Malentendidos

—¿No habéis terminado todavía? —pregunta Rosa entrando en la clase acompañada por Kim, Violeta, Iris y Lysandro.

—Sólo falta el acebo —contesto sacando la pequeña rama de plástico.

—Creo que eso no es acebo, Sucrette —comenta Violeta.

—¿Ah, no? —pregunto mirando la ramita de cerca.

—Entonces no creo que haga falta colocarla en ningún sitio —dice Castiel acercándose y mirando por encima de mi hombro —. Vamos, tírala. Ya hemos acabado.

Violeta hace un puchero.

—Pero es muérdago. ¿Lo vais a tirar?

—¿Mu-Muérdago? —tartamudeo nerviosa.

Un intenso silencio se forma en la clase, interrumpido por una carcajada de Rosa.

—Bueno, Su, sabes la tradición, ¿no? —dice con los ojos brillantes.

De nuevo se hace el silencio, y me sonrojo sin poder evitarlo. Ahora estoy más consciente de Castiel que nunca. Noto el calor de su cuerpo en mi espalda, su olor, su respiración… Noto su vista fija en mi nuca. Seguro que está sonriendo con esa típica petulancia suya. ¡Cómo odio que me ponga tan nerviosa!

—Rosa, acabas de incomodar a todo el mundo con ese comentario —interviene Lysandro mirándola reprobatoriamente.

Echo un vistazo a los demás. Lysandro se ve serio, Iris está de un rojo brillante y Violeta está casi escondida detrás de su bloc de dibujo. Sin embargo, Kim y Rosa parecen divertidas. Y me niego a darme la vuelta para ver la cara de Castiel. Creo que me daría un infarto como mínimo.

—Habla por ti —salta Castiel a mi espalda—. Hey, Su. ¿Quieres que te enseñe lo que se hace con el muérdago?

Yo doy un respingo al escucharlo. Mis mejillas arden como nunca y estoy segura de que los rápidos latidos de mi corazón se pueden escuchar en todo el instituto.

Antes de que alguien diga nada más, el resto de nuestros compañeros empiezan a entrar y a sentarse en sus sitios correspondientes. Aprovechando el alboroto, meto de nuevo el muérdago en la caja y me la llevo de vuelta al sótano, respirando agitadamente y maldiciendo de todas las formas posibles al idiota de Castiel.

Bajo las escaleras al sótano a la vez que Nathaniel las sube.

—¡Nathaniel!

—Hola, Sucrette —me sonríe mientras retrocede para dejarme pasar—. ¿Quieres que te eche una mano?

—No importa, de todas formas no pesa —le digo—. Pero si me esperas para volver a clase te lo agradecería mucho.

—Claro.

Sin perder más el tiempo, suelto la caja junto a las demás, ya vacías.

—¿Qué parte has decorado tú? —le pregunto mientras subimos las escaleras.

—El aula de ciencias —responde haciéndome una seña para que saliera antes que él.

—¿Con Melody?

Nathaniel se sonroja un poco y hace una mueca. Parece incómodo.

—¿A qué viene esa pregunta?

—A nada, ha sido una pregunta normal —le contesto confusa. No sé lo que está pensando para que parezca tan molesto.

Él me mira y se detiene a mitad del pasillo.

—Yo… Yo no sé qué hacer… —me confiesa con voz pastosa evitando mirarme a la cara—. Cuando se me confesó ya le dije que yo no sentía lo mismo… Y no sé… No quiero darle falsas esperanzas o algo, yo…

Suelta todo casi sin respirar, irritado e histérico. Nunca lo había visto así antes.

—¡Hey! —le interrumpo cogiéndolo del brazo y apretándoselo con cariño—. Lo siento, no lo he dicho con esa intención —me disculpo—. Nath, no estás haciendo nada malo. No estás dándole esperanzas ni nada parecido. Estás actuando como un amigo normal con ella, así que no te preocupes, ¿vale? —le sonrío intentando tranquilizarlo.

Él me sonríe de vuelta, pero aún no lo noto muy convencido.

—¿Sabes? Al principio me pasaba lo mismo con Ken —le confieso—. Pero, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a tratarla mal para que deje de fijarse en ti? Eso sería cruel, y peor que eso, te estarías forzando a ser de una forma que no eres.

Él me mira un poco sorprendido, pero después sonríe con normalidad.

—Creo que tienes razón —me dice más animado.

—Claro que la tengo —bromeo intentando disipar un poco el mal momento.

Nathaniel suelta una risa baja. Luego coge mi mano.

—Gracias —susurra dándome un pequeño apretón.

Yo asiento sonriendo, un poco avergonzada.

—Será mejor que entremos —dice soltándome y cabeceando hacia la puerta cerrada del aula, a varios metros de nosotros—. Aunque no haya clase seguro que nos hablan de algo importante.

—Vale —le contesto, aunque en realidad lo dudo mucho.

Cuando estamos frente a la puerta, Nathaniel llama dos veces y la abre. El profesor ya está dentro.

—Con permiso, señor Farrés —dice con calma.

—Ah, señor Nathaniel, señorita Sucrette. Ya me estaba preguntando dónde estaban —nos medio regaña el profesor.

—Lo siento, estábamos llevando las cajas al sótano —contesta Nathaniel sin titubear. Yo lo miro con incredulidad. Nunca pensé que sería capaz de mentir a un profesor de forma tan convincente, aunque sólo sea una media mentira.

—Ah, de acuerdo. Sentaos, por favor.

Obedecemos inmediatamente. Nathaniel se sienta en primera fila y yo paso por su lado para llegar a mi sitio. Le sonrío a Rosa cuando me dejo caer a su lado, pero ella me mira recelosa. ¿Qué mosca le ha picado ahora?

—Bien, ahora que estamos todos, quiero daros las gracias de parte de todos los profesores por ayudar a decorar el instituto. También… eh… —el señor Farrés rebusca en los papeles de su mesa durante un momento—. Ah, sí. Recordad que el viernes se os darán las notas. Aunque hayamos terminado este trimestre, estos días corregiremos los exámenes entre todos y repasaremos lo más importante, así que… eh… bueno, no olvidéis los libros en casa. La directora también me ha pedido que recuerde que quien falte a clase durante esta semana no tendrá derecho a sus notas el viernes —¿Me lo ha parecido o le ha echado un rápido vistazo a Castiel?—. Ya podéis volver a vuestras casas.

Eso era lo que todos estábamos esperando. Rápidamente el alboroto de las conversaciones y el jaleo de los materiales siendo devueltos a las mochilas llenan el ambiente. Rosa es más rápida que yo y me espera de pie a mi lado, todavía con esa mirada en su cara.

—Ya estoy —le digo echándome la mochila al hombro.

Mientras vamos hacia la salida me voy despidiendo de mis compañeros. Cuando paso por el lado de Nathaniel le sonrío.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana —me responde devolviéndome el gesto.

Ya estoy más tranquila, parece que lo que le he dicho lo ha calmado un poco.

Al salir al patio, siento cómo el cambio de temperatura hace que se me ericen los pelos del cuerpo. Desagradada por el frío, intento ir más rápido hacia la salida, pero Rosalya me da un codazo deteniéndose.

—¡Auch! —me quejo—. ¿Qué pasa?

Ella me lleva a un lado, apartándonos del medio, supongo que para no molestar a los demás o para no ser escuchadas. Aunque siendo Rosa me inclino más por lo segundo.

—¿Cómo que qué pasa? —me dice mirándome con el ceño fruncido—. ¿Me puedes explicar qué ha pasado con Nathaniel?

Yo parpadeo sorprendida.

—¿Con Nathaniel?

—Sucrette, has tardado más de diez minutos en volver a clase y cuando lo haces estás con él. Y habéis llegado tarde, ¿lo entiendes? Nathaniel llegando tarde.

—¡Ah! —exclamo cuando lo entiendo—. Espera, ¿tanto tiempo?

—Sí, tanto tiempo —afirma molesta—. Yo pensaba que el que te gustaba era Castiel.

—¡Shhhh! —la silencio tapándole la boca con ambas manos. Instintivamente miro alrededor, ruborizada—. ¡No hables tan alto!

—¿Qué más da? Si ahora el que te gusta es el delegado…

—¡Que no es eso! —exclamo, impaciente. Luego bajo la voz hasta convertirla en un susurro—. Nathaniel me ha contado algo que le estaba molestando y yo le he intentado aconsejar lo mejor que he podido. ¡No ha pasado nada más!

—¿Ah, no? Entonces, ¿todavía te gusta Cas…?

—¡Rosa! —la interrumpo molesta cruzándome de brazos y evitando su mirada—. Vale ya con eso. Además, ¡no creas que se me ha olvidado lo del muérdago!

Ella se echó a reír abiertamente.

—Vamos, sólo quería ayudarte un poco —dice sonriendo—. Eres demasiado tímida. Algún día se lo tendrás que decir, ¿no crees? Y qué mejor forma que con un beso bajo el muérdago.

—¡De ninguna manera! —niego efusivamente—. ¡Además, ni siquiera me gusta tanto! —digo a la desesperada. Ojalá yo misma me lo creyera.

—Sucrette… Tienes una foto suya en tu habitación —me dice con una mirada presuntuosa—. Foto que, por cierto, yo te di.

Me había olvidado de ese pequeño detalle. Por el rabillo del ojo veo a Lysandro acercarse. Le hago una seña a Rosa y nos volvemos hacia él.

—Perdón por interrumpir —dice suavemente—. Sólo quería saber si vas a venir a la tienda —le pregunta a mi amiga.

Unos metros por detrás de Lysandro, veo a Castiel cruzado de brazos. Supongo que estará esperándolo. Durante un momento nuestras miradas se cruzan, y me parece verle hacer una mueca de desagrado. ¿Me lo he imaginado? Sigo fijándome para comprobarlo, pero él no vuelve a mirar en mi dirección.

—Hey, Su, ¿me estás escuchando?

—¿Eh? —me giro hacia Rosalya, que levanta la ceja frustrada.

—Te decía que me voy con Lysandro. Hoy ayudo a Leigh con la tienda.

—Ah, vale —le contesto, mirando de reojo a Castiel de nuevo.

—Parece estar molesto —oigo decir a Lysandro.

—¿Eh? ¿Quién? —pregunto disimuladamente.

Lysandro sonríe.

—Castiel. Y creo que quiere hablar contigo.

Súbitamente, mis nervios hacen de las suyas.

—¿Ha-hablar? ¿Hablar de qué?

—Creo que eso tendrás que preguntárselo a él —me dice. Luego se vuelve hacia Rosalya—. ¿Nos vamos?

—¡Sí! —asiente empezando a caminar hacia la salida—. ¡Hasta mañana, Su!

—Hasta mañana, Sucrette. Castiel —se despide Lysandro siguiendo el camino de Rosa.

—Hasta mañana… —respondo con una voz dos octavas más grave de lo normal.

Lentamente vuelvo la cabeza hacia Castiel. Me está mirando molesto. Trago saliva, acercándome a él.

—¿Qué te pasa? Parece que te has tragado un limón —intento bromear.

—No es precisamente un limón lo que tengo atravesado —dice mirándome serio.

—¿Te refieres a mí? —pregunto expectante.

—Anda, mira. Tienes algo de cerebro después de todo —dice cada vez más molesto.

—¿Me puedes decir qué he hecho para que estés así? —le pregunto empezando a incomodarme.

—¡Si no lo sabes, no pienso decírtelo! —exclama alzando la voz.

—Pero… Yo no… —balbuceo intentando deducir lo que le ha incomodado.

—¡No pongas esa cara de estúpida! Está claro que no quieres acordarte, ¡ja! Muy conveniente.

Durante un momento no sé qué decir ni que pensar. Si es porque me fui cuando hizo el comentario del muérdago, de verdad creo que está sobreactuando. Pero, ¿es eso lo que le ha puesto de mal humor? A veces no lo entiendo, es tan voluble y cabezota…

—Pues si no tienes nada que decir, me voy a casa —le espeto, dándole la espalda y andando hacia la salida—. Tranquilízate y cuando quieras decirme lo que te molesta, entonces hablamos.

—¡Oye! —grita, llamándome. Pero antes de que pueda decir otra cosa, me voy corriendo a coger el autobús.

Irritada y confusa, entro en casa diez minutos más tarde. Sin ganas de darle más vueltas a lo de Castiel, dejo mi mochila en mi cuarto y bajo al salón. Mis padres están allí, con todas las cajas de adornos desperdigadas por el suelo. Eso me recuerda a esta misma mañana, cuando Castiel y yo decorábamos la clase mientras hablábamos. Será idiota, él y sus cabreos.

—Vaya, cariño —mi madre interrumpe mis pensamientos—. Has llegado temprano. Sé que te dije que no llegases tarde, pero no me refería a que te saltaras una hora de clases —dice comprobando su reloj de muñeca.

—Hemos salido antes. Hoy apenas hemos hecho nada —explico sin muchas ganas.

—¿Eso está bien? —pregunta mi padre desde el sofá, mirándome por encima del periódico—. Sé que este viernes os dan las vacaciones, pero eso de no dar clase…

—Oh, eso tan sólo ha sido hoy. El resto de la semana vamos a repasar lo que hemos dado durante el trimestre —lo tranquilizo.

Mi padre y sus siempre estrictos pensamientos.

—Bien, me alegro —sonríe, volviendo de nuevo la vista hacia el periódico.

Mi madre me hace un gesto señalando el árbol de plástico todavía en su caja. Algo más animada, empiezo a montarlo con ella mientras hablamos de cosas triviales.

—¿Qué habéis hecho hoy en el instituto entonces? —pregunta mi madre enderezando algunas ramas.

—No mucho —le contesto haciendo lo mismo por mi lado—. Hemos decorado el instituto. Ah, y hemos sorteado el amigo invisible.

Eso me recuerda que por ahora mi misión de saber quién me regala va peor que los empeños de Alexy por llevar a su hermano de compras.

—¡Oh, eso es divertido! —mi madre parece ilusionada—. ¿Quién te ha tocado?

—Rosalya.

—¡Vaya, has tenido suerte de que te haya tocado una amiga cercana! ¿Sabes ya qué le vas a regalar?

—Ni idea —niego.

—Bueno, seguro que se te ocurre algo —me tranquiliza mi madre.

—Eso espero.

—Ya verás que sí. —me tranquiliza con una sonrisa. Luego se vuelve hacia mi padre, con una mueca de disgusto—. Cariño, deja de leer tus noticias y ven a ayudarnos.

Mi padre la mira de reojo. Por su ceja alzada, sé que está evaluando la situación. Contengo una carcajada cuando, finalmente, cierra el periódico y lo deja a un lado. Debe haber visto el aura amenazante de mi madre.

—¡Bien! —Salta mi madre dando una palmada—. ¡Vamos a por ello!

Estoy cansadísima. He pasado la tarde con mis padres así que he podido olvidarme un poco de todo lo que ha pasado en el instituto, pero ahora no dejo de dar vueltas en la cama recordando todo lo que ha pasado durante el día. Desesperada, intento ordenar las ideas en mi cabeza pensando en lo que debería hacer mañana.

Primero me gustaría hablar con Alexy para saber si están bien las cosas con Kentin. Este Kentin… Mira que no darse cuenta de lo que Alexy siente por él… Después está el asunto de Nathaniel. Supongo que estará resuelto, pero no pierdo nada con preguntarle mañana; así también podré intentar averiguar su amigo invisible y mato dos pájaros de un tiro. Y por último, Castiel; estoy perdida. A lo mejor no debería haberme ido de esa forma, pero no puede esperar que vaya detrás de él preguntándole una y otra vez por qué está disgustado… O tal vez debería haber insistido un poco más…

Me acomodo boca abajo por quinceava vez en lo que va de noche y cierro los ojos fuertemente, esperando que eso me ayude a conciliar el sueño más rápido. El problema es que no lo hace.

¡Aquí el tercero! No me ha dejado del todo satisfecha, pero bueno, a ver si tengo un poco más de inspiración para el siguiente.

fuckthehopes: Tranquila, puede que tarde en subir los capítulos, pero tengo toda la intención de terminarla ya que va a ser cortita. Sobre lo de Kentin... Sinceramente, no sé si avanzar con ese tema o dejarlo a la imaginación. Hablando claro, soy fan de la pareja Kentin/Alexy aunque sea non-canon, pero no sé si a las que leéis el fic os gustará. Seguramente dejaré a Kentin tan hetero como su creadora quiso, y escribiré otro fic donde saque a relucir el seme dominante que muchas deseamos que lleve dentro xD. A mí Ámber me irrita jajaja no puede ser agradable ni aunque le paguen. Ya se llevará sus guantazos emocionales muajaja. ¡Espero que te siga gustando tanto como antes y gracias por dejarme tucomentario!

yuckari: Todo de Kentin es adorable... Tengo el sueño de que algún día ChiNoMiko nos lo deje ver de nuevo con sus gafas (L) Muchísimas gracias por molestarte en comentar, espero verte también en este capi :)

¡Besazos de caramelo!