Capítulo Uno
Escuchamos hablar de la fiebre por primera vez en el noticiero de la TV.
Estábamos en la sala de estar, Nabiki sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda recargada en el sofá, Akane frente a la mesa larga con un par de libros y cuadernos abiertos frente a ella, estudiando para los exámenes de fin de mes. Nunca los realizaría, pero claro, en ese momento no había forma de que lo supiera, ni ella ni ninguno de nosotros. Ninguno en todo el mundo, me atrevo a decir. Recargaba la barbilla en una de sus manos mientras mordisqueaba una pluma, su cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y la cascada de cabello cayéndole sobre el hombro como cordeles de seda. Yo estaba en el sofá, con los pies descalzos arriba y los brazos cruzados bajo mi nuca. Es curioso que recuerde estos detalles, parecen tan insignificantes, y sin embargo es lo que me queda, solo eso. Sólo la nitidez de los recuerdos.
Y entonces lo dijeron en la TV, con voces serias y ligeramente distorsionadas por la estática, luego vinieron las imágenes, gente en todo el mundo. La Fiebre, es sólo eso, fiebre, comienza con los síntomas normales, el malestar, las nauseas, pero después sube, y sigue subiendo, y no hay nada que la detenga. Y cuando ya es muy alta, algo en el cerebro parece despertar, algo salvaje, instintivo. La gente enloquece, se vuelve violenta. No es como en las películas de muertos vivientes, no buscan comer carne humana, solo matar. Por alguna razón que nadie entiende, y avanzó tan rápido que nadie tuvo tiempo de entender jamás, la gente comenzó a asesinarse entre ellos. No a todos les sucede lo mismo, son relativamente pocos los que enloquecen. Pero en un mundo de billones de seres humanos, los pocos que enloquecen son millones.
Estábamos, de un día para el otro, condenados.
Era casi irónico pensar que no fueron terribles desastres naturales los que diezmaron al mundo, no fue un meteorito ni una explosión solar, no fueron extraños visitantes de otros mundos. Fuimos nosotros mismos. Aunque claro, no era difícil de imaginar, ya había teorías, libros, películas, una opción entre tantas.
Se dispersó con tanta velocidad que el mundo entero entró en pánico. Los líderes de las naciones hablaron con sus países, trataron de advertir a la gente, de crear refugios, hospitales improvisados. Luego pidieron que nos encerráramos en nuestras casas. Así de rápido acabo la vida que conocíamos, que dábamos por segura, por eterna. Terminaron las clases, en todas las escuelas y universidades. Cerraron los locales, los restaurantes, los hoteles y aeropuertos y terminales, y nadie podía salir de sus hogares. Era real, estaba sucediendo, el mundo estaba muriendo.
Era real.
Y era inevitable. Ningún entrenamiento me había preparado para eso, ningún golpe mortal podía alejar la fiebre, nada de lo que sabía servía de nada. Había tenido mi momento, me coroné como el mejor en mil ocasiones, y sin embargo ya no importaba.
La primera en caer fue Kasumi. La Fiebre había entrado a nuestro hogar, colándose por las hendiduras como un fantasma, y a los fantasmas no los detienen los pedazos de madera clavados a las ventanas, ni los muebles bloqueando las puertas. No sabíamos cómo se contagiaba, ni qué debíamos hacer además de lo obvio (antibióticos y paños húmedos), y nunca la dejábamos sola. Pero la fiebre avanzó a pasos agigantados, para algunos es un proceso lento, para otros, como Kasumi, fueron tres agonizantes días de delirios, llanto y dolor. Todos estábamos sorprendidos, demasiado impresionados por el hecho de que no sólo estaba sucediendo allá afuera, a otros, sino a nosotros, en nuestro hogar, en nuestra familia. Y estábamos demasiado asustados para llorar o pensar en qué hacer, vimos la enfermedad pasar frente a nuestros ojos, consumir a Kasumi, convertir su piel en papel y sus ojos en cuencas profundas.
Hasta que murió.
Y creo que fue en ese preciso momento en que comprendimos por completo qué estaba pasando. Íbamos a morir, no había a donde ir ni a quién acudir.
Luego enfermó el Señor Tendo, y en seguida mi padre.
No recuerdo haber sentido ese tipo de miedo en mi vida, el miedo que se clava en tus piernas con garras de acero, y trepa, trepa lentamente y pasa su aliento de hielo por tu garganta. Ese miedo que no te deja dormir, que te quita el hambre y te roba las palabras. No era porque mi padre estaba enfermo, tampoco era por la muerte de Kasumi y la pena que nos había provocado.
Eran los que golpeaban las puertas, los que rompían los cristales con los puños sangrantes, aquellos que se volvieron puro instinto. Buscaban entrar a la casa, en la mañana, en la tarde, en las madrugadas, daba igual. Golpeaban con fuerza, gritaban cosas inentendibles, buscando acabar con cualquiera que siguiera en pie.
Temía con cada fibra de mi ser que mi padre se convirtiera en uno de ellos y tocara a Akane. Lo vigilaba día y noche, apenas dormía. Una mañana, después de treinta horas despierto, sentado en mi habitación con los ojos clavados en mi padre que sudaba y se removía en su futón, escuché la puerta corrediza y los pasos suaves acercándose a mi. Akane se arrodilló a mi lado, con los ojos tristes, las ojeras enrojecidas de tanto llorar, y puso su mano sobre la mía.
-Por favor, Akane –le dije con una voz que apenas reconocí como mía, tan lejana, tan débil.- Sal de aquí, no quiero que te haga daño.
-No sabes si sucederá.
-Lo sé –debía ser así, Kasumi siempre fue tranquila, dulce, y mi padre era un huracán cuando enfurecía. No quería ni pensarlo. Enfrentarme a él en una batalla donde la única opción viable era darle muerte… No, definitivamente no quería pensarlo.
-Ranma, necesitas dormir.
No, no quería escucharla.
-Vete.
-Ranma…
Y algo en mi explotó, era todo al mismo tiempo, la pérdida de Kasumi, la enfermedad de mi padre y el señor Tendo, el mundo deshaciéndose en pedazos y la velocidad con la que todo pasaba, lo irreal que me parecía.
-¡Que te vayas! ¡Sal de aquí! ¡Vete! –todo esto se lo grité, desviando la mirada de mi padre a ella, enfurecido y temblante.
Ella se encogió de hombros y se inclinó hacia atrás, pero no se levantó. Me miró sorprendida, y luego con una ternura que me rompió el corazón. No soporté sostener esa mirada. Entonces hizo algo increíble, tan inesperado como era ella en su esencia. Se acercó más a mi y me rodeó el cuello con los brazos, y dejó descansar sus labios rosas sobre mi oído. Me quedé de piedra, sin saber qué hacer o cómo reaccionar.
-Por favor –me susurró con una dulzura que jamás creí que fuera a usar conmigo, la había visto hablarle así a los niños, incluso al idiota de Rioga cuando todos estábamos malditos, pero no a mi. Nunca así, y supe que no podría negarle nada. No lo había hecho antes, y no lo haría nunca, y en ese instante lo supe con toda seguridad.
-No quiero que te lastime, no podría… -las palabras quedaban atrapadas en mi garganta, no había forma de que pudiera decirle todo lo que me preocupaba su bienestar, lo mucho que me aterrorizaba la idea de perderla, ya fuera a manos de un loco, o por la enfermedad. ¡Dios, si la fiebre la alcanzaba no podría resistirlo!-. Akane, nunca me lo perdonaría, no podría continuar… No se… Sólo, por favor deja de ser tan obstinada y…
-Duerme conmigo entonces.
-¿Qué?
Se separó de mi, fue casi doloroso, como si me arrancaran algo del alma.
-Duerme conmigo –repitió-, si lo que te preocupa es que me haga daño, entonces duerme a mi lado y así sabrás que estoy bien. No podrá acercarse sin que te des cuenta.
Y así lo hice. Me tomó de la mano y me guio a su habitación, como si fuéramos en realidad amantes y nada de la pesadilla estuviera pasando. Me recostó en su cama y después se acostó a mi lado con su cabeza en mi hombro y su mano sobre mi pecho. Temí que fuera a sentir los latidos desbordantes de mi corazón, pero si lo hizo no dio señales que la delataran. Era la primera vez que teníamos un acercamiento así, tan sencillo, tan natural, sin prometidas celosas que interrumpieran, o un golpe de Akane que me dejara atontado. Pero las cosas ya no eran como antes, y comprendí que las niñerías se habían terminado. Ya no éramos unos niños, ambos estudiábamos la Universidad, cruzamos el Furinkan juntos, nos graduamos juntos, la vi hacerse mas hermosa que cualquier mujer que hubiera visto en mi vida, y aun así seguí sin atreverme a confesarle que ella era mi vida y mi aire. Y seguí pretendiendo desinterés, como siempre.
Eso ya no podía ser, ya no cabía en nuestra nueva realidad.
Pensé en que hacía tan solo unos días mis mayores preocupaciones eran que no me quisiera, que se enamorara de otro hombre, que las locas de mis perseguidoras le pusieran un solo dedo encima. Me parecía tan lejos todo eso, como de otra vida, eventos de hace cien años.
Me quedé dormido en seguida, y mi padre no se levantó, ni ese día ni nunca. Murió antes que el señor Tendo, y los enterramos a ambos en el jardín, cerca del estanque junto a Kasumi.
Sólo quedábamos los tres, Nabbiki, Akane y yo. El más terrible pánico había hecho su nido en mi corazón y vivía ahí día y noche, todos los días. ¿Será Akane? No Dios, por favor, no ella. ¿O seré yo? Y si yo muero ¿quién la protegerá de quienes traten de lastimarla? ¿Y si yo me volvía loco contra ella? La idea me abofeteaba cada vez con mas fuerza, no importaba que tanto quisiera ignorarla. Era una posibilidad, igual que si ella se enfermaba tendría que matarla. Jamás podría hacerlo, por supuesto, nunca, preferiría que me corten las manos, o que si me ataca me mate como quiera, a hacerle el menor daño.
Pero, ¿y si pasaba?
Y en los ojos de las hermanas Tendo veía el mismo terror insano.
Entonces, una noche, la noche en la que huimos tomados de la mano, yo jalando de ella y llevándola al bosque porque simplemente no se me ocurría que demonios más hacer. Esa noche derribaron nuestras barricadas.
Esa noche murió Nabiki, asesinada.
