Advertisement: La última vez que revise los derechos de Naruto mi nombre no estaba en la lista. Lo único que medio poseo son mis OC's, y son algo mañosos para seguirme la corriente.


Capítulo 5
Cuestión de Enfoque.


Las cosas no habían mejorado en absoluto. A quería evitarse problemas y lo único que pudo hacer fue darle "espacio" a su mujer, tiempo para que recapacitara, se calmara y estuviera lista para la invasión de Shimogakure. Siempre tuvo planeado llevarla, su apoyo sería importante a la hora de reclamar esas tierras. Los aldeanos verían a la heredera de un antiguo clan apoyada por su marido, un kage, eso bastaría para calmar los ánimos. De ser posible no quería dañar a las personas que ahí habitaban, sobre todo si luego se convertían en sus aliados.

Tres días, fue el tiempo que le tomó tener todo listo. Trató de decirle durante la cena, pero ella se veía especialmente arisca con él. La dejaría dormir, le avisaría temprano. Se despertó de madrugada, el cielo apenas estaba aclarando, la miraba dormir y por primera vez en esos días no sentía que le pudiera lanzar una aguja de hielo al craneo en cualquier momento. Todo podría ir mejor si entendiera las cosas que planeaba, pero era muy necia y testaruda. Nunca imaginó eso de su temperamento, en un principio era calmada y hasta sumisa, de pronto ya no quedaba nada de eso, si podía llevarle la contra en algo lo hacía con total libertad.

—Deja de mirarme... —.

—Tenemos que hab... —.

—No, no tenemos que hacer nada. Duérmete. Ya es suficiente con que ronques... —. Giró para quedar sobre su espalda, sacó la almohada de su cabeza y la puso sobre su rostro.

—Yo no ronco—. No podía recordar que alguién le hubiera dicho que roncara al dormir.

Descubrió su cabeza y lo miró perpleja, levantó una ceja y le preguntó —¿Estás bromeando, no? —la seriedad con la que su marido guardó silencio era sincera. Nadie en su vida se había tomado la molestia de comentarle ese detalle, o quizás nadie durmió tanto tiempo con él como para darse cuenta.—Bueno, ahora lo sabes. Déjame dormir —.

—Shizuka… –.

No logró terminar, o si llegó a decir algo nadie pudo escucharlo gracias a la enorme explosión que aturdió a la aldea. Shizuka se levantó de la cama en un salto al mismo tiempo que A, se miraron uno al otro y luego otra explosión. A fue al ventanal y vio el humo al sur, la columna negra se veía pequeña en comparación a lo que él esperaba, con la estridencia que sonaba era increíble que estuviera tan lejos.

—Maldición— se vistió rápidamente –No salgas de aquí —sentenció. Al cruzar la puerta y comenzar a correr por el pasillo se topó con Ayanami, lista para actuar. Primero debían averiguar que sabían los guardias de esa noche.

Shiuzka se quedó de pie frente a la ventana. El número de columnas iba en aumento, y dentro de ella conocía al hombre detrás de esto. Cinco minutos después estaba lista, era el momento perfecto que había estado esperando, lo tenía levemente calculado. Corrió hasta una puerta menor en el norte, los guardias custodiando se sorprendieron de verla ahí, recibieron ordenes de bloquear la salida y mantenerla vigilada, el fuego estaba en el exterior pero los escuadrones usaban las puertas al sur y oeste para la respuesta.

—Mi esposo quiere que refuercen la segunda puerta —dijo con todo autoritario. Notó como se debatían entre obedecer y no, su puesto era la entrada.—¡Ahora! —gritó. Tres de los cinco hombres salieron disparados, dos más continuaron en su lugar acompañándola. Concentro su chakra en su mano derecha, creando una gruesa capa de hielo, respiró profundo y golpeó primero al que estaba a su izquierda —Lo siento mucho—. El segundo guardia intentó reaccionar pero de igual forma no pudo hacer nada, perdió la conciencia y quedó tendido en el piso.

En verdad se sentía mal, ellos siempre fueron amables. Escuchó gritos y vio otro escuadrón acercarse, sin perder tiempo salió y bloqueó la puerta con una capa de hielo detrás de ella, eso le dio algunos minutos de ventaja. No era rápida para escapar, pero se podría esconder muy bien.

—¡Rápido, destruyan eso! ¡Tú! ¡Busca al Raikage y dile que su esposa escapó! —.

Un grupo de seis shinobis marcharon inmediatamente detrás de Shizuka, le seguían el paso muy rápido. Por su parte, el Raikage permanecía ocupado en el lugar del primer incendio. Se detectaron bombas en veinte metros, algunas ocultas con mucho cuidado que estallaron apenas se acercaron a ellas. La última explosión fue tan sólo un minuto atrás, tenían los oídos un poco aturdidos pero continuaban con el trabajo. Habían capturado a tres ninjas, pero no contaron con las pastillas de cianuro que reventaron en su boca. En un momento los habían perdido.

—¡Sigan buscando! ¡Los quiero con vida! —. A era consciente de que trataban de llamar su atención, pero la aldea quedó cerrada y los puntos de ataque no tenían sentido, sobre todo si se dejaban atrapar.—Revisen bien los cuerpos, busquen cualquier cosa… —ordenó. Comenzó a pensar en un mensaje cuando vio la forma en que eran atrapados los shinobis. Definitivamente se trataba de un reto, y el único interesado en darle problemas era Seito. Quitarle a su prima y llave para reclamar Shimogakure no le había gustado nada. Tenía otra idea en mente que no lo dejaba tranquilo, pero no quería darle importancia, se centraría en el mensaje que ese desquiciado le enviaba.

—¡Raikage-sama! —.

El mensajero llegó ágil hasta A, se inclinó y habló con seguridad.—Señor, su esposa ha salido de la aldea. Mistuki sigue sus pasos además de un escuadrón de seis —.

—Síganla, si llega a la frontera regresen, que Mistuki se encargue —.

—¡Si señor! —.

—Raikage-sama… parece que —.

—Lo sé —interrumpió a su asistente.—Si ella se alía con ese hombre no habrá otra opción —.

—Como dijo, Mistuki tiene ordenes claras, no fallará cuando el momento llegue—. Dejó los incendios a sus subordinados, volvió a la torre con los cuerpos y vigiló la forma en que se revisaban.

Nunca había confiado plenamente en su mujer, después de todo era una extranjera, no tenía ni sentía lealtad por Kumogakure, tampoco por su aldea natal. La vigiló muy de cerca, todo parecía indicar que estaba limpia de la influencia de su primo y su tío, hasta creyó que era demasiado despistada para planear algo. Pero los últimos mensajes que interceptaron parecían claves dirigidas a ella, pistas que le trataban de hacer llegar y ella fingía muy bien, o en verdad no lo sabía. Las dudas se disiparon cuando comenzaron los incendios, después de la primera explosión Shizuka no había reaccionado alterada, parecía estarlo esperando. Y supo que era cierto. Su indiferencia a las noticias, distorsionadas, que le había dado y su fuga eran lo que necesitaba. Luego de un año sacó su autentica personalidad. A pesar de lo mucho que habían investigado y el tiempo que la siguieron ella logró evadir todo. Deliberadamente aceptó su matrimonio para obtener noticias de la aldea, Motoi había confirmado que Seito estableció una "amistad" con Kirigakure, poniendo en peligro a toda la aldea.

Fue demasiado sencillo. Algo andaba mal. Muchas ideas le cruzaban por la mente pero no debía distraerse, en cualquier momento la alcanzarían y la llevarían de regreso. No pensaba volver, no por ahora. Quería ver las tumbas de sus amigos, mostrarles su respeto y despedirse, los quizo tanto que al menos debía hacer eso por ellos. Pero no eran sus recuerdos los únicos que la atormentaban, sus sirvientes habían muerto también. Nunca quizo que eso pasara. Pensó en la mejor forma de esconderse, debía encontrar un lugar conveniente para utilizar sus cristales y esconderse en el hielo hasta que pasara el grupo que la perseguía.

Y así fue. Creó capas de hielo en las hojas de un árbol, lisas y brillantes, que sirvieron como pequeños espejos del exterior, desapareciendo su figura. Los vio correr a toda velocidad discutiendo el rumbo a seguir. Se recostó en la rama donde estaba. Hacía mucho que no se refugiaba en sus cristales, sonrió y se quedó tranquila.

Pasadas varias horas decidió moverse otra vez. Comenzó a caer una suave lluvia y las nubes ocultaban el sol. Optó por un paso que le sirviera bien para acercarse lo más posible al límite del país pero que no la dejara muy exhausta. Trató de no pensar en viejas cosas, pero era inevitable.

En los días nublados se acordaba de su madre, más que cualquier otro día. Parecían momentos tan calmados, como ella. Pasaron muchas cosas, por primera vez en años tomaba el camino a casa, su casa, o lo que quedara de ella. Probablemente ni si quiera la dejarían cruzar la frontera, no por las buenas, pero lo intentaría antes de repartir golpes, o repartiría golpes primero y luego se disculparía. Lo decidiría al llegar.


—¡Eh, Shizuka! ¡Pásame la botella roja! —gritaron al mismo tiempo dos jóvenes delante de ella.

—¡No! Han bebido desde que veníamos en camino. No volverán a beber hasta que nos hayamos ido—. Enojada tomó la botella que le pedían, les sonrió y congeló el recipiente, que luego se destrozó en su mano. Cayeron varios pedazos de liquido congelado a la tierra, esparciéndose.

—¡Eh! ¡Eso fue grosero! ¡Somos tus camaradas! ¡¿Lo olvidaste?! —preguntó el rubio, un poco más bajo que su hermano parado al lado.

—Si, lo sé. Sigamos caminando —dijo. Ambos hombres tenían lagrimas en sus ojos al mirar lo que había sido su última jarra de sake. Lo habían comprado tres pueblos atrás por un gran precio y ahora se habían terminado.

El camino duró otro día más, pero a la mañana siguiente ya se encontraban en las puertas de Shimogakure. La misión fue larga. Seis años afuera habían sido suficientes para servir como dama de compañía y guardia personal de una niña rica del país Helado. Finalmente la niña había quedado en custodia de su padre y pudieron retirarse. No había sido fácil, los atacaron constantemente por el oro que la familia había sacado de sus propias minas. Nunca preguntó más de la cuenta, pero había trabajado como debía e incluso le había tomado cariño a la pequeña. Tanto así que cuando la niña lloró en su despedida ella logró sentir su tristeza. Pero ya era tiempo.

Dos años atrás recibió un informe, su tío había tomado las riendas de su casa y del clan, a pesar de ser el cuarto hijo y no tener talento alguno como shinobi, o poseer el kekkei genkai de la familia. No le dio mucha importancia, nunca fue muy apegada a ese lugar o a las personas de ahí que no fueran su madre y su padre, quienes habían muerto un año antes de salir en misión. Su madre tomaba tranquilamente el té cuando su corazón no pudo más y al fin paró, se recostó en el piso y no volvió a abrir los ojos. Fue un día nublado, pero nunca llovió.

Su padre no tardó en acompañarla. Las cantidades de alcohol que bebía diariamente desde la muerte de su esposa habían aniquilado su pobre hígado, agonizó un mes y terminó muriendo en su cama, rodeado de los sirvientes y su hija.

Los guardias apostados en la entrada la reconocieron de inmediato. Se inclinaron y le dieron la bienvenida. Ella les correspondió llamándolos por sus nombres. Con la espalda recta y la frente en alto pudo ver lo mucho que un lugar cambia cuando ya no se habita en el, cuando las personas que le daban vida se ausentan y nuevas manos las toman para moldearlo a su manera.

Cada sirviente la saludo con respeto. Su niñera aún vivía y tenía la misma expresión de desagrado que tuvo desde que naciera, pero aún así la saludo. Sabía los secretos que esos muros habían tratado de ocultar, a pesar de su desconexión nunca dejó de estar al tanto, siguió los movimientos monetarios supuestamente secretos de su tío, en apoyo a pequeños grupos de mercenarios que atacaban distintas aldeas, incluidas las cinco grandes aldeas ninja. Después de todo su tío se sentía como todo un señor, poseía las tierras de su hermano mayor y el mismo estatus que él en vida, aunque eso le tomó ver morir a dos hermanos más. Llegó a la sala de entrenamiento, donde la recibió el hombre con quien compartía sangre.

—Tío, es un gusto ver que te encuentras bien —dijo, mientras se inclinó en una leve reverencia.

—Igualmente, Shizuka —respondió, mirando fijamente a la joven que tenía frente suyo y que estaba lejos de ser la mocosa voluntariosa que se marchara hacía seis años. Probablemente esta vez si sería útil para legitimar sus intenciones.—Has crecido mucho y te ves saludable, tu padre estaría orgulloso. Eres una joven hermosa —valuó con detenimiento el cuerpo de la chica, una sonrisa de lado emergió en sus labios.—Aunque tu edad para casarte ya pasó hace tiempo. Supongo que por eso regresaste… Tranquila, lo resolveré tan pronto como pueda. Así no tendrás que seguir en ridículas misiones lejos de tu hogar —. Cruzó los brazos sobre su pecho y cerró los ojos, convencido de sus palabras.

—Supones mal. Sólo he venido a recoger unas cosas que pertenecían a mi madre. Las tomaré y me iré luego. Esperan mi reporte en La Central. Gracias por tu interés, pero ahora como la cabeza de Arakawa no es necesario que me busques marido. Soy suficientemente capaz de encontrar uno por mi cuenta, al momento en que lo crea conveniente. Si me disculpas, me voy. Buen día —.

Shizuka se acercó a la puerta, y habría salido pronto de esa casa de no ser por las palabras que escuchó.

—Efectivamente, ahora que ha muerto tu padre y sin más hermanos que hereden, soy la cabeza de la familia. Una familia que tiene peso en las desiciones de La Central, la cual ya fue notificada de tu baja como shinobi. Te casarás. Seito ha estado esperando que regresaras y los preparativos ya están hechos. El próximo mes, cuando el tiempo sea provechoso, serás una mujer casada —sentenció.—Tu habitación está preparada, te aconsejo ir a dormir—. El hombre salió rápido de la sala, antes de que ella pudiera siquiera moverse de su lugar. Sus pies parecían pegados al tatami y cada músculo estaba congelado. No podía ser de esa manera.

Camino despacio y decidida a su cuarto, las cosas que había ido a buscar estarían debajo del tercer tatami a la izquierda, en la esquina de la ventana. Tomaría la bolsa y algo del dinero que su padre escondió para emergencias en el jardín, saldría sin que siquiera se dieran cuenta y para cuando avisaran ya estaría a un día de ventaja al oeste. Levantaba el tatami cuando escuchó la puerta abrirse, se volteó dispuesta a pelear con su kunai en la mano derecha. Pero no era un mercenario o un shinobi sirviente de su tío, era la horrorosa y vieja niñera, entró y cerró la puerta tras de ella, la miraba con sus muertos ojos verdes.

—Por favor no trates de detenerme, no quiero lastimarte— habló, bajó su kunai y regresó a su tarea de sacar la bolsa oculta en el suelo. La vieja se puso tan cerca de ella que apenas las separaba un paso.—Basta, o tendré que... —.

—Vete ahora, niña. Toma esto —le entregó una caja de madera bastante pesada, la misma que su padre había enterrado.—Su tío sabía donde estaba, pero lo cambié de lugar. Sabía que usted volvería, que él la forzaría a casarse con el inútil hijo que tiene—.

—Gracias... supongo— tomó la caja con un poco de desconfianza.—¿Porqué haces...? —.

—Por que su madre fue mi ama. Juré mi lealtad a ella y con ella desapareció. Su preocupación siempre fue la pequeña bestia que tenía por hija, así que, al hacer esto, estoy terminando mi servicio. Cuando la vea dentro de poco no habrá nada que pueda avergonzarme, y estaré en paz. Lárguese, antes de que lleguen los otros— tomó con fuerza el brazo de la joven y la empujo rumbo a la ventana.

—¡Ey, eso duele! ¡Espera!—.

—Hay shinobis en esta casa que no son amigos de la familia, responden al dinero y a la promesa del que debería ser el futuro señor. A pesar de todo lo que trataron de entrenarla aún es una incompetente, no podrá con ellos. Váyase ahora, y no regrese. Por una vez en su vida, trate de no ser estúpida—. La empujó para salir de la ventana con más rudeza de la necesaria y no la perdió de vista mientras se iba.—Niña idiota — dijo en voz baja.

—Vieja idiota —la miró antes de saltar a la copa de un árbol, y de ahí a uno de los muros internos.

Esquivo a los guardias sin mucho problema, pero al saltar por la barda algunas de las monedas cayeron al piso, se detuvo en secó y miró donde los vigilantes estaban postrados, podrían haberla visto fácilmente pero ninguno volteó el rostro, contrario a eso parecían hablar más alto de lo normal y darle la espalda deliberadamente. Todo parecía extrañamente planeado. Algún día, quizás, les agradecería.


Cinco días después estaba agotada del viaje, pero debía apresurarse para llegar esa misma noche. Tan distraída como de costumbre que no notó la sombra pisando sus talones, igual a un cazador pendiente de su presa.

Las horas pasaron, cayó la noche y no podía creer lo que veía. Se quedó helada sobre el techo del viejo edificio. Frente a ella, inamovible y eterna, la mansión Arakawa, sin daño alguno. Los puntos brillantes que circulaban por el perímetro interno y externo le advertían de los guardias que cumplían con su recorrido.—Imposible… ¿Por qué…?—.

A le había mentido. ¿Qué estaba pensando su marido? Comenzó a hiperventilar, se sentía mareada.

—Ren y Kou… —.

Corrió con prisa a otro edificio, era extenso y algo desgastado en el exterior. Llegó a una puerta en el tercer piso, se veía luz por debajo. Tocó con más fuerza de la que quería y esperó, nadie respondía. No perdió más tiempo y caminó por el pasillo.

—¿Shizuka? —.

Era tan familiar esa voz. Su pulso se aceleró de nuevo y se sintió engañada, feliz de volver a escucharlo pero entonces todo perdía el sentido.

—¿Eres tú? ¿Shizuka? —.

Siguió el sonido y lo vio de pie en la puerta de su departamento. Le sonrió inmediatamente aunque ella sólo podía verlo como si fuera un extraño. Se acercó a la puerta, siendo bien recibida por el abrazo abrumador de su excompañero, le estaba hablando pero no entendía lo que decía. Quizás fuera el hambre que tenía o el cansancio, pudo ser también la impresión y los pensamientos de las nocivas intenciones de su esposo para jugar con la situación.

Tuvo que sostenerse de la pared a su derecha para no caer al piso. Respiró hondo y se quedó quieta un momento.

—¡Ey, con cuidado! ¿Qué te pasa? —.

—Nada, estaré bien —.


Apretó los puños con tanta fuerza que marcó sus uñas en la suave piel de su palma. Estaba de muy mal humor.

Las luces en su despacho estaban apagadas, la única luz que llegaba era la que venía de fuera, por las grandes ventanas. Apretaba los dientes, enojado, mientras jugaba con una peineta en su mano izquierda. Miró por un momento el adorno para el cabello, lo arrojó en un cajón y refunfuñó. Esos días fueron estresantes, retrasaron la invasión en cuanto comenzaron a parecer letras en los cuerpos que reunieron, los ataques no pasaron de algunos pequeños incendios que apagaron fácilmente.

Estaba molesto y no entendía porqué. Se quedó unos momentos en silencio y luego empezó su camino.

Llegó a la habitación que conocía bien, en un distrito lejos del suyo, y entró con normalidad. Al interior fue recibido por una mujer. Tenía el cabello rojo y le sonreía de forma lasciva mientras tomaba su mano y lo llevaba al dormitorio.

—Bienvenido, Raikage-sama. Me dejó olvidada tanto tiempo, que cruel—. Lo guió lentamente hasta dejarlo tendido en la cama, subió sobre él y lo besó con entusiasmo.—Debemos celebrar bien este reencuentro —.

A no dijo nada, no estaba de ánimo para las palabrerías. Tomó el control de la situación y descargó el enojo que tenía. La poseyó frenéticamente, irritado y exasperado. Cuando terminó se quedó sentado en la cama con los pies en el piso, miró a la mujer a su lado y la respuesta estaba clara. Era tan simple como eso.

—Vendré mañana —dijo, recuperó su ropa y se fue. Finalmente podría tener su vida como antes. Comenzó a reír por lo bajo, estaba más tranquilo.


N/A: (Grillitos) Cof cof, bueno hay mucho silencio en este fic... en fin, ya lo comencé lo voy a terminar. LOL Gracias a todos los que se dan una pasada y llegan hasta el último capítulo. Si ven algún error o detalle gramático, por favor, háganmelo saber.