Fiebre

En lo primero que pienso cuando soy capaz de razonar es en Alexy. Oh, Dios mío, Alexy. ¿Cómo voy a ser capaz de contarle esto? Siento una opresión en el pecho tan sólo de imaginarlo. Subo las escaleras despacio, abrazándome a mí misma. Me están dando escalofríos.

Cuando llego arriba no me atrevo a salir. Al alargar la mano para coger el picaporte me doy cuenta algo sorprendida de que me tiemblan las manos. Miro la hora en mi reloj. La clase de lengua ha empezado hace quince minutos. Si voy ahora lo más seguro es que me llamen la atención, pero no tengo otra alternativa.

Salgo del sótano intentando hacer el menor ruido posible, por si la directora está por aquí. Ahora que he conseguido calmarme un poco noto también las rodillas flojas. Supongo que será por los nervios.

Me dirijo al pasillo arrastrando los pies. ¿Qué excusa puedo dar? ¿Me he perdido más de un cuarto de hora de clase porque mi amigo se me ha confesado y yo todavía estoy sufriendo los efectos secundarios producidos por el shock?

Sí, muy convincente. Y digno de un manga shoujo, también.

—¿Sucrette? ¿Qué haces aquí?

Es Nathaniel.

—Yo… Eh… ¿Y tú? —balbuceo nerviosa. Todavía no he conseguido pensar un motivo lo suficientemente creíble.

—Acabo de terminar un encargo para la directora. Y no cambies de tema. No es muy propio de ti saltarte las clases —me reprocha y se cruza de brazos esperando una explicación.

—Es que… yo estaba…

La cabeza me da vueltas…

—¿Sucrette?

Tengo que inventarme algo…

—Sucrette, ¿qué pasa?

Estoy empezando a ver borroso…

—¡Sucrette!

Cuando me doy cuenta, Nathaniel me tiene cogida por la cintura y está apoyando todo mi peso contra sí mismo. Siento el cuerpo entumecido.

—¿Qué ha pasado? —pregunto intentando sostenerme por mí misma.

Él no me deja ir y coloca su mano sobre mi frente.

—¡Por Dios, Sucrette! ¡Estás ardiendo! —suelta.

—¿Fi-fiebre? —pregunto pasmada.

—Pero, ¿cómo no te has dado cuenta antes? —Reclama—. Voy a llevarte a la enfermería.

Sin darme tiempo a protestar, pone mi brazo alrededor de sus hombros y fija su agarre en mi cintura.

—Apóyate en mí si lo necesitas —me ofrece.

Él siempre tan servicial.

—Gracias —consigo decir, sonriendo.

—No me las des, es lo mínimo que puedo hacer.

La enfermera despeja una cama en cuanto ve a Nathaniel sujetándome. Él le explica la situación mientras ella me ayuda a acostarme y me pone el termómetro bajo el brazo. Treinta y siete con nueve grados centígrados. Genial, lo que me faltaba.

—¿Tienes escalofríos? ¿Dolor de cabeza?—me pregunta la enfermera al ver la cifra.

—Un poco… —confesé.

—¿Dolor de garganta o náuseas?

—No.

—¿Tos, estornudos?

—Tampoco —contesté negando débilmente con la cabeza.

—Bien, te daré un antibiótico y será mejor que descanses aquí hasta que te baje un poco la temperatura —concluye mientras rebusca en un armario—. Tan sólo es una pequeña fiebre. A lo mejor es que has cogido algo de frío. Si descansas bien mañana estarás recuperada.

Me tiende una pastilla y un vaso de agua. Me incorporo para tomarme la pastilla y veo a la enfermera darle un papel a Nathaniel.

—Dale esto a vuestro profesor. Es el justificante de la señorita Sucrette, también para las siguientes clases —explica—. No creo que le baje lo suficiente la fiebre para reincorporarse hoy.

—De acuerdo, me encargaré de informarles —asiente Nathaniel serio. Luego se vuelve hacia mí y al verme incorporada, se despide.

—Mejórate, Su —me desea con una sonrisa—. Vendré a ver cómo estás después de clase y te traeré tus cosas.

Yo asiento, también sonriendo. Aunque al momento me arrepiento porque parece que me han dado un martillazo en el cerebro.

—Gracias por todo, Nath.

Él me saluda antes de salir y cuando cierra la puerta me vuelvo a echar en la cama dando un suspiro. La enfermera me pone en la frente una toalla fría mientras me aconseja dormir hasta que acaben las clases. Y eso hago. Con el dolor de cabeza y el edredón de color blanco impecable por encima no tardo en coger el sueño.

Hay alguien hablando. Son varias voces. Me cuesta abrir los ojos, y mi mente todavía está un poco dispersa.

—Deberíamos dejarla dormir un poco más.

—Pero, ¿cómo va a quedarse aquí sola?

—Yo tengo que hacer un poco de papeleo antes de irme. Puedo despertarla cuando termine y acompañarla a casa.

—¿Y se puede saber por qué tendrías que acompañarla tú?

—Castiel… No armes una escena, por favor. Sucrette está descansando.

—Porque a una persona enferma hay que tratarla con cuidado y tranquilidad. Y salta a la vista que tú careces de esas cualidades.

Finalmente abro los ojos. Una fina cortina blanca aísla mi cama del resto de la enfermería, así que no puedo ver quién está al otro lado; pero reconozco las voces.

—¡¿Quieres ver con qué cuidado y tranquilidad te hago escupir los dientes?!

Alarmada por la inminente pelea entre los que al cien por cien seguro son Nathaniel y Castiel, me incorporo en la cama rápidamente. Sin embargo, supongo que por el movimiento tan repentino, me entra un mareo y empiezo a ver estrellitas.

—¡Vale ya! ¡Fuera de aquí los dos! —oigo que dice Rosa, imponiéndose.

—¿Rosa? —la llamo ya medio recuperada del mareo.

Escucho un grito ahogado y en un instante Rosa atraviesa las cortinas.

—¡Sucrette! ¿Estás mejor?

Durante un segundo hago un balance de mi cuerpo.

—La verdad es que sí —le contesto finalmente—. Todavía me siento un poco pesada, pero estoy mucho mejor.

—Sucrette —oigo que me llama Lysandro desde detrás de la cortina—. ¿Estás visible? ¿Podemos entrar?

Yo salgo de la cama antes de que Rosa pueda protestar y abro las cortinas dejando pasar a los tres chicos, evitando mirar a Castiel directamente.

—¿No deberías estar en la cama reposando? —me regaña Lysandro.

—Eso digo yo —dice Rosa empujándome hacia la cama de nuevo.

—¡Pero si ya estoy mejor! —protesto mientras me siento en la cama de nuevo, esta vez con los pies colgando por el lateral—. ¿Y cómo os habéis enterado todos de que estaba aquí?

Miro a Nathaniel, que se sonroja avergonzado.

—Le pregunté yo cuando fue a recoger tus cosas. Y yo avisé a esos dos —señala a Castiel y Lysandro, y yo hago lo posible para no mirar hacia ellos.

—¿Lo sabe alguien más?

—No.

Doy un sonoro suspiro de alivio.

—Yo… Siento haberlo dicho, pensé… —se disculpa Nathaniel.

—No pasa nada —le tranquilizo—. Me alegra que lo hayas hecho.

Él me sonríe y rebusca en su mochila. Luego saca unas hojas unidas por un clip y me las tiende.

—Les he hecho fotocopias a mis apuntes de hoy —me explica al ver mi cara de desconcierto.

—¡Oh! ¡Gracias!

Rosalya alcanza mi mochila del suelo y la sube a la cama para que pueda meter en ella los apuntes.

—Bueno, ¿nos podemos ir?

Castiel, tan impaciente como siempre. Yo suspiro mientras me levanto. Me está volviendo el dolor de cabeza otra vez.

—¡Espera un momento! ¿Y si se encuentra mal? —salta Nathaniel enfrentándolo.

—¡Pues por eso mismo debería volver a su casa y descansar allí!

—¿Y qué pasa si se marea por el camino?

—No pasará nada porque voy a acompañarla yo a su casa.

Giro la cabeza hacia Castiel tan rápido que me hago daño en el cuello. Sus palabras me retumban en los oídos. Una alegría nerviosa me recorre el cuerpo y sonrío sin poder evitarlo.

—¿Me vas a acompañar? Entonces, ¿ya no estás molesto? —me regodeo.

Pero mi regocijo dura poco. Él se yergue y viene hacia mí, acercándose cada vez más. Inconscientemente cuento los pasos que da mientras me acorrala contra la cama. Cuatro. Cinco si contamos el pequeño para pegarse aún más.

—¿Qué haces?

Escucho de fondo a Nathaniel, pero no presto atención. Siento mi respiración cada vez más rápida. Abro mucho los ojos, expectante. Está muy cerca, ¿qué pretende hacer? Justo en ese momento él empieza a inclinarse despacio hacia abajo, muy serio y con sus ojos pendientes de los míos en todo momento. No parpadea.

Noto mi cara cada vez más caliente y siento mariposas descontroladas en el estómago. ¿No irá a…? ¿Y delante de…? Pero él se sigue inclinando y yo ya no puedo pensar.

Cuando pienso que va a unir sus labios con los míos, se desvía hacia un lado y pasa su cabeza por encima de mi hombro. Antes de poder reaccionar, él se aparta con mi mochila en la mano y una sonrisa engreída en la cara. Yo me quedo en blanco mirando cómo se aleja con mi maleta al hombro. ¡¿Ha montado esto para coger la mochila de la cama?!

Avergonzada, miro de reojo a Lysandro y a Nathaniel. Se les ve un poco incómodos, al contrario de Rosa, que me observa con una sonrisa satisfecha. Nos envuelve un silencio incómodo hasta que me sobresalta la voz de Castiel.

—¡Hey! ¡Espabila, que no tengo todo el día!

—¡Sí! —le respondo automáticamente.

Salgo de la enfermería seguida por los demás, no sin antes ponerme el abrigo y cerrarme los botones a cal y canto. Nathaniel aprovecha y se despide.

—Mejórate —me desea sonriendo—. Si no tuviera que hacer tanto papeleo te acompañaría yo mismo.

—Que te lo has creído —bufa Castiel a mis espaldas.

Tensa, veo como al rubio le empiezan a temblar las manos y la ceja se le alza repetidamente en un tic.

—Lo sé —le digo ignorando deliberadamente el comentario de Castiel—. Muchas gracias por todo lo de hoy.

—De nada, pero no hace falta que me las des. Ya te lo dije.

—Y tú estás… ¿bien? —le pregunto alzando las cejas.

Él entiende enseguida a lo que me refiero.

—Sí, no te preocupes. Si quieres ya hablaremos con más calma. Cuídate.

Me da un apretón en el brazo y luego, tras despedirse de Rosa y Lysandro con un movimiento de cabeza, se marcha hacia el aula de delegados.

Los demás nos vamos hacia la salida, un poco lento porque todavía me siento algo débil.

—¿Vais a coger el autobús? —nos pregunta Lysandro a Castiel y a mí.

—No creo que sea buena idea —contesta Rosa por nosotros—. Los autobuses se mueven mucho, Sucrette se podría marear.

Pensándolo bien, tiene razón. Aunque ir hacia mi casa con este frío no es que me entusiasme mucho.

—Iremos andando entonces —concluye Castiel a mi lado.

Los cuatro salimos del instituto y caminamos en dirección al parque. Tengo a los dos chicos a mi lado, pero no es suficiente para mantener a raya el viento frío.

—Oye, ¿y tú cuándo has llegado? —indago volviéndome hacia Castiel recordando su asiento vacío.

—En el recreo —contesta aburrido—. ¿Por qué?

—N-no sé, como esta mañana no estabas… Sólo era curiosidad —respondo inquieta.

De repente pego un brinco al sentir su cálido aliento en mi oído.

—He tenido que encargarme de varias cosas… ¿Me has echado de menos? —me susurra.

—¡Y-yo…!

—Tú acortas por el parque, ¿no, Su? —interrumpe Rosa. Creo que ni siquiera se ha dado cuenta de que me acaba de salvar la vida.

—Sí —asiento a mi amiga y suspiro aliviada.

—Bueno, entonces nos vemos mañana. Mejórate —me desea dándome un leve abrazo.

—Hasta mañana —me despido—. Gracias a los dos.

—No tardes tanto, los vas a ver mañana —protesta Castiel entrando en el parque.

Suspiro, les saludo por última vez con la mano y sigo los pasos del señor malhumorado. Una corriente de aire helado hace que me cruce de brazos intentando mantener el calor.

—¿M-me vas a decir l-lo que te p-pasa? —le pregunto en cuanto llego a su lado.

—¿No estabas demasiado débil para hablar? —se burla oyéndome tiritar.

—R-responder a una pregunta con otra es de m-maleducados… y de idiotas.

Castiel suelta una carcajada.

—¿La niña buena me está llamando idiota a mí? Por lo visto tienes ganas de guerra bajo todo ese frío. Quién lo diría, después de que ayer huiste como una cobarde.

—¡¿Cobarde?! —gruño molesta—. ¡Yo no soy una cobarde! ¡Siento haberme ido así ayer, pero cuando estás de mal humor no eres la persona más fácil de aguantar!

Él se para y me mira encarándome. Ya estamos casi fuera del parque, y doy gracias de que no haya gente por aquí.

—¡Nadie te ha pedido que me aguantes! —replica enfadado.

—¡Es cierto! ¡Lo hago porque yo quiero!

Mi respuesta lo descoloca por un momento. Siento mi respiración acelerada por los gritos y a medida que asimilo lo que se me acaba de escapar, voy notando mis mejillas enrojecer de nuevo.

Y las de Castiel también. Eso, al contrario de lo que podría suponer, me hace avergonzarme aún más. El frío parece haberse evaporado después de esto.

—Yo… no entiendo qué es lo que te molestó. Y es frustrante, ¿sabes? —digo con la cabeza gacha.

Él me mira cruzado de brazos, impasible, sin rastro alguno del sonrojo de hace unos segundos.

—¿No me lo vas a decir?

—No —contesta formando una sonrisa altanera—. Ya he pillado que soy el primero en tus preferencias.

—Idiota… —murmuro frunciendo el ceño, e ignorando los rápidos latidos que me inundan el pecho avanzo junto a él. Al menos parece que la 'tormenta Castiel' ha pasado.

Tardamos medio minuto en llegar a mi piso.

—Ya estamos.

—Vaya, y eso pensaba que te iba a tener que coger en brazos la mitad del camino —suelta sonriendo.

—Todavía puedo fingir que me desmayo.

—¿Tantas ganas tienes de estar pegada a mí? —me pregunta acercándose despacio.

—¡N-no lo he dicho con esa intención! —replico desesperada dando un paso hacia atrás, e intentando cambiar de tema le pregunto—. Por cierto, ¿por dónde está tu casa?

—¿Por qué quieres saberlo?

De nuevo con esa sonrisa…

—N-no sé. Tú ya sabías dónde vivo y eso, así que tenía curiosidad.

—Cuando vengas a mi casa no será para una mera visita de cortesía, te lo aseguro.

Me quedo plantada durante un momento, ruborizada hasta la punta de las orejas. Enseguida me doy la vuelta, entro en casa, cierro la puerta sin mirarlo y apoyo la frente en ella, respirando profundamente. ¡¿Cómo puede ser capaz de decir algo así y quedarse tan tranquilo?!

¿Qué tal? ¡Yo estoy deseando que salga ya el episodio veintiséis de Corazón de Melón! Quiero ver a Lysandro y a Armin remodelados pero YA. Ains qué ganitas por favooo mientras tanto sigo aquí, estudiando para los exámenes... ¡Qué ganas tengo de terminar, por Dios! Tengo cero de vida social.

Y ahora hablando del capítulo, ¿os ha gustado? ¿No? Al menos espero que os haya entretenido un poquito. Ya sabéis que agradezco muchísimo que me deis vuestras opiniones y críticas, así que no os cortéis, ¡explayaros!

Noah-chan Sakamaki: ¡Muchísimas gracias! Es todo un cumplido que pienses eso, de verdad. Básicamente porque es lo que una persona que escribe fanfictions intenta conseguir. Espero que me sigas dando tu opinión, y gracias por tomarte tiempo para dejarme tu comentario.

yuckari: ¡No es nada, mujer! Es lo que hay que hacer, creo yo. Si alguien te apoya lo lógico es que se lo agradezcas de alguna forma :) Yo tampoco me esperaba lo de Kentin. Sé que soy la que escribe, pero por muchas ideas planeadas que yo tenga en la cabeza, al escribir van tomando el rumbo que les da la gana xD Y Alexy... si te soy sincera no me quiero ni imaginar el escribir esa parte... Me va a dar muchísima pena. A ver qué te ha parecido este capítulo, ¡espero que te haya gustado!

Irechany: A mi la verdad es que Kentin me provoca más que nada instinto maternal jajaja Me dan ganas de cogerlo y espachurrarlo en un abrazo de oso. ¿Ha sonado muy gore? xD Yo en parte no quiero que termine el juego con una 'elección' por decirlo así. ¡Por lo menos déjanos hasta la primera cita, ChiNoMiko! Por cierto, ¿te gustan la nuevas pilas que se ha puesto Castiel? Esperemos que en el siguiente capítulo no se las quite... ¡Y gracias por haberte molestado en comentar!

fuckthehopes: Bueno, al menos tengo el alivio de no morir en los siguientes meses xD Y como ya le he dicho también a yuckari, si alguien te apoya, lo lógico es agradecerlo. Seguramente se me saltará la lagrimilla cuando escriba lo de Alexy, esto me da muchísima pena... Bueno, y aquí tienes al señor "cabeza de menstruación" jajaja , espero que te haya gustado su aparición. De verdad muchas gracias por darme siempre tu opinión.

¡Un besazo de caramelo a todas!