Capítulo 4: Jack Frost

No sabía ya qué era lo correcto. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo genuinamente preocupado por algo, por algo que le importara. ¿Cómo podría ayudarla, si no se comprendía a sí mismo?

Un ardor recorrió su cuerpo. El dolor en su pecho no lo ayudaba a pensar con claridad.

El viento estaba helado, no sentía los dedos de los pies y sus manos apenas si podían moverse. Le resultaba irónico que, al final, un espíritu del invierno si podía padecer del frío y congelarse.

"Pero no eres un espíritu del invierno" pensó, recordando el pasado "eres el espíritu de la diversión y de las nevadas. Tú mismo se lo dijiste"

Observó a su alrededor: todo estaba tan blanco y lúgubre como su propio corazón. Los árboles que aún guardaban las hojas del verano, de aquel verano que el invierno invadió cuando no debía, ya empezaban a caer con el viento, para convertir el paisaje en un auténtico bosque helado.

Jack ya no tenía la fuerza para seguir volando, y apenas si podía caminar. Se refugió en una montaña, en la más oscura de sus cavernas a esperar su final. Nadie lo recordaría. Ni siquiera se darían cuenta. Sería tan breve como un respiro, tan corto como un suspiro y olvidado como el viento. Los únicos que llegarían a notarlo serían el resto de los espíritus, y conejo posiblemente haría una fiesta cuando se enterase que no tendría que lidiar con él nunca más. ¿A quién engañaba? Quizá todos harían una fiesta.

Su cuerpo parecía flotar, incluso si él estaba tendido en el frío suelo de la cueva. De seguro así se sentían los humanos cuando sus almas abandonaban sus cuerpos, algo poco usual en los espíritus. Los espíritus estaban para ayudar a los humanos, tanto para vivir plenamente en la tierra como ayudarlos a pasar a la otra vida. Todos tenían un propósito. .. y luego estaba él. ¿Qué había hecho Jack Frost para ayudar a las personas? Jamás hizo nada que no fuera para su propio beneficio, solo jugaba y volaba.

¿Para qué lo habían creado? ¿Qué hacía ahí? ¿Cuál era su propósito? En realidad, nadie lo necesitaba. Nunca lo habían hecho.

"No es verdad" una vocecita resonaba en su cabeza, como el recuerdo de una conversación. "Tú me ayudaste, Jack. Me regresaste mi sonrisa cuando más la necesitaba. De no ser por ti. .." La joven chica le había dedicado la más suave de sus sonrisas al finalizar sus palabras, y él, había creído en ello.

Oh, su dulce Elsa... si tan solo eso fuera verdad. Si tan solo pudiera creerlo ahora, después de todo lo que había pasado. Si su reina lo viera ahora, en aquel lugar tan abandonado y carente de calor, no podría decir lo mismo. La cueva estaba tan fría y dura, que apenas si podía mantener su temperatura balanceada.

-Jack, tus manos son frías como la nieve- le había dicho alguna vez Norte, la primera vez que se conocieron, antes de que él congelara una de las entradas a las chimeneas solo para evitar su paso y entrara a su lista negra por vez primera.

-Siempre son frías. No te preocupes, ya te acostumbrarás- le había respondido despreocupadamente.

-¿No hay calor en tu cuerpo? ¿Absolutamente nada? -

-No siento nada cálido. -

Y ahora que todo su ser buscaba el calor, comprendió que estaba equivocado. Sí había una parte de él caliente, lo único que lo protegía de desvanecer: su corazón. Como un tintineo, rápido y, aunque fuera solo un poco, cálido. E incluso eso estaba apagándose. Sentía como cada pausa entre latido duraba más que la anterior, y como esa pequeña llama se enfriaba bajo cada respiro.

Para un humano, después de la muerte había algo más. Algo que te llevaba a todas partes incluso si nadie más te podía ver, ni sentir. Él tuvo la ocasión de presenciar un alma abandonar su cuerpo, aunque fue solo con ayuda del espíritu de ojos oscuros o, como los humanos lo llamaban, 'La muerte'. Pero cuando le preguntó a dónde iban los espíritus al morir, no pudo responderle. Ni siquiera La muerte en sí comprendía a dónde iban los humanos, menos sabría sobre su propio destino.

Estaba solo, triste y a punto de congelarse, y ni siquiera sabía lo que le esperaba. Más, irónicamente, lo que más lo aterraba, era no saber qué sería de Elsa. No pudo ayudarla y su separación fue tan abrupta que no pudo advertir su condición. Jamás la volvería a ver. Y ella jamás lo recordaría.

Las horas pasaron, sin ningún avance para é no podía moverse del todo y su corazón latía tan lento que a veces se preguntaba si volvería a latir de nuevo. La luz se había perdido hacía bastantes horas, pero él no lo hacía. No entendía bien el porqué, si ya no tenía fuerzas para seguir adelante.

"¿Cuánto tiempo más me queda?" se preguntaba. Y se lo siguió preguntando una y otra vez durante horas, horas y más horas. Cuando la luna le iluminó el rostro por primera vez esa noche, le mandó mil maldiciones.

-¿Así son las cosas?- el odio en su débil voz era tan marcado que le recorría el cuerpo entero- Lo único que me dices es mi nombre, me dejas a la deriva en este mundo que no logra verme y... ¿no tienes la decencia de apresurar mi muerte? ¡¿Qué más quieres de mí? !-

En lo más profundo de su corazón, Frost había albergado una diminuta esperanza, pequeña, pero existente, de que el hombre de la Luna iba a responderle. Sin embargo, lo único que le hizo compañía en esa larga noche fueron sus sollozos y sus lágrimas.

Al siguiente día fue el viento, y el siguiente... su respiración, que ya no le costaba tanto como antes. Las fuerzas comenzaron a aparecer una vez más, y el calor de su corazón se extendió hasta cada rincón de su cuerpo. Pudo mover sus manos de nuevo, y volvió a caminar un día después de ello. Lo único que le dolía en ese momento era su corazón... y no sabía porqué.

Con el tiempo, olvidó qué estaba haciendo ahí en primer lugar y voló hacia donde el viento lo llevara, sin sospechar, que no era la vida lo que se le había arrebatado. .. sino algo más. Algo muy importante.


Cuando dio un salto al vacío, su corazón pegó un brinco. El muchacho se dejó caer, llegó a la mitad del precipicio y se impulsó hacia adelante, sosteniendo su bastón de madera con una mano que parecía ser la fuente de ese extraño poder.

Ella estaba asustada, por lo que se acercó más al chico y se acunó en sus brazos como si no hubiera un mañana, aunque, de vez en cuando se asomaba por los espacios que había entre sus dedos para asegurarse de que no iban a chocar o morir.

El de cabello blanco se rio por lo bajo, aparentemente demasiado entretenido con su reacción.

Si hubieran estado en tierra, Elsa lo habría golpeado o hubiera generado un bufido, más estaban muy alto y no sabía si confiar en él era lo correcto. Claro, seguro era la primera persona en el planeta que no era capaz de confiar en un espíritu, pero si ella no desconfiaba, ¿quién lo haría?

-¿Tienes algún lugar al que quieras ir?- preguntó el muchacho.

"A casa" fue lo que habría querido decirle, más ya no existía tal lugar, no para ella.

Al final, miró en dirección contraria a Arandelle. -Quiero ir al sur.- dijo, más como una orden que una petición, pero Jack no la cuestionó.

-Como lo diga mi reina.-

Cruzaron el lago, volaron con velocidad y sin hablar, aunque el silencio no duró mucho. El chico blanco como la nieve hablaba sin parar de como no había visto una nieve tan hermosa como aquella, y él nunca había creado copos tan ligeros y perfectos como los que Elsa había hecho (aunque no quería hacerlos). Era interesante escucharlo hablar tan interesado en algo que ella siempre había odiado.

Se alejaron tanto del reino que ella pensó que jamás volvería a verlo, más él se detuvo antes de llegar al país vecino. Elsa no podía hablar. Su mente estaba demasiado ocupada observando su reino, Arandelle, desde las alturas. Jamás se había visto tan hermoso como ese día, incluso si no llegaba a ver la ciudad que había abandonado con tanto drama. Las montañas siempre estaban cubiertas de nieve, sin embargo, bajo la luz del sol poniente el blanco de la nieve que las cubría reflejaba tonos naranjas, rojos y amarillos, como nunca los hubiera imaginado. Era una montaña de colores.

El cielo estaba despejado de ese lado, con un azul oscuro relleno de destellos violetas que los invitaba a elevarse más allá de las nubes. Y el de cabello blanco así lo hizo. -Allá arriba te costará respirar- le informó, una de sus manos se acercó a su rostro- así que te guardaré un poco de aire.

Revolvió sus dedos frente a sus ojos, por lo que Elsa tuvo que cerrarlos. No entendía muy bien lo que iba a pasar, y no entendió lo que hizo tampoco pero no lo iba a cuestionar. Hizo chasquear sus dedos y cuando ella abrió los ojos, sentía como si el aire fuera menos pesado. "¿Cuándo me dejó de parecer liviano, para empezar?"

Pero no fue el cambio en su forma de respirar lo que llamó verdaderamente su atención, sino los ojos azules que la miraban con tanta ternura. El chico no parecía ser mayor que ella, quizá un año más, quizá un año menos, pero no mayor de 19. La miraba con tanta inocencia y dulzura que no pudo contener el rojo de sus mejillas. Nunca antes la habían mirado así, como si la atesoraran. Apartó su vista para que no notara lo nerviosa que se sentía, y vivió a recorrer con la vista el hermoso lago plateado que lucía esplendoroso bajo ellos, como seda.

En ese momento, Jack se elevó. Cruzó las nubes como un niño, riendo y observándolas como si se tratara de algodón. Al principio, Elsa se sujetó con fuerza a su cuerpo pero después, cuando él atravesó el blanco húmedo de una nube y empezó a volar en línea recta, relajó su cuerpo y se permitió sentirse segura.

-Abre bien tus ojos alteza, dudo que hayas visto algo así jamás.

Ella le obedeció, y marcó una nota personal para agradecerle luego por el consejo. Lo que se postraba majestuoso frente a sus ojos no era la tierra en la que ella caminaba, no podía serlo... jamás había sido tan... hermosa. Un verde espectacular rodeaba las montañas, que eran recorridas por un río de plata que llegaba hasta la ciudad. El hielo que lo cubría solo ayudaba para hacerle ver el cielo como si fuera un espejo, mientras las casas y castillos del valle llameaban en luces rojas que el sol les propiciaba en su bostezo de día, las aves volaban a su lado, sin detenerse a mirarla.

Hacía frío, era cierto, pero ella viviría con ello si era el precio que debía pagar para ver aquel espectáculo. El muchacho disminuyó su velocidad, sacudió el brazo que tenía su bastón y generó copos de nieve que salpicaron el aire, más no lo hicieron frío. Miles de estrellas de hielo bajaron de las nubes y se incorporaron en el paisaje del atardecer. Elsa tuvo que contener el aire, si lo dejaba escapar quizá perdería el habla. Se sentía conmovida. Llevaba tanto tiempo bajo las paredes del castillo y su recámara que había olvidado lo hermoso que el mundo podía llegar a ser.

Soltó una risita. Todos sus miedos se habían esfumado, por lo que sentía su poder controlarse en su cuerpo. Volvió su atención hacia el chico que la cargaba, se encontró con una mirada azul claro que ya estaba fija en ella y le sonreía.

-¿Cuál es tu nombre? - le preguntó.

El muchacho se detuvo, atravesó una nube y descendió de nuevo, para depositarla de nuevo en el suelo de hielo del castillo que ella misma había creado. ¿En qué momento dio la vuelta de regreso?

Para su sorpresa, incó una pierna en el suelo y la miró, sereno. -Jack- musitó- Jack Frost.