicio- lo animo Inuyasha, más interesado en correr a todas esas visitas inesperadas y sumamente indeseadas.
-¿me permite preguntar porque este muchacho llevaba cadenas en los tobillos?- pregunto el herrero después de guardarse el dorado botín en su bolcillo.
-le ruego no me pregunte nada, y tampoco lo comente con nadie- le susurro el medio demonio dándole otras cinco monedas.
-¡ah vaya! Que memoria la mía, he olvidado a que vine a esta casa ¿Será que me vuelvo viejo?- sonrió el hombre antes de salir dando alegres saltitos de vuelta a su puesto en el mercado.
-ha huido- gruño entre dientes Naraku viendo la cadena que sostenía a su intruso serruchada y la cueva desocupada sin contar a sus ladrones.
-nuestra cueva ya no es segura- murmuro uno de los ladrones, y de inmediato murmullos de preocupación inundaron la cueva.
-¿deberíamos buscar otro escondite jefe?- se aventuró a preguntar uno.
-no, jamás encontraríamos uno tan bueno como este, además es imposible que traslademos todos los tesoros que hemos reunido.- negó el demonio de ojos rojos con semblante pensativo.
-lo mejor será encontrar a ese mocoso y callarlo para siempre- declaro después de varios segundos de reflexión.
-¿y cómo vamos a encontrarlo?- se quejó uno
-No sabemos quién es ni donde vive- intervino otro con tono de fastidio.
-serán idiotas, ¡vayan al mercado y busquen a un joven con cadenas en el tobillo! No pudo habérselos quitado sin ayuda- rugió la orden, todos los ladrones se pusieron a temblar con mucha fuerza, pero no dudaron en ir corriendo a cumplir las órdenes de su jefe.
Así los ladrones se dispersaron por la ciudad, primero revisando todos y cada uno de los tobillos de la gente, y luego acudieron a cada herrería y carpintería de la ciudad, así como a las construcciones y puestos de venta, cualquier lugar donde alguien pudiera conseguir las herramientas necesarias para cortar una cadena. Pero a pesar de que recorrieron la ciudad hasta el atardecer no encontraron a ninguna persona con cadenas en los tobillos.
-¡ya todos se fueron! ¡Y no encontramos nada!- gruño molesto uno de ladrones.
-empezaremos nuevamente mañana al amanecer- resoplo el segundo al mando.
-no podemos permitirnos que se nos escape- sentencio, lo que los ladrones no sabían es que justo en ese momento Hakudoshi pasaba jugando con una bola dorada en su mano.
-pero si ya le buscamos y nada que aparece- se quejó el ladrón más joven
-¡no importa! Abra que buscarlo hasta debajo de las piedras si hace falta- gruño el segundo al mando.
Los ladrones se dispersaron cada uno por su lado para descansar y de paso chequear áreas de la ciudad que aún no habían revisado. El segundo también encamino sus pasos para salir del mercado, y no hacía falta ser un adivino para darse cuenta de que estaba hasta la coronilla con la situación.
-si no encuentro a ese mocoso pronto la que las paga soy yo- suspiro temblando de solo imaginar lo que le haría Naraku si regresaba con las manos vacías. Fue entonces que un letrero le llamo la atención.
-vaya, no había visto esa tienda- murmuro.
Adentro el mismo herrero que había auxiliado a Hakudoshi, estaba más que feliz disfrutando de una buena jarra de vino y algunos otros caprichos que, antes, le hubiese tomado semanas de ahorro conseguir.
-¡hey amigo! Pareces contento-El ladrón se asomó por la cortina, el herrero sonrio.
-hoy ha sido un día con mucha suerte ¡por un trabajito de nada he ganado mucho dinero!- sonrió feliz mientras vaciaba su décimo cuarta copa de vino de un solo trago.
-¿ah sí? ¿Qué clase de trabajo?- pregunto el ladrón curioso sirviéndose el mismo una copa del colorado licor.
-bah… solo desencadenar a un crio- sonrió con los ojos vidriosos el herrero hasta que cayendo en cuenta de su error se cubrió los labios.
-¡¿Qué has dicho?!- lo amenazo el ladrón tomándolo de la camisa.
-no... No he dicho nada- negó asustado el anciano herrero.
-¡vas a contármelo ahora mismo!- le ordeno zarandeándolo sin piedad.
-¡YO NO PUEDO!- sollozo el pobre hombre llorando a mares.
-vamos viejo, calmate, un poco de dignidad hombre- intento calmarlo viendo como ya incluso le había mojado y moqueado la manga de la camisa.
-dime ¿te gusta esta?- le mostro una moneda de oro y los ojos del anciano perdieron de inmediato sus lágrimas.
-¡pues claro! ¿A quién no le gustaría?- sonrió.
-¿o prefieres esto?- gruño enseñándole un cuchillo bastante filoso.
Finalmente el anciano herrero no tuvo más opción que guiar al ladrón a la casa del hombre que lo había contratado, eso sí en todo el camino no dejo de temblar.
-aquí, esta es la casa del hombre al que le quite las cadenas- señalo la vieja fachada.
-bien anciano, ahora… ¡LARGO DE AQUI!-empujo al anciano y le corrió de una patada.
El ladrón sonrió abiertamente viendo la destartalada fachada. Ciertamente aquel pillo deba ser muy listo para no haber hecho mejoras con el oro que seguramente les habría robado. Pero no por eso se salvaría de las garras de su jefe.
-bien, será mejor que informe a los demás cuanto antes, pero primero…- con no mucho disimulo tomo una tiza de su bolsillo y marco un enorme circulo en la puerta.
-listo, con esto la reconoceremos fácilmente- sonrió satisfecho tirando la tiza al suelo y se dispuso a alejarse.
Con lo que no contaba era que Kagome, justo en ese momento, regresaba cargando una enorme canasta con pan en equilibrio sobre su cabeza y con dos jarros de leche bastante llenos, uno en cada mano. Que le había "mandado" (ordenado) comprar Kagura. "no sé cómo mi amo aguanta que esa mujer siga imponiéndose en la casa" gruño en su mente, ya bastante harta de las formas mimadas y fresa de esa mujer, cuando vio que el ladrón pintaba el circulo.
-¡hey tú! ¡Maleducado! ¿Por qué estas pintando mi puerta?- le grito severa, aprovechando para bajar los tarros de leche y descansar sus brazos.
-¡oh lo siento! Perdone… cuando estoy… borracho… no se ni mi nombre- se tambaleo el ladrón y fingiendo no poder mantener el equilibrio se alejó doblando la esquina.
-esto no me gusta, ¿por qué esta fingiendo estar borracho?- frunció el ceño Kagome y dejando también la canasta de pan a un lado tomo lo que había tirado aquel hombre.
-¡pero claro! Seguro es uno de los ladrones que está buscando a mi señor- frunció aún más su expresión.
-no puedo dejar que le hagan nada, ¡ya lo sé!- sonrió viendo el circulo blanco en la puerta de la casa.
Kagome hábilmente corrió por las calles marcando un círculo blanco exactamente igual al de su casa en todas las puertas de la ciudad, aquello le tomo un par de horas y aun cuando recibió un buen regaño por parte de la cuñada de Inuyasha no pudo mermar su buen humor. A la mañana siguiente bien temprano, los ladrones salieron con completa confianza y seguros de capturar al que sabía su secreto.
-Buena idea eso de dibujar un círculo en la puerta- sonrio Naraku a su segundo mientras desenvainaba su espada.
-ahí esta- sonrió también el ladrón satisfecho señalando una de las puertas.
-¡pero ahí en la de la esquina también hay otro!- grito uno de los ladrones.
-¡en esa también!- señalo una tercera puerta otro de los ladrones.
-jefe, hay círculos en todas las puertas- aseguro un ladrón que se había adelantado para hacer guardia.
-¡¿QUÉ HAS HECHO INUTIL?! ¡ASÍ JAMAS ENCONTRAREMOS AL TIPO QUE SE NOS ESCAPO!- la voz de Naraku estallo en furia mientras el ladrón que había pintado el círculo temblaba como una gelatina.
-no tienes cerebro, mi banda no necesita un idiota como tú- le sonrió maligna y cruel mente al pobre hombre que ahora yacía amarrado de espaldas sobre el lomo de su caballo.
-¡te lo ruego! ¡PERDONAME JEFE!- sollozo el ladrón intentando zafarse pero era inútil.
-ni lo sueñes, mejor vete a dar una vuelta- con un movimiento implacable azoto las incas del equino, el cual salió desbocado hacia el desierto mientras su "jinete" no dejaba de sollozar.
-¡tú!- rugió señalando a otro de los ladrones, una vez que se hubo perdido el caballo en el horizonte.
-busca a ese herrero con el que hablo el inútil y has que te guie nuevamente a la casa de ese tipo- ordeno mientras ingresaba a la cueva.
-s-si jefe… ¡como ordene!- asintió el señalado.
El ladrón corrió nuevamente al mercado, y tal como se le había ordenado busco y amenazó al herrero hasta este lo guio a la casa de Inuyasha. Nuevamente el ladrón trazo una marca sobre la puerta, esta vez una equis roja, pero Kagome, que había salido a la ventana para desempolvar, por cuarta vez ese día (Kagura la trataba peor que a una esclava), las alfombras lo vio todo y exactamente como la vez anterior, pinto la marca sobre cada puerta.
-¡pedazo de idiota! ¡Ve a reunirte con tu amigo!- estrello violentamente Naraku, y tras un descomunal latigazo otro ladrón salió disparado atado de espaldas a su corcel con dirección al desierto.
En ese momento, Naraku decidió que sus hombres eran completamente incapaces de realizar la tarea, por lo que fue personalmente a buscar al herrero, le hizo confesar y lo obligo a decirle por tercera vez la dirección. Después consiguió 37 jarrones de buen tamaño, en los que escondió a sus ladrones, cargo los jarrones en caballos y disfrazado como comerciante de aceite puso marcha a la casa de Inuyasha.
-¿hola? Ábranme por favor- llamo dando golpes en la puerta de madera.
-¿en qué puedo servirle?- pregunto Kagome abriendo un poco la puerta.
-buenas noches, soy un vendedor de aceite de la otra ciudad, estoy muy cansado y el sol ya se ocultó- explico, no sin dejar de devorar con la mirada a Kagome.
-¿me permitiría descansar en su jardín solo esta noche, señorita?- solcito sonriendo inocentemente, pero Kagome solo lo miro con desconfianza.
-¿y por qué nos lo pide a nosotros?- le pregunto incomoda por las miradas que le dirigía.
-ya lo pedí en varias casas, pero nadie se fia de los extraños- se expuso.
-Kagome- llamo una voz masculina desde el interior, por lo que Naraku entrecerró los ojos.
-deja que descanse en el jardín por hoy, no parece mala persona- indicó Inuyasha asomándose también. "no es el, ese entrometido era más joven y no parecía un medio demonio" pensó Naraku escudriñando los rasgos de Inuyasha con ayuda de la poca luz de la luna.
-no deberíamos dejar entrar a cualquier pordiosero- siseo venenosamente Hakudoshi también asomando el rostro. Naraku sonrió enseñando los dientes, ese si era el joven que recordaba.
-Hakudoshi, te recuerdo que esta es mi casa y yo dejo entrar a quien quiera- lo regaño Inuyasha, ya toda su paciencia se le había agotado con ese par de intrusos que no hacían más que comer de gorra y atormentar a Kagome.
-por favor, pase por esa esquina, cuando ate sus caballos venga y cene con nosotros- le indico Inuyasha señalando el lado derecho de su casa, sin saber que acababa de abrirle la puerta a la mismísima parca.
Continuara…
