Capítulo 3
El canto de las aves me despierta. Los ruidos de la ciudad, a un kilómetro de distancia o más, se han reducido al zumbido hipnótico de las luces prendidas en las calles y las casas, las luces que sólo el tiempo apagará, igual que se llevará todo rastro de nuestra existencia en unos cuantos miles de años. Abro los ojos y tarda mas o menos un segundo en llegar a mi toda la pesadilla que hemos vivido. Un segundo que fue glorioso, donde no hay nada en mi cabeza, nada mas que el sueño difuminándose y ¡BAM!
Ah, sí, están todos muertos.
"No todos, estás tú y Akane –dice la vocecita-, y Ryoga, claro, no olvidemos a Ryoga."
Yo y Akane.
¿Akane? Mi corazón da un tumbo tan fuerte que me duele. En un instante estoy de pie, mareado pero completamente despierto. No está, Akane no está.
Un millón de posibilidades se me vienen a la cabeza, todas ellas horribles, pudo haber sido Ryoga, o alguien más, no es Ryoga el único salvaje suelto, hay otros, quién sabe cuántos. O tal vez se fue porque despertó y estaba enferma. Mi corazón vuelve a doler, más profundo y más real "No por favor –pienso sintiéndome incapaz de dar el primer paso para buscarla-. Que no sea la Fiebre, por favor." No es mejor a que la encuentre algún salvaje, claro, pero la Fiebre, hay algo en la maldita Fiebre que no puedo concebir en Akane. "Tal vez sea que tendrías que matarla, ¿o no? ¿O sólo la vas a ver morir, agonizando, delirando?"
Nada de eso ayuda. Siento las yemas de los dedos como fuego y la frente perlada de sudor. "¿Dónde está?" pienso con la voz mas fuerte de mi mente, y me lo repito hasta llenar mi cerebro sólo con esa pregunta, intentando callar la más pequeña, la más vil: "Está muerta."
Siento el corazón en la garganta, mis piernas van a fallar en cualquier momento. No puedo ver mi vida sin Akane, no puedo ver un minuto más delante de mi sin ella. Sigo sin moverme, y comprendo que tengo que tranquilizarme, dejar que el primer zarpazo de miedo pase, y me concentro en mi respiración. Inhalo, exhalo, inhalo y cuento… Uno, dos, tres… exhalo…
No entrar en pánico es la primer regla básica prácticamente para cualquier situación de pánico. Debo concentrarme, buscarla.
Buscarla hasta dar con ella. "Con ella o con su cadáver." ¡Basta!
-Ranma…
Su voz me toma por sorpresa, el cosquilleo persistente en las rodillas amenaza con quitarme la fuerza, y la rabia llega casi al mismo tiempo que el alivio. Me giro para verla, una visión azul y blanco, está muy pálida y su cabello resalta aún más el brillo de su piel, sus ojos brillan como luceros, grandes y tristes; sanos. Me acerco a ella en dos grandes zancadas, pero me detengo antes de tocarla porque va a notar que estoy temblando, y en mis manos es tan obvio que tengo que cerrarlas en puños y alejarme.
-¡¿Dónde estabas?! –exijo saber, tratando de no perder el poco control que me queda para no gritar y atraer a algún salvaje-. ¡Me has dado un susto de muerte, Akane! Pensé… - ¿qué pensé? Todo, todo lo peor.
-Lo siento –me dice bajando la mirada, entre sus manos tiene un par de botellas de agua, y comida enlatada-. Pensé que tendrías hambre, me desperté con el amanecer y no pude volver a dormir, y te veías tan… Bueno, no quise despertarte.
-¿No quisiste despertarme? –¿esa es la razón de que casi me vuelve loco? ¿La razón por la que sentí mi corazón colapsar? Sin embargo, verla ahí, rodeada de árboles, con el viento jugando con su cabello y su vestido, casi no recuerdo porqué estaba tan furioso-. Cuando no te vi pensé lo peor. No puedes… No, no vuelvas a hacer eso. ¡Nunca! –me fijo de nuevo en lo que trae-. ¿Dónde conseguiste eso?
Es obvio, claro, es sólo que tengo que preguntar, incluso si no quiero saber.
Y no quiero.
-Fui a la ciudad –se muerde el labio inferior, no es necesario decir más, mis ojos se abren tanto que casi los siento salir de sus órbitas-. Ya sé lo que vas a decir, que soy una tonta, una niña boba por arriesgarme así. ¡Pero no soy tan idiota como crees! Me sé defender yo sola, ¿recuerdas? –no importa que se enfade, mientras habla sólo hay una imagen en mi cabeza: Ryoga, de nuevo, lanzando el cuerpo inerte de Nabiki a un rincón, como si fuera una muñeca rota-. No había nadie…
-Estás mintiendo –no reconozco mi voz, es demasiado profunda, como si algo dentro de mi estuviera a punto de salir.
-¿En qué parte? –me mira frunciendo el ceño, es absurdamente bella y no puedo dejar de mirarla.
-No había nadie –repito, ella vuelve a morderse el labio. Por Dios, Akane, ¿cómo pudiste arriesgarte así?
-Logré escapar antes de que me tocara –confiesa y deja las botellas y las latas donde habíamos estado durmiendo-. Ranma, lo siento tanto, no pensé tardar tanto, anoche no supe cuánto habíamos corrido.
Le doy la espalda, no puedo dejarle ver mi consternación ni el poder que tiene sobre mi para derrumbar todo lo que proclamo ser: fuerte, desinteresado, valiente. ¿Cómo no me desperté cuando ella se levantó? ¡¿En qué momento me quedé dormido?!
-Soy un idiota –dije para mi mismo. La escucho acercarse, sus pasos como caricias en el césped-. Tienes que prometerme que nunca te volverás a separar de mi –siento su mano sobre la mía, sus dedos rozando mis nudillos, y me alejo pues aún estoy temblando.
-Te lo prometo –responde con un hilo de voz. Está triste, ¿por qué?
El temblor en mis puños va desapareciendo, el coraje se esfuma como la niebla de las mañanas. Giro para verla, está abriendo una botella de agua y le da un trago, se sienta en las raíces salientes de un árbol.
-Tienes que comer –dice, aún con la voz muy baja. ¿Por qué de pronto se ve tan inconsolable? ¿Es por su padre y sus hermanas?
Me siento a su lado, ahora estoy mudo y no sé qué hacer, quiero al menos volver a ver la energía de hace un momento. Aunque sea porque está furiosa conmigo, pero no así. No destrozada.
Comemos en silencio, es extraño, pero su silencio pesa más que el que ha descendido en la ciudad.
Solos. Completamente solos, y de pronto me parece que todo lo que he guardado muy dentro de mi corazón es estúpido. No lo que guardo, sino el hecho de guardarlo, esconderlo. Ella es todo para mi, y aunque no hay palabras para describirlo, quiero decírselo. ¿Qué es lo peor que podría pasar? "Rechazarte "susurra mi mente. ¿Y qué? ¿Cuánto tiempo más nos queda de vida? ¿Una semana? ¿Un día? "¿Y si ella se va primero?" No, eso no va a pasar, ella no va a morir, no lo voy a permitir. Voy a protegerla, hasta mi último aliento, voy a mantenerla con vida de alguna manera.
-Todo lo que conocíamos se ha ido –su voz me saca de golpe de mis pensamientos-. Mis hermanas, mi padre, tío Genma, nuestros amigos. Todos nuestros sueños se eclipsaron. Lo que creíamos seguro se hizo pedazos frente a nosotros. Estamos juntos, ahora, porque somos los más fuertes de nuestra familia, pero…-hace una pausa, inclina un poco la cabeza.- Si hubieras tenido la oportunidad de estar con alguien en este momento, probablemente pasando tus últimos días a su lado, ¿a quién habrías elegido?
Su pregunta me sorprende, me confunde. ¿A dónde quiere llegar con esto?
-¿Por qué?
-Porque quiero saber –desliza la mirada a mi, sus pestañas rozan sus pómulos cada vez que parpadea.
"Bueno, aquí está tu oportunidad –pienso y en mi estómago vuelan mariposas-. ¿No querías decirle que la amas? Contéstale, Ranma, se un hombre."
-No tendría que elegir –respondo, mi corazón da un vuelco. Puedo no temerle a nada, a nadie, pero el rechazo de quien amo es mi constante pesadilla, y sería mi perdición. Me tengo que recordar que ya no importa. No importa, todo ha cambiado, el mundo que conocíamos desapareció de un día al otro y aun no lo podemos asimilar-. ¿Sabes por qué no tendría que elegir?
Niega con la cabeza.
-Porque justo ahora…
Algo se mueve entre los árboles, lo veo pasar, una figura, una sombra que desaparece. Todos mis instintos gritan, me levanto de un brinco, los sentidos agudizados al máximo, puedo ver la luz del Sol resbalando sobre cada hoja, encontrando los huecos entre rama y rama, el viento cargado de tierra. Escucho el aleteo de las aves, el golpeteo de un pájaro carpintero allá muy lejos, y algo quebrándose. Hojas secas, ramas, algo se acerca.
Nos encontraron.
En un segundo Akane está de pie a mi lado, sus mejillas enrojecidas, los labios tensos, está asustada. No la culpo, yo mismo estoy aterrorizado, por ella, por todo. ¿Cómo es que se contagia la Fiebre? A nuestro hogar entró con el aire, estoy seguro, nadie salió ni entró una vez que se anunció por todos los medios antes de que se apagaran para siempre. O tal vez alguien ya era portador, tal vez Kasumi, y ella, con solo el contacto, se lo pasó a su padre y al mío.
¿Qué era? ¿Qué nos estaba matando?
Y ahora hay un salvaje rondándonos, no tengo ninguna duda de que es un salvaje, por el olor… Es muy característico, es el olor de la muerte, lo transpiran como si por dentro no hubiera otra cosa mas que putrefacción. ¿Es Ryoga? ¿Es alguien más? ¿Alguien que conozco? Sólo sé que, sea quien sea, aumenta nuestras ya muy altas posibilidades de contagio.
Entonces escuchó otro ruido, más cerca aún, son pasos rápidos y ligeros y Akane suelta un grito que me congela la sangre. Hay un niño de no más de ocho años estirando las manos hacia ella, tiene el rostro manchado de sangre, y le ha jalado el vestido rasgándolo de una orilla. La alejo de él poniéndola instintivamente tras de mi. El niño nos enseña los dientes, sus ojos destellan febriles, sus cejas están unidas en un gesto monstruoso, y entonces se lleva una mano tras la espalda.
No son muertos vivientes.
El niño no ruge, no se tambalea, no tiene la mirada perdida. Él, como todos los salvajes, piensa. No sé en qué ni qué tanto, no sé cuáles sean sus capacidades cuando evidentemente todos sus órganos están en proceso de descomposición, pero maldita sea piensa. Y saca de su cinturón un arma. Akane se aferra a mis brazos y yo la protejo con todo mi cuerpo, ocultándola tras mi espalda lo más que puedo. El niño me apunta. No recuerdo la última vez que me enfrenté a un arma, simplemente no puedo, ni una imagen, nada. Akane está tras de mi y una bala a esa distancia es más rápida que yo sin duda. El mundo parece detenerse por un instante, entonces, del otro lado, donde vi la primer sombra, algo brilla y desgarra el aire. Empujo a Akane, es la única manera, ella trastabilla hacia atrás y cae al suelo de bruces. Lo que brilla se clava en el tronco del árbol, justo donde estaba ella hace un momento.
Es una estrella de acero. Escuchó más silbidos y tengo que brincar, más y más alto pues la lluvia de estrellas se desata en mi contra, algunas se hunden en la madera, otras se pierden en la maleza. El niño dispara, con el arma en ambas manos mirando hacia arriba, hacia mí, pero falla. Las estrellas se convierten en cuchillos y cadenas, y yo ya estoy esquivando por todo el claro, el niño sigue disparando, y veo a Mousse emergiendo de entre los árboles, con la misma mirada de fuego y el cabello oscuro lleno de tierra y ramitas. Tiene los ojos puestos en mi, por suerte. Me cuesta trabajo esquivar y no perder de vista a Akane, pero los dos atacantes se han fijado sólo en mi.
La veo ponerse de pie, mis instintos vuelven a vibrar bajo mi piel, mi corazón estalla en mis oídos. "¡Quédate ahí!" pienso incapaz de detenerme un segundo, Mousse me ataca con todo lo que tiene, y a diferencia de veces anteriores, ahora lo hace con el sólo propósito de matarme. Esto ya no es un juego ni una competencia, no se trata de ver quién es el más fuerte, sino de terminar con mi vida. Es puramente eso, sed de sangre. Y es un nuevo Mousse, como si al perder toda su humanidad, todo lo que pensaba y sentía, lo hicieran más fuerte, casi invencible. Veo a Akane, por el rabillo del ojo, lanzarse al niño que me sigue con el arma a donde brinco, y lo derriba. "¡No!" ¿Lo dije? ¿Lo pensé? El grito me deja sordo, un dedo helado me recorre la espalda. Un disparo más, pero la bala ya no pasa cerca de mi, el niño de debate en la tierra con Akane.
Mousse no se detiene, pero no puedo concentrar toda mi atención en él. ¡Akane está luchando contra un niño enloquecido y armado! ¡Un niño enfermo!
-¡Akane! –grito, pero tampoco puedo ir hacia ella porque los cuchillos y estrellas pasan rozándome los brazos, las piernas y las mejillas. ¿Cuántas malditas armas esconde ese idiota?
Escucho un nuevo disparo y mi corazón se detiene, olvido a Mousse, olvido hacia donde estoy brincando, dónde voy a caer, qué estoy esquivando. Sólo una cosa pasa por mi cabeza, ¿la tengo que decir?
Akane.
Y algo delgado, frío, me atraviesa de lado a lado.
