Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda


Tercer movimiento: adagio poco emocionado


El día avanzaba y el músico de los Mugiwara no lograba encontrar la adecuada vía expresiva para la confusa maraña melódica que se agitaba en su interior. Hacía valientes esfuerzos para conservar la calma, seguro de que alguno de sus nakamas se apiadaría de su zozobra.

Recorriendo los vericuetos del barco, los rítmicos golpes de un martillo atrajeron su atención. Era una nueva posibilidad de salvación.

-¡Franky-san! –exclamó.

Si hubiera tenido ojos, éstos se hubiesen iluminado con ilusión. Brook sólo tuvo que girar en un recodo del corredor y pronto se halló en el taller donde el cyborg trabajaba. Lo encontró inclinado sobre un extraño aparato, martillando sin cesar.

El esqueleto se animó. Alguien tan sensible y receptivo de las emociones humanas no podía fallarle, y la sensibilidad es un atributo infaltable en una pieza musical. ¿Cómo se podría tocar el alma de las personas si no fuese así? ¿Cómo se podría generar alguna clase de impresión dentro del otro si la melodía no cantase con sentimiento?

Las manos de un músico no sólo ejecutan notas y acordes. Con cada compás debe revelarse un propósito, en cada vibración debe reflejarse el corazón de la obra. La espontánea emotividad de Franky sería un gran aporte.

-Franky-san, ¿serías tan amable de ofrecerme un poco de tu sensibilidad? –pidió, elevando la voz para hacerse oír por sobre el ruido del martillo-. Hay una melodía que me recorre los huesos desde hace rato y todavía no he podido encauzarla en mi violín.

El carpintero le respondió sin interrumpir su trabajo.

-Ahora no puedo, Brook. Estoy construyendo una super bazuca-metralleta de cuádruple cañón con vista giroscópica, municiones de recarga automática y proyectiles accesorios de largo alcance.

Brook quedó perplejo. Contempló a su compañero con la mandíbula algo desencajada, mientras intentaba redireccionar el flujo de su pensamiento.

Pero relacionar el incomprensible universo de las armas de fuego con su propia sensibilidad le resultaba bastante difícil. Además de ser un artista Brook era básicamente un espadachín, y las únicas armas que consideraba eran las tradicionales. Cuando por fin consiguió reponerse del estupor, muy poco podía comentar al respecto.

-Entiendo –se limitó a decir.

Franky apenas lo miró. Sin agregar nada más, Brook dio un discreto paso hacia atrás, luego otro y luego otro, hasta salir del taller. Una vez afuera recargó su conmocionada osamenta contra la pared, suspirando con pesar.

-Franky-san tampoco será de ayuda, sus emociones se han encauzado por otros carriles –murmuró para sí, y rió con nerviosismo.

Adiós a la emotividad también. El problema, lejos de solucionarse, se complicaba cada vez más. Brook necesitaba con urgencia una mirada, una presencia o una idea. Sus nakamas siempre fueron un gran estímulo, ¿por qué ahora le resultaba tan difícil recurrir a ellos?

Con desasosiego, concluyó que la inspiración era tan benévola como caprichosa, y tan generosa como terca. Debía encontrar a alguien dispuesto a contribuir con su causa artística pronto, o la susodicha se fugaría sacándole la lengua.