Capítulo 12

-No –la palabra escapa de sus labios como un susurro, pero lleva consigo la inmensa desesperación de un hombre enamorado, asustado, abandonado. No hay dolor más fuerte que ese, el verlo así. Ni siquiera el dolor que por fin está consumiendo el último vestigio que me queda de vida se le compara a esto.

Siento que la fiebre me derrite el cerebro, que mis ojos se hacen agua, que mi lengua es un carbón encendido. Siento mi cuerpo colapsar y me imagino uno de esos viejos edificios abandonados derrumbándose entre una nube de polvo. Que extraño pensamiento, casi puedo sentir el polvo en mi nariz, tapándome los pulmones. Deliro. Deliro todo el tiempo y no, debo estar aquí para despedirme de Ranma. "Concéntrate, por última vez."

Si, es la última vez, más me vale hacerlo bien.

Parpadeo e intento enfocar de nuevo los ojos imposibles del hombre que sin duda es el más apuesto, fuerte y perfecto sobre la faz de la Tierra; antes y después de terminar.

-Ranma, te amo más que a nada en el mundo, en este y todos los mundos, tu eres mi alma.

-Akane… Por favor –la primer lágrima que sale de sus ojos brilla como un diamante bajo la luz de plata, y rueda sobre el puente de su nariz, resbala por la mejilla envuelta en sombras y se pierde.

Siento como si garras de fuego trituraran mi estómago y mis entrañas, mi sangre es ácido, apenas puedo soportarlo, y sin embargo el dolor me parece irrelevante, casi lo puedo ignorar. ¿No es extraño?

-Estoy tan feliz de haberte conocido, de haber podido amarte y ser quien se quedara con tu corazón.

-Mi corazón siempre ha sido tuyo… Tu eres mi corazón, y no se… No sé qué voy a hacer sin ti –aun susurra, creo que yo también lo hago, y pienso de nuevo en el edificio que se derrumba, y en el dosel de ramas sobre nuestras cabezas en el bosque. Veo los espacios recortados entre hojas y ramas, y la luz el Sol brillando entre éstos. Siento el aire-. Akane.

Su mano está en mi mejilla, parecemos dos amantes a punto de ser vencidos por el sueño. La forma en que dice mi nombre me da a entender que ya estaba de nuevo en el mundo de fuego y humo de la fiebre.

-¿Qué hago? –me pregunta como si yo tuviera algún tipo de respuesta a todo eso, y es de lo más inusual, pero creo tenerla.

-Tienes que darme tu palabra.

-No –niega con la cabeza sobre la almohada.

-Vas a vivir…

-Ya hablamos de esto, Akane, por favor –otra lágrima, más brillante si es posible, atrapa toda mi atención cuando se desliza hasta sus labios, tan hermosos, tan suaves, quisiera pasar un dedo sobre ellos, y besarlo hasta quedar sin aliento. Pero para mi desgracia, no me puedo mover. Ya no.

-Vas a vivir por la gente que queda allá afuera, por aquellos que aún creen en la esperanza. Vas a vivir para darles esa esperanza, y evitar que esta historia se repita.

-Akane, basta…

-Evitar que los enamorados se separen y las familias se fragmenten.

-Yo no soy la cura –lo dice entre dientes, está furioso y no lo culpo. Yo misma siento un poco de rabia contra la vida, contra lo injusto que es todo esto.

-Eres tan especial, Ranma. Siempre lo has sido.

-Detente por favor. Sólo no te vayas, ¿de acuerdo? No te vayas.

-Dame tu palabra, Ranma.

-No –su rostro se transforma en puro dolor y la tristeza en sus ojos me parte el corazón en mil pedazos, ese no es un dolor que pueda ignorar, es el peor de todos, el más profundo e inhumano-. No, y no te vas a ir. No vas a dejarme solo.

Se levanta de un brinco, lleno de energía, como si las pocas horas que ha dormido en días fueran suficientes para tenerlo despierto por semanas enteras. Rodea la cama en dos zancadas y me levanta en vilo, de nuevo. Sus brazos alrededor de mi son de acero, su cuerpo fresco es un delicioso alivio. Pero siento su respiración agitada, casi puedo tocar el miedo que sale de él, y pongo suavemente mi mano sobre su pecho; su corazón parece querer quebrarlo y correr, irse conmigo.

Yo también quiero que esté conmigo, que me siga. Pero no soy tan egoísta, y lo amo demasiado para dejarlo cometer una locura siendo tan joven, tan envidiablemente sano. Sin soltarme ni por un segundo, abre el grifo de la regadera, y nos mete. El chorro de agua fría me quita el aliento y me estremezco, no me deja ir y comprendo que es así como será, que a pesar de lo horrible y torcido de la situación que nos ha orillado a esto, a pesar del dolor, de la agonía en el alma, del miedo, es así como voy a morir. En sus brazos.

¿Qué mejor forma de dejar este mundo?

Se sienta en la tina, estoy en su regazo, no puedo mover mis brazos, ya casi pierdo toda la fuerza. Pero estoy con él, estoy con él y eso es lo único que importa.

-Escúchame Akane, tienes que luchar contra esto, tienes que recuperarte porque no voy a poder, ¿me entiendes? –es un llanto de desesperación, es el último trágico intento y el primer rastro de la negación.

-Dame tu palabra.

Él vuelve a negar con la cabeza, yo estoy perdida en sus ojos, veo un mar infinito, un mar de agua quieta turbio en el fondo, luego veo las gotas resbalar sobre sus cabellos y desprenderse de la punta, las veo caer sobre mi rostro y parece lluvia.

Lluvia.

¿Cuándo fue la última vez que estuve bajo la lluvia? Ya no siento que el agua esté fría, ni caliente, no la siento en mi piel, porque ya no siento nada.

-Dame tu palabra -¿lo dije? ¿Lo pensé? ¿Intenté decirlo y fallé?-. No dejes… que se repita.

Busco una vez más sus ojos, y los encuentro repletos de lágrimas y en su rostro apuesto una mueca de terrible agonía.

-De acuerdo –dice al fin. Al fin, gracias Dios. ¿Qué tal eso para nuevo mantra? Gracias.- De acuerdo, tienes mi palabra.

Ah, me he equivocado, porque si siento. Siento que sonrío, siento que lo amo más que nunca y que ha aliviado la inquietud en mi corazón. Siento que él es toda mi vida, y toda la vida que el mundo necesita está en él.

-Te amo –esta vez estoy segura de que lo dije.

-Te amo, yo te amo mi hermosa prometida, te amo.

El agua se confunde con sus lágrimas, se confunde con el mundo entero cuando todo comienza a borrarse. Comienza a desaparecer, primero las paredes y el techo, luego la tina, la regadera, el agua, veo a Ranma inclinado sobre mi cuerpo, hundiendo sus dedos en mi piel y escondiendo el rostro en mi cuello. Lo veo meciéndose hacia delante y atrás y lo escucho, claramente, llorar como nunca he escuchado a nadie hacerlo, con una fuerza y un desgarre que me perforan. Y finalmente…

Finalmente también desaparece él.

Y vuelvo a sentir. Con fuerza, siento que me desprendo de todos los males del mundo, del hambre y la pobreza, los crímenes, el llanto, el miedo, todos los temores infundados. Me veo de niña corriendo por el jardín que rodea el dojo, y veo a mi madre extendiendo sus brazos hacia mí. Veo el cielo de mil colores, el cielo de las mañanas y las noches y como se mezclan como los colores en un lienzo. Veo a Ranma por primera vez, luego caminando sobre el enrejado de la calle, su sombra sobre la mía, o delante de mi, sus brazos tras la nuca, el falso desinterés tan obvio. ¿Cómo no me di cuenta antes? Veo su rostro iluminado por la mas hermosa de todas las sonrisas cuando vuelve sin maldición, y luego escucho de nuevo el llanto que le parte el alma bajo el agua de la regadera.

Lo veo todo, veo al mundo completo y siento que se está despidiendo de mi. Quiero llorar, quiero reír, gritar, correr, cantar, bailar… No hay dolor, no recuerdo el dolor.


Y entonces, mis pies descalzos tocan el césped, mis rodillas hormiguean, mis brazos buscan equilibrio y la luz cegadora e inesperada del Sol me deslumbra. Tengo que protegerme los ojos con las manos y esperar a que los puntos blancos sobre mi visión se difuminen.

Estoy en casa. Es mi casa, el dojo. Es hermosa y siento que no la he visto en un millón de años. Escucho las aves, las veo volar de un árbol al otro, escucho el bambú pegar contra las piedras del estanque, y el agua… Luego escucho mi respiración salir de mi boca una y otra vez, estoy anonadada.

Más que eso.

Doy un paso y es real, el pasto es real y cosquillea en la planta de mis pies, murmura con mis movimientos, y un sinfín de emociones llena mi pecho. Avanzo, al menos mis piernas lo hacen por mi, y entonces, cerca del estanque, veo a Nabiki.

-Nabiki…-no es mas que aire saliendo de mis pulmones, ni siquiera escucho mi voz, pero ella se gira y me mira.

Y sonríe tan ampliamente, tan divinamente que se me llenan los ojos de lágrimas y el corazón de alegría y sin pensarlo corro hacia ella y ella hacia mi.

Nos abrazamos con tanta fuerza que casi pierdo el aliento, pero no me importa porque puedo sentir su calor, su piel, su perfume y el cosquilleo de su cabello en la punta de mi nariz. Y la siento respirar. Lloro de la más inexplicable felicidad, y ella también llora sobre mi hombro.

-¿Cómo es posible? –pregunto cuando nos separamos, aunque lo único que quiero es volverla a abrazar y no soltarla jamás-. ¿Dónde estoy?

-¿Akane? –la voz más dulce del mundo. ¿Tengo que decir de quién es?

Kasumi está de pie en la entrada de la casa, su cabello destella con la luz del sol cuando sale al jardín, su vestido y delantal, como si no hubiera pasado nada, se hinchan con el viento cuando me abre los brazos, y yo me envuelvo en ella y lloro con más desesperación.

-Oh, mi dulce niña –dice mientras me acaricia el cabello-. Te he extrañado tanto.

-Nos preguntábamos cuándo ibas a venir –dice Nabiki, uniendo su mano a la de nuestra hermana mayor sobre mi cabeza.

-Y si ellas se lo han preguntado –una tercera voz se extiende hasta nosotras-, imagínate yo, mi niña.

-¿Mamá?

Mamá, sí. Se une al abrazo, estoy demasiado impresionada para poder decir algo, así que las lleno de caricias y besos y abrazos, y trato de ignorar por un minuto más la pregunta que me da vueltas y vueltas en la cabeza, casi tanto como la respuesta que se clava en mi corazón.

-¿Dónde…? -¿qué? ¿Dónde estoy? No, no es eso lo que quiero saber-. ¿Dónde está Ranma?

Mis hermanas y mi madre se separan un poco de mi, entre mis manos tengo sus manos, y tras la puerta de la casa veo a mi padre, sonriéndome.

-¿Ranma? –pregunta Kasumi, pero no como si no lo conociera, más bien no esperaba aquello.

-Ranma no está aquí –responde Nabiki, con su incomparable tono suficiente.

-¿Por qué no?

-Porque, querida –mi madre pasa su mano por mis mejillas-, él está vivo.


Y este es el final. Esto, lo último que diré de mi historia.

Estoy en mi cielo, por decirlo de algún modo. Nabiki dice que todos tenemos uno, y aunque es difícil de explicar, y aún más de entender, estamos entrelazados entre todos, como la red de una telaraña. Pero un cielo sin Ranma, no es cielo ¿cierto? ¿Es egoísta que diga esto? Antes dije que no era tan egoísta. Tan.

En mi cielo, está lloviendo, estuve un rato afuera, en el jardín, sintiendo las gotas de tibia lluvia caer sobre mi, empapar mi vestido que sigue siendo el vestido blanco que Ranma encontró para mi, pero me ajusta mucho mejor ahora. Después me quedé viendo la lluvia desde el pasillo techado, y Kasumi me dijo que siempre que llore, el cielo llorará conmigo.

Justo ahora, no lloro, así que está muy nublado, cielo cerrado por nubes de plomo. Así es como me siento, a decir verdad, ¿quién dijo que todo en el cielo es felicidad? No hay miedo, cierto, no hay enfermedad ni temor de perder a nadie. Pero sin Ranma estoy incompleta, me siento como una muñeca que ha perdido la cuerda que le daba vida, o los hilos que la hacían bailar.

Amo a mis hermanas, a mi madre, a mi padre que ahora está jugando una partida de shogi con el Tío Genma, los dos muy concentrados. Estoy feliz de estar con ellos de nuevo, feliz de comprender, más allá de todo raciocinio, que son reales, están aquí, conmigo. Sin embargo, Ranma…

Mis pensamientos son profundos y todos mis recuerdos increíblemente nítidos, así que me dejo llevar por ellos porque al menos ahí puedo verlo una y otra vez, incluso puedo escuchar su voz, y es casi como tenerlo frente a mi. Casi. Y cuando me doy cuenta, ha anochecido. ¿Saben cómo se sabe que es medianoche?

Bien, en el cielo, simplemente lo sabes. Tan simple como eso. Cuando regreso de mis pensamientos, sé que es medianoche, y no está mi padre ni el Tío Genma, y me pregunto, vagamente, si en el cielo se necesita dormir. Al menos yo no tengo sueño, y es extraño pensar en el sueño, se siente como pensar en un objeto. Completamente innecesario.

-¿Mamá? ¿Kasumi? –me levanto, estiro las piernas, el ruido del estanque me llena de tranquilidad, y entonces, por el rabillo del ojo, veo una figura.

Mi corazón, que sí, aún tengo corazón, se detiene. Literalmente escucho el eco del latido antes de detenerse, y después vuelve a andar, acelerado.

Es una figura masculina. Siento que voy a caer, o voy a volar, no lo sé, no sé si lo estoy imaginando o no, y ruego porque no sea así. Giro la cabeza lentamente sobre mi hombro, y lo veo. Exactamente en el lugar donde yo estaba cuando llegué esta tarde (tarde, noche, día, es irrelevante), ahí, está él.

Estoy boquiabierta, ¿es esto cierto? Me acerco, paso a paso, lentamente. Sigo descalza y no sé por qué pienso en esto, pero lo pienso, estoy descalza. Entonces me mira, ¡y sí, es él! ¡Es él! La forma en la que se abren sus ojos, azules, tan azules, puros, únicos, brillantes como zafiros, y la sonrisa que se dibuja en su rostro perfecto. Perfecto. Perfecto. Me lanzo a sus brazos sin siquiera pensarlo, mi cuerpo piensa antes que yo. Lo rodeo del cuello y él me toma de la cintura y me levanta y me hace girar y escucho su risa. ¡Su risa es todo, todo y más! Cuando mis pies vuelven a tocar el césped, me llega un pensamiento atroz, y sí, una vez más estoy en el cielo y el pensamiento efectivamente es atroz.

-¿Cómo llegaste aquí? -. Sonríe, me mira de esa manera tan especial, sumamente irreal-. Ranma, ¿acaso…? –no, no puede ser, me dio su palabra.

-Viví –responde, y su voz… Su voz es como terciopelo y música, viento y agua-. Viví como me lo pediste. Busqué vida y la encontré, busqué refugio y lo hallé. Di mi sangre, y tenías razón. Tenías razón, Akane, fue la cura. Tú lo sabías, lo sabías porque eres increíble. La cura se repartió por el mundo, aunque quedaban pocos que lo habitaran, todos comenzamos de nuevo. Recorrí la tierra de horizonte a horizonte, y te amé en cada paso, y te amo como el primer día. Nunca amé a nadie más. Viví, mi amor, y ningún amante más tuvo que separase de su corazón, y vi nuevas familias crecer y sonreír. Los vi tener esperanza y futuro. Viví cuarenta años más. ¿No te lo dije? Ahí a donde vayas…

-Yo también iré –termino por él.

No sé en qué momento, pero las lágrimas han empapado mi rostro, y no dejan de salir, no se detienen. Tengo las manos en los labios, lo miro sin palabras, sin manera de agradecerle todo lo que dice. Solo sé que mi corazón va a estallar de amor, de alegría, de sorpresa.

Toma mis manos entre las suyas y las aleja de mi rostro, entonces se inclina y me besa. Y este beso es más suave, más puro y profundo, abre su boca y yo la mia, y me aferro a su cuello, nuestros alientos bailan juntos, sus manos se cierran en mi cintura, me acercan a él, me aprietan a él, a su cuerpo, su aroma, su alma.

Así que sólo me queda decir lo obvio.

Es medianoche, y finalmente, después de todo lo malo y lo bueno, del miedo, el horror, la locura y el dolor… por fin, estoy en el Cielo.

Fin.


Para Lorelei.

A todos, gracias por leerme.