Disclaimer: El potterverso pertenece a J.K. Rowling.
Este fic fue escrito para el reto "Amor de telenovela" del foro The Ruins
¿Me perdonan el retraso? Espero que sì. Bueh se supone que esto iba a subirlo ayer, pero por cosas de la vida muggle me fue prácticamente imposible. Tuve que quitarle muchas partes para que no fuera tan extenso y puede que en algunas partes no especifique como debía hacerlo, pero espero que puedan entender esta parte tanto como la primera. Sin mas que decir espero que disfruten de la lectura.
Saludos màgicos.
Parte II
Interludio
Estabas seguro de que era algún macabro juego del destino. No podías comprender el por qué ella de entre todos los gryffindors. Mejor dicho ¿Por qué ella de entre todas las gryffindorianas de Hogwarts?
¿Acaso Merlín se estaba divirtiendo con todo aquello? ¿Tu vida sólo era manejada por un dios con un sentido del humor bastante negro? ¿Por qué demonios tenías que quedar tan emparentado con esa Weasley? ¿Por qué la bendita bola de luz tenía que entrar a la Sala Común de Gryffindor? ¿Por qué demonios Susan había tenido tan estúpida idea?
¿Y ahora…? ¿Qué demonios ibas a hacer? A pesar de que rompieras todo lo que encontraras en tu habitación no ibas a lograr que ese pequeño ser dejara de existir. A menos qué… No. No era una buena idea, tu madre nunca te lo perdonaría y estabas seguro de que ella tampoco lo aceptaría así cómo así.
¿Y entonces…? Era el momento de tomar decisiones. No era algo que pudieses detener. Dentro de algunos meses ella, Rose Weasley, iba a tener un hijo tuyo gracias a la irresponsabilidad de Susan.
¿Qué demonios podías hacer? Era un hijo de ambos. Tanto de ella como tuyo. ¿Cómo demonios ibas a decirle a Rose Weasley que ese hijo que llevaba en sus entrañas era un Malfoy? ¿Cómo ibas a impedir que ella te matara? ¿¡Cómo!?
¿Cómo ibas a decirles a tus padres que tendrías un hijo antes de lo planeado? ¿Cómo demonios ibas a decirle al mundo mágico que el hijo de "Rose, la virgen embarazada" era tuyo?
Jodido Merlín, en algún recóndito lugar de su paraíso seguramente se estaba divirtiendo con tu vida.
Cap. XI: Sospechas
Albus Severus Potter fue el primero en notar el cambio en el Malfoy, Habían sido muchos los años que ambos habían compartido y, podría decirse que, lo conocía. Qué de pronto Scorpius Malfoy dejara de responder a las constantes burlas que su prima, Rose, le hacía era algo que lo tenía desconcertado. Y, aun más, el hecho de que últimamente estuviera al pendiente de cada cosa que hiciera la Weasley.
Su suspicacia le susurraba que algo turbulento había entre ese par, pero ¿qué cosa?, el único contacto que tenían su amigo, Scorpius, y su prima, Rose, eran simples insultos de pasillo y algunas bromas pesadas.
Algo le pasaba al descendiente de Draco Malfoy, él podría jurarlo ante todo el ministerio.
Cuando ése amigo suyo, le pidió una tregua y un intento de amistad a su prima, supo que sus sospechas eran ciertas y esa cosa que, aún no sabía qué era, los unía a ambos era mucho más grande y compleja de lo que había imaginado.
Cap. XII: Decisiones
Ceder era la única solución. La idea de decirle toda la verdad había cruzado por su cabeza, pero al final había decidido que, quizás, no era lo más prudente. Aunque estaba consciente de que en algún momento tendría que confesárselo. Decirle esa verdadera razón por la cual se veía incapaz de responder a sus insultos, a sus bromas pesadas y a todo lo demás.
Su único propósito en esos instantes, antes de culminar su séptimo año, era acercarse a Rose Weasley y a su hijo. Porque era suyo, pese a las circunstancias en que había sido concebido.
Ese niño que se gestaba en el vientre de Rose Weasley era un Malfoy.
Cap. XIII: Cambios
Todos en el colegio se habían enterado de su embarazo, si era sincera, no existía nadie en el mundo mágico que no supiese del extraño y virginal embarazo de Rose Weasley.
Sus padres, por fin, habían creído en sus palabras y, constantemente, se habían disculpado por sus palabras o por la falta de estas. Mejor dicho. Su madre, arrepentida, lo había hecho, ya que su padre sólo había dicho tres palabras a lo mucho.
La pelirroja presintió que no era fácil para él enterarse de que su pequeña, y consentida, se iba ha convertir en madre.
Había tenido que dejar el equipo de Quidditch debido a su condición y Madame Pomfrey había insistido en que la visitara dos veces a la semana para estar al pendiente de su estado. Algunas veces sentía que no estaba embarazada, sino que sufría alguna enfermedad terminal y todos las cuidaban como si en cualquier momento ella pudiera irse al otro mundo.
Su embarazo estaba algo avanzado. En realidad nunca había pensado que cuatro meses transcurrieran tan rápido. Al menos ese era el tiempo exacto que Pomfrey le había mencionado que tenía, y ella sacando cuentas desde su cumpleaños había notado que concordaban.
En pocas palabras, si esa bola de luz no la hubiese atravesado aquella noche, ella seguiría jugando en el equipo de Quidditch y nadie la trataría como si fuera una frágil muñeca de porcelana.
Y pese a que su embarazo llevaba varios meses este continuaba sin notarse, aunque era cierto que había tenido que agrandar un par de pantalones, pero nada más una talla más de la que solía usar.
Sus clases habían sido modificadas y los profesores solían ser más que condescendientes con ella. Se sentía extraña siendo tratada de aquella manera y, algunas veces, algo furiosa.
Y por último estaba él. No sabía qué demonios le había ocurrido al joven, pero de un momento a otro había dejado de responder a sus insultos. Y un día le había llegado con la absurda idea de la tregua que nunca aceptó, pero que al parecer el si tomó en serio. Porque al día siguiente se había comportado como un caballero y, desde ese entonces, su enemistad había pasado a un segundo plano.
Era extraño, cómo si él supiese algo que tuviese que ver con ella, algo de lo que ella no tenía ni idea, pero se había acostumbrado a su nueva forma de tratarla y, si era sincera, comenzaba a gustarle.
Existían veces en que se hartaba de ese extraño teatro, le decía comentarios mordaces e hirientes, algunas veces le lanzaba hechizos, pero él no respondía como lo hacía antes. Ni siquiera le lanzaba hechizos. Y eso la sulfuraba.
En esos momentos le gritaba que lo odiaba y él simplemente se alzaba de hombros, como si no le importara, mientras se acomodaba su vestimenta.
Albus y Hugo, al igual que ella, estaban sorprendidos con la nueva y repentina personalidad pacifica del rubio, pero por más que intentaba conseguir a su némesis en ese extraño no lo lograba, era como si hubiera desaparecido.
Le había cuestionado miles de veces sobre el tema a Albus, pero su primo sólo le había dicho que un día entre los días, luego de un extraño y breve exilio al que el rubio se había sometido, se había despertado encontrándose a ese extraño Scorpius Malfoy.
Nadie tenía la más mínima idea del porqué del cambio tan radical del Malfoy. Y, sin embargo, ella era la única beneficiaría de semejante cambio, pues el chico solía exasperarla con su constante presencia.
— Weasley, es hora de ir a la cita con Madame Pomfrey.— dijo una voz justo a su lado, enojándola casi al instante.
La pelirroja bufó.
— ¿Y qué…? Ya fui hace dos días, estoy bien… no es como si estuviera enferma.—dijo malhumorada.
El rubio suspiró.
— Tienes razón, Weasley, no lo estás, pero es la misma Pomfrey quien me ha enviado a buscarte.—comentó el Malfoy.
— ¿Y por qué demonios te ha mandado a ti? Podría haber mandado a Hugo e incluso al mismo Albus… ¿Por qué tú? Es más… ¿Qué demonios haces aquí Malfoy? O mejor ¿Qué demonios has hecho con el verdadero Scorpius Malfoy? ¿Dónde esta ese maldito?
El joven se llevó una mano a la cabeza.
— No comiences de nuevo, Weasley, por favor.—pidió.
Scorpius debía agradecer haber heredado la paciencia de su madre, de otra forma su idea de mantenerse cerca de Rose Weasley y su hijo se habría ido al caño semanas atrás. No podía entender cómo alguien podría ser tan terco y tan intolerable cuando se lo proponía.
— ¿Comenzar? ¿Comenzar, Malfoy? ¡Quiero que este maldito teatro termine! —explotó la pelirroja.— Quiero mi vida de vuelta. Aunque sea una parte de ella y, joder, quiero a mi némesis personal no a ti.—dijo soltando un suspiro.— ¿Por qué tuviste que cambiar, Malfoy?
El blondo abrió la boca y la cerró al instante. ¿Qué podría decirle? ¿Le diría que había cambiado porque simplemente quería cumplir con su obligación como padre? ¿Por qué se había dado cuenta de que la idea de tener un hijo no le disgustaba?
¿Cómo demonios iba a decirle eso? ¡No podía hacerlo! Tenía que continuar callándose las verdaderas razones de su cambio radical.
— Me di cuenta que nuestra disyuntiva relación no tenía sentido, Weasley.—respondió como autómata, y si lo pensaba una parte de sí estaba de acuerdo con esta afirmación.— Además era insensato que mantuviéramos semejante comportamiento en tu estado…
— ¡No estoy enferma, joder! ¡Sólo estoy embarazada! ¡Ni que fuera a morirme en cualquier momento! Odio todo esto. Odio que todos me traten como si fuera una muñeca de trapo. Y odio tu cambio, lo odio, más que a nada.-explotó la chica.
Y era la verdad. Estaba harta de todo aquello. Su mundo perfecto se había ido por el caño, todos la trataban como si no pudiera ser alguien independiente y aunado a eso él ya no era Malfoy, no era su némesis, era un extraño y estúpido personaje que comenzaba a odiar con todas sus fuerzas.
Porque pensó que lo único que quedaría estable en su nueva vida sería las peleas constante con el slytherin, y odiaba haberse equivocado en eso.
— Mi cambio era necesario, Weasley, algún día podrás entenderlo. — argumentó el chico soltando un suspiro.— Y en cuanto a lo otro…¿qué esperabas? Eres la hija de dos héroes mágicos, es normal que seas tratada así, sobre todo con esa personilla en tu vientre.—acotó el chico, mientras señalaba el estomago de la chica.
La joven se sentó en una de las gradas del estadio de quidditch, ese lugar que se había convertido en su refugio, sobretodo cuando quería escapar de ese mundo en el que era tratada como si fuera una joya invaluable y frágil.
— No lo soporto, Malfoy. No puedo soportarlo.—confesó la chica, mientras ocultaba su rostro entre sus manos.— No puedo soportarte ni a ti, ni a tu maldito cambio.—soltó con enojo.
El hijo de Draco Malfoy no tenía la menor idea de qué hacer en ese momento, nunca había vivido una situación así, ni siquiera con Susan y las palabras de consuelo no se le daban bien. Carraspeó algo aturdido del momento y tratando de enfocarse.
— Tendrás que aprender a soportarlo, Weasley, será lo mejor para todos.—soltó de repente. Sabía que no era un buen consejo, pero hasta ahora era lo único que podía decirle a Rose Weasley.
No. Eso era algo que no podía decirle. No al menos sin salir perjudicado en el proceso. Aunque sabía que algún día tendría que hacerlo, algún día tendría que decirle toda la verdad a Rose Weasley, sólo esperaba que las consecuencias no fueran tan severas.
— ¿Sabes algo, Scorpius Malfoy? Desaparece de mi vista, antes de que cometa un homicidio.—amenazó la joven pelirroja, mientras comenzaba a caminar hacia la enfermería.
Y agradeció a Merlín que el blondo le hubiera hecho caso. Porque no aguantaba un segundo más a ese Scorpius Malfoy que se mostraba tan tolerable con ella. Lo odiaba, más que al verdadero Slytherin.
A lo lejos el joven suspiró y negó ante la idea de decirle la verdad a la Weasley.
Porque estaba seguro de que decirle toda la verdad significaría algo peor que la muerte.
Cap. XIV: Diciéndoselo a Susan
La Slytherin no podía soportarlo un día más. No podía comprender el cambio que su novio había tenido de un día para otro con la gryffindor. Su cerebro casi había explotado con tantas especulaciones acerca del cambio del joven Malfoy.
Entonces no pudo evitar abordarlo cuando este hizo su aparición en la sala común de Slytherin.
— Scorpius, necesitamos hablar…—aunque su tono de voz fue indiferente, realmente estaba interesada en saber la razón de por qué su novio se mostraba tan tolerante con Rose Weasley.
El rubio observó a la chica y suspiró. Sabía que algún día pasaría aquello. Su cambio no había pasado desapercibido por nadie, mucho menos por ella. Posó su vista en la Slytherin, encarándola.
— ¿Qué sucede, Susan?—cuestionó dejándose caer en el confortable sillón donde su novia reposaba.
La chica le devolvió la mirada, tratando de controlarse. ¿Qué le ocurría a ella? No era ella quien de repente se mostraba tan buen samaritano con una gryffindor. No era de quien todos los Slytherins cuchicheaban por su extraño comportamiento.
— Creo que la que debería preguntar eso soy yo, Scorpius. ¿Qué diablos está sucediendo contigo?—inquirió sin rodeos.
El Malfoy soltó otro suspiro.
— No me sucede nada, en serio.—acotó con indiferencia.
La chica lo observó, perspicaz.
— Scor… ¿Hace cuánto nos conocemos?—preguntó mirándolo fijamente.
El joven se alzó de hombros.— No llevo la cuenta.—admitió.
— Yo sí, han pasado con exactitud dieciséis años desde que te conocí.—argumentó la slytherin.— Y te conozco, muchísimo más que cualquier otra persona en este mundo. A excepción de tus padres, claro.—continuó.— Y algo ocurre, algo muy grande, por cierto.
Algo que perjudicaba sus planes a futuro. Algo que estaba ensombreciendo esa posibilidad de ser una Malfoy. Algo que estaba derrumbando el plan que su madre había gestado desde su nacimiento. Algo que estaba impidiendo que ella se convirtiera en Susan Malfoy.
— Tienes razón, Susan, algo ocurre.—confesó el Slytherin soltando un suspiro cansado.— Conseguí a la persona que salió perjudicada con tu fallido hechizo…—dijo a modo de introducción.
La chica abrió los ojos, sorprendida. ¿Al fin sabría que es lo que había ocurrido con aquel hechizo? ¿Scorpius había logrado descubrir que es lo que había logrado semejante hechizo?
Carraspeó tratando de controlar sus nervios.
— ¿Y bien?—cuestionó.
— Es Rose Weasley.—comentó el chico observando con fijeza a la Slytherin.— En otras palabras Rose Weasley fue la victima del hechizo de fecundación que realizaste.— agregó.
La chica se levantó del asiento como si alguien la hubiese pinchado. Sus ojos se agrandaron aún más y observaba al joven Malfoy como si este hubiese enloquecido.
— Es una broma, ¿cierto?—dijo con un amago intento de sonrisa.— ¡Eso es imposible, Scorpius! Debes estar bromeando… ¡Dime que estas bromeando!—explotó sin poder controlarse.
¿Qué esa maldita Weasley había conseguido lo que ella no? ¿Qué seria esa gryffindor quien tendría el hijo de Scorpius en vez de ella? ¡Jodido Merlín! Todo eso debía ser una maldita broma. Tenía que serlo.
— Lo mismo pensé, Susan, pero es así. Estoy seguro de lo que digo…—confesó el chico.— El hijo que Rose Weasley está esperando es mio.—acotó sintiéndose algo extraño al decirlo en voz alta.
Y Susan Parkinson sólo necesitó eso para dejarse caer estrepitosamente en el suelo, desmayada.
Cap. XV: Espía
No había podido evitarlo. Él también necesitaba saber que era lo que le ocurría a su mejor amigo, por eso cuando vio a ambos slytherins en la sala común, simplemente se escondió tras un muro y escuchó la conversación.
Su padre le había hablado miles de veces sobre escuchar conversaciones ajenas, pero aunque su cerebro le indicaba que debía largarse de allí y dejar de ser tan curioso, su cuerpo simplemente no respondía.
Entonces se quedó ahí, escuchando la conversación entre Scorpius y Susan. Sus sentidos se alteraron cuando el nombre de su prima fue mencionado. Y justo cuando creía que todo era una locura, Scorpius confesó algo que lo paralizó en su escondite por completo.
El hijo que Rose Weasley está esperando es mio.
Miles de preguntas se aglomeraron en su cerebro, su cuerpo se mantuvo paralizado y por primera vez en su vida, Albus Severus Potter fue victima de un shock emocional. Sin embargo aún en su incredulidad comprendió la extraña y nueva actitud que su amigo tenía con su prima.
Ahora comprendía absolutamente todo.
Cap. XVI: Sentimientos confusos
Había tenido que llevar a Susan a la enfermería. Afortunadamente el desmayo sólo había sido producto de la noticia, o de algo realmente alarmante, como le había dicho Madame Pomfrey.
La Slytherin había tenido que quedarse una noche en la enfermería, y a él lo habían echado no más la tarde había caído. Al día siguiente Susan se mostraba como siempre, como si la noticia no hubiera hecho mella en ella y, en su interior, agradeció la actitud de la chica, porque en definitiva no quería hablar sobre el tema.
No quería que Susan le hiciera esa pregunta que tanto temía… ¿Qué iba a hacer? Porque ni siquiera él mismo sabía que iba a hacer cuando el momento de la verdad llegara. ¿Qué demonios iba a hacer cuando su hijo naciera al fin? ¿Qué pasaría con su vida?
Sabía que era su hijo, pero a la vez también lo era de la gryffindor. No sería sencillo, no iba a ser nada sencillo confesar la verdad y además intentar acercarse a su hijo. Todo a su alrededor dio vueltas y a pesar de que estaba en tierra firme se sintió, por primera vez en su vida, mareado.
A lo lejos escuchaba al profesor Cuthbert Binns hablar sobre la historia de algunas criaturas mágicas. No podía codificar las palabras del profesor fantasma, su cerebro sólo estaba concentrado en Rose Weasley y el hijo, suyo, que llevaba en su vientre.
Salió como un bólido del salón cuando la clase culminó. Necesitaba despejar su mente, necesitaba dejar de pensar en las consecuencias de aquel hechizo.
No le pareció extraño llegar a ese lugar que tan bien conocía. El campo de Quidditch parecía ser un mundo en el cual podía escapar de su realidad. Era algo así como su refugio. Ese lugar en donde no tenía problemas a los que enfrentarse.
Un lugar en donde Rose Weasley no estaba embarazada. Un mundo en el cual no iba a convertirse en padre pronto. Un mundo donde lo único importante era estar sobre una escoba y olvidar todo lo demás.
Tomó su escoba y sólo se elevó por los aires. Olvidándose de todo y de todos.
-HP.-
Una parte de sí se sorprendió al verla en una de las gradas. Sabía bien que a la Weasley le encantaba aquel lugar, pero no estaba preparado para verla en ese justo momento en el que había olvidado quien era y cuáles eran sus problemas.
Y entonces la causante, inconscientemente, de ellos se presentaba así, sin más, para atormentarlo. Descendió hacia las gradas dándose cuenta de que, aunque lo intentara, no podía huir de sus dilemas.
— ¿Sabes algo, Malfoy? Lo extraño…—soltó de repente la chica. Había aterrizado frente a ella segundos antes y desde entonces no había dejado de mirar a su escoba.— Volar es una de las cosas que más adoro hacer…y ahora ni siquiera puedo caminar sin que alguien se ofrezca a ayudarme. Y odio eso, porque no soy una muñeca frágil, sige siendo yo y, al parecer, nadie quiere comprender eso.—confesó mirándolo con fijeza.- Pensé que serías el único en mantener tu actitud conmigo, pero…¿qué es lo sucede? Tu llegas y decides, sin mi consentimiento, hacerte el buen samaritano sólo porque sí y destruyes todas mis esperanzas de volver a ser lo que era.
«Si tan sólo supiera» pensó sin poder evitarlo. Y soltó un suspiro antes de responder:
— Tenía qué…
— …cambiar tu actitud.— lo interrumpió la pelirroja.— Lo sé. Me los has dicho varias veces, pero nunca me has contado el por qué.—objetó.— No me creas tonta, Malfoy, sé que me ocultas algo no tengo idea de qué es, pero sé que algo me escondes.—acotó mientras se levantaba de las gradas.
Sus ojos se posaron en el rubio, como si estuviera tratando de leer aquello que escondía, pero después de unos segundos soltó un suspiro y su vista fue a dar al campo de quidditch.
— No escondo nada, Weasley.— sabía que mentía, pero ante todo era un slytherin y mentir era una de las mejores cosas que sabía hacer.
— Sí, lo que digas.—dijo la chica, cruzándose de brazos.— Mejor ya me voy, al caso que ni siquiera debería estar por aquí.
Pero antes de que comenzara a bajar las gradas el rubio la tomó por el brazo, deteniéndola. Y fue en ese justo momento en que Scorpius Malfoy no estaba siendo consciente de sus acciones.
Fue ahí en las gradas del campo del quidditch donde un Malfoy besó a una Weasley por primera y, quizás, única vez. Fue allí cuando Rose se sintió más confundida que nunca y que Scorpius no entendía todo aquello que le estaba sucediendo.
No podía comprender qué era lo que estaba sintiendo, siquiera.
Cap. XVII: Confundida
¿Qué demonios había sido ese beso? No podía comprender qué estaba pasando por la mente del imbécil Slytherin en ese momento en que se le ocurrió la brillante idea de besarla. Si su sorpresa no hubiera sobrepasado a sus sentidos el rubio hubiese pagado por semejante osadía. Y es que n entendía nada, ¿cómo era posible que él la besara así como así? ¿Por qué demonios la había besado?
Seguramente sería otra interrogante sin respuesta, como todas las preguntas que solía tener sobre Scorpius Malfoy y su radical cambio. Estaba confundida, su cerebro no podía hallar una respuesta concreta con respecto a lo que había sido capaz de hacer Slytherin.
¿Cómo era posible que su némesis personal la hubiera besado de semejante manera? ¿Acaso el mundo mágico se había vuelto de revés o algo parecido? ¿Estaba soñando con algún mundo paralelo? ¿O, su estúpida intuición tenía razón y, Scorpius Malfoy sentía algo más por ella?
Cap. XVIII: La ira de Albus
Albus Severus Potter solía ser un joven tranquilo y pacífico, el haber quedado en la casa de las serpientes, como solía decir su tío Ronald, había sido un motivo de discordancia entre su familia, pero luego de varios argumentos presentados por parte de su padre todos habían aceptado tener un familiar en dicha casa de Hogwarts.
Recordaba que ese día, y pese a lo que su padre había dicho, sus primos le habían molestado a tal grado que terminó perdiendo los estribos y soltándole un par de puñetazos a Fred, Dominique y a su propio hermano, James.
Luego de ese suceso ninguno de ellos volvió a meterse con la casa de Slytherin y todo lo relacionado con ella, incluyéndolo a él, aunque sólo fuera en las cenas familiares, porque en Hogwarts las cosas eran algo distintas. Eso sí lo de meterse con el pequeño Albus, había quedado descartado estuvieran en cualquier sitio.
Él era un joven racional ante todo, pero aun así tener raíces gryffindorianas no le iba bien a su mal humor, mucho menos si el objeto de este se aparecía ante él y se mostraba tan impasible a la vida. Podía ser un Slytherin, calculador y astuto, mentiroso algunas veces, pero si existía algo en el mundo que no toleraba, además de que lo molestaran cuando leía un buen libro, eran las personas caraduras. Y tenía años conociendo al Malfoy, pero el simple hecho de que le ocultara semejante verdad a su prima era motivo suficiente para la sangre le hirviera como el Weasley que era, en el fondo de su ser.
Scorpius Malfoy sólo fue consciente del golpe que su amigo, Albus, le propinó cuando ya estaba en el suelo.
― ¿Qué demonios te sucede, Albus?― reclamó, mientras dirigía su mano hacia la zona afectada.― Me has roto el labio… ¿Qué demonios te pasa?―cuestionó nuevamente el rubio levantándose y encarando al azabache.
El joven Potter estuvo tentado de propinarle otro golpe, no obstante, la cordura volvió a él y se alejó un poco del otro Slytherin, antes de que cometiera alguna locura.
― ¿Qué me sucede?― el azabache comenzó a caminar de un lado a otro.― Me sucede que me he enterado de todo, Malfoy, de todo. Eso me sucede.
Scorpius palideció.
― Puedo explicarlo, Albus, en serio…―dijo el blondo.
Cap. XIX: El plan de Susan
Lo había decidido: Rose Weasley no iba a inmiscuirse en sus planes. Ella sería una Malfoy a cualquier precio.
Decidió contarle la verdad de su extraño embarazo y la razón por la cual Scorpius había cambiad tan radicalmente. Sonrió frente al espejo. Se veía hermosa, su cabellera negra y dócil caía tras su espalda, sus labios gruesos lucían brillosos y apetecibles, a pesar de que odiaba aquel soso uniforme, debía admitir que hacia resaltar sus verdes orbes.
Posó su mirada en su mesita de noche y observó la carta terminada en la que había falsificado la perfecta caligrafía de Scorpius. Apenas eran unas breves palabras, sin embargo, las necesarias para concertar una cita con la Weasley y soltarle la bomba del año.
Porque esa gryffindor no iba a quitarle su lugar en Malfoy Manor.
-HP.-
La joven Weasley llegó a la Sala de Menesteres a la hora acordada por el Malfoy. No entendía muy bien por qué razón la había citado allí, pero el joven tenía razón en lo que había escrito en aquella carta, ambos debían hablar.
Sintió unas irrefrenables ganas de salir huyendo, pero se obligó a sí misma a hacer acopio de su valor y enfrentar toda aquella situación.
Respiró profundamente y se adentró a ese lugar tan beneficioso para algunos, y afortunados, alumnos de Hogwarts. Sonrió al recordar a un estúpido Ravenclaw que se había atrevido a citarla ahí con intenciones más profundas que una simple conversación. Ciertamente había sido divertido lanzarle el hechizo mocomurciélago, el cual su tía, Ginny, le había enseñado, y dejarlo en ridículo frente a todo el colegio.
Sus pensamientos se interrumpieron al observar a una figura dentro de la sala y grande fue su sorpresa al reconocer a la persona que la estaba esperando en dicho lugar.
― ¿Parkinson?― cuestionó, incrédula.
La morena se giró para encarar a la pelirroja. Y le brindó una sonrisa a la susodicha.
― Si, Weasley, soy yo.―acotó sin quitar la sonrisa de su rostro.
Rose presintió que presencia de esa slytherin no era nada bueno. Algo dentro de sí le gritaba que saliera huyendo de aquel lugar sin mirar atrás.
― ¿Qué demonios haces aquí?―cuestionó la joven pelirroja.
La morena cambió su expresión al instante, sus ojos lejos de transmitir felicidad, como anteriormente lo hacían, reflejaban una gran tristeza y Rose Weasley no pudo evitar sentir que algo no encajaba, ya que toda aquella situación era por demás extraña.
― Él no vendrá, Weasley.―soltó de repente la morena.― Scorpius no va a venir.
Esas palabras pusieron alerta a la chica… ¿Acaso era una burla? ¿Otra de las viejas bromas pesadas que solía hacer Scorpius para vengarse de las suyas? ¿El beso también había sido parte de un plan?
― ¿Acaso te mandó de lechuza?―cuestionó cruzándose de brazos.― Si es así, ya puedes irte.―acotó.
La Slytherin negó.
― No vendrá porque no ha sido él quien te ha citado.―admitió la Parkinson― He sido yo quien te ha escrito la carta.―confesó.
Las dudas sobre que todo aquello era una trampa o una broma pesada volvieron a la mente de la pelirroja. ¿Para qué demonios Susan Parkinson le había escrito aquella carta? ¿Qué demonios tenía ella que hablar con esa Slytherin?
― ¿Y para qué me has escrito esa carta, Parkinson?―inquirió.
Susan sonrió internamente, pero se obligó a mantener su rostro lleno de lastima y condescendencia hacia la Gryffindor, aunque no la sintiera en realidad.― Scorpius ha estado engañándote, Weasley.―comenzó a decirle a modo de introducción.― ¿Quieres saber la verdadera razón por la cual ha estado tan pendiente de ti? ¿Quieres saber por qué cambió de esa forma tan radical? ¿Quieres saber por qué te besó?
Rose abrió la boca de par en par.
― ¿Cómo demonios…? ¡Oh, claro! Había olvidado con quien estaba hablando.―argumentó la pelirroja comenzando a sonreír sardónicamente.― Dame sólo un minuto, Parkinson, presiento que el chisme va a ser bueno…―agregó la gryffindor, mientras se sentaba en un mullido y cercano sillón.― Ahora sí suelta todo tu veneno, serpiente.
Era cierto que ni ella misma confiaba en el cambio del Slytherin, pero mucho menos creía en las palabras de Susan Parkinson la cotilla más popular de Hogwarts, cualquier cosa que saliera de sus labios debía dudarse.
Susan se aguantó las ganas de soltar un bufido ante la actitud de la gryffindor, no obstante, soltó un suspiro para mantener su papel de buena samaritana.
― Esta bien, lo soltaré.―dijo mostrando una gran consternación qué, obviamente, no sentía.― Conste que has sido tú quien lo ha pedido.
Rose Weasley soltó una gran carcajada.
― Por Merlín, Parkinson, eres demasiado dramática, pero continúa se nota que será interesante lo que vas a decirme, de lo contrario no te hubieras molestado tanto.―se burló.
La Slytherin mantuvo su actitud compasiva y se obligó a mirar fijamente a la Weasley. Porque lo que estaba a punto de decir no podía pasar desapercibido por la gryffindor, tenía que creerle y quizás esa sería la única forma.
― Scorpius es el padre del hijo que estás esperando…―soltó con brusquedad, como si no lo hubiese ensayado durante días. Y Rose no escuchó nada más, a pesar de que conocía a Susan, aquellas palabras que habían salido de los labios de la morena le sonaban a verdad, a una tempestuosa verdad.
Y mientras Parkinson continuaba hablando observó la reacción de la gryffindor, fue entonces cuando se permitió evocar una sonrisa de satisfacción.
Cap. XX: El final y un te amo
Tenía que decirle toda la verdad a Rose, no tenía otra opción. Albus lo había obligado a prometérselo y, como el Malfoy que era, cumpliría su palabra aunque tuviera que morir en el intento. Y también debía decirle algo más a la gryffindor, algo que de no haber sido por Albus Severus Potter, quizás nunca hubiese descubierto por sí mismo. O no habría tenido la valentía de admitir.
Increíble y locamente se había enamorado de su némesis personal, sin ser consciente de ello. Para su lamento estos nuevos sentimientos encontrados no le servían de nada, mucho menos luego de que le dijera toda la verdad a la gryffindor. Estaba condenado a ser odiado por la chica y, estaba seguro, de que dijera lo que dijera la joven Weasley no iba a creerle.
Pero ya lo había decidido y no había vuelta atrás. Aunque no quisiera perder el contacto con la chica y, el causante de todo aquel desastre que ahora era él mismo, su hijo.
Se dirigió hacia el campo de Quidditch porque necesitaba pensar que iba a decirle a la gryffindor cuando la viera, no podía contarle toda la verdad sin pensar en cómo la afectaría, y al bebe, tenía que idear la mejor forma de hablarle con sinceridad sin lastimarla.
Entonces la vio, como tantas otras veces, entre las gradas y llorando. No fue consciente de los movimientos de su cuerpo hasta que se vio frente a la joven Weasley. Podía asegurar que la rapidez utilizada en su trayectoria había sido superior a la de una saeta de fuego.
— ¿Estás bien?—cuestionó sentándose junto a la Weasley.
La joven Weasley bajó sus manos, mostrando lo enrojecidos que estaban sus ojos, y se levantó con rapidez, alejándose del slytherin.
— Vete.—exigió poniendo, cada vez más, distancia entre ambos.
Esto fue suficiente para que el joven Malfoy se diera cuenta de que algo no estaba bien. No al menos en los avances que había hecho en su relación con la gryffindor.
— ¿Qué te sucede, Rose?—inquirió.
¡Lárgate!-explotó la pelirroja.— ¡Fuera de aquí, maldito mentiroso!—exigió apuntando con la varita al muchacho.
Scorpius alzó las manos en señal de rendición y, aun, sin comprender lo que estaba ocurriendo.
— ¿Qué demonios te sucede?—preguntó de nuevo. Algo estaba ocurriendo y no tenía la mínima idea de qué era, la Weasley no actuaria así sólo porque estuviera harta de su presencia.
Rose se limpió el rastro de las lágrimas que había soltado recientemente.
— Lo sé, Scorpius Malfoy, lo sé todo.—comentó la chica mirándolo con fijeza.— Sé, por fin, la verdadera razón de tu "cambio". Sé por qué te mostrabas tan tolerante conmigo.—agregó.— ¿Qué pensaste al besarme? ¿Querías confundirme, no? Ya sé, querías lograr que me enamorara de ti, para que en el momento en que menos lo esperara me quitaras a mi hijo…¿No es así, Malfoy?
— Rose, déjame explicarte…—pidió el chico viéndose perdido.
— ¿Explicarme? ¿Para qué? Lo he entendido todo muy bien, yo sola.—acotó la joven.— He comprendido que todo lo que querías de mi está aquí…-argumentó tocándose levemente el abultado vientre.—, pero te faltó tomar en cuenta una cosa, Scorpius Malfoy, y escúchala bien porque no la repetiré: no existe, ni existirá la efímera posibilidad de que pueda enamorarme de ti…¿lo has comprendido?
El blondo intentó acercarse a la chica, pero esta retrocedió, dejando en claro que no lo quería cerca de sí.— Aunque al principio me acerqué a ti por ese hijo mío que llevas en el vientre, debo admitir que no fue sólo eso mi motivación para continuar "tolerándote" como tú misma lo has llamado.—explicó.— Recientemente he descubierto otra razón qué, secretamente, me llevó a estar a tu lado durante todo este tiempo.
— ¿Ah sí? ¿Y qué será? No, espera, mejor te ahorro el teatro de "te amaba, pero no me había dado cuenta" y te cuento de lo que me he dado cuenta yo.—estableció la gryffindor.— Me he dado cuenta de lo mucho que amo a este hijo que llevó dentro de mí y a lo tanto que odio a su jodido padre. Me he dado cuenta de los calculadores y crueles que pueden llegar a ser los Slytherins o los Malfoys, por lo tanto he llegado a una conclusión; no quiero que mi hijo tenga contacto con cualquier lugar o persona que lo haga parecerse a ti.
— ¿De qué demonios estás hablando?— inquirió el rubio sintiendo que algo iba de mal en peor.
— Me voy, Scorpius Malfoy, lejos de Hogwarts, de Londres y de ti.—acotó la pelirroja.
E intentó marcharse de aquel lugar, pero el joven la retuvo antes de que se alejara más de él. La obligó, prácticamente, a mirarlo fijamente a los ojos.
— Te amo, Rose Weasley.—acotó antes de besarla apasionadamente.
Cuando la soltó pudo sentir la cachetada que la gryffindor le propinó, vagamente le hizo recordar al golpe que el primo de la susodicha le había propinado días anteriores a ese.
— Y yo no te creo, Scorpius Malfoy.—dijo la chica antes de salir corriendo lo más lejos posible del rubio.
End Parte II
Epilogo
Lo intentaste, te alejaste de todo lo que conocías, pero tu corazón fue incapaz de ceder ante tus suplicas, y no lograste olvidarlo. Aunado a eso que tu hijo, Nathael, se pareciera tanto a él no ayudaba en tus deseos. Lo recordabas a cada momento y aunque intentaste odiarlo, no pudiste hacerlo. Te habías dado cuenta de tus sentimientos demasiado tarde como para poder arrancarlos de ti, te enamoraste de Scorpius sin planearlo, sin preverlo, sin poder detener a tu corazón.
Y, pese a tu orgullo, lo habías perdonado. Así que cuando volviste a verlo, luego de seis meses, le soltaste que lo odiabas y que era lo peor que le había ocurrido a tu vida, pero cuando te besó le correspondiste con la misma pasión.
En el momento que confesó estar enamorado de ti, respirando agitado y mirándote fijamente, estuviste tentada a salir corriendo, pero él te retuvo y no pudiste evitar creerle. No sabías si tus sentimientos te habían vuelto demasiado crédula o loca, pero miraste sus ojos y sentiste, muy dentro de ti, que no te estaba mintiendo. Recuerdas haber pensado que todo aquello era muy cursi, pero volviste a besarlo.
Olvidaste todo a tu alrededor, permitiste que te guiara por un camino que jamás habías conocido y que nunca creíste que él te enseñaría. Te enteraste, de sus labios, de la odisea que había vivido intentando ubicarte y no pudiste evitar sentirte enternecida. Lo amaste, más de lo que lo hacías, y se lo confesaste. Sólo te observó sonriendo, pero un ligero brillo en sus ojos te contó todo lo que sus labios no decían.
Lo llevaste a conocer a Nathael, el hijo de ambos, y cuando lo tomó en brazos supiste que se sentía el hombre más feliz sobre la tierra. Se giró hacia ti, que observabas enternecida la escena, y te besó, pero se separó justo en el momento en que el pequeño comenzó a quejarse, lloriqueando, por la falta de aire. Te dirigió una mirada que logró disipar cualquier mínima duda que pudieras tener sobre la verdad de los sentimientos del joven Malfoy hacia ti.
Y, desde ese día, decidiste que te importaba un pimiento si tus padres no aprobaban aquella relación, te prometiste a ti misma ser feliz junto a Nathael y Scorpius. Aunque eso implicara ciertas modificaciones en tu nombre.
End
Notas finales:
La verdad es que con respecto a la novela en la que me base para hacer este fic, contiene muy pocas similitudes, pero como es una adaptación no me preocupare demasiado. Además quería que la historia estuviera ambientada por completo en el mundo mágico y he aquí lo que me salio. Creo que me preguntaron la nacionalidad de la telenovela dirè que es venezolana y a pesar de que se parece muy poco a este fic debo recomendarla al cien por ciento, sólo le diré que me tomé la libertad de cambiar la edad del protagonista y que uní a dos personajes en uno solo, si llegan a verla se darán cuenta de que hablo. Ahora si me despido, un placer haber escrito esto y gracias por leer.
Saludos màgicos
