Capítulo 2
Por fin se quedó dormida. No es que la tierra húmeda del bosque sea el mejor lugar para dormir, pero Akane le costó más trabajo del normal poder conciliar el sueño. Lloró hasta quedar seca de lágrimas y luego dio vueltas de un lado al otro, haciendo crujir el césped, como si una parte de ella, y no quiero imaginar qué tan grande es esa parte, se sintiera culpable. ¿Culpable de qué? De estar vivía, por supuesta, ella y no sus hermanas, no su padre o el mío. Es extraño, pero yo me siento igual, pero no todo el tiempo. Agradezco estar aquí, porque así la puedo cuidar.
¿Por cuánto tiempo?
La pregunta vuelve a mi mente una y otra vez, es una constante punzada en mi pecho.
No pudo sacarme de la cabeza la muerte de Nabiki. Fue Ryoga. Pensé que sería Kodashi la primera en atacar, pero no la volví a ver en mi vida, ni a su hermano, ni a Shampoo… De Shampoo temía casi tanto como de mi padre, tal vez más. Y fue Ryoga, mi único amigo, mi compañero de peleas y rival de amor. Qué tontería. Todo me parece una tontería, tantas riñas y peleas, y golpes que no valen ya nada. ¿Cómo imaginar que así terminaría?
Akane y yo, y Ryoga pisándonos los talones con esos ojos brillantes por la fiebre, y una epidemia incurable sobre nuestras cabezas.
No me atrevo a prender una fogata, cualquiera de los agresivos podría rastrearnos. El frío desciende sobre nosotros, veo a Akane temblar, no trae mas que un fino vestido azul marino ajustado a su cintura con un lazo amarillo, y yo tampoco llevo nada que me abrigue, pero temo que si me recuesto a su lado y paso mi brazo sobre su cintura, se despierte. Necesita descansar, así que sólo se me ocurre acercarme más a ella, lo más que se pueda, sentado con los codos sobre mis rodillas mirando hacia la oscuridad que se mece entre los troncos del bosque.
Ryoga y sus ojos brillando como diamantes, las mejillas enrojecidas, los labios cuarteados y grises, y sus dedos hundiéndose en la garganta de Nabiki. Las gruesas gotas rojas que escapan entre las heridas. Trato de alejar la imagen, pero me persigue, igual que la maldita pregunta.
¿Por cuánto tiempo?
Desvío la mirada hacia Akane, que se ve tan tranquila durmiendo, como si nada de esto estuviera pasando. Mi pobre Akane, a quién juré alejar de cualquier sufrimiento. ¡Qué gran fracaso soy! Que idiota y prepotente.
Después de la boda fallida, Akane pareció florecer con los días y las noches, dejó su cabello crecer, y me pareció que ganaba aún más altura, su cintura se definió, sus pómulos se hicieron de porcelana, sus ojos enmarcados en espesas pestañas eran dos puertas a todos los misterios de la Tierra. Seguía siendo la misma rebelde exasperante, la misma mujer de la que me enamoré en el primer momento en que la vi, y que ahora, ahora más allá de lo que puedo pensar o describir, la amo tanto que me duele en cada parte de mi ser. ¿Ella me ama? La duda, la misma duda que me ha perseguido desde el primer día en que me habló. ¿Me ama a mi? A veces estoy seguro de que si, pero otras veces… Cuando mira a otros hombres, cuando habla con ellos y les sonríe con esa sonrisa que debería ser sólo mía. Siempre pensé que los celos eran una idiotez, pero con ella todo es tan distinto, el aire que la envuelve y me embriaga, la forma en que piensa, lo que dice, lo que hace… Me vuelve loco, loco de un amor que no creí posible. Y la celo tanto que me quita el sueño, me llena de rabia, de impotencia. ¡Quiero gritar a los cuatro vientos que la amo, que es mía, la amo! Pero no es mía, ¿cierto? Nunca siquiera la he besado, apenas rozo su mano, a veces, cuando tengo suerte, sostiene la mía. Parezco un estúpido niño de doce años.
Me siento perfectamente capaz de enamorar a la mujer que sea, así parezca una diosa y sienta no merecer ni el aire que respira, puedo hacer que me ame con la misma desesperación con la que yo amo a Akane. Pero a ella, a mi prometida, a la luz de mis ojos, me aterroriza pensar que no seré correspondido. Me siento inseguro.
Ahora ya no hay nadie que pueda competir por su amor, todos se han ido. ¿Todos? ¿Quiénes quedarán vivos y dónde están? ¿Cómo saberlo si hemos perdido toda comunicación? ¿A dónde ir?
Me obligo a dejar de verla, su belleza a veces me absorbe y no puedo pensar, y tengo que pensar, por ella y por mi. "Los dedos de Ryoga perforando la garganta de Nabiki –cierro los ojos con fuerza, ¿por qué no se va esa imagen?-. La mirada de Ryoga, ciega y brillante de rabia. Sus dedos llenos de sangre, la fuerza con la que la levanta del suelo." Ya basta.
Recargo la cabeza en el tronco del árbol donde ambos estamos arrinconados, ella dormida y yo esperando, vigilando… Ryoga, mi amigo y enemigo. Recuerdo cuando me dijo, con la mirada firme, seca, que le confesaría a Akane que él era P-chan, justo después de que nos curamos de nuestras respectivas maldiciones.
-¿Por qué harías algo tan estúpido? –le pregunté, usando mi tono mas soberbio y burlón, pero por dentro sentía los latidos reventándome en las venas-. La vas a perder definitivamente, no seas idiota.
-Lo haré, Ranma, nada de lo que digas o hagas me hará cambiar de opinión. No ha sido justo para ella –y con qué seriedad me lo dijo. Pensé que sólo me estaba probando, quería verme sufrir, pero lo decía de verdad y cuando comprendí eso sentí un hormigueo en las rodillas.
-Ryoga… -pero ¿qué le iba a decir? Tenía razón, había sido injusto, y precisamente por eso Akane nunca me lo perdonaría-. Por favor, no creo que estés pensando…
-Ella te ama, Ranma, te va a perdonar –sus palabras estaban cargadas de resentimiento y me dejaron mudo-. En cambio a mi… -negó con la cabeza-. Pero no importa, porque yo la amo, la amo ¿me entiendes? Y no puedo seguir haciéndole esto.
Yo la amo, estúpido cerdo, yo.
Y tú, y tal vez tú con más pureza porque yo perdí algo cuando ella murió en mis brazos (o la creí muerta, da igual). Algo se fue de mi, algo bueno, y me convertí en esto. Un hombre que no tolera la idea de perderla, de ninguna forma, y vive aterrorizado y enfurecido con todo el que la miré.
Entonces, Ryoga con su absurda y admirable nobleza, le dijo que él era P-chan, y que yo lo sabía. No fue muy diferente a lo que sentí cuando creí que mi padre se levantaría como un salvaje y la atacaría, es el mismo miedo, el mismo punto al que vuelvo una y otra vez: perderla. Y creí que la perdería por la forma en la que me miró.
Es como si la misma mano de hielo volviera a estrujar mi corazón de esa manera que me robó el aliento. No quiero recordar eso, pero ya he empezado ¿no es así? Ya estoy aquí y el silencio más absoluto que nos rodea en este momento lo hace todo mucho peor.
Me miró de esta manera tan hiriente, tan profunda, con los ojos empañados de lágrimas. ¡Dios, es el llanto de Akane el que por sobre todos no puedo soportar! Se acercó a mi, y yo esperaba un millón de reclamos e insultos, pero en vez de eso me abofeteó, dos veces, y no los golpes que me llevaban a volar por el cielo, sino los verdaderamente dolorosos. Después me retiró la palabra por dieciséis días, que si, por supuesto que los conté.
"Ella te ama, Ranma, te va a perdonar."
Bien, no me ama Ryoga, no me ama porque no me puede perdonar. ¿Ves cuál es mi miedo? Me desviví en intentos de que me viera, me hablara, cuando la acompañaba a la Universidad, siendo su sombra como siempre había sido y como siempre será, hablaba con ella de cualquier cosa y no recibía ninguna respuesta. Y, si desesperado le tapaba el camino como un niño idiota, ella me rodeaba, sin siquiera levantar la mirada hacia mí.
Hasta que una noche, dos semanas antes de que la Fiebre azotara Japón, ella iba subiendo las escaleras hacia su habitación y yo estaba fuera de la mía, furioso por su maldito silencio.
-¿Es que vas a continuar con esto, Akane? –le reclamé, pero ella dio media vuelta y siguió hacia su habitación, y algo dentro de mi hirvió y se agitó.
Cuando extendió la mano hacia la perilla de su puerta, yo me acerqué como un rayo y la tomé primero, impidiendo que la pudiera abrir. Con la mano libre apreté su brazo y la obligué a girar para mirarme, acorralada entre la puerta y yo, sin ningún escape. Y ni siquiera así me miró. "No me ama –decía la vocecita insistente y venenosa en mi mente, la que llegó cuando pensé que había perdido a Akane-. No me ama y no hay nada que pueda hacer. Nada."
–Mírame –le exigí entre dientes, con la voz conteniendo un latigazo de rabia –no me miró, entonces la tomé del rostro, no apliqué fuerza alguna, pero tampoco fui delicado, y le alcé el rostro, entonces sus ojos de miel se clavaron en los míos.
Y por un momento que pareció durar cien años, no supe qué decir.
-Perdóname –solté de pronto-, por favor, Akane. Fui un imbécil, no supe que hacer, nunca supe… -me mordí la lengua, tenía bien merecido su desprecio, simplemente no era capaz de tolerarlo un día más-. Me está matando que no me hables. Golpéame, insúltame, pero por favor, por lo que más quieras, deja de ignorarme.
Qué estúpido me sentí entonces, suplicando, y sin embargo habría continuado hasta caer de rodillas, habría hecho lo que fuera. Ella sostuvo mi mirada un momento más, y luego me dijo con la voz de hielo:
-Qué gran mentiroso eres, Ranma. No sabes todo lo que daría por creer en tus palabras, pero después de que permitiste que Ryoga me viera en una infinidad de situaciones íntimas… ¡Desnuda y…!
Y no pude soportarlo, no pude escucharlo de su voz, así que sin pensarlo puse mi mano en sus labios y apreté, silenciándola.
-No lo digas –le pedí, estábamos tan cerca que su aliento tibio se mezclaba con el mío impidiéndome pensar bien-. ¿Crees que no me caza todos los malditos días y todas las malditas noches? ¿Crees que no sé que merezco que me odies y odiarme a mi mismo por dejar que sucediera?
Sus ojos centellaron y me empujó, aunque su fuerza, que nunca fue gran cosa para mi, ya no era nada pues me había entrenado cinco veces más cada día desde la boda fallida, aun así me alejé, sabía que estaba cruzando un límite.
-¡Pues no te caza lo suficiente para haber hecho algo al respecto! Y todo esto es porque no te importo, Ranma. ¡No te importo nada! –gritó fuera de si, cerrando las manos en puños y agitando los hombros, derramando lágrimas que me dejaron paralizado-. ¡Ahora vete! ¡Vete con tus otras prometidas que sí te importan! ¡Piérdete de mi vista!
Volvió a darme la espalda, y fuera de mi, completamente enloquecido con la idea de que no me viera más, no que quisiera más ni siquiera en la forma en la que me quería, volví a acorralarla, impidiendo por segunda vez que entrara a su habitación. Sólo que esta vez no fue con la mano en la perilla y no la giré hacia mi. La atrapé con mi cuerpo, su espalda contra mi pecho, el aroma inconfundible de sus cabellos en mi naríz y mis manos sobre sus muñecas.
Ella ahogó una exclamación, y yo no me atreví a respirar.
-¿Cómo puedes decirme eso? –le susurré al oído, y pude ver que el labio inferior le temblaba-. ¿Cómo puedes decirme que no me importas? ¿Es que no lo ves? ¿De verdad, no te das cuenta de lo que me hacen tus silencios? ¿Lo que me hace tu desprecio?
Tan cerca uno del otro, tan envueltos en nuestros aromas y respiraciones agitadas, en su perfume y mi miedo. Y como no obtuve respuesta, y la verdad no sé si quería escuchar nada más, me alejé de ella tan rápido como había llegado, y desaparecí tras las puertas de mi habitación.
