Capítulo 8
-Ryoga me atacó –comienza a hablar. Nos hemos sentado porque no soporto estar de pie, no por el dolor de la herida, que en el último par de minutos se ha convertido en el menor de mis problemas, sino porque la noticia me ha dejado sin fuerza. Mis manos están cerradas sobre la orilla de la cama, mi rostro cabizbajo, los ojos clavados en mis rodillas. Ella está a mi lado, y el calor que emana su cuerpo, que hace un momento lo confundí con su calor, es el de la fiebre, y es como estar a lado de una antorcha. ¿Cómo puede seguir de pie? "Es diferente para todos –dice la vocecita-. ¿Recuerdas? Tal vez se convierta en una salvaje, tal vez no, qué más da ¿cierto? El final es sólo uno." –Hace cuatro días. Me acorraló y pensé que moriría, pensé que también a mi me arrancaría la garganta, pero no lo hizo. No tenía caso, me dejó sola porque olió la fiebre en mi. No sé bien hace cuanto la tengo, no sé cómo me contagié… El niño que nos atacó, ¿recuerdas? Tengo rasguños de él en la espalda y tal vez… No sé, nadie sabe cómo empezó y nadie sabe cómo se transmite. Kasumi estaba bien, y de un día para otro tenía la fiebre. No tenía heridas de ningún tipo, no tuvo contacto con nadie que no fuéramos nosotros, y sin embargo fue la primera en morir –su voz está apagada, habla conmigo pero me da la impresión de que se lo está diciendo a si misma, que estos cuatro días estuvo en completo mutismo y ahora va a escucharlo por primera vez igual que yo. Y son ideas que le han dado vueltas en la cabeza por todo este tiempo mientras yo agonizaba-. Podría estar en el aire, y no es inmediato porque tú no estás enfermo. Y cuando Kasumi enfermó sólo nuestros padres se contagiaron, pero ni Nabiki ni tu ni yo… Yo no estaba enferma cuando huimos.
-¿Cómo lo sabes? –me escucho preguntar, incapaz de alzar la cabeza.
-No lo sé. Ese es el punto de toda esta pesadilla, ¿cierto? Nadie lo sabe. Sólo sé que cuando encontré este lugar, ya no me sentía yo. No me sentía bien. Ha empeorado, casi no puedo retener comida, y no duermo bien, por las noches la fiebre me sube tanto que deliro y me duele tanto…
-Ya basta –suplico, no puedo escuchar que algo la está lastimando sin que yo pueda hacer nada. Simplemente no puedo.
-Tomo dos o tres duchas diarias para bajarme la fiebre… Funciona por un rato. Me he tomado todos los antibióticos que he encontrado, pero…
Pero nada funciona.
-Maté a Mousse -suelta de pronto y es como si una mano invisible me levantara el rostro, la miro y está temblando, los ojos vidriosos, el cabello le cae como una cascada sobre la espalda.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que maté a Mousse. Fue con un arma, de un tiro justo entre los ojos. Usé el arma con la que el niño te estaba disparando.
Pum. Pum. Pum. Mi corazón retumba en mis oídos como un tambor de guerra, no escucho nada más, ni siquiera mi respiración que sé se ha acelerado. ¿Por cuantas cosas más ha tenido que pasar sin mi? ¿Por qué siento que he estado inconsciente una década? Lejos de ella, lejos de todo lo que la ha dañado. "Ranma el protector. Ranma el perro guardián ¿no es así? ¿No es eso lo que dijiste?" Bueno, no me puedo imaginar una mejor manera de cerrarme la boca.
-¿Crees que soy…?
-La mujer más maravillosa que he conocido jamás –sonrió, es una sonrisa triste, no puedo ni siquiera comenzar a describir cómo me siento-. Me salvaste la vida más de una vez, gracias a ti sigo aquí y nunca podré agradecerte lo suficiente. Pero, Akane –tomo su mano entre la mía y ella se tensa-, sin ti ya no quiero nada.
-No digas eso.
-Piénsalo. Solo, piénsalo por un momento. Por ti atravesaría mil obstáculos, desafiaría a la muerte cuantas veces sea necesario. Y más ahora que lo sabes, que sabes que te amo, haría lo que fuera. Pero si no estás tu…
-¿Qué sentirías, Ranma, si yo te dijera eso?
No lo sé, probablemente lo mismo que ella, frustración, angustia, desesperación. Es verdad, nunca podría aceptarlo, nunca podría perdonármelo aunque ese nunca no durara más de un par de días. Sería un martirio, un infierno peor que este. Y sin embargo, ¿qué otra opción me queda? No existe forma de que acepte perderla para siempre.
-He pensado en tu madre –dice suavemente, pero no tiene sentido, todo lo que diga a partir de ahora serán intentos absurdos de luchar contra algo que ya está decidido.
-¿Mi madre? Mi madre está muerta igual que el resto de la humanidad.
-No Ranma, eso no lo sabes. No todos están muertos, mírate. Tú estas vivo y bien.
-Por ahora.
-O por siempre. No lo sabemos. Tienes que buscarla, buscar otras personas, refugiarte en algún lado donde puedan tratar tu herida mejor que yo, donde haya alimento y agua…
-Nada de lo que digas servirá.
-¡Por favor! –exclama y me arrebata su mano poniéndose de pie de un brinco-. ¡Por favor no me hagas esto! ¡Eres un cobarde!
-Entonces lo soy –tan calmado, tan extrañamente calmado ahora que he tomado de la decisión de irme con ella.
-¡No! ¡No, basta, basta! –sus lágrimas brotan como esferas de cristal, sus ojos brillan como luces en la oscuridad-. ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes!
Me pongo de pie bruscamente y ella contienen el aliento, tomo su rostro entre mis manos.
-¡Tú no puedes hacerme esto! ¡Tú! ¿Cómo me pides que siga después de ti? ¡¿Cómo?! ¡No sé hacerlo, Akane, no sé cómo! ¡Soy fuerte y valiente, y parece que no le temo a nadie! ¡Soy orgulloso y engreído e inmaduro! ¡Soy todo eso, todo lo que quieras, pero no invencible! ¡No soy invencible, Akane! Y si tú te vas, esta herida –me llevo una mano a las vendas-, esta herida será un rasguño en comparación.
Abre la boca pero no sale nada de ella, su gesto es la viva imagen de la desesperación y la tristeza infinita, entonces se le doblan las rodillas y cede por completo al llanto, yo me arrodillo con ella, a la par, y dejo que llore sobre mi pecho, que lo llore todo. Así es por al menos una eternidad, mientras mis dedos hacen remolinos en su cabello y mi piel se empapa de sus lágrimas ardientes. Su cuerpo es fuego, pero tiembla. Finalmente, cuando los sollozos empiezan a ceder, levanto su rostro al mío y me acerco para besarla.
Se aleja en seguida.
Lo vuelvo a intentar y ella pone fuerza, sus manos contra mis hombros empujándome.
-¡No!
-La quiero, quiero la fiebre.
-No, Ranma, por favor. No sabes si así se contagia, ¡no lo sabes!
-Tu tampoco, y la quiero, no puedes negarme esto.
Me mira más allá de sorprendida.
-¿Cómo…? No tiene sentido lo que dices. ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? ¡Por supuesto que puedo negártelo!
-¡Dime ¿qué va a pasar si cambias?! Si cuando mueras no mueres, ¿qué se supone que haré entonces? –creo que estoy gritando, no puedo estar seguro porque me siento al borde de la locura. No hay un solo ruido más a kilómetros, tal vez a millas a la redonda, y mis palabras se hacen tan fuertes como truenos-. ¿Me vas a orillar a matarte? ¡¿Eso quieres para mi?!
Niega con la cabeza repetidas veces, creo que no va a decir nada, pero lo hace:
-Contagiarte no ayudará. Puedo convertirme en lo que se convirtieron Ryoga y Mousse mucho antes de que tu mueras, o después. ¿Y qué pasará si eres tú el que pierde el alma? ¿Me harías eso? ¿Eh? ¡Dímelo! –con sus puños frágiles me golpea en el pecho-. ¡No puedes saberlo! ¡No puedes y sólo nos arriesgarás a ambos!
-¡No! Si tengo la fiebre y tu pierdes el alma, como dices, entonces…-¿entonces qué? ¿Será más fácil matarla?-. Entonces sabré que te volveré a ver pronto –mi voz se quiebra así que hago una pausa, aprieto los dientes, siento mi mandíbula de piedra-. Al menos así lo sabré.
-¿Y si eres tú el que se pierde?
-Jamás, y escúchalo bien, jamás te haría daño. Si siento que la fiebre consumirá lo mejor de mi, te juro que…
-Ya. Cállate ya. No lo haré, Ranma. No te haría esto por nada del mundo. Es una idiotez, has perdido la cabeza por completo. ¡No lo haré jamás! ¡Suéltame!
No la suelto, por supuesto, ya nunca más la volveré a soltar. Y sus intentos de alejarse de mi son menos que nada, es como luchar contra una hoja atrapada en mis dedos que se agita desesperada por el viento. No puede ganarme, ni el viento ni ella. Y solo debo aplicar un poco más de fuerza, así que lo hago. Sus labios tocan los míos, y yo los acaricio suavemente con la punta de mi lengua, pero ella se reúsa a abrirlos.
-No lo haré –repite tan cerca de mi que apenas puede hablar.
-Si lo harás, lo harás por mi.
-Es por ti que…
Y tomo la oportunidad. Sello sus palabras con mis labios, mi lengua toca la suya primero con desesperación, luego con ternura. Siento la fiebre dentro de su cuerpo, la siento arder y suplico, por todo lo bueno que hubo alguna vez en el mundo y por todo lo bueno que queda, por favor, por favor quiero la fiebre.
