F de Felicidad
Cualquiera pensaría que la cantidad de libros que había en la biblioteca de Hogwarts era equivalente a la cantidad de granos de arena que había en la playa más caribeña que alguien pueda imaginar, pero para la felicidad, o quizá desgracia, de Rose Weasley aquello no era así. Malfoy era un experto en ordenar libros en orden alfabético y también un santo que siempre la salvaba, con el dichoso hechizo que se negaba a decirle, cuando la momificada bibliotecaria hacía la revisión final, por lo que no tardaron más de un par de semanas en terminar la primera mitad de la biblioteca y a esas alturas, a punto de alcanzar un mes encerrados todas las tardes allí dentro, sólo les quedaba una estantería de la zona oeste por arreglar que probablemente finalizarían aquella tarde.
No es como si le afectara mucho no ver a Malfoy en las tardes otra vez. No hablaban mucho en el castigo, debido a que él estaba demasiado enamorado de los libros como para pensar en otra cosa, y, las veces que Rose había jurado que lo había visto mirándola de reojo, él se hacía en desentendido y enterraba su nariz en tomos de diversos tópicos que se veían de lo más aburridos. No, definitivamente le llenaba de felicidad no volver a ver a Malfoy por un largo tiempo...¿Cierto?
—Rose...
Definitivamente no le importaba.
—Rose...
De igual forma seguiría viéndolo. Albus parecía continuar en campaña de coquetear con su compañera de banca en Historia de la Magia y a ella no le quedaba más remedio que seguir soportando el silencio y la correcta forma de hablar de Malfoy.
—¡Weasley!
Rose pegó un brinco y su trasero se golpeó fuerte contra el asiento de madera del Gran Comedor. Era el almuerzo y todo el mundo hablaba con comida en la boca y haciendo gestos extravagantes. Sarah la miraba con los ojos entrecerrados, mientras ella revolvía su plato una vez más. A lo lejos, la mesa de Slytherin parecía muy animada. Los viernes eran los días en los que Gryffindor y las serpientes salían temprano de clase, lo cual era un alivio para muchos y para otros la perfecta oportunidad de organizar una fiesta clandestina.
—¿Qué demonios te pasa ahora?—Sarah parecía molesta y extrañada a la vez. Estaba en una etapa en la que sólo comía pescado y lo tenía todo desmenuzado en su plato.
Rose se encogió de hombros.
—Nada—respondió, mientras hundía su tenedor en un pedazo de pollo y lo tragaba.
—Estás muy callada—se quejó su amiga. Sus rizos oscuros estaban atrapados en una coleta alta y la miraba negando la cabeza—Rose Weasley nunca está callada.
—Estoy cansada.—suspiró. Y era cierto.— Me quedé hasta las tres de la madrugada haciendo el ensayo de McGonagall.
Los ojos de Sarah se llenaron de extraña compasión.
—Oh.—dijo la morena. Ella era de esas chicas que piensan que el sueño es más importante que cualquier cosa en el universo—Al menos no tendrás que seguir haciendo los deberes hasta tan tarde por una temporada...¿No que hoy terminaban el castigo?
—Supongo.
—Estarás feliz.
—Supongo.
Sarah alzó una ceja.
—Pensaba que los castigos con Malfoy eran lo peor de la tierra.
—Lo son, es un insoportable silencioso.
—¿Dónde está en todo caso?
—¿Qué?
—Malfoy, qué dónde está Malfoy.
Rose sacó la vista de su plato con pollo y miró la mesa de Slytherin. En efecto, la cabeza amarilla del chico no estaba en ninguna parte, aunque ella hubiera jurado que la había visto en algún momento de la comida. Quizá se había sentido mal y había ido a la enfermería o algo por el estilo.
—Quizá fue a terminar el castigo—especuló Sarah, volviendo su vista a su comida como quién no quiere la cosa—Ya sabes...La tarde es libre hoy. Tal vez tenía planes.
La idea de que Malfoy tuviera algún plan que reemplazara su castigo en la biblioteca fue como una puñalada en el estómago que le pegó por sorpresa.
—¿A qué te refieres?—preguntó.
—Bueno...Malfoy es un chico guapo. De seguro ha quedado con alguien.
Oh. Una chica. Quizá había quedado con Ellis Heart y la besaría en alguna parte, o quizá había invitado a alguna muchacha de Slytherin a caminar por los pasillos de Hogwarts. A Rose no le importaba, en absoluto, claro. La felicidad que tenía por acabar el dichoso castigo opacaba todo lo que la rodeaba, por supuesto.
Aún así no pudo evitar sentir un cierto deje de ira. Malfoy se había ido del almuerzo y adelantado el castigo para hacer vida social. Si él podía...¿Por qué no podía hacerlo ella? Si se esmeraba quizá podría terminar antes de la tarde y saldría con Sarah a algún lugar para demostrarle al chico ese que ella también podía hacer cosas. Cosas con personas.
—Me largo.
—¡Pero el postre!—se alarmó su amiga. Rose nunca se perdía un buen pedazo de torta de moras, pero aquella situación era más importante que un golpe de azúcar.
—Nos vemos en la sala común—le dijo mientras se alejaba rápido. Antes de estar demasiado lejos como para que no la escuchara, exclamó:—¡Saldremos cuando termine! ¡Saldremos a hacer cosas!
Y abandonó el Gran Comedor.
Era casi impactante la diferencia que había entre el lugar donde comían y los fríos pasillos de piedra. El Gran Comedor estaba lleno de olores y los pasillos eran inodoros y tan silenciosos como una cripta. Rose caminó dando zancadas fuertes que espantaban a los de primer año, imaginándose todas las formas en las que podría ordenar más rápido los libros y las cosas de vida social que podría hacer con Sarah una vez hubiera terminado, y antes de que pudiera pestañar ya tenía su trasero dentro de la biblioteca.
Estaba silenciosa como siempre y llena de empollones. Rose caminó hacia la última estantería de la zona oeste: por lo general con Malfoy ordenaban de atrás hacia adelante los estantes, pero aquella vez les resultó más cómodo empezar de adelante hacia atrás por un tema de luz.
Rose llegó a famoso estante, tomó la escalera y se subió sin siquiera mirar a nadie o nada que pudiese estar alrededor. Su sorpresa fue mayúscula cuando al tomar el primer tomo se dio cuenta que todo estaba perfectamente ordenado, limpio y en perfecto estado.
—La he ordenado por ti.
La voz de Malfoy casi la hace caer de la escalera. Estaba sentado en la mesa del frente, con un libro gigante sobre la madera, su mochila sobre la mesa y una caja con un juego de ajedrez que parecía estar allí de antes. Se podría decir que llevaba allí un buen rato, a pesar de su cabello perfecto y su corbata anudada lo más pulcramente posible.
—Oh.
Rose bajó rápido y sus pies tocaron el piso. Aparentemente la teoría de Sarah estaba equivocada, o tal vez Malfoy había ordenado lo de ambos para que los dos pudieran liberarse más rápido y así él podría salir con alguien. Rose se quedó detenida un instante, mirándolo fijo. Cuando él vio que ella esperaba que él dijera algo, señaló:
—Pensé que tendrías planes. Es viernes.
—Oh.—repitió. Podría haberse ido rápido; podría haber ido al Gran Comedor a comer pastel de moras. Sin embargo se quedó y se sentó en la misma mesa que Malfoy, con la mochila y la caja de ajedrez sobre la mesa.
Él se extrañó.
—Puedes irte.—recalcó, pensando que ella no había captado el mensaje. La biblioteca rechinaba ante cada paso que pegaba la gente que caminaba dentro de ella.
Rose no sabía muy bien que decir.
—Gracias, supongo.
—No hay de qué.
Incómodo. No sabía si él había ordenado porque realmente tenía un plan con alguien en la tarde o simplemente por amabilidad. Siguió sentada, con los ojos pegados al techo, mientras analizaba los candelabros de cristal y otro que pendían de las vigas de madera superiores. Eran antiquísimos, quizá más viejos incluso que el castillo en sí, y brillaban como si alguien los puliera todo el día.
—Si quieres puedes irte—dijo Malfoy nuevamente—No tienes que quedarte aquí sólo por amabilidad.
Su voz era pastosa.
—¿Ordenaste porque tienes planes en la tarde?—espetó ella.
Malfoy pareció extrañado.
—¿Disculpa?
—Ya sabes...Algún plan. Con alguien; algún chico. Quizá con alguna chica...
—No tengo planes.
—Pero es viernes.
—No tengo planes—repitió seguro.
—Oh.
—¿Tú tienes planes?
—No.
—Oh.
Un calorcillo recorrió la espina dorsal de Rose. Malfoy siguió con su nariz pegada al libro que tenía sobre la mesa, mientras ella se fijaba en el juego de ajedrez que había sobre la mesa. La caja era muy vieja, pero estaba bien tratada a pesar de tener algunas astillas por el paso del tiempo. Abrió el cerrojo plateado y se fijó que todas las piezas estaban completas y en condiciones aceptables.
—¿Quieres jugar?—le preguntó. Malfoy clavó sus ojos en los suyos como si hubiera perdido el sentido común.
—¿Humn?
—Qué si quieres jugar.
—No, gracias.
—Vamos, será divertido.
El chico alzó una rubia ceja.
—No lo creo.
—Soy muy buena. Si temes perder...
—No vas a convencerme.
—Podemos apostar.
—Yo tomo los negros.
Rose sonrió con malicia y ordenó el tablero. Las piezas eran demasiado opacas comparadas con el cristal del candelabro. Malfoy no parecía preocupado en absoluto; de hecho parecía estar en su zona de confort.
—Te advierto que soy muy buena.—cacareó Rose.—Vencía a mi padre cuando era un feto.
Malfoy rió fuerte y claro. El sonido emitido por su garganta era como música de ópera.
—Pasé mucho tiempo sólo en una mansión. Tenía mucho tiempo libre.
—Ajá.
—¿Qué apostaremos entonces?—preguntó el curioso. Rose nunca había visto ese brillo tan extraño en sus ojos: un relámpago de excitación ante la idea de vencer en algo a alguien. Ella lo reconocería en cualquier parte, dado que era demasiado competitiva y se tomaba las cosas muy a pecho. Nunca pensó que Malfoy era de ese tipo.
—Tú primero.
—Si yo gano...—empezó él. Meditó por un instante y luego sonrió levemente.—Anotarás y prestarás atención en Historia de la Magia.
Rose rió.
—Eso es cruel.
—Es justo.
—Si yo gano me dirás cuál es tu tipo.
Él sabía perfectamente a qué se refería.
—Trato hecho.
El juego empezó de una forma muy inocente. Rose se sentía ama y señora de todo lo relacionado con ajedrez, por lo que no le temía a nada de lo que Malfoy pudiera ofrecerle. Pero la cosa empezó a ponerse fea cuando él empezó poco a poco a sacar de su camino piezas importantes del equipo de de ella. Rose no pudo evitar que su corazón se acelerara de forma exagerada y que el sudor empezara a correr bajo sus axilas cuando se dio cuenta que llevaban más de media hora con la cabeza enfocada dentro del tablero y que ella sufría bajas importantes.
Malfoy parecía estar pasándola de lo lindo.
—Jaque Mate.
No había notado que su torre estaba atacando a su rey, ni que éste estaba siendo derribado. Vio como se rompía en mil pedacitos blancos y que Malfoy sonreía como nunca antes lo había visto: de oreja a oreja como un niño de once años.
—He ganado.
—Maldición.
Rose se cruzó de brazos, casi como si estuviera a un pelo de hacer un berrinche. La felicidad de la cara de su contrincante era tan detestable que tuvo ganas de lanzarle el libro que tenía antes sobre la mesa en la cara.
—Tendrás que prestar atención.—le dijo divertido, mientras guardaba el grueso libro en su mochila. Malfoy empezaba a volver a su monótono estado natural, aunque con un mejor humor.—Debo irme, Albus quería que lo ayudara con las prácticas para el partido de Quidditch.
—Adiós.
Por alguna razón aquello de despedirse fue extraño. Por lo general nunca decían nada, simplemente se iban.
—Como sea.—dijo él. Rose lo vio caminar hasta la mitad del pasillo, a paso constante. Cuando llegó hasta cierto punto, lo vio voltearse abruptamente y luego lo escuchó decir, fuera de todo contexto o parámetro:—Sólo sé que aparentemente me encanta el olor a torta de moras y el cabello pelirrojo.
Luego salió de la biblioteca.
Hola! Este capítulo ha sido una fiesta escribirlo! Soy de las que gustan de que los romances empiecen lentitos, porque me encanta sufrir. Espero que les haya gustado! Se nos viene la letra G, recuerden enviar sus palabritas!
Gracias a I'm vale por la palabra del capítulo!
Besotes!
