Capítulo 10
Estar con Akane así, siendo un mismo ser en aquel momento que durará hasta la eternidad, es definitivamente lo mejor que me ha pasado. No es que lo compare con nada, porque no tiene comparación, pero no recuerdo haberme sentido tan feliz y completo ni siquiera cuando me liberé de la maldición. Nada me ha parecido nunca tan magnífico.
Quiero le fiebre porque quiero ir con ella, y tal vez si quedara alguien para escuchar mi historia, me juzgaría de cobarde. Si, tal vez lo soy, pues nada se me clava tan dolorosamente en las entrañas como pensar que pasaré un solo día sin ella. Sabiendo que se ha ido para siempre, que no la veré reír, no la escucharé hablar, no sentiré sus manos sombre mi piel. Así que sí, soy un cobarde, el peor de todos, y no me importa.
Después de su colapso de fiebre y culpa, los dos recostados en la cama, hablamos sobre los salvajes casi en susurro, como si temiéramos que alguno nos escuchara y se apareciera tumbando la puerta. "¡Con que hablando de mi, eh!"
-Se contagia por aire, estoy seguro –afirmo pasando mis dedos por las hebras de su cabello de seda-, y sea lo que sea, dependiendo del cuerpo, tarda en incubar y lanzarse a la sangre.
Akane se encoje de hombros, siento su cuello arder sobre mi brazo, sus manos como brazas en mi pecho.
-Supongo que tu teoría es tan buena como cualquier otra. Puede ser lo mismo que dices, el tiempo de incubación, pero por contacto. Si es así, eso podría explicar por qué después de lo que pasó en el bosque yo enfermé y tu no. El niño y yo forcejeamos sobre la tierra, y me arañó la espalda. A ti no te tocó Mousse.
Si, puede ser, o no. Y podríamos deliberar acerca de esto toda la noche, pero llegaríamos al mismo inestable punto en el que estamos. Una paso adelante es el aire, un paso atrás el contacto, y ambos lados el simio que se escapó del laboratorio, o el virus que no pudieron controlar. Saberlo no nos curará, no nos salvará.
Apenas dormimos, ella tiene pesadillas horribles que le arrancan lágrimas y lamentos, y el dolor le crispa las manos y la obliga a apretar los dientes. Trato de calmarla con toallas húmedas y lo que queda de los antibióticos, pero no sirve de nada, sigue temblando y murmurando cosas inentendibles y yo siento que me muero. Desgraciadamente, no siento que me muero literalmente. Aún no tengo síntomas. Akane me dijo que sólo pasaron unas horas desde el encuentro con el niño en el bosque cuando sintió el primer mareo, y si se trata de contacto, yo he tenido mucho de eso.
Paso la noche en vela, pero al siguiente día se ve mejor. Abre los ojos de miel y me mira sonriendo.
-¿Cómo te sientes? –me pregunta, ella a mí. Niego con la cabeza, ¿cómo puede ser esa su primer pregunta al despertar de una noche como la que tuvo? Paso mi mano por su frente, luego sus mejillas y me inclino para besar sus labios.
-¿Tienes hambre?
Ella dice que no, me lo imaginaba.
-No puedes estar sin comer nada.
-Lo que coma mi estómago se encargará de devolverlo.
-O puedes hacer un esfuerzo.
-¿Crees que no lo hago?
-¿Por mi?
Dice que si, pero la noto más pálida, su piel más caliente y sus mejillas enrojecidas. Sus ojos brillan. Una punzada de miedo me detiene el corazón pero no lo demuestro. Me levanto de la cama con el susurro de las sábanas al resbalar de mis piernas. Tomo una rápida ducha donde cambio mis vendajes y limpio la herida. Akane hizo un trabajo espectacular curándola, no puedo evitar sentirme un poco sorprendido en el mal sentido. ¿Por qué nunca me dijo que sabía tanto de medicina? Busco mis pantalones y veo mi camisa sobre el escritorio. Akane la lavó pero aún así me siento un poco idiota usando una prenda rota. Después, me siento más idiota por siquiera preocuparme por algo tan absurdo. No es como que alguien me va a ver.
Ni siquiera creo que quede alguien a kilómetros a la redonda.
Tomo un par de pastillas para el dolor y le doy otro par a Akane. Me siento a su lado sobre la cama.
-Voy por algo de comida –entonces beso sus ojos cerrados, sus mejillas y de nuevo sus labios y ella me responde dejando entrar mi lengua. Es fuego, su interior es sólo fuego, pero no me molesta y no es insoportable. Solo me preocupa y me asusta como nada en el mundo. "¿Y si se levanta después de muerta?" Basta, basta de eso.
Salgo de la habitación no sin antes lanzarle una última mirada, se ve tan frágil ahí acostada, con las sábanas blancas y húmedas de su sudor tapándole hasta la cintura, temblando repentinamente, y la cascada de cabello oscuro ondeando sobre la almohada. Tiene la respiración difícil y me recuerda a mi padre en sus últimos momentos, lo cual me deja petrificado en mi lugar, con una mano sobre la chapa de la puerta, y un pie en el pasillo. ¿Y si estos son sus últimos momentos? "¿Y si cuando vuelvas ya está muerta? O peor aún, ¿y si cuando vuelvas te está esperando?" Oh Dios, no sé cómo vivir con esto. "No tienes que dejar el motel para encontrar comida, hazlo rápido y regresa."
Cierro la puerta tras mi espalda, pero tan lentamente que casi puedo tocar todas mis dudas empujando contra la madera.
En la máquina dispensadora ya sólo quedan un par de pastelillos y otro par de bebidas de sabor, golosinas y pedazos de vidrio. Tomo todo lo que se pueda comer y busco la cocina, debe de haber una cocina. Estoy a punto de rendirme, pasando entre cuarto y cuarto y a veces retrocediendo con una mano sobre mi nariz y boca por el insoportable hedor de la muerte. Debe haber un puñado de cuerpos descomponiéndose en los rincones, y cuando el olor se acerca a mi, yo me alejo. Entonces, fuera de la recepción hay una puerta entreabierta que me guía a una pequeña casa, donde seguro vivían los dueños del motel, y ahí hay cocina, sólo que no todo está en buen estado.
Me llevo lo que sirve, y cuando voy a salir de ahí veo una mesilla que dio funciones de comedor, con un mantel de bordados turquesa y un florero vacío, entonces tengo una idea. Subo a las habitaciones, que son dos, y afortunadamente en una encuentro lo que estoy buscando.
Cuando regreso a la habitación ya es medio día, y sigo sin un solo síntoma. Han pasado veinticuatro horas desde que la besé. Trato de no pensar en eso y voy directo hacia Akane, de nuevo a sentarme a su lado. Lo primero que hago es comprobar que respira, y cuando veo que es así (aunque su respiración se siente como meter la mano en un horno) me doy cuenta que mi corazón está golpeando con fuerza mi pecho y mis oídos. "¿Y estaba muerta? ¿Qué habrías hecho idiota, tardándote tanto, perdiéndote los que podrían ser sus últimos minutos?"
Bien, sé lo que habría hecho, pero no vale la pena tocar temas tan oscuros. No necesitamos más de eso.
Abre los ojos y yo paso una mano tras su cuello y otra en su cintura y la levanto hacia mi, la envuelvo en mis brazos y ella pasa los suyos alrededor de mi cintura, recarga la cabeza en mi hombro, y nos quedamos así un momento, en silencio, y bajo mis manos la siento temblar.
-¿Quieres ver lo que traje? –pregunto, desesperado por romper el manto de angustia que ha caído sobre nosotros y nos tapa por completo. Ella asiente con la cabeza pero no se mueve, y no lo hace porque ya no tiene fuerza.
"Akane, no me dejes –grita la voz en mi cabeza y es la voz de mi corazón y de mi alma, tan fuerte que me duelen los huesos-. No me dejes, por favor, no puedo verte morir. No puedo permitir que te vayas, ¿qué hago?"
Dejo que su espalda descanse en la cabecera, y pongo sobre su regazo los pastelillos de crema y limón y las bebidas de sabor. Aleja la mirada como si no soportara mirarlos, como si fueran trozos de carne podrida o algo peor.
-No puedo –y se lleva una mano a los labios.
-Por favor, aunque sea bebe esto –abro una de las botellas y la acerco a sus labios. La toma con ambas manos, respira profundo como si aquello requiriera una gran cantidad de valor, y bebe un sorbo, luego otro, y espera. Yo también espero, con el alma en un hilo. Qué extraña expresión, y sin embargo, hay que estar en una situación que te arranque el aliento y te detenga el pulso para comprenderla.
No pasa nada, incluso sonríe, es una sonrisa suave, de medio lado, pero me contagia en seguida, y vuelve a beber. Por dentro doy gracias a Dios y a la vida y a su estómago que lo está aceptando. Me como los pastelillos mucho más aliviado, siento que he estado cargando una tonelada de barras de acero y apenas descanso.
Increíblemente, Akane se termina la bebida y parece que el color le regresa un poco a la piel.
-Ranma…-parece no encontrar las palabras, yo trago el último pedazo dulce de limón-. ¿Me ayudas a ducharme?
Dos cosas pasan en ese momento: siento mis mejillas enrojecer y regreso a tener dieciséis años cuando había vida y risas y peleas en mi mundo; luego pienso que es completamente estúpido enrojecer por algo así cuando ya la he visto desnuda, ella es mía, y no tengo dieciséis, tengo veintidós y me siento de treinta últimamente.
Pero se ve tan frágil, tan debilitada que me parece de cristal, quebradiza como una muñeca de arena. Me levanto y voy a preparar la tina, no hay forma de que pueda mantenerse en pie. Cuando está llena de agua caliente, la tomo entre mis brazos y es tan liviana que estoy a punto de volver a quedar petrificado de miedo pero me obligo, con todo lo que tengo, a pretender que no me doy cuenta, todo está bien, ella no está muriendo y yo no estoy aterrorizado más allá de cualquier definición al respecto.
La meto en la tina, me arrodillo a su lado, tomo la esponja y comienzo a limpiar su cuerpo, que a pesar de estar agonizante sigue preservando su belleza, sus líneas definidas tras la palidez de cera, la suavidad de terciopelo bajo sus huesos de carbón rojo. Luego lavo su cabello, largo, brillante, hasta que huele a flores salvajes y manzanas. La envuelvo en una toalla y la llevo de nuevo a la cama donde me encargo de secar cada parte de su cuerpo, incluso entre dedo y dedo de pie y ella suelta una carcajada inesperada que hace bailar mi corazón martirizado. Y, finalmente cepillo su cabello, una y otra vez hasta que se seca y queda más suave que nunca sobre su espalda, y cae sobre sus hombros como chorros de agua negro-azulada.
-Te amo –murmura y luego me besa, sus manos en mis mejillas, su aliento es suave y débil.- ¿Por qué pasó esto, Ranma? ¿Por qué cuando por fin te tengo y sé que eres para siempre mío?
-Siempre he sido tuyo. Siempre.
-Pero yo fui una tonta.
-Y yo el más idiota de todos los hombres –la idea me saca una sonrisa porque es cierto, fue el más idiota, inseguro e inmaduro, incluso entre nuestros amigos, y pensarlo me llena de tristeza y me hace sonreír, no entiendo por qué. De pronto quiero llorar, pero los hombres no lloran. "Lloraste en el bosque, ¿recuerdas? Cuando todos murieron, cuando Ryoga le clavó los dedos a Nabiki y Akane soltó el primer grito del martirio que sería el resto de tu vida y la de ella? Entonces, ¿los hombres lloran o no?"-. Mousse siempre le dijo a Shampoo que la amaba, Kuno a ti, y Ryoga…Bueno, al final lo hizo ¿cierto? El único cobarde aquí fui yo.
-Y yo…
-Tú nunca debiste preocuparte por lo que yo sentía, así que de nuevo, es sólo mi culpa. Déjame a mi cargar con eso, ¿de acuerdo? –no es por hacerme el héroe, es porque no creo que ella pueda cargar con nada más. Ni emocional, ni mental, mucho menos físicamente, porque entonces se va a desmoronar en mis manos y veré caer sus cenizas entre mis dedos y me volveré loco-. Tengo una pregunta completamente absurda para ti.
-Dímela.
-¿Cómo te sientes? –la miro directo a los ojos y me vuelvo a sentir ebrio y al mismo tiempo incomparablemente seguro.
Ella sonríe.
-Perdidamente enamorada de ti.
Es mi turno de sonreír.
-Entonces déjame mostrarte algo. Te tengo una sorpresa.
