C de Castigo
—Esto es ridículo.—murmuró Rose, mientras se dejaba caer sobre una de las sillas de la biblioteca por décima vez y se desarmaba la coleta que había tenido en el cabello todo el día. Por la ventana se veían los rayos de una calurosa tarde, y un par de nubes acercándose peligrosamente. El reloj sobre la puerta señalaba las siete de la tarde, lo que significaba que aún quedaban dos horas de castigo.—Ridículo.
Tenía hambre y para colmo se perdería la cena. Suerte que Sarah le había prometido que le guardaría un pedazo de pastel de moras, sino estaría perdida entre los chillidos de sus entrañas.
—¡Ridículo!—volvió a exclamar, lo más fuerte que pudo para que la bibliotecaria la mirara. La anciana mujer parecía tirar humo y no de muy buenas pulgas. Escuchar a Rose gritoneándole la misma palabra por las últimas tres horas no era precisamente el panorama de nadie en un viernes por la tarde. Mucho menos de alguien como Scorpius Malfoy.
Rose soltó un bufido y miró a su derecha. Al chico lo habían asignado a la estantería que quedaba al otro lado del pasillo y no parecía aburrido para nada: el castigo de arreglar los libros de la biblioteca por orden alfabético le daba la posibilidad de saber que libros podría leer durante el año y eso aparentemente lo hacía tan feliz como si fuera navidad. Tenía tres cuartos del trabajo del día hecho mientras que Rose había apilado un par de libros antes de sufrir un quiebre emocional que le impedía ver un sólo libro más en su vida. El peor castigo del mundo.
—Argh.—Malfoy la ignoraba y eso la molestaba. Sentía que el silencio se colaba por su cerebro y lo aturdía poco a poco volviéndola tan pesada como un saco de papas.—Estoy agonizando.
Malfoy seguía sin prestarle atención, sentado en el piso y con tantos libros a su alrededor como si estuviera dentro de un iglú. Rose se preguntó si sería por eso que no le hablaba; quizá había tantos tomos rodeándolo que ejercían una especie de pared de sonido. Aunque lo dudaba seriamente, si se ponía a recordar la forma en la que la había mirado mientras se dirigían a la oficina de la directora McGonagall: con la misma cara que pondría un oso pardo al encontrarse con un conejito en el bosque. Cara de asesinato.
Rose volvió a levantarse y miró desesperada la estantería. Seguía exactamente igual a como lo había estado cuando habían entrado a cumplir su castigo a las cuatro. A Rose le sorprendía la forma prácticamente profesional que tenía para lograr hacer que en tres horas no hubiera una mínima diferencia en su lado. Estaba tan sobrepasada de información que no sabía por dónde empezar y comenzaba a dudar del orden de las letras del abecedario.
—Empieza desde arriba.
La voz de Malfoy fue como un electrochoque. La chica pegó un brinco de tal magnitud que logró que algunos libros del estante cayeran. La bibliotecaria a lo lejos fingió no darse cuenta de lo sucedido, probablemente harta de tener que lidiar con las rabietas de Rose durante el castigo.
—¿Qué?
—Desde arriba—dijo Malfoy. Su voz de terciopelo parecía amable, pero sus ojos la seguían mirando como a un gusano. Ese era el primer castigo que ella conocía de él, por lo que quizá era la primera mancha en su expediente.—Parte desde los que están más arriba, siguiendo el orden alfabético. Si vez alguno que tenga una "a" lo pones en el primer sitio, así es mucho más fácil.
Rose lo miró alzando una ceja.
—Claro.
Se subió a la escalera, tal como él lo señaló. Era tan baja que debía colocarse prácticamente en el último escalón para poder alcanzar los libros.
—¿A esta altura está bien?—le exclamó, volteando para ver su rostro de afirmación o negación.
—Sí, claro.—dijo él, evitando mirarla. Rose habría jurado que estaba un poco sonrojado, pero no tenía idea de por qué podría estarlo.
—Genial—susurró para sí, empezando a colocar los libros del primer tablón de la forma más alfabéticamente posible. Llevaba una eternidad parada en la escalera cuando empezaron a dolerle las piernas; no era del tipo atlético ni mucho menos, por lo que estar un par de minutos quieta en posición vertical era el equivalente a hacer una clase de pilates.—Diablos.
Bajó rápidamente y se tiró una vez más en la silla. Aunque estaba a un pelo de terminar el primer tablón, saber que quedaban unos diez más le daba mareos. Miró a su lado y vio a Malfoy sentado, con un libro entre las rodillas y los pies firmes sobre el suelo. Parecía llevar años en esa posición y su estantería estaba evidentemente en perfectas condiciones.
—Pensé que durarías menos.—se burló él con calma—Cinco minutos es todo un logro para tus parámetros.
—¿Me estás diciendo floja?—se ofendió ella, comprendiendo que lo de los cinco minutos era un sarcasmo. Una cosa es que ella fuera consciente de su holgazanería y otra muy distinta era que Malfoy se la restregara en las narices con su voz monótona de anciano. Se cruzó de brazos y le miró fijo. No habían sido cinco minutos, sino cincuenta. Bueno...tal vez veinte minutos.
—Solo digo que el orden no es lo tuyo.—replicó él, aunque Rose vio como una pequeña, pequeñísima, sonrisa se asomaba por sus labios.—Además quedan dos horas. Estoy seguro que puedes terminar el estante en menos que eso.
—¿Me estás desafiando?
—No.
—Sonó como un desafío.
—Déjame leer.
Rose lo miró como si fuera un extraterrestre. Ese chico era más raro que los Scamander, y esos sí que estaban de patio.
—Está bien.—se dijo ella en voz baja, segura de que Malfoy igual la había escuchado.—Está bien.
Pero, a pesar que sabía que debía moverse de su sitio su cuerpo no parecía tan convencido. Malfoy la miraba como si fuera un chiste, mientras trataba de leer esa enciclopedia de quién sabía cuantas páginas. A veces Rose pensaba en él como si fuese un vejestorio, un alma vieja encerrada dentro de un cuerpo de dieciséis. Se quedaron en la misma posición por un largo rato y a Rose se le hizo la eternidad más silenciosa del planeta.
—¿Te quedarás ahí sentada por siempre?—la regañó. Sonaba como su madre cuando le gritaba a su padre por no ordenar los trastes de la cocina.
—Me duele el trasero.
Malfoy la miró como si fuera una babosa, luego enfocó el reloj con sus ojos grisáceos y posteriormente volvió nuevamente su vista a ella.
—Weasley, vamos, si tu no terminas me harán quedarme aquí aún más tiempo.
—Como si no amaras la biblioteca.—rodó los ojos Rose. Su apellido sonaba extraño cuando salía de la boca del muchacho. De un extraño agradable.
—No sabes lo que me gusta.—dijo él, indiferente.
—Si no te gustara la biblioteca no hubieras estado aquí a las cuatro de la madrugada.
Malfoy la miró con rencor, pero no dijo nada. Rose se sintió casi como si hubiera ganado la guerra.
Se quedó tratando de encontrar una forma rápida de solucionar el tema del orden del estante antes de que el horario del castigo hubiera terminado y la bibliotecaria fuera a revisar su progreso. Podría salir corriendo como Juana la loca y dejar a Malfoy solo. Quizá podría decir que ella era la que había ordenado el estante que estaba en perfectas condiciones y hacer que Malfoy pareciera el malo de la película, solo necesitaba un poco de...
—...ayuda—Malfoy estaba diciendo algo y ella estaba tan concentrada en sus planes de escape que no lo había escuchado.
Lo miró como si tuviera un cuerno en la cabeza.
—¿Ah?—le salió más estúpido de lo que le hubiera gustado.
Malfoy entrecerró los ojos.
—Que si necesitas ayuda.—repitió él. Había cerrado el libro y estaba a un pelo de levantarse de su silla. La miraba como se mira a los perritos abandonados.
—No—respondió ella en automático.
—¿Segura?
—Si.
—Cómo quieras.—dijo él, pero aún así se levantó y se dirigió a la zona donde Rose debería estar ordenando: quizá porque sabía que para Rose todo aquello era un suplicio monumental o tal vez porque sabía que ella se negaría a cualquier tipo de ayuda por el orgullo del tamaño de un gigante que tenía metido en un cuerpo tan menudo.
Malfoy caminó hasta que llegó a la mesa donde Rose tenía un montón de libros y se quedó mirándolos como si todo estuviera hecho un completo desastre.
—Si mezclas la be y la ce no lograrás ningún avance.
—Eso aún no estaba organizado.—se quejó, poniéndose de pie. Malfoy siempre parecía querer ayudarla y eso la hacía como una idiota.—Puedo hacerlo sola.
Tomó tantos libros como los que le permitían sus brazos y los ordenó tan rápido como se lo permitía su cerebro. Malfoy sólo la miraba, parado junto a la mesa y sin hacer ningún movimiento. Cuando vio que ella parecía haberle agarrado el ritmo a todo lo de ordenar por más de cinco segundos se sentó nuevamente, esta vez en la mesa que Rose estaba ocupando.
—Aparente eres del tipo que funciona bajo presión.
—Ajá.—se quejó ella. En menos de quince minutos había llegado a la jota y se sentía tan agotada como si hubiera subido y bajado las escaleras todo el día. Se hizo una coleta nuevamente y lo miró de reojo, pero él parecía tan concentrado en mirar un punto fijo de la pared, que ella se vio obligada a seguir trabajando para demostrarle que no era tan inepta.
Se encontraba en la letra ele cuando sintió a Malfoy moverse en forma sospechosa.
—¿Qué?
—Nada—dijo él, aunque parecía estar guardándose un chiste para sí. Luego de ver que Rose no parecía entender la gracia, señaló con voz seria:—Quedan cinco minutos de castigo.
—¿QUÉ?—a Rose prácticamente le vino una crisis de pánico. Estaba exhausta y muerta de hambre y tener que quedarse quién sabía cuánto tiempo más no era precisamente la cosa que más feliz la hiciera en el mundo. Le quedaba demasiado trabajo y le dolía la cabeza.—¡Mierda!
Se puso como histérica a revisar libros y trató de salvar lo máximo de tiempo que tuviera posible, pero era casi en vano. Fue por eso que cuándo la bibliotecaria se levantó y exclamó que era el fin del castigo, seguido de un "¡Revisión!", ella se entregó a Merlin dispuesta a pasar un largo rato extra en la biblioteca.
Cerró los ojos y escuchó pasos. Malfoy murmuró algo que sonó extraño. Los pasos de detuvieron. Se preparó primero para el reto de la bibliotecaria, luego para el sonido que emitiría su voz de pito cuando le dijera que la biblioteca sería su hogar por quién sabía por cuantas horas y posteriormente para la mirada de odio que le dirigía Scorpius Malfoy cuando supiera que ambos seguían retenidos por su culpa.
—Muy bien...Veamos.—Los ojos de Rose seguían cerrados y la bibliotecaria daba vueltas por todos lados.—Todo en perfectas condiciones. Pueden irse, los veo mañana. Espero que este castigo sirva para evitar sus actos...pecaminosos.
Qué demonios. Rose abrió los ojos justo cuando la mujer se alejaba por el pasillo. Su estante estaba tan perfecto que parecía sacado de fotografía, más ordenado que el de Malfoy incluso.
—¡¿Qué diablos?!
Miró a Malfoy buscando una explicación y la encontró en su mano derecha. Su varita estaba afuera y flamante como un arma recién disparada. El muchacho parecía estar teniendo el mejor día de su vida. Rose nunca lo había visto tan contento.
—¡¿Qué rayos?!—exclamó. Estaba al borde de sus cabales.—¡¿Sabías que había un hechizo para ordenar los libros todo este tiempo?!
Malfoy soltó una carcajada. Nunca lo había escuchado reír; era un sonido casi musical.
—Tu también lo sabrías si prestaras atención a Encantamientos.
—¡¿Lo supiste todo este tiempo?!—para Rose el sujeto este era un demente.—¡¿Y aún así hiciste todo tu estante sin ayuda?!
—Claro—dijo él con calma, guardándose la varita y levantándose.—Quería saber que nuevos libros podría pedir de la biblioteca.
—¡¿Y no pudiste decirme el bendito encantamiento?!
—De alguna forma había que llenar las horas de castigo.
Malfoy comenzó la huída. Rose lo vio marcharse por el pasillo de la biblioteca, con sus piernas largas dando pasos amplios y sus pies haciendo poco ruido ante su paso. Cuando se encontraba a mitad de camino, Rose lo escuchó decir algo en voz suave que nunca había pensado escuchar decir a Malfoy a ella ni a nadie:
—Además es muy divertido verte enfadada. Tus mejillas se ponen rojas como un tomate.
—¡Qué te den!
Y lo vio salir por la puerta de la biblioteca.
Espero que les haya gustado!Gracias a Sammy por la palabra de este cap! Sus palabras con D serán felizmente recibidas! Besotes!
