Beckett se soltó de las manos de Castle y dio una vuelta completa sobre sus talones para estudiar detenidamente el lugar. Sí, era un hangar. Tenía dos helicópteros, tres avionetas y tres jeeps. Hacía unos minutos, al meter un pie en ese sitio, se acordó del otro. Eran parecidos pero no iguales. Éste tenía mucho más polvo y los aparatos parecían más viejos, por lo menos estaban más sucios.
Venía a su memoria los recuerdos de aquel día. Todavía resonaban en su cabeza los disparos que oyó desde fuera del hangar, el ruido de sus tacones sobre el suelo al correr hacia Roy. El ruido de los tacones de esas mismas botas que calzaba en ese momento.
En ese instante, en el hangar, todo lo tenía muy presente de nuevo. Pero también le había venido a la cabeza todo lo sucedido en otras tantas ocasiones desde que se despertó conectada a los goteros en el hospital.
Cuando Ryan o Expósito iban a su casa, muchas veces hacía la asociación: Ryan/Expósito implica compañero, implica comisaría, implica Roy. Y ellos seguían siendo sus amigos.
Cuando veía a Castle y cuando a lo largo de esas semanas ocasionalmente él le cogía la mano dulcemente para animarla en su recuperación, podía sentir aún su fuerza alrededor suyo inmovilizándola, alzándola y sacándola en volandas del otro hangar. Y por eso no había dejado de verle ni tampoco le rechazaba la mano.
Sabía que el lunes, cuando saliese del ascensor directa hacia su mesa iba a mirar el despacho del capitán pero ya no estaría el capitán… y tendría que ir a la comisaría todos los días y tendría que mirar ese despacho todos los días y tendría que entrar en el despacho todos los días. Pero no iba a dejar de ir allí, no iba a dejar de ir a la 12ª.
Ahora estaba en un lugar que le recordaba lo que pasó, pero eso volvería a pasar en cualquier momento, si no en un hangar, sería al coger el coche o al ir al tribunal o al tomar una cerveza. Eso volvería a pasar y sin avisar.
Castle le había preparado esa sorpresa, ese regalo: tirarse de una avioneta en parapente. Realmente siempre había querido hacerlo y ahora tenía esa oportunidad. Si le pedía a Castle irse, sabía que lo haría a la primera, de la misma forma que si le pedía que lo preparase para otro momento lo haría. Pero si le pedía eso sería volver otro día a otro hangar y posiblemente a recordar los hechos de nuevo.
Cualquier acción o lugar o persona, en cualquier momento, iba a recordarle la tragedia de aquella noche. Poco a poco había sido capaz de hablar con sus compañeros sin que esos recuerdos vinieran constantemente a su mente. Y cuando venían los recuerdos cada vez se iban más rápido. Cuando veía a Castle, también poco a poco lo veía más como al Castle risueño de todos los días con dos cafés en las manos y cada vez el periodo en aparecer los acontecimientos era mayor. Cuando eso sucedía lo único que podía hacer era seguir, llevarlo encima, pero seguir. Hasta que desaparecían esos pensamientos.
Esta vez le vino de sorpresa, de ahí que reaccionara de manera tan súbita. Castle no lo había hecho a propósito y estaba segura que él nunca el haría daño, al menos de esa manera. Así, lo único que podía hacer era lo mismo que las otras veces, aguantarlo encima y seguir. Entonces, si lo que Castle había propuesto era tirarse en parapente lo que podía hacer era seguir con el plan que le había propuesto. Los pensamientos amargos se irían tarde o temprano, de la misma manera que se fueron las otras veces.
- Castle…
- ¿Sí?
- Podemos probarlo, luego ya nos podremos ir.
- Por mí me parece bien. Pero… ¿Estás segura? No es un compromiso, podemos irnos en cualquier momento.
- Pero también podemos quedarnos ¿verdad?
- Por supuesto.
- Pues vamos a hacerlo, acepto tu regalo, nos tiramos, y luego nos vamos.
- Está bien – Castle miró al instructor para indicarle que podía empezar a hacer su trabajo.
- Muy bien, señorita. Cuando hablamos por teléfono con su amigo no nos supo decir si se había lanzado en alguna otra ocasión. ¿Ha hecho esto antes?
- No, no lo he hecho. Por favor tutéame.
- Bien entonces tengo que darle unas indicaciones antes. Un pequeño curso de iniciación.
- Oye. Disculpas, antes una cosa. ¿Puedo preguntarte algo?
- Claro. Cualquier duda.
- Yo… hace unas semanas… más bien unos meses… yo… me operaron. ¿Hay algún riesgo por tirarme de la avioneta?
- ¡Ah, eso! Cuando su amigo nos llamó también nos lo preguntó. Nos dijo que por un accidente la habían tenido que operar de un pulmón. Le dijimos y puedo confirmárselo ahora a usted que no hay problema si la herida está bien cerrada.
- Sí que lo está… Pero…
- Mire, si ha subido a un avión desde N.Y. hasta aquí no hay ningún problema. Los problemas para hacer paracaidismo son si ha hecho buceo con bombonas en menos de 24 horas, por el tema de la descompresión y si tiene riesgo de infarto, por lo demás… nada. Tirarse en parapente es más suave que montarse en una montaña rusa.
- ¿Seguro que no hay riesgo?
- ¿Tiene bien curadas las heridas de esa operación?
- Sí.
- Pues entonces no se preocupe. Hay gente que con un pequeño soplo al corazón se ha lanzado sin problemas. Es más la adrenalina que sueltas por el salto y el vértigo que el esfuerzo real que supone para el cuerpo. Una vez estás en el aire disfrutas por completo.
- Está bien, vamos. Pero tutéame, por favor. Me llamo Kate.
- OK. Kate. Yo Nicolas, llámame Nick.
- OK Nick.
- Pasa por aquí, antes de subir a la avioneta te daré unas instrucciones. Como éste será tu primer salto lo haremos en tandem y otro compañero nos acompañará. Conforme bajemos te terminaré de dar las instrucciones para moverte por el aire y manejar los hilos – Se llevaba a Beckett a una parte de la nave, cerca de las mochilas.
Nick la acompañó a la avioneta y le explicó cómo se iban a sentar, cómo se tenía que preparar para cuando saltasen juntos. La hizo tumbarse boca abajo en una especie de patinete con ruedas y le enseñó los movimientos básicos para cuando estuvieran en el aire. Después de unos minutos el instructor dio por finalizada la sesión de aprendizaje y la mandó a que se pusiera encima la ropa de paracaidista, incluyendo los elementos de seguridad: gafas, casco y guantes. Cuando volvió pasó a enseñarle lo que es una mochila de parapente y los elementos que la componen.
- Ya estás lista Kate. ¿Nos subimos a la avioneta?
- Un momento, ¿Y Cast..? ¿Y Rick? ¿Ahora no le toca a él? – Lo dijo con la voz suficientemente alta para que Castle la oyese.
- ¿Yo?, Yo no subo – Se adelantó Castle.
- ¿Por qué no? Creía que íbamos a subir los dos.
- Eso lo creíste tú, yo nunca he dicho que iba a subir.
- Pero subir yo sola… ¿Por qué me dejas ir sola ahora?
- Porque el regalo es para ti, yo te espero aquí abajo. ¿Recuerdas?: Yo voy en el paquete pero el regalo es para ti.
- ¿Y me vas a dejar sola ahí arriba?
- Sola no, vas con un par de instructores profesionales que te van a vigilar en todo momento.
- Eiii. Pero creí que te venías conmigo.
- Pues no. Yo me quedo en tierra bien tranquilito.
- Ahora no puedes hacerme esto. Después del madrugón, quiero que saltes conmigo.
- Pues esta mañana querías que te dejase en paz y que te "olvidase".
- Hum… Dime los verdaderos motivos de no subir aunque me imagino cuales son. ¿Recuerdas?: Me prometiste no mentirme y contestarme a todo.
- Huh – No tenía ganas de decírselos – Si los sabes no me los preguntes.
- Pero quiero oírte tu confesión. Dime la verdad.
- Huh – Pensó unos instantes hasta que se decidió a hablar - Yo… tengo vértigo, ni siquiera me gustan las montañas rusas y pensar que tengo que tirarme y que sólo unos hilos finos me van a sujetar… me da miedo. Yo sólo quiero volar dentro de un aparato sirviéndome una copa de champagne, no ver cómo me estrello contra el suelo.
- Lo imaginaba.
- ¿Vamos Kate? - Interrumpió el instructor.
- Quisiera convencer a Rick para saltar.
