NNNNYYYNRRRYYYGGG!

- Hola. ¿Tan pronto?

- Hola.

- ¿Entonces al final traes la cena?

- Traigo los ingredientes. Y algunas cosas medio preparadas.

- ¿Cómo? ¿Ingredientes? ¿No es la cena? Pasa dentro.

- Si traigo la cena hecha es como si la pidieses a una de esas casas de comida a las que llamas. Lo que cambiaría en este caso sería que la pedirías a Castle's restaurant. – Castle deja las bolsas sobre el banco de la cocina.

- ¿Piensas cocinar aquí?

- Por supuesto. Por algo se llama cocina casera. ¿te funciona el horno?

- No creo que esto vaya a salir bien… y… la última vez que usé el horno sí funcionaba.

- Puedo preguntar qué asaste.

- Sequé hojas de marihuana.

- ¿Eh?... lo dices… - Beckett lo estaba mirando bien seria, como si fuese verdad - por un momento me lo he creído.

- Je, no. Me calenté una pizza congelada.

- No sé qué es peor.

- ¿Qué?

- Broma. Pizza congelada es de tu estilo.

- Bueno, ¿con qué me vas a sorprender? – Beckett estaba intentando echar un vistazo dentro de las bolsas sin que Castle la viese.

- Puess… para hacer homenaje al tomate de ayer he traído de primero una sopa de guisantes de verdad. – Castle sacó una fiambrera con una crema verde.

- ¿Qué? ¿Guisantes triturados? Eso es… insípido, es… incomible.

- Para, para, para. El cocinero soy yo y a menos que seas alérgica a algo no vas a darme ninguna excusa para no probar lo que he traído. Y no son guisantes triturados, ése es el ingrediente principal pero están cocinados a la manera Castle, con otros condimentos para que esos guisantes triturados se conviertan en sopa de guisantes.

- Ya, con aceite y sal. No veo la diferencia. – Beckett había cogido la fiambrera y la destapó por una esquina para oler la crema verde.

- Deberías callar - arrebatándosela de la mano y volviendo a dejarla sobre el banco - no sabes cómo lo preparo. Te aseguro que sí notarás la diferencia entre sopa y guisantes triturados.

- ¿Y has traído alguna cosa más consistente? – Kate había intentado curiosear dentro de las otras bolsas con la cautela de que no la descubriese, pero venían anudadas.

- ¿Hambrienta? ¿Impaciente por saber el segundo plato?

- No, es por llamar a algún sitio para que nos traigan algo que alimente de verdad. – Se lo dijo a medias mentiras.

- Confía Beckett. Confía.

- ¿Y bien?

- De segundo, y acompaña muy bien a la sopa de guisantes habrá unas endivias rellenas. Te aseguro que cuando acabemos con ellas estarás llena. Es una comida que alimenta pero no te llena demasiado, muy buena para la noche.

- Endivias rellenas… ¿rellenas de qué?

- Las endivias se escaldan y se rellenan de una suave crema de garbanzos que se cubrirá con cebolla frita lentamente y por encima un poco de queso rallado. Para finalizar 10 minutos de horno fuerte. – Castle sacó un recipiente con una pasta amarillenta y dos paquetes de endivias.

- ¿Garbanzos? ¿Eso no da flatulencia?

- No te quejes tanto que lo que tú comes da más flatulencia. Además, para cuando vaya a hacer efecto tú estarás en tu camita y yo en la mía. No oiré nada, no tendrás que avergonzarte de nada.

- ¿Avergonzarme? – Castle hizo como si no la oyese.

- Para acompañar todo esto habría traído vino blanco pero tú aún estás con la medicación ¿Verdad? – Beckett asintió con la cabeza. – Así que he traído agua embotellada. Como no sabía si te gusta con gas o no, he traído de las dos.

- Agua sin gas. Estás en todos los detalles.

- Si te conciernen a ti, sí. ¿Dónde tienes los cuchillos y sartenes? El resto lo he traído yo, visto lo visto seguro que tienes la sal caducada.

- Muy gracioso. La sal no caduca.

- Si está en tu casa… seguro que sí. Dejaré lo imprescindible para mañana y si sobra algo me lo llevo a casa.

- ¿Mañana? ¿Qué quieres decir?

- Que mañana vengo otra vez.

- ¿Qué? No, no, no, no, no, no. Hoy es la primera y última vez.

- Nah. Mañana vengo otra vez con otra cena.

- No.

- Sí.

- Te he dicho que NO. Ya he accedido a esto y… ¿aún quieres más?

- Sí, siempre quiero más. – Lo dijo de manera que Kate no tenía claro si aún hablaba de la cena.

- Yo… yo… - Beckett comenzó a sacar las cosas que quedaban de las bolsas, de paso tenía la excusa para que no la mirase a la cara – Yo… ¿por qué debería acceder a que vinieras a cenar?

- Porque quiero que aprecies la cocina casera. Quiero convencerte que es mejor que esos preparados que tú te compras y hasta que no admitas que lo que te cocino te gusta y que vas a pensar en pasar más tiempo entre los pucheros no voy a dejar de venir.

- Eso suena a que me quieres esclavizar. Además que lo que compro es de calidad.

- No es eso. Esclavizarte nunca, no podría ni me dejarías. Quiero que aprecies el placer de la buena comida. Reconocer que realmente es mejor para tu salud, para tu cuerpo y tu mente. El placer de prepararlo tú misma. El placer de comerlo y de sentirte bien cuando lo haces. Si además añades una compañía con la que puedas compartirlo mucho mejor. Lo que tú haces es alimentarse, ESTO es cenar. Da igual lo buena o mala que sea la comida.

- No tengo claro lo que dices.

- Pues deja que te lo intente mostrar en los próximos días.

- Sigo sin verlo. No creo que me convenzas.

- Eso… ya lo veremos.