Capítulo 11
Me acerco al ropero de pino que ofrece nuestra lujosa habitación de motel de paso, y saco un vestido blanco, el que encontré en la segunda habitación de la casa de los dueños. Si es que eso eran. Tenía la esperanza de que alguna fuera mas o menos de la complexión de Akane, y al parecer no fallé. Ella lo mira sorprendida, con sus enormes ojos tan abiertos como los de una niña que descubre los regalos de Navidad por primera vez. Siento una oleada de amor tan pura que me aleja por un momento de la horrible realidad. La ayudo a ponerse vestido, ella alza los brazos por encima de su cabeza y yo lo deslizo. Le queda un poco corto, hasta a los muslos, que no es mucha diferencia del roto que tenía, y sin pensarlo paso mi mano por ellos, luego las bajo y su piel arde pero al mismo tiempo es tan suave que me podría hacer adicto. Dejo que mis manos descansen en sus rodillas y ella me mira con tanta intensidad que no se me ocurre otra cosa que sonreírle.
-¿De dónde lo sacaste? –me pregunta mientras ato el lazo, igualmente blanco, a su fina cintura.
-Ah, es uno de mis muchísimos dones. Ahora, tápate, no quiero que te de un resfriado –no sé bien de dónde viene el repentino buen humor.
Ella suelta una risa que me suena a campanillas de cristal, mientras pongo sobre sus hombros las sábanas y la envuelvo en ellas.
-¿Estás bromeando?
-Por supuesto que si –le doy un rápido beso en los labios y la cargo en vilo. Y es, otra vez, ligera como una pluma, tengo la sensación de que sentiré el mismo terror paralizante cada vez que compruebe lo poco que queda de ella. "No, no pienses en nada hasta que este día se acabe. Luego puedes volver a ser tan miserable como hasta ahora."
Y tal vez mañana ya tenga la fiebre, y todo esto carecerá de importancia.
Salimos de la habitación y compruebo a través del ventanal que estamos justo a la hora del crepúsculo. Subo las escaleras con ella en mis brazos, sólo un par de pisos antes de abrir la puerta al techo. Afuera el aire de verano, tibio y húmedo, nos acaricia el rostro y revuelve su hermoso cabello. Avanzo por un tramo pequeño que guía a la parte amplia del techo, donde he preparado una mesita (la de la casa de los dueños) con un florero lleno de Camelias, que tuve la suerte de encontrar en el bosque que nos rodea en todas direcciones, un par de platos (no puedo decir que de porcelana pero algo es algo) con sardinas, que es lo único que queda comestible, una sola botella más de agua de sabor, y un paquete de galletas saladas. Además de que encontré todas las velas que había en cada habitación (haciendo el gran esfuerzo de entrar incluso a aquellas que hedían a tumba) y tracé un pequeño camino hasta la mesa, donde un par de velas más nos esperan.
Akane ahoga una exclamación y por nada del mundo me pierdo su expresión de absoluta sorpresa y encanto.
-Ranma… -susurra, y no dice más porque la enorme sonrisa que le ilumina el rostro no se lo permite.
La siento en una de las sillas y rápidamente me dedico a prender las velas con una caja de cerillas, que igual encontré en la cocina.
-¿Te gusta? –pregunto sentándome a su lado.
-¿Qué si me gusta? –sus ojos brillan y se ve tan hermosa que no importa si es por la fiebre o por la luz de las velas o el tono rojo y anaranjado del cielo y sus nubes rasgadas. Es preciosa, es mía, y este su momento.-Ranma es… Es perfecto, es… -se lleva ambas manos a los labios y después ríe, y si aún puede reír, aún hay esperanza, ¿cierto? "No –responde la vocecita agria, que no se calla ni se callará nunca-. No es cierto, no te engañes. Pero por ahora está bien. Y mañana tal vez tengas la fiebre."
Siento mi estómago volverse un nudo, sigo sin síntomas, y no quiero pensar en eso tampoco.
-El menú de hoy, de entre todos los majares que había para elegir, es sardinas enlatadas –escucho mi voz risueña, tranquila, y me sorprende lo bien que puedo controlarla.
-Mi favorito –me regala otra sonrisa, y me encargo de grabar esa imagen con fuego en mi memoria, porque como dije antes, los detalles son lo único que nos queda.
Detalles, como una de sus manos deslizándose sobre la mesa hasta encontrar la mía, y a pesar de que la fiebre está acabando con ella por dentro, sus dedos están fríos. "Helados." O sus largas pestañas que atrapan las luces del cielo, y los movimientos que realiza cuando se quita de los hombros las sábanas y me deja ver la desnudes de sus brazos, de su cuello.
Los detalles son todo, se han convertido en todo pues cada uno puede ser el último, y cuando quede un sólo ser humano, si es que queda alguien además de nosotros, lo único que tendrá será eso, los detallas en cada uno de sus recuerdos, y en todos ellos, en él o ella, recaerá la humanidad completa.
-¿En qué piensas? –pregunta y tengo que parpadear un par de veces para alejar todo aquello, pero es casi imposible.
-¿Quedará alguien más?
-Si –y lo dice tan segura, como si supiera donde están.
-¿Cómo lo sabes?
-Sólo lo sé –y comprendo que es esperanza, sin esperanza ya nos habríamos vuelto locos estando tan absurdamente cerca del filo entre lo racional y lo demente.
Empezamos a hablar de nuestra familia, pero no es una plática triste, sino que recordamos lo mejor de cada uno. Kasumi y su dulzura, la ambición de Nabiki, mi padre huyendo de todo convirtiéndose en panda y hablando por letreros, y el señor Tendo con su dramatismo incomparable. ¡Todas las aventuras que vivimos juntos! Los celos de Shampoo, la locura de Kodashi, y un millón de pretendientes con los que luchar. Y terminamos así, justo así, en nuestro mundo, a nuestra edad, en nuestra vida, llegó el Apocalipsis.
-Lo único bueno de todo esto –dice, y noto que apenas ha probado bocado y ya ni siquiera bebe el agua de sabor-, es que pronto los volveré a ver a todos. ¿Verdad?
Entonces me quedo sin palabras y el nudo que estaba en mi estómago sube hasta mi garganta y ahí se queda, duro como roca.
-Veré a mis padres y a mis hermanas y al Tío Genma, y les diré que los extrañas mucho y que siempre piensas en ellos.
-Yo también los veré pronto.
Y la forma en la que me mira, es un segundo, menos de un segundo, pero de inmediato comprendo que ella no cree que yo enferme, ¡no lo cree y en el fondo yo tampoco! Pero decirlo en voz alta es demasiado, es no dar vuelta atrás.
-¿Y qué pasaría si fueras inmune?
-Akane…
-¿Qué pasaría? Es sólo una situación hipotética. Imagina que lo eres, y tal vez en tu sangre esté la cura.
-¿La cura para quién?
-Para los que quedan, Ranma –su tono me deja claro que es obvio que quedan más, y yo lo sé, no soy tan prepotente para creernos los únicos. Pero es sólo una posibilidad, y el mundo se ha convertido en un océano de posibilidades. Quedan sobrevivientes además de nosotros, o no. Soy la cura, o no.
-Los que quedan, donde sea que estén, siguen de pie porque son inmunes. Y vamos a imaginar por un momento que yo tengo la cura, ¿quién la va a desarrollar? ¿En qué laboratorio?
-No sabes si hay bases militares con gente que puede hacer eso, refugios…
-¿Por qué me dices eso? –he perdido el apetito y la conversación no me gusta-. Me pasaste la fiebre, ¿de acuerdo?
-¿Y si no?
¿Y si no? Bien, esa es una excelente pregunta, ¿no es así? Excelente, ¿y si no qué harás, Ranma Saotome? ¿Jugar al héroe? ¿Recorrer Japón de punta a punta y si no hay nadie cruzar a otras tierras? "Si, tal vez encuentres la base militar, y te hagan un millón de pruebas doctores con temperatura de 43 grados. Si, tal vez encuentren la cura, ¿por qué no? Si no mueren antes, claro. ¿O le vas a decir lo que en realidad va a pasar si no?"
-Imagina que te arrancan una pierna, o un brazo –digo, y siento un cosquilleo incómodo en las piernas-. El trauma es terrible, tu vida cambia para siempre, una parte de ti se ha ido. Pero sobrevives, aprendes a vivir así. Ahora imagina que te quitan los riñones, los pulmones, o drenan toda tu sangre. No puedes, aunque lo intentes es imposible. Y si tu mueres, eso es exactamente lo que va a pasar conmigo, ¿me entiendes? No sobreviviré. Y no te lo digo porque de pronto soy absurdamente romántico, ni porque estemos al borde del fin del mundo, sino porque es así Akane, simple y al grano. Cuando pensé que habías muerto en Jusenkyo, es precisamente así como me sentí. Incapaz de seguir respirando. Así que basta ya con ese tema, ¿de acuerdo? Basta ya.
-De acuerdo –murmura y lamento haber sido tan seco, parece una niña regañada.
Detalles, es una niña en el cuerpo de una mujer, y una guerrera en el cuerpo de una diosa, y fue increíblemente valiente e increíblemente fuerte al sacarme del bosque y cuidarme hasta verme recuperado. Mató a Mousse, se encontró frente a frente con Ryoga, o lo que sea que esté en su cuerpo, e incluso intentó matar a un niño de ocho años, que ya no era ningún niño. Pero ese es el punto de todo esto, ¿cierto? No importa si era un niño o no, o el hombre pato, o mi mejor amigo, porque hizo lo que tenía que hacer para salvarme. Y sin embargo, sigue siendo una niña.
-Yo tampoco podría respirar si mueres, Ranma –dice de pronto-. Y por un momento pensé que te irías y sentí que no podría un minuto más. Ayer estaba segura que debías vivir porque es lo correcto, es lo que debe ser, ¿cierto? Buscar esperanza, encontrar sobrevivientes y empezar de cero una nueva vida. Vivir. Ahora… -sus manos están temblando y las esconde debajo de las sábanas en sus piernas, sus ojos destellan de lágrimas-. De verdad espero que puedas venir conmigo.
Me levanto como un rayo, la silla en la que estaba sentado se tambalea hacia atrás y cae con un ruido sordo, pero la escucho muy lejos y sólo puedo ver mis brazos rodeando la cintura de la mujer que amo más que a mi vida, al mismo tiempo que pierde el conocimiento y su cabeza cae sobre mi hombro. La fiebre ya está en su punto más crítico, la siento brotando de cada poro de su piel, y sólo por un instante me quedo ahí, arrodillado a su lado, sosteniéndola, escuchando el ya muy conocido tambor de guerra que es mi corazón. Y el horizonte ya es blanco, azul y negro, y más estrellas de las que he visto jamás parpadean sobre nosotros. El silencio es absorbente, es todo y aplasta, lastima.
Y no puedo, no puedo con la idea de que la voy a perder.
No puedo.
Después de eso, todo cae en picada, los siguientes dos días son un infierno peor que cualquier otro que he vivido jamás, Akane no vuelve a tener un solo momento de lucidez, yo apenas duermo y ni siquiera cuando está sedada (con el resto de los medicamentos que encontré en la casita) me atrevo a cerrar los ojos. La meto a la tina al menos una vez día, intento hacerla comer, pero nada funciona, nada.
La noche del tercer día desde que la besé, mueve las manos como si buscara algo y yo las tomo entre las mías, abre los ojos y por fin me enfoca, por fin me ve y ha dejado de divagar en sueños y recuerdos.
-Ranma, ¿estás…?
Y entonces lo digo en voz alta, porque ya no puedo taparme los ojos y fingir que todo saldrá bien. Soy inmune.
-Por favor, recuéstate a mi lado –me pide, ¿y cómo podría negarle algo al gran y único amor de mi vida? Lo hago, claro, y ella se gira para verme cara a cara, y así nos quedamos un rato hasta que el sueño la vence de nuevo, y para mi sorpresa, a mi también.
-Ranma –su voz me arranca de un sueño sin sueños, como si una mano me sacara de un océano negro y frío. Abro los ojos apenas escucho su voz, completamente alerta.
La negrura de un mundo sin luz es completa, aplasta y asusta, pero esa noche hay Luna llena y sus rayos de plata pasan por las cortinas descorridas y me muestran su figura y sus ojos como un par de estrellas. La vela que estaba en su buró se ha consumido por completo, pero no la necesito, puedo verla claramente, y se ve más extraordinariamente hermosa que nunca.
-¿Qué pasa? –pregunto, si es posible, más allá de aterrado.
Porque ya sé que sucede.
-Está pasando.
-¿Qué está pasando?
No, no quiero, no quiero, no quiero, por favor no, ¿qué hago? ¿Qué hago?
Ella pasa una mano de fuego sobre mi mejilla, me acaricia suavemente, tan, tan suavemente que mis ojos se nublan de lágrimas y mi garganta duele como si algo la atravesara.
-Mi amor –susurra, su aliento es dulce-. Mi Ranma. Ha llegado el momento de que me vaya.
