Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda


Séptimo movimiento: andantino desamorado


Brook experimentaba una gran angustia. La tarde declinaba y él aún no había logrado componer.

Recorría el Sunny de aquí para allá tan apesadumbrado, que cuando por fin alzó la vista para ver por dónde iba le sorprendió profundamente hallarse en la cocina. De inmediato invadieron sus sentidos los aromas característicos de aquel sitio, junto con la certeza de la cercanía de Sanji.

El músico tuvo un último rapto de esperanza. Si Sanji, el eterno enamorado, no podía colaborarle con un poco de su pasión espontánea, ¿entonces a quién recurriría?

-¡Sanji-san! –exclamó, encaminándose con ilusión a su encuentro.

Sanji tenía el amor fácil, sin prejuicios, le surgía el embeleso de forma franca y natural. ¿Qué melodía podría prescindir de un arrobamiento tan sensible y llano? ¿No podría acaso conquistar mejor el corazón de cada oyente si desprendiera el aliciente de esa clase de amor?

El esqueleto encontró al cocinero en plena faena culinaria.

-Ah, Brook –farfulló él a modo de saludo, ceñudo, lidiando con un cuchillo medio desafilado que se negaba a filetear decentemente un gran trozo de carne.

Antes de que el susodicho pudiera decir algo, Sanji levantó la mano con el utensilio en alto, midió la pieza con ojos entrecerrados -como si se tratara del pirata más desagradable que hubiese visto jamás- y luego bajó el brazo violentamente para ensartarlo. Con el impacto, el característico extracto rojo de la carne que había en la bandeja salpicó en todas direcciones.

-Cuchillo de mierda –gruñó Sanji, forcejeando para extraerlo.

Brook sintió, aunque no tuviese piel, que una lágrima de jugo cárnico resbalaba por su mejilla. Miró a su nakama con la boca abierta y más pálido de lo habitual, si es que eso era posible. Ante la visión de tan concienzudo empeño cercenador, su resolución inicial comenzó a tambalear.

-Eh, Sanji-san… -murmuró, nervioso, pero no supo qué agregar.

El otro ni le prestó atención, concentrado en su tarea de hundir el cuchillo en la carne. Tenía que accionarlo como si fuese un serrucho para que cada corte progrese, por lo cual su ceño se había contraído en una encrespada mueca, al tiempo que mascullaba una colorida gama de improperios.

El músico decidió que Sanji estaba tan ocupado con el cumplimiento de la trascendental misión de alimentar a los Mugiwara, que no tendría tiempo de prestarle su por lo demás siempre tan desenvuelta embriaguez romántica. Era una lástima, pensó.

Mientras salía de la cocina enjugándose la lágrima roja, Brook siguió lamentándose por tener que resignar también el enamoramiento. A su música no le hubiera venido nada mal transmitir un poco de esa predisposición llana para el amor, porque, precisamente, no había nada más hermoso que enamorarse escuchando música.

¿O sería demasiado pretencioso aspirar a ello en los tiempos que corren? Tal vez por eso estaba fracasando en sus intentos.