D de Duda
Rose corría tan rápido que ni una escoba de último modelo podría alcanzarla en su marcha. Su corazón latía desaforadamente, casi al borde del colapso, y su cabello, de por sí enredado, estaba húmedo y esponjado al mismo tiempo. La capa negra de la escuela se le caía por los costados mientras que su mochila hacía todo lo que podía por escapar de sus hombros flacuchos; los pasillos estaban tan vacíos y silenciosos como un cripta.
Era tarde, por Merlín. Demasiado tarde.
Su mejor amiga Sarah había tratado, según ella, por todos los medios despertarla, pero aparentemente no había funcionado. Se había perdido el desayuno y el almuerzo porque a su cuerpo no se le había ocurrido mejor idea que quedarse pegado como una babosa a las sábanas de su cama, aunque, siendo justos, tenía sus razones. Debido al castigo que McGonagall les había puesto a Malfoy y a ella de ordenar la biblioteca, y que ambos habían cumplido el día anterior, Rose, no había podido hacer correctamente sus deberes y no encontró nada mejor que quedarse hasta las cuatro de la madrugada analizando un tostador para su clase de estudios muggles.
Demonios. Rose siguió corriendo por el pasillo hasta que sus pies alcanzaron la escalera que llevaba a las mazmorras. Sus zapatos acariciaron los escalones desde el primero hasta el último y, cuando llegó nuevamente al suelo, siguió con su maratónica tarea. Le empezaban a pesar brutalmente las piernas y los brazos de tanto bamboleo. Las mazmorras siempre le habían parecido horribles, pero ahora que las recorría tan velozmente parecían sólo un manchón de piedra feucho. Estaban heladas, como siempre, por lo que con el trote un viento fresco le rozaba el rostro y le secaba el sudor que le cubría la frente.
Se había levantado a toda prisa, colocado calcetines de distinto tono y llevaba la corbata de Gryffindor metida en uno de los bolsillos de la capa. Si un Prefecto la pillaba por algún motivo probablemente le quitarían puntos por presentación personal y ella no los culparía.
Empezó a aminorar la marcha; primero solo un poco y, posteriormente, por completo cuando pudo llegar a la puerta que necesitaba. Era grande y estaba incrustada en la pared de piedra. Evidentemente estaba cerrada y no parecía tener la intención de abrirse por propia voluntad, al menos no de momento. Rose intentó adecentarse un poco, no porque le importara que alguien fuera a verla, sino porque se sentía como un verdadero mamarracho con el cabello como una peluca de los ochenta, la falda tan arriba de la rodilla y la capa tan benditamente arrugada. Se tomó el pelo en una coleta y dejó un par de rizos caer en torno a su rostro, planchó la capa a fricción y por más que intentó arreglar la falda ésta no parecía tener ganas de hacerle caso.
Cuando supo que era imposible arreglar algo más, colocó su mano contra el pomo de la puerta y empujó fuerte. Dentro había un montón de humo revoloteando por el techo y todos miraban hacia al frente haciendo anotaciones por lo que Rose supuso que la materia que vieran ese día formaría parte de las preguntas teóricas que se hacían en el examen mensual
—...repito, ésta es una poción peligrosa.—dijo el profesor Slughorn, un viejo casi petrificado con bigote en forma de manubrio estaba en frente de la clase. Estaba tan arrugado como una pasa y rígido como una tabla. Rose no sabía si estaba demasiado deteriorado o demasiado viejo, pero considerando que ese hombre le había hecho clases a sus padres hacía quién sabía cuánto tiempo ya siendo un anciano, la segunda opción sonaba más lógica. Frente a él había un mesón con tres calderos rellenos de algo, iguales a los que tenía cada mesón de la sala. Rose intentó pasar lo más desapercibida posible, buscando el puesto que solía ocupar con Albus con desesperación—En tiempos pasados sirvió de mucha ayuda para los Mortífagos. La bebían y...¡Señorita Weasley!
Veinticinco pares de ojos la miraron como si fuera la criatura más exótica del mundo entero. Rose sólo atinó a sonreír forzadamente y fingir arrepentimiento.
—Permiso, profesor.
—Eh...Adelante...—respondió el hombre. Rose siguió buscando a Albus; lo vio sentado con una chica de Slytherin muy guapa y baja. Maldito—Siéntate con Zabini. Como decía...¡Ah!...Sí...Se bebía esta poción para que Mortífagos lograran hacerse pasar por miembros de...
Rose vio a Marcus Zabini sentado en un puesto de la tercera fila y se desparramó sobre el asiento a penas llegó a su lado, haciendo que los calderos que estaban en su mesa bailotearan un poco. El muchacho la miró como si fuera una loca, pero ella estaba demasiado concentrada en calmar su pulso cardiaco como para prestarle atención. Cuando su corazón volvió a estar tranquilo, se sentó mejor y sacó su pergamino y su pluma. Slughorn señalaba una poción que burbujeaba como lodo dentro de un caldero de petre, junto a ella había dos más que emitían distintos tipos de vapores.
—...Es muy complicada.—dijo, mientras revolvía el calero y dejaba caer un poco de su líquido. Era espesa y pastosa, con un color terrible similar al barro. Rose analizó el que se encontraba en su mesa y le recordó a la vez que su padre trató de cocinar puré de papas y le habían terminado comiendo un pudin con color similar al excemento—Toma, a manos de un experto, aproximadamente un mes en poder ser realizada. Les saldrían canas verdes antes de poder si quiera tratar de intentar hacerla en una buena racha.—rió. Al ver que a nadie le hacía mucha gracia, continuó parloteando.
Rose miró a Albus desde su posición. Estaba muy sonrojado y no miraba mucho la muestra que Slughorn les mostraba; tenía el cabello desordenado como siempre y los ojos verdes chispeando. La chica a su lado era realmente linda, llevaba en la cabeza un moño, le sonreía mucho y parecía amable. Se sorprendió de ver a su primo con alguien como ella: él era más del estilo de chicas voluptuosas y antipáticas. Mirar tanto tiempo a Albus hizo que Rose se preguntara que, si él estabas entado con aquella muchacha, con quién diablos se había sentado Malfoy.
Para su fortuna, o desgracia, lo encontró sentado dos puestos tras ella en el pasillo contiguo. Compartía mesón con una chica de su misma casa con el pelo muy largo, muy rubio y muy liso que lo miraba cada tres segundos como si fuera el mismísimo Hércules caído del cielo y que evidentemente parecía estar colada de él hasta los pies. De vez en cuando le hablaba de algo y Malfoy le respondía de forma muy tiesa, aparentemente incómodo por la situación. Su siempre perfecto cabello estaba un tanto desordenado por la humedad que había en el ambiente y su pulcra túnica estaba colgada sobre el respaldo de su silla. Tenía sobre la mesa un libro de pociones, que Rose reconoció como el libro de pociones avanzadas por el ancho grosor de la cobertura. La chica rubia junto a Malfoy trataba que dejara de leer y se enfocara en su rostro fino y blusa medio desabrochada. Por alguna razón, Rose, consideró aquella vista un espectáculo nauseabundo y cambió la vista en dirección al profesor lo más rápido posible.
No por ver a alguien coqueteándole a Malfoy, por supuesto, sino por ver como alguien podía buscar la atención de otra por medio de restregarle su carne en la cara.
—...la Poción Multijugos es un verdadero desafío, inclusive para un anciano como yo.—señaló él. Se movió a la izquierda y se quedó mirando el caldero del medio. A diferencia del anterior no burbujeaba asquerosamente sino que emitía espirales color rosa pálido. Slughorn se quedó olisqueando el humo hasta que se dió cuenta que toda la clase lo miraba con un signo de interrogación sobre la cabeza.—Oh...—se excusó. Rose nunca había visto a un hombre tan anciano sonrojado—Supongo que saben qué poción es esta.
—Amortentia.—la voz de Malfoy sonó alta y firme, como una trompeta. La chica a su lado parecía estar tan feliz que lloraría, orgullosa de que él supiera la respuesta. Rose sabía que Malfoy no hacía aportes en ninguna otra clase que no fuera pociones, por lo que escucharlo diciendo el nombre del menjunje tan fuerte y claro no le sorprendió en absoluto—La poción de amor.
—Exacto, señor Malfoy—lo felicitó Slughorn con una sonrisa que lo hacía ver aún más arrugado—Diez puntos para Slytherin. La Amortentia es una de las pociones más peligrosas que se han inventado y, desde el año dos mil, se declaró que su comercialización y producción estaban prohibidas excepto para fines educativos. La Amortentia no provoca el amor verdadero, sólo su ilusión de éste por lo que para mantener sus efectos debe ser ingerida con regularidad. Tiene un aroma diferente para cada uno que lo huela, recordándoles las cosas que más les atrae, incluso si esa persona no conoce la verdadera afición a dicho objeto. Y no, no les enseñaré cómo se realiza. Tarda aproximadamente tres semanas y es todo lo que necesitan saber para su examen teórico final y...
—¿Podemos olerla?—preguntó una chica que estaba un puesto más adelante que Rose y que parecía tan emocionada que podría haber meado su asiento.
Slughorn rodó los ojos como si siempre le hicieran la misma pregunta.
—Claro.
Rose miró a su lado y Marcus Zabini ya tenía la nariz dentro del caldero. Estaba rojo, igual que un tomate, y no parecía tener la intención de salir de allí ni en un millón de años. Por un segundo se dudó a que olería su Amortentia, hasta que recordó que odiaba a todo el mundo, porque todos eran demasiado aburridos, y se le pasó. Zabini sacó la cabeza del agujero del caldero y sus ojos daban vueltas como si estuviera drogado o bajo la influencia de un par de cervezas de mantequilla. El muchacho empezó a abanicarse con la mano para quitarse el sofoco y, al ver que ella lo veía con expresión traumada, le espetó.
—¿Me mirarás todo el día u olerás la poción de una vez por todas?
Ante eso no tuvo más opción que acercar el rostro al brebaje y olisquear como una rata. Para su sorpresa olía a muchas cosas. Demasiadas cosas. Estuvo varios segundos pensando en el olor, con el corazón acelerado y para cuando sacó la cabeza Slughorn ya se encontraba explicando el último caldero, sin que nadie le prestara mucha atención.
El olor daba vueltas por su cabeza de aquí para allá, como un boomerang. Olía a...
—¡...a libros, a regaliz, a tintero y moras!—escucho que decía una voz. Rose se volteó. La chica que estaba junto a Malfoy le relataba todo lo que había sentido dentro del caldero. Ella hubiera añadido el sutil olor a canela y jabón de limón que había tras todos esos olores que la otra describía. También hubiera agregado el olor a hojas viejas y a ropa limpia. Y el olor a lluvia, por supuesto. Malfoy estaba muy tranquilo, serio y quieto. Miró al infinito por dos instantes y luego metió su vista grisácea en el libro de pociones avanzadas que tenía sobre la mesa.—¿Y el tuyo, Scorpius? ¿A que olía en especial?
La muchacha rubia parecía muy interesada. Rose solo fingía mirar a su primo.
—A nada—le respondió frío y con los ojos tan fijos en el libro que parecía que iba a hacer un agujero en la mesa—A nada.
Rose alzó una ceja. Dudaba que esa fuera la verdad.
Yuju! Letra D lista! Gracias a La lectora solitaria por la palabra y a Sammy por sugerir otra que era igual de buena! Gracias tambien a los comentarios del capítulo anterior, favoritos y follows! Los amo! Envíen sus palabritas con E jeje
Besos!
