Disclaimer. Personajes de propiedad de Jota K.


AQUEL OTRO TIPO DE MAGIA


CAPÍTULO II

Escándalos

Percy Weasley estaba ya acostumbrado a que su secretaria lo estuviera esperando con un te apenas endulzado y con la prensa del día cuando él ingresaba a su oficina en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional a las siete con cuarenta y cinco minutos de la mañana, de lunes a viernes. También estaba acostumbrado a levantarse muy temprano, cuando aún los rayos del sol no se avistaban en lo alto, y a abandonar su despacho muy tarde, cuando en Londres las familias cenaban y los niños se preparaban para dormir. Percy exigía a sus trabajadores un estricto cumplimiento de horario laboral. Por supuesto que lo hacía, pero no eran tan insensible y desalmado como para exigirle a su secretaria, por ejemplo, que asistiera los sábados a las 9 de la mañana o cuando a Percy se le antojara encerrarse en su despacho y trabajar incansablemente. Si. Percy trabajaba los sábados en la mañana, porque tenía tranquilidad y un silencio absoluto que sólo era interrumpido por el sonido de su pluma sobre los pergaminos, aunque se permitía levantarse un poco más tarde de lo que normalmente lo hacía, no usar sus habituales trajes, y procuraba abandonar el Ministerio siempre a la hora de almuerzo y no más tarde, para compartir la tarde del sábado con algunos de sus hermanos y de sus sobrinos, incluso con los maleducados y caprichosos.

Percy revisaba las notificaciones para el remplazo de Jane que habían llegado al Departamento durante la semana, había terminado de anotar en un pergamino los nombres de los interesados y había adjuntado en una carpeta los datos de éstos. Ayer por la tarde había visitado a George en el Callejón Diagón y había elegido, en la tienda que le seguía, una tarjeta de cumpleaños para su sobrino que tenía unas escobas voladoras que se movían al compás de una canción de feliz cumpleaños. Se propuso, luego de finalizar lo anterior, escribir en ella con letra clara y elaborada y aunque tenía perfectamente claro que con lo malcriado que Ginny y su cuñado tenían a James, éste apenas la observaría, la rompería en pedacitos y quedaría relegada a la basura. Percy no tenía idea porque se empeñaba en realizarle regalos costosos y estar al pendiente de lo que a él le gustaría si, al fin y al cabo, se moriría de un ataque cardiaco si en algún momento de su vida llegara a concebir un hijo como él. Sería un castigo divino y quizás era un exagerado; sin embargo, James es su sobrino y Percy agradece infinitamente no tener que irse a casa con él y ver a Harry luchando incansablemente porque lo escuche, porque James no escucha a nadie, ni siquiera a los gritos histéricos de Ginny.

Percy pensaba seriamente que los eventos durante la semana habían sido un éxito. La visita del representante del Ministerio francés a Londres había resultado totalmente exitosa. La exposición de Howard Brown sobre la renovación de las alianzas mágicas entre Gran Bretaña y Francia durante la mañana del miércoles desbordaba de diplomacia y resultaba un pequeño orgullo para Percy. Después de todo, las sugerencias sobre las nuevas aperturas financieras ante la Comunidad Mágica Europea que Percy le había entregado al señor Brown el lunes, eran el resultado de diversos informes, opiniones y encuentros, habían sido incluidas perfectamente en su discurso e, incluso, al referirse a ese tema y entregar la postura del Ministerio de Magia Inglés, Howard Brown lo había apuntado y había señalado que, en una reunión durante un abundante almuerzo y tres copas de vino tinto, Percy Weasley, el jefe de la Oficina de Ley Mágica Internacional, se lo había indicado. Percy no podría haber estado más feliz y estaba seguro que si fuese un hombre menos conservador y más expresivo habría saltado de la alegría en ese preciso momento frente al representante del Ministerio francés, frente al Ministro Shackelbolt, frente a un atónito Howard Brown y frente a un auditórium repleto de magos y brujasangloparlantes.

En la tarde del miércoles había organizado, con la ayuda continua e infalible de Jane, grupos de trabajo ante la perspectiva de un reciente vínculo comercial y económico entre ambos países, el viernes en la mañana el representante del Ministerio francés expuso sus palabras de despedida y Percy dirigió un último grupo de discusión sobre la necesidad de la actualización en ciertos estatutos de la Ley Mágica Internacional y sobre el carácter urgente de la situación para el Ministerio.

Había sido una semana espectacular y ésta terminaría perfectamente el domingo en La Madriguera, con los ojos asombrados de James luego de desenvolver el regalo que Percy le haría, con el aroma embriagante de la tarta de frutillas con crema que su madre habría de preparar para él y repleta, desbordante, de magia. Como las cosas debían ser.

Nada podría haber arruinado su semana. Excepto, claro, la imagen del Director del Departamento de Transportes Mágicos embriagado y discutiendo con su vecino a las once de la noche del viernes durante la celebración de su cumpleaños cuarenta y cuatro, o quizás el desmayo de su mujer, veinte minutos después, cuando se enteró del romance entre su hija de veinte años y el jefe de la Oficina de Trasladores.


Apenas los zapatos bien lustrados de Percy pisaron el jardín de La Madriguera éste supo inmediatamente que aquella sería una tarde desbordante de risas, llantos, baberos en los cuellos de los bebés, mucha comida e incansables sugerencias de Molly Weasley acerca de su preocupante situación sentimental. Su madre no cesaba de reiterarle que debería dedicar más tiempo a conseguirse una mujer y mucho menos tiempo a la redacción de informes; ni siquiera porque aquel día celebraban en familia el octavo cumpleaños de su nieto, su tesorito perfecto.

- ¿No tienes suficientes nietos? – Le decía Percy mientras la rodeaba con su brazo izquierdo y avanzaban hacia el comedor y su madre parecía pequeña refugiándose en su pecho.

- Hijo, nunca son suficientes. Todos tus hermanos han formado sus familias y tienen hijos preciosos. ¿No quieres eso?

- La última vez que revisé, Charlie aún seguía soltero. ¿O es que se casó en secreto durante la última semana en Romania? – Charlie se encontraba en una situación muy similar a la suya. Ciertamente, Percy llevaba una vida tranquila, predecible, alejada del caos y tal como él quería. Perfecta, ante sus ojos. Un completo aburrimiento, de acuerdo a George. Charlie… sobre Charlie no tenía idea que hacia. Recorría Europa hace más de veinte años y había hecho de hogar el mundo entero. ¿Quién sabe si en algún momento aparecía alguna mujer reclamando que Charlie era el padre ausente y desconocido de su hijo?

Molly no respondió absolutamente nada. Tan sólo detuvo su caminar por unos segundos, miró atentamente a su hijo y, en señal de protesta silenciosa porque también con Percy era inútil argumentar a favor de su postura, movió la cabeza de un lado hacia otro.

Percy, por su parte, decidió que lo mejor era desviar, como en tantas otras oportunidades, la conversación hacia otras temáticas. No tenía mucho sentido intentar explicarle a su madre su estilo de vida y sus decisiones. Porque eso era, al fin y al cabo. Sentía que no le hacia falta nada más, que tenia todo lo que siempre había querido y una familia propia, noches en vela, tardes recogiendo los juguetes desparramados sobre la alfombra y niños llorones, agotadores, chillones y demandantes, no encajaban en sus planes. No, sobretodo niños demandantes no. Por supuesto que le gustaba tener tantos sobrinos. En efecto, esperaba con expectación y con ansiedad pertinente y adecuada la pronta llegada de otros más. Le gustaba conversar con ellos, explicarles cosas que nadie más se dedicaba a explicarles, sentar a Albus, por ejemplo, a su lado sobre el sofa frente a la chimenea y explicarle el funcionamiento del universo cuando éste, a sus seis años, le preguntaba 'Tio Percy, ¿las estrellas se apagan?' o permitir que Rose, cabello alborotado y rojo, se encaramara como nadie mas y sólo porque Rose es especial, educada y tan parecida a él, sobre sus piernas mientras le decía 'Tío Percy, ¿quieres jugar conmigo a la peluquería?' y luego permitía que Rose le revolviera el cabello y fingiera que le realizaba un corte de cabello a la moda y Percy, con el cabello igual de alborotado y rojo que ella, se encontraba pidiéndole un beso grande y un abrazo apretado. Esos momentos llenaban a Percy de alegría, pero no significaba que quisiera formar una familia con alguna mujer. Sus hermanos se habían precipitado demasiado, decidió con convicción. ¿Por qué querría casarse si aún era joven y, según su punto de vista, habían cosas en la vida que dejaban mucha más satisfacción? No se había esforzado tanto durante todos estos años para que su trabajo ocupara un segundo lugar. Simplemente, así no funcionaban las cosas.

- Molly, déjalo tranquilo. Percy es un hombre y sabe perfectamente lo que hace o deja de hacer – Arthur Weasley acababa de bajar el último peldaño de la escalera de madera y llevaba en sus brazos a Hugo. Lo único que se veía del niño de seis meses era su gran frente. Percy agradeció en silencio la llegada de su padre, estrechó su mano y le dio un abrazo. Aprovechó, casi sin pensarlo, de acariciar la nariz de Hugo y el bebé sonrió y luego estornudó sobre su mano. Su padre rio espontáneamente y Percy sólo sacó su pañuelo del bolsillo del pantalón para limpiarse la mano y limpiar la nariz del bebé.

Saludó a su hermana y a su cuñada, y el vientre abultado de Ginny y de Fleur le recordó el embarazo de Jane, su secretaria, las entrevistas con los aspirantes al puesto y los más de nueve meses de dolores de cabeza que, estaba seguro, le esperarían, pero obligó a esos pensamientos a abandonar su mente. Disfrutaba su trabajo, pero las cosas debían separarse. Condujo a Molly hacia la cocina y mientras caminaban abrazados casi se tropiezan con el peluche que Rose había dejado tirado luego de que atravesará la sala escapando de Fred. Percy entrecerró los ojos y se repitió una vez más las palabras que se repetía cada domingo durante el almuerzo.

- Al menos no soy yo el que tiene que llevarse a casa a estos niños cada noche.

Molly Weasley reflexionó sus palabras. Por supuesto que creía que su hijo debía dedicarle mayor tiempo a encontrarse una novia y menos tiempo al trabajo, incluso si esa novia llegase a ser una bruja estirada y pomposa del Ministerio. Percy no merecía quedarse sólo y ella necesitaba más nietos. Percy no hablaba en serio. Sabía que en algún momento las cosas se darían a su favor y prefería llegar a la conclusión de que él se tomaría su tiempo y de que, por el momento, simplemente no existía en el mundo una mujer lo suficientemente buena para su hijo.


- ¡Mamá! – Albus se levantó de su asiento exasperadamente y sumamente rápido para sus cinco años y su grito inundó la cocina de La Madriguera – Dile a James que deje de molestarme.

- ¡James! Deja de molestar a tu hermano – dijo Ginny, sin mucha importancia mientras comía un trozo de pavo y a Percy le pareció que su hermana estaba muy acostumbrada y aburrida de esas situaciones.

Percy había devorado gustosamente la carne que su padre había asado en la parrilla. El pastel de papas de su madre resultó exquisito, como de costumbre y porque la comida de su madre era una bendición del cielo, y la torta de cumpleaños que su cuñada Fleur había preparado era una delicia.

- La señorita Dittborn nos dio una tarea para la clase de ciencias naturales, mamá – Rose había levantado su mirada hacia Hermione, sujetaba firmemente el tenedor entre sus dedos pequeños y movía sus piernas que colgaban de la silla – Una señora muy viejita, pero muy viejita, mamá, visitó la escuela y ¿sabes que nos dijo? Nos dijo que ella era una astrónoma y nos habló del cielo. Y luego la señorita Dittborn nos mostró unas fotografías muy grandes y nos dijo que teníamos que escribir un cuento sobre Júpiter.

- ¿Si? Entonces deberás escribirlo pronto – le respondió Hermione mientras limpiaba la boca de Hugo, el más calvo de los sobrinos de Percy, porque se había manchado al comer torta de chocolate. Percy apoyó su espalda en el respaldo de la silla, subió las mangas de su sweatergris, dejó escapar un suspiro de satisfacción y observó, desde su asiento, como Bill conversaba con George, como Dominique y Albus se habían puesto a dibujar y a pintar sobre la mesa de la sala y sonreían a gusto, y como James y Fred intentaban quitarle los lápices de colorear.

- ¡Mamá! ¡James y Freddy me están molestando de nuevo! – Albus alargó más de la cuenta su '¡Mamá!' y a Percy le produjo cierta compasión.

- Y ¿sabes que más, mamá? La señorita Dittborn es muy simpática. Y bonita, como una princesa de cuentos. Y siempre me dice cosas lindas y el otro día me dibujó una estrella en mi cuaderno de ciencias – Percy escuchaba la conversación de Rose mientras Arthur Weasley observaba a su nieta con ojos embobados – Abuelito, ¡a ti te encantaría visitar mi escuela! – Y, entonces Rose soltó su tenedor, olvidó su comida y corrió hasta su abuelo hasta encaramarse a su lado y mirarlo con ojos abiertos como plato - La semana pasada aprendí que son las estrellas fugaces y de qué están hechos los cometas, fuimos al zoológico y dibujé un oso grande, hicimos que un volcán hecho de tierra o algo así botara lava de mentira y aprendí como se suman números para el lado.

Arthur pensó que todo sonaba maravilloso y entonces, y pese a la mirada de reproche de Molly Weasley, no aguantó más y le pidió a Rose, que cuando fuese el lunes por la mañana a su colegio, le pidiese a su profesora si podía explicarle cómo funcionan los teléfonos cebulares.

- Celulares, papá. Teléfonos celulares. – le corrigió Percy.

- Ah, si, si. Eso mismo. ¿Puedes, mi pequeña? – Arthur amplió aún más su sonrisa y a Percy le pareció que se encontraba frente a un niño pequeño. Rose le sonrió y le dijo que si.

Percy sabía que Hermione había decidido que Rose comenzara su educación a temprana edad y que, pese a los reclamos de Ron, quería que sus hijos asistieran a un colegio muggle hasta que recibieran su carta de ingreso a Hogwarts. Todos sabían perfectamente que cuando Hermione decidía algo, Ron debía callar y limitar su participación a comentarios constructivos sino corría el riesgo de quedar relegado al sofá. Por lo mismo, había comentado que había inscrito a Rose en el Colegio Dallington en Islington, porque queda cerca de la casa que, hace poco, habían comprado. Y Rose parecía muy contenta. Demasiado, para el gusto de Percy. Pero si Rose ya se encontraba al tanto de información como la composición de las estrellas fugaces, los cometas y también la ubicación de Júpiter, información que él conoció recién en sus clases de Astronomía en su segundo año en Howgarts, Percy decidió que aquel debía ser un buen colegio y debían impartir una buena educación. Aunque no se imaginaba, sinceramente, como los muggle podían hacer algo como eso.

El tiempo transcurrió velozmente y ya era hora de que James abriera sus regalos de cumpleaños. Luego de tres intentos fallidos, James y Fred habían logrado arrebatarle a Albus y a Dominique sus lápices para colorear. Harry, que durante toda la comida había permanecido en silencio o realizando breves comentarios en alguna conversación, había desorbitado sus ojos como jamás Percy había presenciado, había apoyado sus manos sobre la mesa y, dando un empujón hacia adelante, se había alzado y caminó hacia James firmemente y como todo un padre con la magnánima tarea de educar a un pequeño monstruo y le había dicho que no recibiría ningún regalo si seguía comportándose de esa manera y que se irían inmediatamente a casa y que le pidiera disculpas a su hermano y a Dominique. James, entonces, se disculpó con la cabeza gacha y le dijo a su papá que nunca más lo haría.

Percy se sentó frente a la chimenea y Rose se situó a su lado de un brinco. Molly Weasley le había servido en un plato un trozo de la tarta de frutillas y crema que le había prometido y Percy no dejaba de sentirse a gusto. Ginny le había pasado el regalo de los abuelos, éste había destrozado su envoltorio, dejó los papeles desparramados por el suelo y Percy lo miró con cara de indignación. Luego se preparó para abrir el regalo que Percy le había entregado. Era una caja rectangular y apenas la abrió, de un solo tirón y listo, Percy olvidó por un momento cómo los papeles habían quedado botados sobre la alfombra, porque cuando James descubrió que la escoba en miniatura volaba por todas partes y muy rápido cuando decías quidditch y que tomaba un color dorado cuando decías snitch, su cara de sorpresa y agrado lo dijo todo. Se acercó a él y le dijo 'Gracias, tío' y le dio un abrazo y Percy pensó que había dejado de ser una criatura maleducada por unos instantes.

Rose se acercó un poco más a él y le pidió que la ayudara con su tarea para ciencias naturales.

- Si me ayudas mucho, tío, te querré más que ahora.

¿Cómo podía negarse ante esa petición y con esos ofrecimientos? Entonces Rose comenzó a recordar algunas cosas que la viejita astrónoma le había contado, como por ejemplo, lo del gas gelatinoso. ¿Cómo podría hacer ella para caminar por esa superficie? ¡Tendría que levantar muchísimo las piernas para poder dar otro paso y se hundiría. Le dijo que la semana pasada, cuando papá la había ido a retirar del colegio, habían visto a unos malabaristas en la esquina de uno de los semáforos haciendo malabares muy difíciles sobre unos zancos muy altos, y que en la tarde, cuando su papá la vino a dejar a la casa de los abuelos porque él tenía una reunión en el trabajo, había visto al abuelo desgnomizar el jardín.

- ¡Ya está, tío! – Exclamó Rose. Percy pensó que el vocabulario de su sobrina era impecable para su edad - Voy a escribir un cuento sobre malabaristas de semáforo que se fueron a Jupiter a probar unos zancos nuevos o de unos gnomos de jardín que, cuando desgnomizaron el jardín, los tiraron tan tan alto, llegaron hasta el espacio y cayeron en Jupiter - Percy pensó decirle que eso era imposible, porque él recordaba que Júpiter no tiene una superficie sólida, que era absurdo que unos malabaristas fueran al planeta a probar unos zancos y que era peligroso que la gente no mágica se enterara de la existencia de la magia y del proceso de desgnomización, porque existía un Estatuto del Secreto que todos debían respetar y de que él pensaba que a ella no le gustaría si a su profesora le borraran la memoria por saber cosas que no debía saber, pero se detuvo. La imaginación de su sobrina era tremenda y no sería él quien le quitaría aquello. Rose era sólo una niña de seis años y, además, sabía que en los cuentos todo era posible y que la profesora muggle de Rose ni cuenta se daría que aquello era un asunto de magia. Después de todos, los muggle pensaban que un mago era aquel tipo que sacaba conejos gordos desde el interior de un sombrero de copa.

Nada más ridículo que aquello.


El lunes por la mañana Percy Weasley acudió a su oficina mucho más temprano de lo que normalmente asistía. La semana anterior había madrugado reiteradamente y aquella mañana no había comenzado como lo había planeado. Dentro de sus planes se encontraba darse un respiro muy merecido, permitirse disfrutar un poco más de las sábanas, y llegar al trabajo a la hora que normalmente lo hacía. Sin embargo, apenas la luminosidad del sol ingresó a su habitación, se le notificó que un alto funcionario del Ministerio de Magia francés, el mismo que había llegado a Londres en representación de su Ministerio la semana pasada, aquel que había conversado abiertamente con Percy, realizado diversos grupos de trabajo y con el cual había compartido el almuerzo del miércoles, jueves y viernes, había declarado a la prensa mágica de su país que el vi aje que había realizado a Gran Bretaña había sido un verdadero desperdicio de tiempo y un montón de otras estupideces que a Percy le desfiguraron el rostro. Percy no lo podía creer y se había aparecido lo más pronto que pudo en su oficina, ingresando a ella apresuradamente. Jane lo recibió con una sonrisa nerviosa. Le entregó, con un poco de temor, la prensa del día y Percy se detuvo para contemplar como en la primera plana de El Profeta había una fotografía de Phillip Nevau hablando frente a más de veinte periodistas.

"Phillip Nevau, Secretario del Ministerio de Magia de Francia señaló inmediatamente luego de arribar a París, en una conferencia de prensa improvisada, que las expectativas del máximo gobierno de la comunidad mágica francesa no fueron cumplidas ni satisfechas durante la semana de su estadía en Inglaterra.

'La postura del Ministerio de Magia inglés resulta sumamente intransigente y dejó perfectamente claro que no está dispuesto a establecer nuevas aperturas comerciales con Francia. Al menos no de la manera en que nuestra comunidad espera – declaró Nevau, que permanecía muy confiado en sus palabras – También lamentamos que este viaje diplomático no haya sido tan exitoso como esperábamos. Creemos que hemos hecho todo lo posible para restablecer ciertos acuerdos internacionales, pero Gran Bretaña parece decidida a cerrar sus puertas a nuestra nación'

Los detalles de las reuniones sostenidas durante la semana pasada entre el representante del Ministerio francés y el Director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional, Howard Brown, el jefe de la Oficina de Ley Mágica Internacional, Percy Weasley y el jefe de la Oficina de, Maximus Grey, aún no han sido revelados.

De momento, este periódico no ha podido entrevistar a ninguno de los funcionarios previamente señalados. Sin embargo, se cree que durante la mañana se preparará una conferencia de prensa que anunciará la postura oficial del Ministerio de Magia frente a este conflicto, a estas alturas, internacional."

- Phillip Nevau es un reverendo idiota – murmuró entre dientes Percy y Jane se sobresaltó un poco y le contestó que el señor Brown había citado a todo el Departamento a una reunión urgente. Percy le señaló que inmediatamente debían preparar un comunicado público y que no era necesario que El Profeta lo señalara. Era bastante obvio, después de todo.

Jane aprovechó de recordarle que a las once de ese día comenzarían las entrevistas para los nuevos aspirantes y que todo estaba preparado para que a las tres de la tarde asistiera a la Conferencia. Percy le agradeció cordialmente, se preguntó que como lo haría para entrevistar a cuatro solicitantes, para asistir a esa conferencia tan anhelada e intentar solucionar el conflicto que al estúpido de Phillip Nevau se le había ocurrido armar. No sabía claramente a que jugaba el Ministerio francés. Si era una estrategia política para provocar revuelo internacional lo había logrado, pero a Percy le parecía un sinsentido. Cuando el viernes por la tarde abandonó su oficina pensó que la semana había sido un verdadero éxito, que habían dejado lo suficientemente claro que Gran Bretaña estaba completamente dispuesta a renegociar tratados ya obsoletos y a establecer criterios estandarizados que permitieran mayor cooperación con la comunidad francesa. Por supuesto que habían rechazado su propuesta de que, si abrían otra ruta comercial entre ambas naciones, los dividendos por elementos de exportación e importación debían ser de un 60% para Francia. Claramente, deberían ser equitativas. Eso era lo mejor y lo políticamente correcto. Pero no significaba que se negaban a renegociar otros asuntos. ¿No había él mismo señalado el carácter urgente de la situación para el Ministerio? ¿O había hablado en portugués?

Phillip Nevau, decidió Percy, había llegado con una intención muy clara. Lamentó haber compartido tres almuerzos con él, haber gastado energía y tiempo en conseguir una delegación que lo acompañara en cada paso que diera, haber solicitado el mejor hotel durante su estadía y haber invertido recursos que resultaron innecesarios. Debí a haber anticipado esta situación haber aumentado sus dudas cuando le señaló por carta que no utilizaría la red internacional ni el traslador que se puso a su disposición porque prefería viajar en avión, cuando lo vio ingresar a la sala de reuniones vestido con un traje a lo muggle, con una corbata demasiado brillante para ser considerada de buen gusto, sin túnica, discutiendo de las aperturas comerciales en euros y no en galeones y realizando anotaciones en hojas y en papel, jamás en pergamino. Era un idiota, eso estaba claro.

Por suerte Jane se dedicó a prepararle un te que resultó tan agradable como la tarta de frutillas que comió en la casa de sus padres el día anterior y que intervino en su mañana como una poción tranquilizante y revitalizante que necesitaba con urgencia.

- ¿Está todo bien, Jane? Mañana tiene una cita con su medimago en San Mungo, ¿verdad?

- Si, señor Weasley – le señaló Jane, mientras descansaba sus manos sobre su vientre y lo acariciaba lentamente. – Me he sentido muy bien, por lo que la cita de mañana será sólo una revisión para descartar cualquier problema.

Pese a todo lo que ocurría, con el escándalo que había generado las palabras de Nevau y con el carácter de provocación con la que Máximus Grey había definido su comportamiento, confiaba en las competencias del Ministerio de Magia, de su departamento, de sus colegas y en las propias para solucionar de manera exitosa este conflicto, por lo que resultaba una idiotez, del mismo tamaño de la que había realizado Nevau, ser descortés con su secretaria que no tenía la culpa de lo ocurrido y que, con sus seis meses de embarazo, continuaba tan diligente y eficiente como siempre.

Luego de la reunión inmediata que mantuvo el Departamento de Cooperación Mágica Internacional con sus funcionarios, se emitió un comunicado público que, Máximus Grey, con su encanto, paciencia y perfectos recursos comunicacionales y mediáticos, expresó frente a los periodistas. Percy pudo sentarse frente a su escritorio en su despacho precisamente a las once de la mañana y tuvo diez minutos para disfrutar otro te en el silencio de su oficina hasta que Jane golpeó suavemente su puerta y le señaló que había llegado el primer postulante.

La única manera de definir las tres primeras entrevistas es diciendo que fueron espantosas y le generaron una migraña en el lado derecho de su cabeza. La primera mujer que asistió tenía sesenta y cinco años y, pese a su buena presencia, parecía incapaz de recordar por más de cinco minutos las cosas que Percy le señalaba. Cuando se sentó le dijo que lo más importante en su vida eran sus nietos y que no transaba su tiempo con ellos por nada del mundo. Luego le habían seguido un chico de dieciocho años, recién egresado de Howgarts, incapaz de focalizar su atención, y una mujer de la misma edad de Jane que dejó sumamente claro que el horario de trabajo que Percy Weasley exigía era una exageración y una desconsideración de su parte, y sólo permaneció sentada en su oficina durante tres minutos porque Percy la miró con indignación y le pidió, con cordialidad, que se retirara.

Sin embargo, a medio día ingresó a su oficina el único que parecía haber calificado para el puesto. Un joven de veintitrés años, con experiencia en relaciones públicas, que le había entregado un portafolio impecable con sus antecedentes laborales mientras le señalaba que había trabajado como periodista independiente durante los meses anteriores para El Profeta escribiendo un par de artículos sobre la nueva gestión del Departamento de Cooperación Mágica Internacional, no había insultado a Howard Brown, traía una carta de recomendación destacable, recordaba muy bien las cosas que Percy le señalaba, no había insultado la metodología ni el horario de trabajo que él exigía y, antes de abandonar su despacho, le había señalado que pese a las diplomáticas palabras que Máximus Grey había pronunciado esa mañana, él personalmente pensaba que Phillip Nevau era un estúpido.

Percy le entregó una de sus mejores sonrisas. Era un agrado inmenso conocer personas que pensaban parecido a él.


Nota de la autora: Espero haya gustado. En el próximo capítulo aparecerá Audrey.

Gracias por leer y por comentar :)