Capítulo 2: Intruso

Los constantes latidos de mi corazón retumbaban sobre mi cabeza como un tambor de cuero gastado. Constantes e inagotables. A lo lejos el sonido del aire meciendo algunas ramas de ese gran árbol, que el final terminaban repiqueteando en mi ventana, bien podrían confundirse con los arañazos de un felino furioso. El olor de café recién hecho, el aroma más delicioso de todos, me hizo pensar que estaba en casa, con mi madre. Pero bien sabía que no.

Era extraño despertar en mi cama, con el cielo oscuro y encapotado, cuando no recordaba haberme acostado. De todas maneras ya me estaba acostumbrado a esas faltas de memoria cuando el agobio era tan grande que me dejaba exhausta. Y después de restregarme un poco los ojos me levanté, con un punzante y completamente fastidioso dolor en la parte trasera de mi cabeza. La escasa luz de mi habitación era suficiente para observar las cajas apiladas del rincón con la ropa que aún no terminaba de desempacar, o la puerta entreabierta que daba paso a una oscuridad infinita que me llevaría a los pasillos de la misma casa.

Me levanté un poco obtusa y desorientada, incluso más de lo regular. De nuevo el olor a café llenaba mi nariz, ésta vez estaba segura de no haberlo imaginado.

Abrí los ojos ante un inesperado deja vú.

Recordaba los últimos sucesos. El baúl con llave, el extraño libro en blanco y ese retrato tan bien conservado. Y al hombre. Recordaba mi inservible intento de escapar y el temblar de ese jarrón en mis manos al estrellarse contra su cabeza. Su sonrisa un tanto irónica y la soltura con la que me hablaba, como si me conociera de toda la vida o estuviera acostumbrado a hacerlo desde hace mucho tiempo. Yo no recordaba haberlo visto jamás.

Y ahora había la posibilidad de que aún estuviera en mi casa, dando vueltas por mis cosas y habitaciones, aunque tuviera aspecto de todo menos de ladrón o usurpador.

Me toqué el rostro, el cuerpo y los brazos en busca de algo. Me había desmayado frente a él y estado a su merced por algunas horas, y aunque toda la ropa pareciera estar en su lugar o mi cuerpo ignorara cualquier marca o dolor, no estaba del todo confiada. Después de todo no encontraba razón alguna para entrar a mi casa de manera tan hábil para solo sentarse en la sala a tomar una taza de café. Una parte de toda la historia era tan ilógica y absurda.

Deslicé la puerta con sumo cuidado, esperando no chirriara o hiciera algún ruido escandaloso, y una vez lograda mi hazaña pude notar una débil pero visible luz proveniente de la cocina. Tragué duro y me armé de valor. Me pegué a la pared y caminé de puntitas para no hacer ruido con mis pisadas, el corazón me aceleraba de nuevo pero tenía que deshacerme del intruso a cualquier costo. Agradecí encontrar una sombrilla en el camino, lo suficiente larga para exponerme lo menor posible, pero no me confiaba, si una grueso y duro jarrón de porcelana no había logrado sacarle ni un quejido, mucho menos lo haría una pobre y delgada sombrilla.

Éramos el intruso, yo y el ronco tic tac del reloj.

Pasé sigilosa, algo tan complicado para personas de mi especie. Hice el mayor intento para no tropezar, y me esforcé en ello. Las manos apretadas fuertemente alrededor del mago de la sombrilla, observé como la puertecilla de vaivén se mantenía abierta. Punto a mi favor. No había mejor manera que tomarlo por sorpresa, y cuando asomé apenas la cabeza lo observé, meditabundo y perdido en una parte fuera de la ventana. La Luna acompañaba a su cabello plateado dándole un toque casi celestial, la piel bronceada brillante y esos extraños ojos dorados, mejor que la miel tostada, hicieron que por un momento mi subconsciente pensara en él como la cosa o ser más hermoso jamás antes visto en mi corta vida.

En sus manos tenía sujetada con soltura una taza blanca, entonces comprendí que el delicioso olor a café provenía de ahí.

Solo cuando recordé que debía respirar él se había girado y pillado en mi espionaje. Ahora las cosas sí que podían irse al diablo.

Demonios.

Parpadee un par de veces al igual que él, con las mejillas más rojas que nunca pero la decisión inquebrantablemente temeraria. No había de otra, y él no parecía querer cooperar de ninguna manera. Ahora solo podría llamarlo un intruso hasta que no me hiciera pensar lo contrario. Un extraño intruso de ojos dorados.

-Has despertado- murmuró despacio

Entonces salí a la luz, con las manos fuertemente agarradas de mi arma y el ceño fruncido esperando dar un toque amenazante en lugar de lamentable. Él me miraba entre la burla y la vergüenza, yo en realidad no encontraba lo divertido. Era una chica joven, sola en casa y con un intruso irrumpiendo su cocina. Pero él no parecía mantener ni un deje de retraimiento, todo lo contrario, me dio la espalda mientras se llevaba la taza de nuevo a los labios. Comenzaba a preguntarme cuales eran sus verdaderas intenciones.

La manera tan relajada de tomar las cosas me dio envidia, tanto que estuve a punto de rechinar los dientes.

¿Quién se ha creído que es?

-Déjeme decirle, señor, que pocas de las cosas aquí podrán llamar su atención- tragué fuerte, con la voz tan firme como pude. Fallé –y en caso de que mi deducción sea errónea, es libre de tomar lo que se le antoje e irse.

Él soltó una carcajada. Yo inflé los cachetes ofendida.

-Claramente tu deducción es equivoca, y un poco insultante debería decir- dijo quedamente –pero claro, eso ya deberías saberlo. El problema aquí es que no tienes ni una pizca de idea de quién soy. Mal asunto.

Negó con la cabeza y dio media vuelta hacía mí. Yo recobré mi postura con mayor rectitud, preparada para lo que viniera.

-Después de todo, tu actitud me ha dejado más que claro que ignoras la magnitud de lo que acabas de hacer.

-Explíquese, porque hasta donde sé…usted me ha confundido-exigí, teniendo la esperanza de que todo fuera un mal entendido, aunque pareció hacer caso omiso a mis palabras y seguir hablando solo. Después asintió, y yo desee patearlo.

-Era de esperarse. No hubo una mentora ni historia a cómo puedo ver- me miró de improvisto. Yo temblé, olvidando mi vano intento de poner control y guardia –Dime tu nombre

La forma en que hablaba, como se expresaba o actuaba, le daba la apariencia de un chico inteligente y arrogante. Su rostro de marfil no parecía alterarse por ninguna emoción, a menos que no fuera una prepotente y orgullosa. Me vi obligada a pensar con rapidez y exponer mi puntos, después de todo habían tantas dudas que aclarar y demasiados asuntos que resolver, como, por ejemplo, quien rayos era y que diantres quería. Desde mi punto de vista las cosas estaban de una manera tan retorcida que era difícil relacionar unas con otras, pero desde las de él, por el contrario, aparentaban ser mucho más claras que el mismo cristal.

A pesar de no entender absolutamente nada, algo hizo que a mi mente vinieran imágenes instantáneamente de ese libro, las cosas del baúl y los artículos amontonados del viejo sótano. Nada tenía sentido pero a esas alturas lo menos que me inspiraba a pensar era en lógica.

-No me veo obligada a cumplir sus demandas cuando usted no se ha tomado la molestia de complacer las mías

-Pero no he sido yo quien le estrelló un duro jarrón en la cabeza al otro ¿a qué no?- dijo raudo

-Hay una justificación muy válida para el asunto- balbucí repentinamente sonrojada por mi hazaña, pero firme y decidida. Él me miró de una manera profunda. Era claro que no estaba molesto, pero su serenidad confirmaba que le gustaba jugar con mi paciencia, y yo estaba hecha un mar de nudos que apenas me era posible dar una respuesta razonable –como…por ejemplo…la intromisión a mi hogar.

Me miró incrédulo. Después soltó otra risa arrogante.

-No le veo lo gracioso al asunto- mascullé. Y es que simplemente comenzaba a exasperarme eso.

-¿Sabes que eso no tiene el menor significado cuando ya he recibido autorización?

-No recuerdo haber hecho una invitación formal.

-Pero lo has hecho- acusó, después suspiró y pasó una mano por sus desordenados cabellos.

Si no hubiera estado tan molesta seguro habría babeado por tal visión, pero no fue así.

Una parte me decía que ese chico no pertenecía completamente al lado de los buenos, eso porque refunfuñaba y se mofaba cuando tenía la oportunidad, además de su aire altanero y prepotente que dejaba mucho que pensar. Empero, estaba totalmente claro que tampoco pertenecía al de los malos, de otra forma no encontraba explicación a la abstinencia surgida de su parte cuando hubo pasado horas en las penumbras de una casa con una chica inconsciente en la habitación de al lado. Una parte de mí, no sabía si la buena o la mala, quería confiar en él, y otra me decía que huyera y me escondiera hasta que todo pasara.

Pasaron unos minutos, tal vez él esperaba a que yo dijera algo, y yo hacía lo mismo. Desde entonces no había dejado de escrutarlo con la mirada, esperando que cualquiera que fuera su reacción me diera una pista de sus intenciones, pero parecía meditar demasiado el asunto que su cara neutra no mostraba más que una ligera línea formada por sus labios. Tampoco me miraba, como si no estuviera. Aun así me limité a mirarlo, esperando muy en el fondo que mis ojos lograran incomodarlo y terminara por marcharse, aunque no pareciera afectarle en nada mi posición.

Era una espera frustrante. Sabía que ahora mi ceño debería estar fruncido más de lo habitual, a causa de la espera y el silencio tortuoso que se había pegado a la atmósfera como un imán.

Suspiró y me devolvió por fin su dorada e intensa mirada. Yo temblé.

-Sería más fácil si no estuvieras siempre a la defensiva ¿sabes?- masculló molesto

-Disculpe que mi recibimiento no haya sido del todo caluro…

-A eso me refiero- suspiró frustrado y se dio la vuelta – ¡Maldición! Esto es ridículo. Seguro que Miroku debe estar mofándose de mí ahora mismo. Y Kaede, esa anciana quiere burlarse de mí.

Mientras tanto yo lo veía hacer su rabieta. En verdad parecía molesto, y yo no quería entrometerme en su furia. Maldecía y mascullaba a los aires. Yo hice un comentario, de esos que deben pensarse dos veces y que yo nunca hacía.

-No veo cual es el problema- dije con simplicidad

Él se detuvo en seco.

-Ese es el problema, no sabes nada- se giró hacia a mí, con los ojos fijos como cualquier felino apunto de cazar, haciendo un mohín con cada una de sus palabras –no tienes ni una gota de idea sobre la gravedad del asunto. Eso me irrita. Ciertamente ahora ya no importa- cerró los ojos un momento para respirar fuertemente por la nariz al momento que enderezaba su postura –eres tú la chica, de eso estoy seguro. Pero no entiendo del todo las razones que te llevaron a invocarme, inconscientemente, eso me queda claro.

-¿Sabe algo? No ha dejado de parlotear en todo el rato. En realidad eso no ayuda mucho, y yo estoy tan consternada como lo ha de estar usted. Evidentemente ha ocurrido aquí una equivocación, y a ambos nos tomaron el pelo…

Él negó con la cabeza un par de veces. Ya no había rastro de irritación en su rostro, exceptuando su ceño fruncido, que parecía ser más que un rasgo físico de él adherido a su imagen.

-No, ninguna equivocación. Tú eres la chica que busco

-¿Cómo puede estar tan seguro?- pregunté, esperando que mi voz no mostrara más ansiedad de la habitual.

-Puedo sentirlo- caminó con una lentitud tan sutil que pareció irreal, hasta detenerse frente la mesa y tomar una silla que extendió para que yo me sentara. Eso indicaba que sería una larga charla, o en todo caso, había notado el temblor de mis piernas y temía al igual que yo terminasen cediendo. Un gesto caballeroso viniendo de él, no obstante, me negué rotundamente a complacerlo hasta no recibir una explicación clara y concisa de lo que pasaba.

Lo vi suspirar exasperado una vez más. Ciertamente, estaba acostumbrándome a esas reacciones que parecía hacer tan seguido.

Al final se limitó a mirarme de nuevo, con los brazos cruzados por el pecho y esa pose gallarda y ruda a la vez. No sabía hasta qué punto su belleza podía asemejarlo tanto a un dios griego, de esos que vez en los museos de historia en forma de estatuillas pálidas; tampoco sabía hasta qué grado podía sentirme aturdida y mareada por su voz. Ese se volvería un grave obstáculo.

Lo vi carraspear un par de veces.

-Primero, si fueras tan amable- señaló la delgada sombrilla que yo blandía con tanto ímpetu –no voy a atacarte.

La forma burlona e inquisidora que dijo aquello me hizo sonrojar.

-Escucha- musitó después muy lentamente, con esa voz suave de pana, arrastrado cada sílaba como un leve murmullo producido por una hoja al viento –Voy a ir directo al grano, así que pon mucha atención y no vayas a distraerte. Esto es serio- carraspeó de nuevo antes de comenzar a relatar -Hace muchos años, cuando los demonios y criaturas místicas existían y las personas coexistían dominados por el temor e inseguridad de sus aldeas, una devastadora pelea se desarrollaba. En ese entonces, humanos y demonios se reñían por ser acreedores de las tierras más ricas de los alrededores.

Esa pelea originó hambre para algunos y sobre todo una enorme baja de población en ambos bandos. El orgullo y la ambición por el poder llevaron al mundo a un verdadero caos. Ninguna aldea que no contara con buenos guerreros, o en todo caso, un ejército bien armado y numeroso, era capaz de sobrevivir a los peligros que el mundo les ofrecía con tal vehemencia. La lucha ya no trataba entonces solo de territorio, sino que se había convertido en una prueba para demostrar quién era la especie dominante.

Fue hasta que una joven, Midoriko, cansada de la agresión tal de ambas especies y el miedo provocado, decidió poner fin definitivo a esa guerra a costa de su propia vida. En realidad nadie sabe la manera que utilizó la astuta sacerdotisa; algunos dicen que convirtió su cuerpo en un gigantesco haz de luz que destruyó todo hombre y demonio involucrado; otros, por el contrario, argumentan que ese haz de luz no causó destrucción alguna, solo una gran concientización y reflexión. Lo que se sabe con precisión es que esa explosión dio origen al arma más poderosa y devastadora que el mundo conoció jamás. La perla de Shikon.

Incontables fueron los seres que intentaron apoderarse de tan valiosa joya, pues se juraba que traería inimaginables poderes al demonio que se hiciera su poseedor. Los humanos, temerosos por el peligro que representaría ese objeto en manos equivocadas, se dieron a la tarea custodiarla y protegerla de cualquier alma corroída que quisiera acercársele, ya que no eran solo demonios quienes querían obtenerla, sino también humanos con mentes perversas que querían sembrar miedo y provocar de nuevo destrucción. No obstante, una guerra por tan grandiosa perla era inevitable, por ese motivo los sabios de esa época decidieron que la mejor forma de solucionarlo era eliminando la joya de la faz de la tierra. Y así fue, con algo de esfuerzo claro; nadie era capaz de hacerle un rasguño sin recibir el impacto de la energía espiritual que era desprendida al instante.

Fue entonces cuando un grupo de sacerdotisas entrenadas unieron sus fuerzas para eliminar de una vez por todas a la poderosa Perla de Shikon. Pero el problema no terminaba ahí.

El extraño chico hizo una pausa antes de continuar. En realidad me estaba sintiendo como cuando de pequeña mi abuelo me contaba esas fantásticas leyendas de la antigua Japón, pero debía decir que mi concentración y completa atención estaba a la disposición de él, el extraño chico de los ojos dorados.

Él continuó.

-Corrieron rumores de la posible creación de nuevas perlas que igualaran el poder de la original, pero estas solo podían crearse con el alma y poder de sacerdotisas puras. Por años produjeron diversas réplicas, pero ninguna era ni la décima parte de poderosa que la insólita y única Perla de Shikon. Entonces, un hombre llamado Onigumo tuvo otra idea. Era claro que solo se necesitaba el alma de una sacerdotisa para crear una nueva perla, pero era necesaria un alma tan poderosa como la de la misma Midoriko para hacer una Perla de Shikon incluso más fuerte que la original. Por esa razón el próximo experimento no lo hizo con una sacerdotisa normal, sino que usó el alma de la sucesora de la misma Midoriko. Está claro que el experimento fue todo un éxito, originando una joya, que aunque no tan poderosa como la original, bien podría convertir al demonio en el más poderoso de todos.

Fueron algunos años más los que estuvimos luchando contra ese enorme poder, y al final ganamos, eliminando por segunda vez a la Perla de Shikon de la faz de la tierra, pero no a su nuevo creador. Por esa razón nos hemos dado el trabajo de vigilar a cada sucesora de la sacerdotisa Midoriko, para evitar así que otra nueva amenaza surja y consuma al mundo de nuevo en guerra por el poder.

Para entonces ya no me miraba, sino que se dedicaba a escrutar un punto específico en la pared, como si de pronto se hubiera convertido en la cosa más importante del mundo, y también la más interesante. Era gratificante verme liberada por un tiempo de su amordazante mirada de oro, sin embargo, estaba tan sumida en la historia que me vi obligada a hablar de nuevo.

-Pero, no entiendo. ¿Dónde es que entro yo en la historia?- me atreví a cuestionarle. Estaba sintiéndome verdaderamente estúpida al pensar siquiera en que era historia tenía algo de verdad. Él me miró por un momento y después agregó como si fuera lo más obvio del mundo

-Resulta, pequeña muchachita irritante, que eres una de las sucesoras de la gran Midoriko- agregó sin emoción alguna –puedo percibir su esencia en ti. Es imposible equivocarse, sólo que en los casos anteriores las sucesoras habían sido entrenadas, o por lo menos advertidas del peligro que corrían. Es por eso que siempre podían recurrir a mí, para brindarles protección. En tu caso creo que fue más cosa de instinto.

Por su rostro corrió una sonrisa de superioridad y magnificencia, como si se alabara él mismo. Menudo ego con el que contaba el tipo. Yo no pude evitar sentirme estúpida con tal comentario, pero lo ignoré.

-Espere- dije deprisa –dijo que fueron algunos años los que lucharon contra él. ¿Eso quiere decir que estuvo ahí? O mejor dicho ¿Formó parte de una pelea originada desde el inicio de los tiempos?

Él se limitó a asentir con esa sonrisa arrogante adornando su rostro.

Me quedé helada en mi sitio, temerosa que de un momento a otro cayera de bruces al suelo, porque, bueno ¿Cada cuando un adorable hombre se filtraba en tu casa jurando ser el protector de tu alma que es nada más y nada menos que la sucesora de una poderosa sacerdotisa feudal? Nunca, porque simple y sencillamente ese tipo de cosas sólo podían verse en los libros de la biblioteca, libros con mucha fantasía e irrealismo a montones.

Mi expectación era tan grande que podía permanecer en ese estado, con la boca abierta y los ojos como platos por mucho tiempo más, sin importarme que pensara que había caído en una repentina parálisis facial. Era solo que me costaba mucho trabajo creer en una historia que pudo haberse creado con bastante tiempo de anticipación; por otro lado, el extraño chico de los ojos dorados parecía tan seguro de sí mismo que me hacía difícil no creer en sus palabras, sin importar cuan inverosímiles fueran.

De pronto una idea s me vino a la mente. Era loca y retorcida, pero ¿Qué cosa en todo este asunto no lo era? Sinceramente ahora me importaba casi nada que se me hubiera zafado un tornillo al pensar, en una porción excesivamente pequeña, que toda esa historia era cierta. A su manera, claro.

Me levanté de la silla de un solo movimiento rápido y busqué la llave del nuevo candado que le había asignado a ese fastidioso baúl en los bolsillos traseros de mi pantalón. Estaba consciente de lo que buscaba, y cuando pude abrir la tapa después de algunos forcejeos revolví algunas cosas hasta llegar al fondo. No encontré mi objetivo. Estaba completamente segura de que debajo de todo lo demás había dejado bien oculto el libro tan extraño. Pero ahora no había nada, solo el hueco que se suponía debía ocupar.

Desconcertada revisé un par de veces más dentro, y luego otras más afuera, por si mi mente tan despistada me hubiera hecho creer que lo había guardado cuando en realidad no lo había hecho. Por más extraño que pareciera, incluso para mí, no podía darme el lujo de descartar nada. Un carraspeo llamó mi atención después de unos minutos transcurridos en mi afanosa búsqueda.

-¿Buscabas esto?- me preguntó, sosteniendo sobre la mano derecha el libro que yo había estado buscando solo unos instante antes. Pude reconocerlo por la tapa café con las letras extrañas grabadas en dorado.

Parpadeé un par de veces esperando aclarar mi vista y tartamudee un poco después.

-¿Cómo es que tú… no, ¿sabes qué? No importa como conseguiste eso. En realidad no me importa- dije más para mí que para él. En verdad necesitaba engañarme un poco, era la única razón para creer que todo eso no era más que parte de un sueño. Nada más.

-¿Cómo no tener mi antiguo santuario de encarcelamiento?

¡Lo sabía!

Mis conjeturas llegaban cada vez más cerca de la realidad, a pesar de que realidad fuera una palabra tan burda como la misma fantasía.

-En realidad no me interesa cómo es que usted…-

-¿Quieres dejar las formalidades? Me haces sentir viejo. No tengo más de quinientos años…

-¡Quinientos años!- balbucí.

En realidad estaba más confundida que antes, contando que él parecía estarse esmerando en su trabajo de instruirme y contarme cada una de las novedades que mi ignorancia sobre el asunto me había reservado. Si era posible que una persona lograra salir de un libro –y no estaba diciendo que fueran ciertas sus declaraciones- de hace más de 5 siglos de antigüedad ¿Sería posible que otro humano hiciera lo mismo y pudiera así atravesar el tiempo?

Pero por como lo expresaba el extraño chico de los ojos dorados, parecía más bien una cruel aberración que un descubrimiento fascinante y anhelado. No imaginaba lo que sería vivir en un libro por cientos de años. Aunque viéndolo desde mi punto, seguía pareciendo inverosímil.

No puede estar hablando enserio.

El reloj de la cocina sonó de repente, recordándome que era hora de la escuela. Pegué un brinco en el momento, y, como si hubiera regresado a una realidad finita, parpadeé un par de veces para echar un vistazo por la ventana. Las nubes adquirían un leve matiz naranja y el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. Un bello crepúsculo para una mañana tan ajetreada.

Volteé a verlo, como si esperara que al final solo fuera una bella imagen de mi mente. Pero no fue así, sino todo lo contrario.

En tiempo record salí de la cocina y corrí por el pasillo para llegar a mi habitación, como la noche anterior, pero en circunstancias diferentes. Puse el seguro de mi puerta. No me molesté en cambiar mi ropa ni echarme un ojo en el espejo. Me colgué la bolsa en el hombro casi con desesperación antes de salir de nuevo de mi habitación y cruzar la sala de estar, tomando de la mesita de té las llaves con ese ridículo llavero de gato que me habían obsequiado en mi cumpleaños.

El hombre se encargaba de supervisar cada uno de mis movimientos, como si le pareciera divertida la mañana tan movida de una universitaria. Me giré hacia él de improvisto e hice algunos ademanes raros con mis manos.

-Muy interesante historia- dije acalorada por el ajetreo –pero ahora debo irme a la escuela. Dejaré la puerta abierta por si quieres irte…o si decides quedarte un rato más… En verdad no importa.

Lo vi levantar una ceja antes de voltearme y salir corriendo por la puerta principal.

Esperaba sinceramente que mi intento de escape se haya visto bien encubierto por el absurdo pretexto de la escuela. Pero es que su grado infernal de demencia comenzaba a asustarme, y lo que era peor, estaba empezando a creérmelo.

Bajé las escaleras del edificio tan rápido que estuve a punto de tropezar, y salté el último escalón para echarme a correr inmediatamente, como un cohete disparado a todo motor. Pensaba en que mi suerte siguiera tan buena como para evitar toparme de nuevo con el extraño chico. Que al final terminara aburriéndose de una casa con tan solo cajas y cajas de mudanza, y se fuera sin más ni más. Estaba pidiendo demasiado, lo sabía, pero tampoco estaba de más el desear.

Y, mientras deambulaba en las mil y unas posibilidades de lo que pudiera encontrar de regreso a casa, mi fructuosa carrera, y el pesado respirar, estuve a punto de chocar con un pecho fornido que se levantaba altivo frente a mí. Maldije en mi fuero interno una y otra vez. Debía estar verdaderamente loca para no haberlo visto pasar a un lado de mí, a menos que tuviera la posibilidad de tele transportarse también.

Genial. Ahora quién es la demente

Delante de mí, con el mentón muy en alto, el chico de los ojos dorados me escrutaba severamente. Tenía los brazos sobre el pecho y en su rostro había un deje de burla a causa de mi expectación y mi boca abierta.

-¿A dónde crees que vas?- me espetó dulce y fuertemente –todavía no termino contigo.

-Pero yo sí- dije casi con violencia.

Lo rodeé y me puse de nuevo en marcha, ignorando su taladrante mirada clavada en mi nuca. Me aferré a las correas de mi mochilas hasta que mis nudillos se volvieron blancos, y deseé con todas las ganas que se diera por vencido de una vez por todas. Aunque claro, que podía esperarse de un chico terco y arrogante, que no se veía abierto a la posibilidad de un rechazo y estrecharse las manos.

Como supuse, unos ligeros y coordinados pasos tras de mi me revelaron que el chico de ojos dorados me seguía, pero no quise girarme para verificarlo, ya suficiente tenía con la loca idea de persecución que me asaltaba en esos momentos. Sabía que sin importar que tan rápida fuera, ese chico que parecía un atleta recién salido del gimnasio me daría alcance casi al instante, o yo terminaría tropezando con mis propios pies. Cualquier opción sería igual de vergonzosa.

-Déjame en paz- le grité, deseando que mi jadeosa y entrecortada voz hubiera llegado bien clara a sus oídos.

Di unas cuantas vueltas a la manzana, siempre en la misma dirección, pasando por el mismo sitio. Pero las pisadas seguían detrás de mí, esta vez un poco más toscas y pesadas.

Esperaba con toda la suerte del mundo que se cansara de una vez. Y, cuando mi paciencia rebasó los bordes del abismo entre él y yo, me giré de nuevo dispuesta a encararlo y hacerle frente a lo que viniera. Pero, si las cosas no salían como esperaba, lo que significaba un buen acuerdo hablado, también contaba con un spray de pimienta, por si acaso.

Mi sorpresa fue no encontrar a nadie detrás de mí. La calle estaba tan vacía como todas las mañanas, exceptuando algunos perros y gatos correteándose. Con un pesado suspiro di gracias al dios que me hubiera bendecido de esa manera y me di vuelta de nuevo, dispuesta a seguir con mi camino.

Pero, al voltearme me topé con otro pecho. Me habría alegrado que fuera tan firme y fuerte como el primero, pero este era más regordete y bajo, tanto que casi choco con su cuello. Sin embargo, no me asusté, o eso había hecho hasta que levanté la mirada y me encontré con una par de ojos rojos como la sangre, contorneados por un rostro marfileño y poco particular. Una sonrisa torcida se formaba en sus labios secos, que después relamió.

Estaba aterrada, o peor, esta vez sí temía por mi propia seguridad. Di unos cuantos pasos hacia atrás antes de que mi espalda chocara de nuevo. Me giré por tercera vez para ver de quien se trataba y dejé salir el aliento tan rápido como reaccioné.

Otro hombre, esta vez más delgado y alto, me miraba de la misma manera, con los ojos inyectados de ese horrendo color carmesí. No sonreía, pero su expresión burlona me decía que le encantaba jugar al gato y al ratón conmigo. Cobardes. Uno de ellos extendió una mano hacia mí, que golpeé con fuerza desmedida. Esta se retorció como un gusano antes de regresar a forma original.

Nada usual, pensé, pero mi subconsciente estaba alerta, esperando cualquier cosa que pudiera venir, incluso si esta se trataba de monos saliendo de la tierra. Supuse que se debía a la fantasiosa historia de ese chico, que, sinceramente, comenzaba a tomar en cuenta.

-Hueles muy bien- masculló el pequeño y regordete con voz rasposa.

Pensé en mis planes de escape. Sería más fácil colarme por el hombre gordo y bajito que seguro sería el de los reflejos más lentos. Pero el otro se veía tan débil que me vi en la necesidad de escoger. Ninguno se veía como una persona normal, y por la forma en que se retorció el brazo de ese hombre al tocarlo me decía que no lo eran. Además, no había ni un rastro o mueca de dolor en su rostro, y su compañero sonreía aún más, como si se hubiera tratado de una gracia.

En resumen: estaba acorralada.

Cuando uno de ellos extendió de nuevo su brazo con intención de tomarme por el cuello, actué por instinto. Aproveché su mano extendida para golpearla con más fuerza. Ésta se retorció como un hilo al viento y tomé la oportunidad para esquivarlo y huir de la escena.

Vi como recobraba la postura casi de inmediato, y, mostrando una mueca de frustración, el bajito corrió detrás de mí, sin soltar era sonrisa sádica que de pronto formó. El otro le dio alcance de inmediato y ambos se dieron a la tarea de perseguirme, como en una cacería. Me veía a mí misma como la pequeña presa siendo atacada por un par de bestias de ojos fieros.

Estuve a punto de tropezar un par de veces, pero la adrenalina se inyectaba en mis venas que me fue imposible parar por un solo momento.

Di vuelta por una calle estrecha lo demasiado tarde para darme cuenta que se trataba de un callejón. ..maldición…frustrada golpeé la húmeda pared con mis débiles puños, como si por arte de magia fuera a abrirse un camino que me dejara escapar. Pero todo fue en vano, y lo sabía con creces. Mi mente trabajaba a mil por hora, contando los segundos que faltaban para que ese par de ojos como la sangre se dejara ver y me atacaran.

Mi corazón bombeó fuertemente, tanto que me dolió el pecho.

EL cielo era de matices claros, pero no tan claros como para alumbrar todo a mí alrededor. Eso me daba un sinfín de desventajas si quería conseguir ayuda.

El sonido de pasos lentos inundó mis oídos, y con gemidos graves e inhumanos, casi como pujidos, los hombres se dejaron ver, mostrando esta vez ambos una hilera de sonrisas pútridas y torcidas. Me miraban tan fijo que me hicieron estremecer de puro miedo. Estaba perdida, sin salida, y sola.

Me pegué a la pared lo más que pude y recorrí con la mirada casi desesperada cada uno de los rincones de ese sucio callejón hasta topar con un tablón húmedo. Lo tomé entre mis manos con fuerza desmedida, tanto que me dolieron los nudillos. Los hombres retorcieron sus dedos una y otra vez frente a mis ojos y sonrieron con malicia antes de abalanzarse contra mí con un estruendoso sonido de sus voces quebradas.

Cerré los ojos tan fuerte como pude, esperando recibir el golpe que viniera. Empero, este nunca llegó, en cambio, el sonido de movimiento excesivo, pies arrastrados contra el asfalto y tela rozada con excesiva brusquedad llegaron a mis oídos con tal intensidad que me vi obligada abrir los ojos para cerciorarme de lo que pasaba. Lo primero que vi fue una melena de cabello plateado ondeándose al viento y un par de ojos dorados que arrasaban con cualquier rastro de temor que me hubieran sembrado los otros antes. Pero aún tenía miedo.

Era él, el chico de los ojos dorados, postrado frente a mí como un escudo humano. Su expresión era de total frialdad y rencor, como ninguna otra que hubiera visto antes. Después sonrió con desdén y cerró los puños con fuerza excesiva antes de que los seres se abalanzaran sobre él con todas las intenciones de derribarlo.

Estuve a punto de gritar que tuviera cuidado, pero él ya estaba esquivando a uno y acertándole un golpe en el estómago a otro, en cámara tan rápida que me fue difícil seguirle el ritmo. Esos seres se veían tan maléficos, y lo peor de todo era que a él no le estaba costando nada de trabajo lidiar con ambos a la vez. En cambio, se movía tan grácilmente como un felino en una danza mística, saltando, esquivando, golpeando y pateando con total coordinación que pareció mentira.

Nunca antes había visto a alguien moverse de tal manera, y sentí una luz de esperanza iluminar mi rostro, pero aun temía por él, o que ambos seres tuvieran amigos que quisieran venir por nosotros después. Pero a él no parecía importarle nada de lo que estaba deambulando por mi cabeza en esos momentos, solo el atestarle un golpe a cualquiera que intentara acercarse demasiado a mi o a él.

Al final, sacó una especie de cuchilla de su chaqueta. Yo temblé de pies a cabeza. ¿En verdad iba a matarlos? ¿Era ese hombre tan cruel y sanguinario para cometer dos asesinatos?

Entonces lo hizo, los atravesó a ambos sin piedad con la daga, que en lugar de caer al suelo, se volvieron polvo y aire que voló hasta perderse a lo lejos.

Desde mi posición, todo fue como una película en tercera dimensión, demasiado real para hacerme temblar. Lo vi con los ojos abiertos como platos y la sorpresa marcada en mis facciones. Todo se había hecho cámara lenta, desde el momento en que los seres dieron su último alarido, hasta el momento en que el chico de los ojos dorados se giró hacía mí y me supervisó de la cabeza a los pies.

-¿Estás bien?- me preguntó, cambiando instantáneamente su mirada por una más cálida y preocupada.

Yo solo pude atinar a asentir. Las palabras se quedaban atoradas en mi garganta sin intenciones de salir. Lo ví agacharse a mi lado e inspeccionarme de cerca por si acaso, yo seguía sin poder hablar. Estaba segura que mi corazón retumbaba tan fuerte en mi pecho que él sería capaz de escucharlo. Y lo peor era que no sabía si era provocado por la reciente impresión o su repentina cercanía.

Estuvimos un rato de esa manera. Yo en estupor y él esperando a que recobrara la compostura. Fue cuando pude hacerlo que lo miré a los ojos y tragué duro, en un intento de decir mis primeras palabras.

-¿Qué fue…

-Demonios invocados- contestó calmadamente a la pregunta que me fue imposible terminar –no esperaba que atacaran tan rápido.

Me miró arrepentido y después añadió…

-Fue mi culpa. Quise darte tiempo y me confié…se supone que es mi deber protegerte.

-No es problema… aún sigo entera-dije intentando recobrar la hilaridad que había perdido a bruces.

-Aun así, debí poner más atención. Fue un error que no volverá a suceder…pero creo que esto servirá para que pienses un poco más antes de echarte a correr por ahí como demente- añadió cuando se levantaba. Yo aún no estaba lista para ponerme de pie, y parecía que él lo sabía –pero, si quiero cumplir con mi deber hay una cosa por terminar

Miré expectante cada uno de sus movimientos.

Él extendió una mano frente a mi e instantáneamente un circulo color celeste se formó en el suelo, como reflejado por luz de neón. Dijo algunas palabras de una forma muy extraña y que no pude comprender, para después mirarme impecablemente, intentando darle ánimos a mi sofocada mente.

Lo logró.

-Dime tu nombre- exigió

-Kagome…Higurashi- contesté automáticamente y casi sin voz. No pensaba, no respiraba.

La luz se hizo de color rojo al escuchar mi nombre, lo supe por el reflejo que esta dejaba en la pared. Yo no podía despegar mi vista de él. De su efigie cálida y hermosa que apreciaba sin miramientos.

-Desde ahora juro ponerme a los servicios de quien me invoca- dijo con voz omnipotente. Se hincó frente a mí, con solo una rodilla sobre el asfalto y la cabeza un tanto inclinada, como haciendo una reverencia –tomando el cargo de su guardián y respondiendo al nombre de Inuyasha…su guardián Inuyasha.

-Inuyasha- repetí mecánicamente

Y, como quien cae a un abismo repentino bajo sus pies, me aferré a los destellos que su mirada ofrecía a ese espacio oscuro.

No sabía en qué lóbrego bosque entraba, incluso podría estar vendiéndole mi alma al mismo demonio...no obstante, lo único que parecía tener relevancia en esa retorcida jugarreta, era no perder de vista ese par de ojos que me abrían paso a la inconsciencia.

Continuará…

13 de Diciembre de 2011

En la escuela, tomando preferencia entre la tarea y "Guardián". Se obvia cuál ganó. Simplemente me atrapé tanto en la trama que no he podido dejar de escribir.

Muchas gracias a serena tsukino chiba, madeleinemarivop, akiju y Nina y Daniela, por sus reviews. Hacen que "Guardián" sea un buen proyecto.

Nos seguimos leyendo.

Ángel Nocturno…