B de Besos
Rose despertó con el corazón latiéndole de la misma forma que lo haría si hubiera corrido una maratón. Tenía la camiseta del pijama pegada al pecho, sus calcetas habían desaparecido en algún lugar de la cama durante la noche y por alguna razón había olvidado hacerse una coleta para dormir logrando que su cabello fuera, a esas alturas, una peluca pelirroja. Las sábanas de su cama carmesí estaban completamente tiradas en el piso, de manera que parecía ser la escena de un crimen sanguinolento. Estaba oscuro, aunque no tanto como para no ver nada; quizá eran las cuatro de la mañana.
—Diablos—musitó. No tenía idea si lo había dicho fuerte o si habría sonado como un susurro: sus latidos resonaban tan fuerte en sus oídos que parecían ser el tamborileo de una canción de música rock.—Diablos, diablos, diablos.
Estaba segura que si no se calmaba le iba a dar un paro cardíaco. Intentó no pensar mucho en lo que había soñado, una verdadera pesadilla, porque sabía que si lo recordaba iba a querer lanzarse por la ventana. Besos, y no precisamente de los santurrones, toqueteos, más besos y...oh, Merlín, ojos grises como el asfalto.
—¡Diablos!—esta vez estaba segura que no lo había dicho de la forma más calmada del mundo. A su alrededor todos roncaba como si no hubiera un mañana. Su mejor amiga Sarah, quien solía dormir de las formas más extrañas, se encontraba con el rizado y negro cabello volando sobre su cabeza, un pie casi tocando el piso y un riachuelo de baba cayéndole de la boca. Si forzaba la vista estaba segura que podía ver Jenny Rogers, la prefecta de Gryffindor que solía criticarla por siempre hacer que perdieran puntos en clases, durmiendo igual de rígida que una momia. Y si Jenny Rogers estaba dormida, todo parecía indicar que era realmente temprano.
Su corazón seguía en la mejor fiesta del mundo y no plateaba detenerse. Rose forzó la vista hasta que sus ojos lograron enfocar el reloj que estaba sobre la puerta del baño. Tres con cincuenta y cinco de la mañana. Vaya, definitivamente era una genio en percepción del tiempo.
Rose se levantó y quedó sentada en la cama, con los almohadones bajo el trasero. Rayos. Ella no era de las que se levantaban en medio de la noche y se quedaban horas despiertas sufriendo por no poder dormir, pensando que estaba loca y dándose vueltas en la cama recopilando cada detalle del día anterior. Si había algo que Rose Weasley no padecía era de insomnio, y mucho menos de sueños perturbadores. Entonces...¿Qué demonios hacía que no pudiera cerrar los ojos y quedarse nuevamente dormida? Simple. Scorpius Malfoy.
—Brp—se quejó. Sonó como un ruido gutural que se unió a la sinfonía de ronquidos de sus compañeras.
Las manos de Malfoy eran suaves e intentaban colarse bajo su falda. La tenía acorralada contra la pared piedra de quién sabe qué pasillo, quién sabía dónde y quién sabía cuándo. Tenía el siempre pulcro cabello desordenado, la camisa tan perfectamente planchada hecha un asco y le decía groserías al oído, al tiempo que ella intentaba bajarle la cremallera del pantalón. Todo estaba oscuro y él la besaba de una forma muy loca. Al menos en su sueño, porque ella nunca en su vida dejaría que el aburrido monumental de Malfoy intentara ponerle un dedo encima y tampoco creía que fuera hacerlo. El chico era tan correctamente correcto que ni en un millón de años pensaba que fuera incluso capaz de darle un beso en la mejilla a cualquier persona en un pasillo. Quizá lo máximo que podría llegar a hacer el chico sería un gesto con la cabeza.
Se pasó las manos por el cabello con dificultad; se encontraba tan enmarañado que era prácticamente una odisea salir con todos los dedos en perfecto estado. Estaba casi en un estado de shock por lo rápido que parecían estar sucediendo las cosas: primero Malfoy le empezaba a conversar en Historia de la Magia, luego le pasaba un pergamino lleno de apuntes que atentaban contra su ego estudiantil—porque todo el mundo sabía que aunque Rose Weasley nunca prestara atención o durmiera en clases, siempre había sido la más lista de la generación—y para más remate a su cerebro le daba por imaginarse a Malfoy besuqueándola en el pasillo, tocándole partes privadas y haciéndola gozar a lo lindo.
Estaba casi tan chiflada que se merecía ser internada en un manicomio.
Su estómago comenzaba a ronronear. Rose sabía que esa era una típica señal de que sería muy difícil volver a quedarse dormida: el hambre era la principal razón por la que se levantaba de su cómoda cama todos los días y se daba el tiempo de asearse. "Para la comida, buena cara", solía decir su padre y como buena Weasley trataba de estar lo más presentable posible para enfrentarse a un buen plato de pie de calabaza. Pero ahora, siendo las cuatro de la mañana, con insomnio y con el hambre empezando a crecer, todo eso de arreglarse pasaba a un segundo plano.
Rose pensó seriamente sus opciones con cara de póker. Podía quedarse allí, recostada en la cama, tratando de fingir que nunca había soñado con un acalorado nada aburrido Malfoy besuqueándola, mientras el hambre se la comía viva ó podría ir a las cocinas, ya que a esas horas estaba segura que los elfos estaban preparando el desayuno y posiblemente estaban abiertas, y coparse de tanta torta que hasta su cerebro quedaría ahogado en crema y azúcar.
Obviamente eligió la segunda opción.
Sus pantuflas de león sonaban extraño cuando daba cada paso. Se las había arreglado para colocar su cabello en un moño, pero aún así había rizos que se escapaban y le hacían cosquillas en la frente y la nariz. Se sentía como un detective de película policial muggle con el trasero tan pegado a la pared, los pies evitando tocar el suelo a toda costa y la respiración rápida, pero silenciosa a la vez.
El pasillo estaba más oscuro que la habitación porque carecía de ventanas, pero Rose había recorrido muchas veces ese trayecto en horas extrañas por lo que conocía cada curva y cada retrato como la palma de su mano. A esas horas ni los retratos estaban en sus marcos. El castillo se le figuraba como propio.
Claro, hasta que escuchó el maullido de la maldita gata del bendito celador.
—Mierda—fue medio exclamación, medio grito ahogado y medio todo.
Se quedó traumada parada con, el trasero aún pegado a la pared, pidiéndole a Merlín, a los cielos y a la madre tierra que la gata no tuviera la ocurrencia de pasar por aquel pasillo. Dejó de respirar y tensó todos los músculos, lista para la huída.
Escuchó pasos, no humanos sino gatunos. El celador era viejo, pero su gata parecía haber bebido de la fuente de la eterna juventud y se mantenía extremadamente vigente en su labor de importunar los planes de Rose. Los pasos se acercaban y muy a lo lejos sentía otros mucho más fuertes; por otro lado escuchaba al gato acercándose demasiado, podría jurar que estaba bajo sus narices.
En una decisión estúpida miró hacia abajo. Los ojos amarillos del animal brillaban como hechos de flúor y la miraban tan fijo que Rose sintió que le estaba leyendo su perversa mente adolescente. Por cinco segundos ella miró al gato, el gato la miró a ella, ella siguió mirando al gato y el gato permaneció inmóvil mirándola a ella. Después abrió sus fauces pequeñas:
—Miau.
Rose se largó a correr como si en lugar de la gata la persiguiera un león africano que no había comido por semanas. Sentía que la criatura le pisaba los talones y que el celador hacía todos los esfuerzos que podía en seguirle el paso, con los pies pisando fuerte sobre el piso de piedra y una antorcha que alumbraba su camino. La muchacha dobló por un pasillo, por otro y por otro, pensando que así perdería a esos dos locos de patio que la seguían, pero aún los sentía cerca. Demasiado cerca. Algunos retratos aparecieron en sus marcos alarmados por el alboroto y no hacían más que ayudar al celador a encontrarla, probablemente enojados por el ruido.
No fue hasta que subió una escalera y se metió a la primera puerta que encontró que sintió silencio. Se quedó por un par de minutos escuchando por la cerradura cerrada, pero cuando se dio cuenta que era completamente inútil porque su respiración y su pulso le impedían sentir cualquier cosa decidió desistir y quedarse un rato sentada en el aula en la que había entrado, hasta que sintiera que la alerta roja de peligro mortal hubiera pasado.
Solo entonces se dio cuenta que estaba en la biblioteca.
—Qué demonios.
Rose no se había dado cuenta que había entrado allí porque básicamente hacía años que no ponía un pie en ese lugar y porque tampoco tenía idea de que se abriera a esas horas al público general. Siempre había odiado a la biblioteca porque olía a moho, a sucio, a viejo y a funeraria. Era un lugar tan silencioso que si, por alguna casualidad, se te llegaba a caer un lápiz, todos te miraban con cara de odio y Rose detestaba el silencio. Prefería el ruido, mientras más mejor.
La chica se quedó mirando por un par de segundos el lugar. Resultaba casi cómico que de día o de noche hubiera el mismo sopor a muerto. Estaba muy oscura, más oscura de lo que hubiera pensado, pero por alguna extraña razón detrás del último estante, donde supuestamente debería haber una mesa, había un halo de luz anaranjado.
—Qué diab...—repitió.
Caminó en dirección a la luz dando zancadas porque suponía que no habría nadie en la biblioteca a esas horas y dudaba que a esas alturas el celador fuera a encontrarla. Cuando llegó a la famosa estantería y vio lo que había en la mesa, o mejor dicho quién estaba en la mesa no pudo disimular su...
—¿Weasley?
—¿Malfoy?
—Weasley.
—¿Malfoy?
Su pelo, camisa, corbata, túnica, tintero, pergamino y mochila estaban perfectos. Rose se sorprendió que no tuviera ojeras y que aún siguera vestido con el uniforme escolar a esas horas de la noche. Había dos opciones: o había dormido y se había despertado y vestido con intensión de ir a la biblioteca, o había pasado de largo haciendo quién sabía que cosa. Malfoy parecía aburrido, como si hubiera estado esperando a Rose desde las ocho de la noche y recién se dignara a aparecer.
Obviamente ese no era el caso.
—¿Qué demonios haces aquí?—preguntó ella.
—Lindo pijama.—respondió él.
Sólo ahí se dio cuenta que llevaba una camiseta sin mangas, con un poco de escote, y unas pantaletas; ambas con un patrón de conejitos. Hizo caso omiso, pero se cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Qué rayos haces aquí?
—Leo.—dijo él. Malfoy la miró por un par de segundos y luego pegó su vista al libro que tenía sobre la mesa. Era tan grande que parecía del porte de Hagrid.—Eso es lo que suele hacerse en la biblioteca.
—Ajá.—respondió Rose con una ceja alzada. Miró fijamente al muchacho; sus labios eran finos y su boca larga. Se preguntó si besaría tan bien como en su sueño y luego maldijo a los mil demonios por hacer que esa idea le cruzara por la mente.—Bien.
Silencio incómodo.
A Malfoy parecía importarle un comino que ella estuviera allí, sus manos ágiles acariciaban página por página y se veía de lo más contento. Esas manos acariciando sus piernas serían...Demonios. Malfoy era un frígido. Y para colmo ahora parecía querer ignorarla y hacerle la ley del silencio, luego de la humillación que le había hecho pasar en Historia de la Magia con lo del pergamino. Ese tipo era un idiota.
—¡Joder!—chilló ella. Malfoy la miró como si estuviera desquiciada.—Di algo.
—No deberías maldecir tanto—fue lo que señaló él.—Además estamos en una biblioteca, no en un club de cotorras.
Rose bufó.
—¿Cómo entraste?—necesitaba que él hablara algo. Ella sabía que en cualquier momento podía decidir irse, pero sabía que si regresaba a la cama no podría dormir. Era mucho mejor quedarse allí escuchando a Malfoy diciendo cualquier estupidez a estar en su habitación oyendo los ronquidos de Sarah y Jenny Rogers.
—Soy prefecto.
—¿Y eso te da derecho de estar aquí a las cuatro de la mañana?
Por primera vez Rose vio a Malfoy poniendo cara de culpabilidad.
—Podría decirse que no.—dijo él con recelo. Parecía estar revelándole todo aquello a regañadientes.—Pero hoy la ronda terminó tarde y no tuve tiempo de hacer la redacción de Herbolaría.
—Oh.
Eso no explicaba el porqué él estaba con el uniforme puesto ni cómo era que había logrado entrar, pero hizo caso omiso a eso.
—O sea que estás rompiendo las reglas.—acusó. Los ojos grises de Malfoy la miraron tan fijo que Rose pensó que iba a congelarse.—El Prefecto Perfecto...
—Ya.—la cortó. Todo eso no parecía hacerle gracia, pero Rose estaba demasiado divertida descubriendo a Malfoy haciendo cosas indebidas como para no aprovechar el momento.
—¡Rompiendo las reglas!—repitió aún más fuerte para tomarle el pelo. La vacía biblioteca ejercía un efecto de megáfono.—¡Malfoy está rompiendo las reglas!
—¡Baja la voz!—le instó en un susurro.
—¡No hay nadie, Malfoy!—rió ella. Se paró sobre el tercer escalón de la escalera que servía para trepar a los libros más altos y exclamó con dramatismo:—¡Malfoy el rebelde!
—¿¡Estás loca!?—era la primera vez que le escuchaba alzar la voz. Sonaba varonil y armoniosa.
—¡Malfoy hablando fuerte!¡Quién lo hubiera imaginado!—de verdad estaba actuando como una loca, pero no le importaba. La situación en sí era tan extraña que era como de fantasía. Si alguien le hubiera dicho esa mañana que en el amanecer estaría gritándole a Malfoy en la biblioteca para tomarle el pelo luego de despertarse por soñar que él la besaba, y que él acabaría gritándole cosas a su vez, hubiera mandado a esa persona al diablo.
—¡Perdiste la cabeza!—parecía tan alarmado como si estuviera viendo a Rose sufriendo un derrame cerebral.—¡Baja de allí!
—¡Nadie puede oírnos!—empezó ella.—¿Quién estaría aquí a esta ho...?
—Miau.
—Yo.
Primero escuchó el maullido, luego al celador y luego a Scorpius Malfoy dejándose caer sobre la silla de la última mesa de la biblioteca como si hubiera perdido una guerra. Luego se escuchó a sí misma diciendo:
—Demonios.
Hola Hola! Segundo Capítulo! Gracias a Guest por mandarme la palabra con B! Espero que les haya gustado. Este fue laaaaargo! Espero sus palabritas con C! Gracias a todos los que han comentado y dado favs y follows! Los amo!
Cece
