H de Hielo

Malfoy estaba haciéndole la ley del hielo. Lo había notado apenas había puesto un pelo en el salón de Historia de la Magia y, aunque trataba por todos los medios de fingir que le importaba un rábano, sentía cómo sus entrañas se revolvían cada tres segundos.

Al principio pensaba que estaba prestándole demasiada atención a la clase y que, cuando Binns dejara de parlotear sobre los centauros, Malfoy la miraría con sus ojos fríos y grises y le diría un comentario muy pensado, muy medido y muy correcto. Pero al ver que pasaban los minutos y que la boca recta del muchacho se mantenía tan recta como una escuadra, todo el asunto ese del silencio le empezó a parecer demasiado sospechoso e irritante. Malfoy no la miraba, incluso cuando resoplaba, cosa que ella tenía claro que nunca había sido de su agrado, ni cuando abría o cerraba el tintero. No se dignaba tampoco a decirle que no estaba cumpliendo la apuesta que habían acordado en el partido de ajedrez, a pesar de que era evidente que Rose no tenía ni planeaba en lo más mínimo anotar algo de lo que saliera de la boca del profesor.

Era como si no existiera.

Resopló fuerte por quinta vez. Malfoy miraba tan fijo su pergamino que parecía que trataba de plasmas sus pensamientos en letras escritas telepáticamente.

—Esto es ridículo.—le espetó fuerte, pero al ver que seguía sin hacerle caso, Rose, miró a cualquier otro lado.

No sabía qué diablos había hecho. Dudaba que fuera por el castigo que les habían impuesto por andar deambulando por los pasillos a horas inoportunas, porque, si bien era una sanción no del todo fácil resultaba prácticamente un chiste si se le comparaba con la eterna tarea que había resultado arreglar los libros de la biblioteca. Es decir...¿Qué era hacer una ronda a las ocho de la noche por los tres primeros pisos, comparado con ordenar todos los libros en orden alfabético de uno de los lugares más visitados de Hogwarts? Un juego de niños.

—Ridículo.—repitió Rose.

Malfoy pestañó rápido por un segundo y hundió su pluma en la tinta negra con gracia. Tenía una habilidad extraordinaria para la escritura: todas sus letras y espacios entre palabras eran de igual grosor y ancho, como si en vez de ser hechas por un muchacho fueran esbozadas por una computadora especializada. Tras él se podía ver cómo los árboles empezaban a despedirse de sus hojas y se desnudaban sin pudor ante todo el castillo a la débil luz de la tarde.

Rose bufido medio animal medio humano.

No, definitivamente no era el tema del castigo en sí el que había logrado que el niñato este empezara a hacerle la ley del hielo. Quizá había sido algo que ella había dicho, pero realmente no recordaba haber exclamado o señalado nada fuera de lugar. Lo único que sí tenía pegado en su mente era la voz de Malfoy diciendo la primera grosería que ella le había escuchado decir en toda la historia del mundo cuando había aparecido el gato endemoniado del celador, pero eso bajo todas luces no era culpa suya.

—...muchas personas piensan en los centauros como un pueblo guerrero y agresivo...

Malfoy estaba loco. Esa era la mejor explicación que podía encontrarle al ilógico asunto.

—...y, aunque realmente pueden serlo, por lo general son un pueblo pacífico que...

Y Binns era un amante de los centauros.

Rose se enderezó y sacó su pluma del tintero para empezar a dibujar garabatos de flores. La primera vez que Malfoy le había hablado en clases había sido por eso, quizá si repetía la acción él volvería a parlotearle con su voz de abuelo deprimido.

No lo hizo.

—Esto es infantil.—se quejó.—Igual me verás en el castigo esta noche. No entiendo qué demonios te sucede.

Malfoy siguió tan callado como una estatua. Rose empezó a perder los estribos.

No lo entendía. A veces era muy correcto y serio, pero había días que parecía ser muy feliz y campante con ella. Era obvio que tenía alguna enfermedad rara que hacía que fuera dos personas al mismo tiempo y que le impedía actuar como un ser humano normal y corriente. Los minutos de silencio se transformaron en horas y, para cuando Historia de la Magia estaba por concluir, Rose, había estado tanto tiempo callada que sentía que no recordaba cómo hablar con otro ser por más de un segundo. El reloj sobre la cabeza fantasmal de Binns avanzaba tan lento que una tortuga le ganaría en kilómetros por hora en una carrera cualquiera. Malfoy golpeteaba con su pluma la orilla del tintero sin que ésta se tiñera de negro.

Cuando Binns dijo que podían largarse, justo cuando el timbre resonó fuera del salón, Rose vio como él guardaba sus cosas lo más rápido posible y sin la pulcritud que solía consumirlo un noventa por ciento del tiempo. Arrojó su tintero a la mochila como si fuera una goma de borrar dobló el pergamino de forma descuidada, miró en dirección a Albus, vio que no tenía planes de dejar de coquetear con la chica de Hufflepuff, y luego salió solo caminando tan rápido como le permitían sus largas piernas, ignorando completamente el "Idiota" que Rose le gritó antes de ver su trasero desaparecer de la puerta.

Ella se quedó mirando el hueco por donde había huido Malfoy por un par de segundos y, al notar que Malfoy no tenía la intención de regresar en un futuro cercano, guardó sus cosas en su bolso. Esperó a que Albus dejara de parlotear con su conquista y, justo en el momento exacto que él se disponía a marcharse, dio un brinco, se paró de la silla en la que estaba sentada y lo agarró de un brazo con tanta fuerza que él se desestabilizó.

—¿Qué di...?

—¿Qué demonios le sucede a tu amigo?—le preguntó Rose. Albus tenía el cabello muy desordenado y estaba evidentemente impactado de que su prima lo hubiese detenido con tal brusquedad.

—¿Qué amigo?—reclamó él.

Rose alzó una ceja.

—Malfoy.—soltó medio enfadada. Albus, quién ya estaba confundido, al ver que su prima le preguntaba por el rubio abrió la boca con conmoción.—Ya sabes...Pelo de coliflor, alto como un poste, idiota como nadie...

—Sé quién es.—su primo rodó los ojos y se soltó del agarre de ella. Apoyó su hombro contra la pared del salón y cruzó los brazos.—Lo que no entiendo es que tienes que ver tú con él.

—Está raro.

—Tú igual, Rosie.

—No me digas Rosie.

Albus sonrió de lado al tiempo que enderezaba la mochila en su espalda.

—Como sea.—decretó, poniéndose derecho, mientras se disponía a salir por la puerta.—Y Rose, él es así. Lo que sea que tenga se le pasará, te apuesto que en el próximo bloque lo verás de lo más feliz en los pasillos.

Aunque Rose trató de consolarse con eso, la predicción de su primo no pudo alejarse más de la realidad. Malfoy no estaba en ninguna parte: ni en Pociones, ni en los pasillos, ni en la biblioteca, ni en el baño de hombres. No lo vio en ningún momento del día caminando en la dirección contraria o comiendo pollo en el Gran Comedor y para cuando la hora del castigo llegó, y Rose se encontraba posicionada en la exacta posición indicada, ella dudó que él se presentaría hasta que lo vio llegando diez minutos tarde por el pasillo que venía de la sala común de Slytherin, lo cual era extraño considerando que Malfoy era un fan incondicional de la puntualidad y de las reglas. Mientras más severas mejor.

Malfoy no la esperó para empezar la ronda tampoco. Avanzó en silencio, por el primer piso, con su varita alumbrando todo lo que lo adelantaba y generándole una extraña y alargada sombra que asemejaba a un alienígena. Sus pies no parecían rozar el piso, moviéndose tan rápido como si pisara hielo y se deslizara por el suelo en patines.

—Vas muy rápido.—atinó a decirle.

Él aminoró la marcha, pero no se dignó a mirarla. Y para Rose, que tenía un carácter de perros, aquello fue gota que colmó su diminuto vaso de paciencia.

—¡Demonios, Malfoy!—exclamó. Se quedó quieta y cruzó los brazos. Él siguió avanzando.—¡Eres un estúpido infantil!

Eso hizo que se detuviera y la mirara. No dijo nada, pero Rose vio en sus ojos que no le había agradado mucho la denotación de Infantil siendo que él se consideraba a sí mismo una persona muy madura y muy racional.

—¿Se puede saber qué diablos te sucede?

Malfoy se encogió de hombros y dio media vuelta. Rose corrió lo más rápido que le permitían sus piernas de pollo y se colocó frente a él con el fin de bloquearle el paso. Él era mucho más alto y ancho que ella, pero aún así parecía intimidado y molesto ante esa interrupción. Rose era como una mosca molestosa que evitaba que pudiera disfrutar su postre con tranquilidad.

—¿Me harás la ley del hielo hasta que se te duerma la lengua?—le espetó. Se sentía tentada a pegarle un pequeñísimo puñetazo en el pecho, pero no lo hizo porque en primer lugar no era una persona violenta y en segundo lugar porque sabía que era completa e irremediablemente inútil.

Silencio. Malfoy encontró un hueco que Rose no lograba cubrir con su cuerpo y lo atravesó rápido para segur con su marcha.

—Como quieras.

Lo siguió de lejos. Él alcanzó a subir al segundo piso y continuó inspeccionando por los dos. Metía la nariz por las puertas y si no veía nada sospechoso, las cerraba de golpe y ponía un encantamiento que las bloqueara. Empezaba a hacer frío y los brazos de Rose se convirtieron en una piel de gallina.

El segundo piso no presentó mayor novedad, y el tercero fue un fiasco. El castigo terminó en un santiamén aunque, para Rose, se convirtió en un milenio eterno de silencio, enfado y hambre de pastel de moras. Sólo quería llegar a su sala común lo más rápido posible, tirarse en su cama, ahogar la cabeza en la almohada y gritar como una histérica. Por eso cuando terminaron y llegaron a la escalera que llevaba hacia arriba, donde estaba la sala común de Gryffindor, y hacia abajo, directo a las fauces de la sala común de Slytherin, ella no miró hacia atrás y subió hecha un rayo hacia sus aposentos. No fue hasta que estuvo a un escalón del retrato que notó que había una estúpida presencia tras ella, con olor a libros, jabón de limón y tinta.

—¿Qué rayos quieres?—se lo dijo más agobiada y enfadada que nunca. Malfoy era igualito a una nena caprichosa que espera que la persigan y cuando se da cuenta que no tiene perro que le ladre empieza a arrastrase como una babosa.

Él no dijo nada.

—¿Estás de coña?—le reclamó.—Me persigues por las benditas escaleras y...

—¡Chica esa lengua!—exclamó el retrato de la dama gorda. Parecía muy emocionada de encontrar un chismorreo a esas alturas de la noche.

—Cierre el pico.—se quejó Rose. El retrato no lo tomó de buena gana.

—¡Qué falta de educación!—se quejó con dramatismo, mientras desaparecía enfadada del marco.—¡En mis tiempos...!

La dama gorda desapareció de su cuadro, hacia quién sabía dónde.

Maravilloso, estaba jodida. No podía entrar a la sala común y para más remate se había quedado afuera con un idiota que se empeñaba en hacerla sentir como un bicharraco invisible.

—¡Genial!—refunfuñó.—¡Simplemente genial!

Se desparramó en un escalón con tanta fuerza que le quedó doliendo en trasero. Malfoy seguía mirándola como una idiota a siete escalones de distancia.

—Mira—escupió derrotada.—Si estás molesto por el castigo de hoy, lo lamento. Ya se acabó, no volverá a pasar.

Rose vio como Malfoy arrugaba la nariz.

—No lo entiendes.—su voz sonó fuerte y clara. Se pasó la mano por el cabello y quedó hecho un disparate. Subió un escalón, luego lo bajó y luego retornó a su posición inicial como todo un demente.—Realmente no lo entiendes.

Ella se mantuvo sentada.

—No tengo idea de qué diablos estás hablando.

—No lo entiendes.

—Dije que no tengo idea de qué estás...

—¡No lo entiendes, Weasley!—se quejó él. Estaba hablando muy fuerte para su pausado y controlado tono de voz.—Antes de empezar a hablar contigo yo no era así.

—¿Así cómo?

—¡Así!—Rose pensó que había perdido un tornillo.—Nunca había estado en un castigo, ni huido del celador por los pasillos como un idiota.

—¡Genial!—le respondió ella.—¡Ya no tendrás que hacerlo más! Evitaré hablarte y asunto acabado. Ahora déjame sola.

—¡Sigues sin entenderlo!—reclamó.

—Lo entiendo perfectamente.—dijo ella entre dientes. Sentía que la estaba catalogando de idiota y eso le desagradaba más que nada.—No quieres meterte en más castigos y yo...

—Nunca había estado en un castigo.—repitió él, desesperado. Seguía en el mismo escalón, con las piernas congeladas como si fuera una estatua de hielo.—Nunca pensé que me gustaría tanto ser castigado.

—¿Qué?—por tres segundos, Rose, pensó que el tipo este había perdido la chaveta y estaba considerando meterse al sadomasoquismo o algo por el estilo.—¡Estás demente!

—Pensé que si no te hablaba volvería ser todo como antes. Pensé que podría vivir bajo las reglas, en la tranquilidad y todo eso.—dijo él negando con la cabeza.—Fui un idiota.

—¡Eres un idiota!—le dijo Rose.

Malfoy empezó la retirada. Cuando se encontraba en el último escalón de la escalera, se dio vuelta y declaró con soltura:

—Eres como un torbellino, Weasley. Un torbellino muy bonito.

—¡Vete a diablo!

Era muy tarde. Malfoy ya corría por las escaleras.


Holahola! Gracias a Sandra por darse la lata de dejar un comentario en cada uno de los capítulos! Sammy tiene el derecho de la palabra del capítulo. Gracias a todos los comentarios que recibí del capítulo anterior y los favoritos! Espero que les haya gustado! Nos estamos acercando a...jeje

Hasta la próxima

Cece