Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
Para Genee
~ La búsqueda del tesoro ~
Capítulo 4
[Equipo Yamakari]
Subieron al último piso del museo, el que estaba dedicado a la exploración espacial, justo después de que Hikari lo sugiriera.
Sabía que el chico no iba pedirle que lo hicieran, pero también que no iba negarse si ella se lo pedía.
No conocía mucho a Yamato y él tampoco se dejaba conocer con facilidad, sin embargo, en lo que iba de día no se había negado a ninguna de sus peticiones, ni siquiera por más excéntricas que pudieran parecerle, y ella estaba segura de que debieron parecérselo al menos un poco. Se imaginó que tal vez veía un poco a Takeru en ella y se estaba comportando como un hermano mayor consentidor.
La idea casi la hizo sonreír, si no fuera porque lo que menos quería era que la viera como su hermanita menor.
Caminaron en silencio, recorriendo los distintos puestos y leyendo los carteles dispuestos junto a cada uno; a Yamato se le daba mucho mejor el inglés, así que le tradujo las frases más complejas. También había guías que pululaban por el lugar, explicando algunas cosas y siempre dispuestos a resolver dudas.
—No sabía que te interesara este tema —dijo de pronto, con las manos ocultas detrás de su espalda.
Yamato se giró bruscamente hacia ella y la miró con recelo. Sólo entonces Hikari comprendió que acababa de dar un traspié. Él nunca le dijo que le gustara, sino que ella lo asumió al verlo detenerse un segundo demás sobre el punto que indicaba el séptimo nivel en el mapa, pero su reacción sólo le confirmó que estaba en lo cierto.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te estoy viendo —susurró azorada, esperando que el rubor en sus mejillas no fuera tan evidente—. Y pareciera que te gustara por la forma en que miras todo.
Él asintió, dándose por satisfecho.
«Siempre has sido un misterio para mí y es agradable descubrir algo de ti, algo que no sueles enseñar al mundo», quiso decirle, sin embargo, calló.
Yamato pensó que la chica tenía que ser muy observadora. Era eso o se estaba volviendo muy transparente, porque no recordaba la última persona que lo había leído con tanta facilidad. Nadie sabía de su gusto por el espacio y las estrellas, nunca lo había comentado con ninguno de sus amigos, no por un afán de ocultarlo, sino por el simple y conocido hecho de que no era muy dado a compartir cosas sobre sí mismo.
—Es cierto —replicó de pronto, sorprendiendo a la castaña—. Me atrae todo lo que tenga que ver con el espacio exterior, pero no soy el único que tiene sus secretos.
Los ojos de Hikari lo observaron con confusión. No hizo falta que hablara, su mirada transmitía exactamente lo que quería decir: ¿a qué se refería con aquello?
—Taichi me contó que piensas irte a estudiar a Inglaterra. Dijo que te aceptaron en una universidad de allá. Es una buena noticia, te felicito.
La chica se quedó mirándolo, atónita primero e incómoda después. Le había pedido expresamente a su hermano que no le contara a nadie sobre sus planes. Sólo Takeru y él lo sabían, el primero porque ella misma se lo había dicho y Taichi por fisgón. Había encontrado la carta de aceptación de la universidad a la que postuló un día que entró a su habitación a buscar algo, pero no fue lo único que halló.
«No sabía que te gustara la banda de Yamato», le dijo con el disco de Knife of day en una mano. Y luego: «¿Cuándo pensabas decirme que planeas irte tan lejos?». No había sido una conversación fácil.
—Le pedí que no le dijera a nadie —susurró apartando la mirada.
—No seas demasiado dura con él. Sólo está preocupado —recordó que el viaje no era lo único que le preocupaba y estuvo tentado de preguntarle sobre el otro tema que había estado alterando la paz mental del castaño, pero se arrepintió en el último segundo; tal vez después, ahora mismo Hikari lucía inquieta.
—Lo entiendo —asintió luego de un breve silencio.
Tenía planeado decírselo a todos sus amigos juntos luego de hablar con sus padres, pero esto no alteraba significativamente las cosas.
«¿Y cuándo piensas hablar con mi hermano?», la voz de Takeru resonó en su cabeza. «Sabes que tienes que decírselo. Si vas a viajar para cerrar esta etapa, no basta con irte y tampoco es tu estilo. Eres más valiente que eso».
Sus palabras no habían dejado de torturarla desde que se las dijo, varias semanas atrás.
Quince minutos después Yamato sugirió que se marcharan. La pista seguía en su bolsillo sin que hubieran hecho ningún esfuerzo por descifrarla.
«Desde las alturas todo se ve con más perspectiva. Para hallar la séptima pista tendrán que subir a 115 metros del suelo.
Pista adicional: Buscad el número 14»
—La clave está en la altura —afirmó él—. Ya luego analizaremos lo de la pista adicional, por ahora no le veo mucho sentido.
—¿Pero qué está a ciento quince metros de altura? —preguntó Hikari, más para ella misma que para que el chico la escuchara; de todas formas ambos se estaban preguntando lo mismo dentro de sus cabezas.
Se encontraban en la entrada del museo, apartados en una esquina para no impedir el paso de las personas.
La castaña se mordió el labio inferior y observó los edificios a su alrededor, pensando en la posibilidad de que fuera uno cercano, idea que no la convencía del todo.
—Dice que debemos subir en lugar de subentender que tendremos que subir en ascensor o escaleras para llegar a esa altura. Podría haber dicho "está a ciento quince metros de altura", pero en cambio usa el verbo subir.
—¿Subir? Pero no hay muchas otras formas de hacerlo que no sea a través de los medios que mencionaste —a él no se le ocurría ninguna.
—¿Qué tal la noria del Palette Town? [24] —sugirió de pronto, volteando a ver al chico que se hallaba apoyado contra un pilar.
Recordaba vagamente a una persona recalcando algo sobre la altura la última vez que había estado allí, pero no cuántos metros medía exactamente, sin embargo, le parecía que podía rondar los ciento quince metros requeridos.
Yamato asintió. Esa era una buena apuesta.
Regresaron a la estación en la que habían bajado hace casi una hora atrás y se sentaron a esperar el próximo tren. Él comenzó a mover un pie al son de una canción que aparentemente sólo sonaba dentro de su cabeza; Hikari podía decirlo por el ritmo entre cada impacto del zapato contra el suelo y, la verdad, no le extrañaba, porque siempre había pensado que la mente del rubio debía funcionar en aquel idioma de acordes y melodías.
Ella se limitó a clavar los ojos en las vigas del andén sobre sus cabezas, intentando descifrar cuál sería la canción sólo por matar el tiempo, hasta que el brillante tren hizo su ingreso.
En ese momento el viento alzó ligeramente sus cortos cabellos justo en la dirección en la que se encontraba Yamato, causando que un intenso olor frutal invadiera sus fosas nasales.
El chico dio un leve respingo y giró disimuladamente la cabeza en una y otra dirección, intentando descubrir de dónde procedía. Se trataba de una esencia un poco dulzona, del tipo de normalmente lo habría hecho arrugar la nariz, pero que ahora contra todo pronóstico, le resultaba agradable.
—Tu cabello huele bien —dijo sin ser consciente de que estaba pensando en voz alta.
Hikari se volvió a mirarlo y él sintió que sus mejillas se encendían.
—Quiero decir, no había notado antes el olor de tu champú.
—Gra-gracias. [25]
Se levantaron al mismo tiempo y caminaron hacia las puertas del tren. El viaje fue menos incómodo de lo que esperaron, pese a que para ello tuvieron que evadirse las miradas. Para cuando bajaron, en la estación Aomi, la tensión ya se había disipado.
La noria, conocida con el nombre de Daikanransha, medía efectivamente ciento quince metros de altura y era considerada una de las más grandes del mundo, de acuerdo a lo que le diría Koushiro a Mimi cuando atravesaran la entrada del parque de diversiones. No obstante, procuraría no mencionar que ella misma le había dado la pieza que le faltaba para descifrar el misterio.
Por otra parte, también había un cartel que atestiguaba las palabras del pelirrojo junto a la barrera de paso del juego.
Yamato y Hikari, en cambio, hicieron su camino en silencio. Sólo se detuvieron un segundo en la entrada, frente al sitio en el que se hallaba el nombre del complejo sobre sus cabezas, en letras de colores y con un metal curvado sobre él. Desde allí la noria era más que visible con sus cientos de cabinas, por lo que luego de pagar fueron directamente hacia ella.
La fila era un poco larga, cosa que ambos habían presupuestado considerando que era fin de semana y se trataba de una de las principales atracciones del lugar, pero incluso así, tuvieron que ceder su lugar a la pareja que estaba tras ellos para asegurarse de abordar la cabina número 14, que tenía pintado el número en la parte inferior con pintura blanca al igual que todas las demás.
El encargado los ayudó a subir cuando fue su turno y se sentaron frente a frente. Luego la puerta se cerró con un clic y la cabina se deslizó algunos metros en horizontal para dar lugar a la próxima.
Los dos registraron el pequeño compartimiento con sus miradas en busca de la pista, decidiendo buscar bajo sus asientos al no encontrarla en ningún sector visible.
Fue Hikari quien finalmente extrajo el sobre con una expresión triunfante, pero decidió dejarlo a un costado para abrirlo más tarde cuando se bajaran, prefiriendo en su lugar disfrutar del momento y observar por una de las ventanas cómo la ciudad se iba haciendo más y más pequeña conforme subían. La rueda de la fortuna siempre había sido uno de sus juegos favoritos y se podían sacar fotos maravillosas desde su interior.
Un solo vistazo a la expresión neutra de Yamato fue suficiente para entender que el chico no se oponía a esperar, sin embargo, cuando ya se habían alzado a una altura considerable del suelo, sus rasgos se endurecieron atrayendo su atención.
—¿Estás bien? —preguntó sintiendo su propia voz extraña, lo cierto era que no habían intercambiado más de dos o tres palabras desde lo sucedido en la estación.
El rubio asintió con un movimiento que a la chica le pareció tenso y mecánico.
Mantenía las manos contraídas en puños, apoyadas a cada lado, y la línea de su mandíbula lucía tirante, como si tuviera presionados los dientes.
—¿Tienes miedo a las alturas? —preguntó confusa, recordando haberlo visto subir antes a ese tipo de entretenciones, aunque probablemente nunca a una tan alta.
—No —respondió automáticamente, para luego corregirse—. Un poco, no es la gran cosa. Estaré bien.
—Debiste decirlo, pude subir sola.
—Somos un equipo —contestó él, como si de verdad le importara un poco aquel juego que Hikari sabía, no era de su más mínimo interés.
Sonrió.
—Tal vez deberíamos hablar de algo, eso ayudará a distraerte.
Los ojos de Yamato la escanearon por un buen par de segundos, haciéndola sentir avergonzada y pensar que no estaba de acuerdo con su propuesta.
Estuvo apunto de pedirle que lo olvidara, cuando él volvió a hablar.
—Hay algo… —titubeó, haciendo que la castaña lo mirara para después soltar un suspiro y apartar la mirada antes de recomenzar—. Taichi dijo algo más ese día.
Hikari pudo recibir más firme el golpe esta vez, pues ya había asumido que su hermano probablemente le habría mencionado también lo otro.
—Por algún motivo cree que te gusta un miembro de mi banda. Sé que no es de mi incumbencia y tampoco es que esté mencionándotelo porque él me lo haya pedido, pero me preguntaba si eso es verdad.
La castaña siguió mirándolo en silencio, debatiéndose internamente sobre cuál sería la mejor respuesta. Se preguntó qué le diría Takeru, pero ya sabía la respuesta, y después de tanto tiempo estaba cansada de ocultar sus sentimientos.
—Sí, lo es —susurró bajando la cabeza; descubrió en ese instante que pensar en confesarse era más fácil que hacerlo.
—Ya veo. Sé que nuevamente no es asunto mío, pero no creo que ninguno de los chicos sea una buena opción para ti.
Hikari levantó la cabeza de golpe. Yamato estaba serio, lo que hacía que pensara que hablaba en serio también. ¿Otra vez iba adjudicarse el papel de hermano mayor?
—No soy quien para decir quién puede gustarte o no. Taichi tampoco debería intervenir en eso, pero… eres una chica dulce e inocente y… yo realmente aprecio a los chicos de mi banda, sólo que salvo por Akira [26] ninguno de ellos ha tenido nunca una relación seria.
«¿Y tú», se preguntó Hikari en su fuero interno. «¿Qué hay de ti Yamato?». Descubrió que él ni siquiera se había incluido entre los candidatos de quién podía ser el chico que le gustaba.
—Entiendo —suspiró la castaña—. Y aprecio tu preocupación.
Yamato asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Sólo por curiosidad, ¿puedo saber quién de ellos te gusta?
Sabía que estaba llevando demasiado lejos el papel de seudo hermano mayor, pero le preocupaba que la chica llevara mucho tiempo sufriendo en silencio y persistiera en sus sentimientos sólo por la más mínima esperanza de tener una posibilidad. Si resultaba estar en lo cierto, hablaría con el chico en cuestión y le pediría que le aclarara a Hikari que no podía corresponderla ni nunca lo haría.
Hikari contuvo el aliento. Repentinamente, justo ahora después de haber subido muchas veces a esa clase de atracciones sin ningún problema, sintió nauseas. No podía hablar en esas condiciones.
Negó con la cabeza.
—Si no quieres decirme, está bien. Como dije, no es de mí…
—¿Qué te parece esto? Prometo decírtelo si ganamos.
Yamato la observó un par de segundos con curiosidad, y entonces asintió.
~.~
[Equipo Taiora]
—¡Oigan ustedes dos, esta zona está prohibida!
Taichi miró por sobre su hombro e hizo una mueca.
—Tiempo de correr, Sorita.
La chica ni siquiera tuvo tiempo de protestar o decir cualquier cosa antes de que el castaño detuviera el auto, saliera del vehículo y diera la vuelta en tiempo record para abrir su puerta y prácticamente arrancarla de su asiento.
Ambos echaron a correr al mismo tiempo y pese a que la adrenalina nos les permitía pensar con mucha claridad, Sora era extrañamente consciente del latido de sus venas en su muñeca derecha, la que era rodeada por los dedos de Taichi en su afán de ayudarla a ir más rápido.
Atravesaron a toda velocidad la sala de exposición del MegaWeb [27], esquivando personas y llevándose a otras en el camino.
Sora no dejaba de gritar perdón cada tanto, mientras que Taichi, tan tenaz como él solo, los conducía hacia la salida más cercana.
La pelirroja tropezó cerca de la puerta, pero él no se dio cuenta y la arrastró un par de centímetros haciendo que soltara un pequeño grito de protesta producto de la fricción de una de sus rodillas contra el suelo.
Taichi no tuvo tiempo ni de pedir perdón porque los guardias les pisaban los talones, así que se limitó a jalarla con cierta brusquedad para ayudarla a levantarse y ambos abandonaron el lugar sin dejar de correr en ningún momento. Ahora que estaban afuera tenían todo el parque para esconderse, sólo era cosa de encontrar un buen lugar y esperar.
Justo antes de llegar a la montaña rusa, giraron a la derecha y se introdujeron en un callejón cerca del cual había un puesto de algodón de azúcar.
Llegaron hasta el final y se detuvieron frente a frente, Taichi con las manos en las rodillas y Sora apoyando la espalda contra la pared, los dos jadeantes y agotados.
—Eso estuvo cerca —susurró él cuando pudo recuperar la voz, sin embargo, su tono no demostraba ni una sola pizca de miedo por lo que podría haberles sucedido si hubieran sido atrapados, sino el simple deleite de la adrenalina golpeando sus venas.
«Y el regocijo de la victoria», pensó Sora cerrando los ojos y dejando caer suavemente la cabeza contra la pared. También estaba orgulloso de haberse salido con la suya. Se concentró en su respiración para lograr regularizarla. Inspirar. Expirar.
Parecía que algunas cosas nunca cambiarían, tuvieran la edad que tuvieran o aunque Taichi se hallara estudiando Ciencias Políticas en la universidad. Él seguía teniendo el espíritu de un niño y cuando estaban juntos, ella no podía evitar contagiarse.
«Vamos, Sorita. ¿Cuándo fue la última vez que cometiste una locura?», le había preguntado justo antes de subirse a ese automóvil en exposición en el que sospecharon desde el principio que se hallaba la siguiente pista. «No, espera. No respondas. Seguro que fue cuando todavía estábamos en secundaria, conmigo».Su estúpida sonrisa socarrona la hizo apretar los dientes.
Ya lo habían intentado de la manera correcta. Se acercaron a uno de los encargados y éste les dijo que para subirse a él tenían que pedir hora por teléfono con una semana de anticipación. No importó cuánto le suplicaron. Luego, con una muy amable sonrisa, cuando amable significa cínica, les señaló la fila de personas que estaban esperando su turno. Sora quiso golpearlo en la espinilla, pero se contuvo.
«Intentamos con tu método y no funcionó», aseveró Taichi. Sora se cabreó, no sólo porque la estaba desafiando a hacer una tontería, sino porque llevaba razón. Habiendo intentado por las buenas, sólo les quedaba probar por las malas, o las muy malas. Al diablo con todo.
Esperaron a que el encargado estuviera distraído y corrieron hacia la barrera, atravesándola de un salto para llegar hasta el automóvil. Taichi le arrebató las llaves que colgaban de su cinturón al paso.
—Yo conduzco y tú buscas la pista —le recordó Taichi encendiendo el motor.
Y así había sido cómo lograron tener a dos guardias tras ellos. Sora encontró la pista de inmediato en la guantera y se la guardó en la blusa porque no tenía bolsillos, Taichi se dio el lujo de dar una vuelta completa antes de descubrir que planeaban cerrarles el paso con otro vehículo. Fue el momento de abandonar la misión y huir por sus vidas.
—¿Estás bien? —preguntó el castaño al verla con los ojos cerrados y una muy sutil sonrisa en los labios.
—Tenías razón —confesó Sora, mirándolo—. Hace mucho tiempo que no hacía algo tan estúpido.
—Pero lo disfrutaste —dijo volviendo a enseñarle esa sonrisa que a Sora le provocaba ganas de borrársela a golpes.
«Una de dos: o Taichi despierta tu lado agresivo y quieres matarlo, o despierta tu lado salvaje, si entiendes lo que quiero decir», le dijo Mimi una vez, burlándose.
—Sí —respondió cuando decidió que no tenía sentido negarlo.
Hace tiempo venía pensando algo, algo que no terminaba de gustarle porque le producía un vacío en el estómago. Cuando estaba con Taichi se sentía viva, en cambio, sin él todo se volvía aburrido y predecible. ¿Estaría loca por pensar así? ¿Eso sería lo que se suponía que debía sentir cuando alguien le gustaba de verdad?
Detuvo sus pensamientos de golpe porque sabía adónde la llevarían, ya había recorrido ese camino antes y se volvía cada vez más escabroso. ¿Realmente le gustaba Taichi? Negó con la cabeza. No importaba si le gustaba o no, era algo que no podía permitirse, algo que se había prometido ignorar hasta que desapareciese por si solo. Ya había arruinado las cosas una vez con uno de sus amigos, ¿pero con su mejor amigo? ¿realmente iba arriesgar su amistad con él? ¿qué pasaba si las cosas terminaban mal y ella se veía condenada a vivir días aburridos y predecibles por siempre? Sin Taichi. La idea hacía que le doliera el pecho.
—Tu rodilla —susurró el castaño.
Sora pestañeó, percatándose por primera vez de dos cosas: uno, tenía los ojos húmedos, y dos, un feo rasguño marcaba su rodilla. Había dolido cuando se cayó y Taichi la arrastró sin querer, pero ahora no sentía nada.
—Está bien, no me… —intentó decirle que lo olvidara, pero su mejor amigo ya estaba en cuclillas frente a ella para entonces—… duele.
Taichi le tocó la rodilla con un dedo y ella no alcanzó a reprimir un leve quejido. Tenía la piel sensible, eso era de esperarse.
La pelirroja intentó repetirle que estaba bien y que sería mejor que leyeran la pista para seguir adelante, pero justo en ese momento ocurrió algo un poco increíble; el chico sacó una bandita de su mochila y la puso delicadamente sobre la herida. Se preguntarán por qué eso era un poco increíble; bueno, porque Taichi no era de los que saliera de casa equipado con un kit de primeros auxilios por si le sucedía algo.
—¿Quién eres? ¿El superior Jou? —se burló Sora, lamentando haber sonado más titubeante de lo que hubiera querido.
Su intención había sido burlarse, pero tener los dedos de Taichi sobre su rodilla hizo que un repentino y sofocante calor se extendiera desde ese punto a todo su cuerpo. Y para empeorarlo todo, el muy descarado alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa encantadora, una sonrisa con la que intentaba encubrir, en parte, la risa que le daba verla frunciendo el ceño, porque cuando Sora fruncía las cejas también fruncía los labios de un modo gracioso. Ella no sabía ninguna de las dos cosas, ni que hacía eso ni que él intentaba no reír cada vez que lo hacía. Sólo podía pensar que en esa posición su mejor amigo se veía como un cachorro adorable.
Dio un respingo al darse cuenta de lo que estaba pensando, ¿realmente estaba comparando a Taichi con un cachorro? ¡Con un cachorro, por todos los cielos! El calor de su cuerpo aumentó y movió sutilmente la pierna para que el castaño dejara de tocarla.
Él pareció entender el mensaje así que apartó la mano y se levantó.
—Yo también puedo ser un poco como Jou —dijo con un tono más serio de lo habitual, haciendo que Sora no supiera si hablaba en serio o no.
De hecho, por un momento no supo a lo que se refería. «Ah, lo dice porque lo comparé con Jou», pensó al cabo de unos segundos. Se había puesto tan nerviosa que se desconectó de la conversación. ¿Por qué estaba tan tensa y a la defensiva? Se sentía como un animal acorralado presionándose instintivamente contra la pared. Pero Taichi no era un cazador. Tenía que recuperar la cordura.
—Claro que puedes. Gracias, Tai —suspiró.
—¿Por qué estás usando una falda, de todos modos? No parece una falda de tenista.
Sora rodó los ojos, pensando que siempre podía contar con Taichi para cambiar drásticamente el tema de la conversación y aligerar el ambiente. ¿Se habría dado cuenta de lo tensa que estaba? ¿Sabría que era por él?
—Y no lo es —replicó dando un breve vistazo a la minifalda de mezclilla que llevaba puesta, nada más lejos de una falda de tenista; en su opinión era una falda perfectamente normal y aceptable para una chica como ella, ¿qué tenía de malo su elección?—. Además dejé el tenis cuanto tenía quince años. ¿Es que nunca me dejarás en paz por ello? —preguntó con sonrisa un poco burlona, a sabiendas de lo mal que le había sentado a Taichi, en su tiempo, saber que dejó el fútbol por otro deporte.
—Oye, no lo digo por mí, ya sabes. No fue a mí a quien traicionaste, sino al fútbol —respondió con tono dramático.
Sora se permitió reír.
—Pero hablando en serio. Sabías que iba ser un juego un poco largo y que tendríamos que ir de un lado para el otro —dijo alzándose de hombros—. Simplemente se me hace extraño que no eligieras algo más cómodo.
—Esta falda es perfectamente cómoda —respondió ella de forma automática y sin dejar de mirarlo a los ojos, por alguna razón que no comprendía era incapaz de hacerlo, como si se hubiera quedado anclada a esos ojos cafés que la miraban con curiosidad y cariño.
Para su mala suerte, no sonó muy convincente y lo supo por la expresión que puso Taichi.
—No lo parece —rebatió él—. Y además te lastimaste.
—Ya te dije que no es nada —dijo mordiéndose el labio inferior—. ¿Por qué insistes?
—Porque por mi culpa te hiciste daño en la rodilla.
Sora avanzó los pocos pasos que los separaban y levantó la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos.
—Estoy bien, Taichi —le aseguró.
El chico tragó saliva y Sora contempló la forma en que se agitaba su manzana de adán. Entonces él soltó algo inesperado, haciéndola preguntarse si no había caído en una trampa al acercarse así.
—Por casualidad… no te vestiste así por mí, ¿verdad? —el titubeó de su voz daba cuenta del poco crédito que le daba a sus propias palabras, lo había dicho como si fuera un disparate que se cruzó por su cabeza y esperara que ella se lo dijera.
Y ella quiso hacerlo, decirle que claro que no, preguntarle desde cuándo se había vuelto tan machista para creer que ella elegiría su ropa pensando en él.
«Vamos, Sora. Sólo dilo, o ríete. Ríete y los dos podrán olvidarse de este momento tan incómodo».
Pero no lo hizo. No pudo. ¿Acaso no era cierto que había optado en el último momento por esa falda al recordar la forma en que Taichi elogió a Mimi aquel día en la pizzería?
«Hoy luces muy linda, princesa». Luego se había girado para saludarla a ella. Sólo un saludo, nada de te ves bonita, ningún estúpido halago.
Trastabilló hacia atrás.
—Yo… —obligó a sus labios a formar una sonrisa; le salió una mueca tensa—. No. ¿Por qué yo iba hacer eso?
—No lo sé, sólo se me ocurrió. ¿Por qué estás tan nerviosa? —preguntó intentando acercarse.
—¡No estoy nerviosa! —reclamó al tiempo que chocaba con la pared del otro lado del callejón.
—Está bien —asintió Taichi alzando ambas manos en son de paz—. Sólo… te sonará a una tontería, pero pensé que tal vez tú…
—¿Tal vez qué? —no era normal verlo avergonzado y no iba quedarse con la duda.
—No te enfades, ¿está bien?
Sora reprimió una sonrisa. Eso era lo que siempre decía cuando sabía que diría algo inapropiado o cuando le tenía un obsequio y temía que lo odiara. Esas veces siempre habían terminado mal, pero no podía recordar la última vez que habían discutido de verdad, una pelea que durara más que un par de horas.
—Es que creí que tal vez te habías puesto esa falda para impresionarme.
«¿Para impresionarte a ti? Eres un idiota, Taichi», entreabrió los labios para pronunciar esas palabras, habían venido a ella de inmediato, pero terminaron rebotando en su cabeza sin hallar una salida.
—¿Sora?
Taichi estaba mirándola ahora, se estaba acercando.
—¿No vas a decir nada?
Sora negó con la cabeza, él estaba invadiendo su espacio personal.
—¿No vas a decir que soy un tonto o un egocéntrico? Vamos, dímelo. Sólo dilo. Di que no todas las chicas están locas por mí, especialmente tú —eso habría sido lo que le diría en un día normal—. Dime que me baje de mi nube.
Los ojos de Taichi la observaban casi suplicantes y ella entendió que necesitaba oírlo. Necesitaba escucharlo para apartarse, para no hacerse ilusiones otra vez, para saber que ellos nunca iban a ser nada más que mejores amigos.
—A menos que no puedas hacerlo —susurró.
Sora negó con la cabeza. Eso podía significar muchas cosas, pero significaba solo una. No podía. No quería mentirle.
Taichi se inclinó, no dijo nada, sus ojos hablaron por él.
«Entonces detenme».
Pero Sora no lo hizo. Dejó que su mejor amigo la besara en aquel callejón a oscuras. Se olvidó del juego y de todo lo demás.
~.~
[Equipo Mishiro]
—No lo entiendo. Debería estar aquí, la pista es clara.
Mimi no se sorprendió de que Koushiro se la hubiera aprendido de memoria habiéndola leído una sola vez y ahora estuviera recitándola en un murmullo mientras daba vueltas por el lugar.
«Estuvieron a 115 metros del suelo, ahora es tiempo de ir al lugar donde pueden hallar agua a 1.400 metros de profundidad».
—Koushiro —llamó en un débil susurro.
El chico no la escuchó.
—Koushiro —intentó un poco más fuerte.
El resultado fue el mismo.
—¡Koushiro-kun! —gritó para llamar su atención.
El chico se volvió a verla sobresaltado.
—¿Qué ocurre, Mimi?
—Aquí… —alzó una mano tímidamente hacia él para enseñarle el sobre, tal vez temiendo que descubriera la verdad enseguida—. Aquí está la última pista.
Los ojos del pelirrojo se dilataron por la sorpresa.
—Oh, ya veo. ¿Dónde estaba? Creo que volví a subestimarse, ¿no es así? Lo siento mucho, Mimi.
Esta vez la impresionada fue ella. Había buscado toda la tarde obtener un poco de reconocimiento por parte del chico, ¿tenía que ser justamente ahora?
La sonrisa gentil que él le dedicó le hizo cosquillas en el estómago y retumbó en su interior. Kou pocas veces sonreía con tanta naturalidad y se veía bien haciéndolo.
Gruñó con exasperación, haciendo que él la mirara con extrañeza.
—¡Eres un tonto, Koushiro! No entiendes nada.
—¿Por qué dices eso? ¿qué es lo que hice mal…?
—Yo escondí la pista. Estaba en el baño de mujeres.
—¿Qué? ¿Por qué hiciste tal cosa?
—Bueno, si fueras tan listo debiste saberlo, ¿no crees?
Koushiro se sintió frustrado, siempre se sentía así cuando estaba con la chica, pero se calmó al recordar lo que Sora le había dicho el otro día.
«Ella sólo quiere llamar tu atención»
«No es que no quiera pasar tiempo con ella, es sólo que he estado ocupado con la universidad», le contestó él.
Entonces Sora rio. Intentó ocultarlo llevándose una mano a la boca, pero Koushiro alcanzó a darse cuenta por el rabillo del ojo. Captó la agitación casi imperceptible de sus hombros. Sintió que algo se le escapaba, como si estuviera pasando una cosa por alto. Repitió las palabras de Sora en su cabeza.
«Ella sólo quiere llamar tu atención»
¿Acaso había querido decirle algo que él no entendió? ¿Algo más que lo que, de hecho, había dicho? ¿Algún significado oculto? Las mujeres podían ser complicadas y muy enredadas para decir las cosas.
«Dices que has estado ocupado con la universidad, pero me parece que últimamente has pasado mucho tiempo con Miyako. Mimi no deja de repetirlo»
Koushiro recordaba haberse sonrojado hasta las orejas, aunque en ese momento no había entendido por qué y tampoco ahora lo hacía. Sabía que se sintió avergonzado por las palabras de Sora, porque eran verdad, pero no entendía por qué eso lo hizo sentir avergonzado. Tal vez porque era demasiado consciente de que mientras aceptaba verse con Miyako cada vez que se lo pedía para ayudarla con sus materias o su solicitud de ingreso a la universidad, había rehusado casi todas las invitaciones de Mimi. Tenía un motivo para ello, uno muy bueno, o al menos eso creía. No había razón para sentirse avergonzado.
Comenzó a tartamudear una excusa, algo acerca de que no podía dejar sola a Miyako en esta etapa tan importante, hasta que Sora le dijo que se detuviera.
«Yo no necesito explicaciones, Kou. Es Mimi con quien tienes que hablar»
Y luego se había marchado de improviso, diciendo que llegaba tarde a algo y dejándolo, si es posible, más confundido que antes.
Koushiro soltó un suspiro y se sentó junto a Mimi para descalzarse y meter sus pies al agua. Se encontraban en el Oedo Onsen Monogatari [28], muy cerca de la estación Telecom Center. Era el único onsen que él conocía cuya agua se extraía desde mil cuatrocientos metros de profundidad.
Al principio había querido entrar solo, porque la entrada costaba dos mil novecientos yenes y no consideraba razonable que los dos gastaran esa cantidad de dinero solo para buscar la pista de un tonto juego, pero Mimi insistió, diciéndole que no iba perderse de aquella experiencia por nada del mundo, lo que resultó ser mejor porque los baños termales —donde era más lógico encontrar la pista dado que era la atracción central del lugar—, estaban segregados por sexo. Koushiro se reprendió mentalmente por haber pasado ese detalle por alto, aunque honestamente él no era un aficionado a esa clase de sitios. No, desnudarse públicamente, o casi, no era lo suyo.
Para todos los efectos no importaba, porque tuvo que hacerlo. Meterse en un baño lleno de hombres extraños y examinar minuciosamente todos los lugares que sus ojos alcanzaban a divisar en busca del dichoso sobre, lo que se le dificultó porque era corto de vista y no tenía sentido llevar sus gafas considerando que se le empañarían cada dos por tres. De cualquier forma, ya fuera porque no la vio o porque no estaba allí, lo cierto es que no encontró la pista.
Tuvo que atravesar un larguísimo pasillo para llegar al baño de mujeres. No se topó con Mimi en el camino así que supuso que todavía estaba adentro. Tras aguardar en la salida más de diez minutos, soportando estoicamente las miradas recelosas de las féminas que iban saliendo cada tanto, decidió hacer tripas corazón y asomarse un poco, sólo un poco.
—Mimi —llamó en un tono apenas más fuerte que un susurro—. ¡Eh, Mimi!
Nada. En el interior las conversaciones que se colaban hasta el pasillo sólo parecieron aumentar; así era lógico que no lo escuchara.
Tragó con dificultad y supo que lo único que podía hacer era entrar, buscar a Mimi con la mirada y hacerle señas para que saliera. No era un buen plan, pero Koushiro no pensaba bien bajo presión. Llegados a ese punto estaba seguro de que la chica se habría olvidado por completo de él y del juego, para dedicarse a disfrutar del baño.
Así que entró en puntillas, procurando hacer el menor ruido posible. La clave estaba en que nadie lo viera y se animó diciéndose que podía hacer eso, él era silencioso, nadie lo vería. A pesar de ello el corazón le retumbaba en los oídos.
Llegó a la esquina y se asomó para echar un vistazo. Primero no vio nada porque había cerrado los ojos. Tuvo que imaginarse a Taichi burlándose de él para armarse de valor y mirar.
Barrió el lugar con la mirada de izquierda a derecha, y luego de vuelta. Mimi no estaba ahí.
—¿Y tú qué estás haciendo aquí? —preguntó una voz chillona a sus espaldas.
Koushiro se puso muy derecho y palideció al darse cuenta de que todas las mujeres se volvieron a mirarlo. Cerró los ojos y maldijo mil veces en su fuero interno.
Luego intentó arreglarlo, dándose la vuelta.
—Hola, yo no…
La mujer chillona le marcó dolorosamente su mano en el rostro. Y luego empeoró.
—¡Depravado! —gritó alguien.
Si se lo preguntan, Koushiro tuvo suerte de salir vivo.
Después de aquella odisea recuperó sus cosas y salió de los baños preguntándose por qué Mimi no contestaba su celular cuando siempre andaba pegada a él.
Supo la respuesta cuando la encontró tomando un baño de pies en una de las piletas al aire libre, que era exactamente donde estaban ahora.
Koushiro soltó un quejido. Esa clase de baños consistía en un circuito de piedras que se movían dolorosamente contra la planta de sus pies. No entendía cómo Mimi podía estar tan tranquila.
—Supongo que no soy tan listo como todos creen —dijo retomando la conversación después de varios minutos en silencio.
Mimi se giró a mirarlo y sonrió al cabo de unos segundos. Estaba preciosa con su yukata rosa.
—No digas tonterías, Koushiro. Eres malditamente inteligente.
El pelirrojo bajó la mirada y se rascó la nuca.
—No, no lo soy. Siempre encuentro la manera de decir la cosa equivocada cuando estoy contigo. Lo lamento, Mimi-san.
—¿Por qué te disculpas?
—Por insinuar que no eres tan lista o que no podías jugar este tipo de juego. No fue eso lo que quise decir, pero… creo que una parte de mí lo creyó. Ahora sé que estaba equivocado.
—¿De qué hablas? —preguntó soltando una pequeña risita—. Si has sido tú el que ha descubierto todas las pistas solo.
—Eso no es del todo verdad, no… —calló al sentir la mirada curiosa de la chica sobre él—. Tú me ayudaste en un momento clave. Fue cuando mencionaste la rueda de la fortuna, cuando estábamos en los columpios, que se me ocurrió que la octava pista podía estar en el Palette Town.
Koushiro esperó que la castaña dijera algo, pero al percibir su mirada todavía posada sobre él y sus labios cerrados en una suave línea, pensó que tenía que seguir hablando.
—Estaba bloqueado y tú hiciste que pensara fuera de la norma. Estaba muy centrado en buscar un lugar que tuviera la altura exacta en vez de, ya sabes, sólo seguir mi intuición. Es cierto que no eres inteligente como Miyako o como yo, pero eres muy inteligente, Mimi-san. Sólo tienes un tipo de inteligencia diferente y me gusta eso de ti.
—¿Hablas en serio?
Recién cuando escuchó esa pregunta Koushiro se dio cuenta de lo mucho que le importaba que le dijera eso. Mimi siempre se mostraba tan segura de sí misma que era difícil creer que se sintiera es desventaja frente a una chica lista.
—Sí. No tienes que interesarte en las computadoras o ser parte del club de informática para que seamos amigos, basta con que seas tú misma.
—¿Amigos?
—Sé que últimamente he pasado más tiempo con Miyako-chan y te he dejado de lado, pero eso es… bueno, no importa, podemos volver a ser mejores amigos si tú quieres. Incluso podemos usar brazaletes de la amistad.
Mimi negó enfáticamente con la cabeza, haciendo que su cola se agitara.
—Realmente no lo entiendes, ¿verdad?
Koushiro frunció los ojos, desconcertado. ¿Qué había hecho mal? Podía ver por la expresión compungida de la castaña que había dicho algo equivocado, pero no podía saber qué.
—Lo haré si me lo explicas.
Mimi alzó la mirada y la clavó en él.
—No quiero ser tu amiga.
Koushiro apoyó las manos tras su espalda, como si acabara de recibir un golpe.
—Oh, entiendo. No… —se rascó la frente—. Tienes razón, había entendido mal, pensé que lo que querías era que pasáramos más tiempo juntos.
—Eso es lo que quiero, pero no del modo que crees.
—¿Y entonces?
Mimi lo consideró por un segundo.
—Me gustas —dijo.
Koushiro soltó un quejido cuando una piedra se enterró en la parte central de su pie.
«Sí», pensó Mimi. «Este es un excelente lugar para confesarse».
—¿Hablas en serio?
Parecía gracioso que los dos se sintieran tan confiados en ciertas áreas, pero tuvieran cada cual su punto inseguro.
—Por supuesto que hablo en serio.
—Ya veo —susurró asintiendo con la cabeza—. Entonces cuando dijiste que estabas celosa de Miyako ibas en serio.
—Por supuesto que iba en serio.
—Pero a mí no me gusta Miyako.
El corazón de la castaña se detuvo por un par de segundos y su estómago se contrajo esperando que el chico continuara, pero no lo hizo.
Sus latidos volvieron a retumbar contra sus costillas.
Koushiro había dicho que no le gustaba Miyako, pero nada más, nada referente a lo que ella acababa de confesarle, ¿era su particular manera de rechazarla? ¿podría ser que al final de cuentas sí tuviera un poco de tacto para estas cosas?
—Deberíamos irnos antes de que se haga más tarde —dijo justo antes de levantarse.
Mimi se tomó un par de segundos más.
—Vamos, escondí el sobre entre mis cosas.
Fueron a recogerlas, se cambiaron por sus propias ropas y abandonaron el onsen.
Ya tenían la décima y última pista en sus manos, lo que sólo significaba una cosa: la travesía estaba llegando a su fin.
—¿Quieres hacerlo tú? —preguntó Koushiro.
Mimi rechazó la oferta con un simple movimiento de cabeza.
—Hazlo tú —le dijo Yamato a Hikari.
—Vamos a hacerlo juntos —dijo Taichi.
«Felicitaciones por llegar hasta aquí, viajeros. Ya sólo les queda un lugar por visitar. Si quieren encontrar el tesoro deben volver al lugar donde todo comenzó»
—¿Al lugar donde todo comenzó? —bufó Taichi—. ¡Ni siquiera rima! ¿Esto quiere decir que después de hacernos recorrer casi media ciudad tenemos que volver a la secundaria?
—Así parece —dijo Sora a su lado.
—Espera —susurró Yamato—. Hay algo al otro lado de la tarjeta.
Hikari la dio vuelta. Efectivamente había algo allí, impreso en la misma tinta negra e impersonal de todas las pistas.
«No se apresuren. Busquen el lugar en el que realmente todo comenzó»
Sus ojos se abrieron desmesuradamente al comprender el error en el que casi habían caído.
Taichi sonrió.
—¿Estás pensando lo mismo que yo?
—Sólo si tú estás pensando lo mismo que yo, Yagami.
—Vale, lo diremos a la de tres, ¿está bien?
Sus miradas se cruzaron con complicidad, sus palabras también.
—Hay que ir a Isla File.
Referencias
24.- Noria del Palette Town (Daikanransha): Ciudad Palette es un gran complejo comercial con tiendas, atracciones, restaurantes y una gran noria de 115 metros, que según la información que encontré se encuentra entre las más altas del mundo.
Aquí un vídeo que vi sobre ella: / entrada/1121848534/ Paseo-en-Noria-Rueda-de-la-Fortuna-en-Odaiba
25.- Esta parte está basada en una escena del anime Ao Haru Ride.
26.- Akira: De acuerdo a la información disponible por internet, es uno de los miembros de los Teenage Wolves. No sé si la nueva banda de Yamato, Knife of day, cuente con los mismos miembros, pero preferí mantener el nombre de Akira porque me gusta.
27.- MegaWeb: Una gran sala de exhibición de Toyota, en la que se pueden ver los vehículos del ayer y del mañana, probar a conducir un coche eléctrico o recorrer un circuito de 1,3 km con uno de los coches. Es necesario reservar por teléfono para recorrer el circuito.
28.- Oedo Onsen Monogatari: Este parque de atracciones dedicado al tema de los tratamientos termales permite relajarse en sus baños en los que las aguas calientes surgen de 1.400 metros bajo tierra, con baños al aire libre, baños de arena o de vapor, o un simple descanso en habitaciones con tatami. También es posible darse un masaje o comer en uno de sus restaurantes de cocina japonesa.
Notas finales:
¡Hola!
Como siempre, le doy las gracias a quienes leen y a las personas que se toman el tiempo de comentar.
El próximo ya es el último, así que tal vez alguien se atreva a aventurar quiénes serán los ganadores.
Nos leemos pronto :)
