Capítulo 4: Miradas que matan

Desperté pasadas las 9 de la mañana. Era sábado, no tendría que preocuparme por la escuela. Una delgada línea de luz se colaba entre las cortinas cerradas, y los pájaros comenzaban a trinar junto a la ventana. Podía adivinar que se trataba de un día soleado, de esos que no aprecio mucho y prefiero evitar.

Odiaba el calor y bochorno, por lo que mi madre se quejaba a menudo.

Me levanté perezosa, aun con las sábanas entre mis piernas y el cabello revuelto, luego solté un largo bostezó que tapé con una mano. No recordaba haber dormido tan profundamente en mucho tiempo que comenzaba a pensar que algo andaba mal conmigo.

Me vestí con mi ropa favorita, y calcé los zapatos más cómodos, dignos de un buen sábado. No solía hacerlo a menudo, pero había despertado de un ánimo tan agradable que era inevitable.

El apartamento estaba sumido en un silencio conciliatorio y no mortal, nada comparado con el de ayer. Las risas de algunos niños en la calle y el ligero motor de un auto eran agradablemente satisfactorios para mis oídos.

Me pasé una mano por los cabellos para peinarlos ligeramente, yendo directamente a la cocina, pero algo llamó mi atención. Inuyasha, el chico de ojos dorados, durmiendo profundamente en el sillón, con lo vi la noche anterior antes de caer rendida yo también. Esperaba que como los anteriores días saliera a tempranas horas, y no regresara hasta la noche en que no lo pudiera ver. Como un fantasma. Pero no, al contrario, se encontraba tumbado en el sillón sobre su costado, con un brazo debajo de la almohada y el otro escondido entre las mantas.

Su semblante era tan sereno y perfecto, que no tendría nada de dificultad en compararlo con Adonis, o cualquier otro dios griego. Su respiración era acompasada, ligera, profunda, pero algo torpe, como si le costara trabajo cada suspirar. Me di tiempo para detallarlo. La nariz respingada, ese par de cejas pobladas, la tez clara tostada, y esos mechones de cabello que le caían sobre la frente curiosamente.

Parecía inverosímil que sólo hace cuatro días un extraño chico de ojos dorados haya aparecido en la sala de mi apartamento, con la absurda historia de una perla y el riesgo de mi alma, jurando ser el protector de ésta. Parecía irreal que ese arrebatado muchacho pudiera dormir tan pacíficamente, con el semblante más sereno que pudiera ver en mucho, y la tranquilidad innata de un cachorro indefenso. En realidad, no era tan malo cuando su ceño no estaba fruncido y la seriedad de su rostro era reemplazada por la calma profunda del sueño.

Era ahora que me reprochaba haber pensado siquiera que esos días ausentes y noches tan cortas en casa se debía a que, de alguna manera y por razones que desconocía totalmente, Inuyasha trataba de evitarme. Absurdo.

Lo vi abrir los ojos lentamente, como si hubiera escuchado cualquier parte de mis pensamientos, y pareció desorbitado por un segundo, después enfocó su mirada en mí y pareció extrañado, como si no supiera donde se encontraba, o que hacía yo mirándolo con tanto asombro.

Al principio pensé que correr y esconderme en mi cuarto al haber sido descubierta en tal hazaña, pero, en cambio, dije lo primero que se me vino a la cabeza.

-Bueno días. Veo que dormiste bien- murmuré, de todas maneras mi voz podría escucharse a la perfección.

-¿Qué hora es?- preguntó desorientado, como si hubiera dormido un año o más.

Miré el reloj de la pared.

-Un poco más de las nueve. Estaba a punto de preparar el desayuno ¿Me acompañas?- ofrecí, aun dudando de cómo fue que salió eso de mi boca. Hasta donde sabía, él había señalado claramente que no estaba interesado en ninguna de mis muestras amigables, o el trato de llevarnos bien por el tiempo de su estadía.

No lo pensó mucho, casi de inmediato se levantó, pero antes de poder enderezarse completamente, un latigazo pareció golpearle el estómago y hacerlo gemir de dolor, de nuevo se había encorvado, a pesar de sus intentos para pasar desapercibido.

-Qué sucede ¿Te encuentras bien?- exclamé cuando llegué a su lado.

-No es nada. Supongo que no me he recuperado por completo- dijo con gracia. Sinceramente yo no pude encontrar lo gracioso. Lo miré preocupada por un momento, antes de notar ligeras manchas carmesí en su camisa blanca.

-¿Recuperar?- dije casi paranoica.

-Anoche, descubrí otra ave rodeando insistentemente el edificio. Supuse que había encontrado el apartamento en que te encontrabas, así que lo seguí-masculló Inuyasha. Yo temblé. No era posible que alguien hubiera encontrado este lugar, había tomado precauciones, estaba segura -No conté con que tendría amigos. Fue difícil terminar con todos ellos.

Sonrió altaneramente y no pude evitar tranquilizarme un poco, después de todo seguíamos siendo invisibles para ellos, y no habría temor de que alguno quisiera hacernos una visita, no con la condición en la que se encontraba Inuyasha. No obstante, pensar que unas simples aves habían provocado tales daños a un hombre con esas habilidades, me hacían sentir de nuevo intranquila.

¿Y si lograban rastrearme y descubrían mi apartamento? ¿Y si decidían atacar?¿Podría Inuyasha cargar con una pelea en esas condiciones?

No dejaba de formular preguntas en mi mente, cada vez más terribles que la anterior. No obstante, la manera tan despreocupada de Inuyasha me confundía irremediablemente. Primero recalcaba cuan cuidadosos debíamos ser ya que mi bienestar y su trabajo estaban en juego, y luego sonreía y actuaba como si se hubiera firmado el tratado de paz mundial. Suspiré cansada y me revolví el flequillo. Ya tendría tiempo de aprender cada una de sus reacciones.

Lo vi levantarse con dificultad, ignorando el dolor o cualquier otra cosa que se lo impidiera.

-¿Al menos podrías intentar descansar?- le reproché desde atrás, cuidando que no fuera a caerse.

-Te preocupas demasiado por unos simples rasguños- dijo arrogante. Yo bufé y me crucé de brazos. Bien, que se rompiera el cuello si así lo deseaba.

Pasamos a la cocina, donde me dispuse a hacer un buen desayuno. No tenía invitados a menudo cuando vivía con mi madre, pero sabía cómo lucirme cuando de comida se trataba. Podía sentir la mirada de Inuyasha clavarse en mi espalda y supervisar cada movimiento que realizaba, lo que, sinceramente, me tenía con los pelos de punta, a pesar de mis intentos por ignorarlo.

El televisor se encendió, supuse que fue por obra de él y di gracias a cuanto dios se me ocurriera por tan grandiosa distracción. Vertí algunos huevos en una sartén y serví un par de vasos con jugo.

-¿Necesitas ayuda?- escuché a mis espaldas.

Brinqué de mi sitio y me di la vuelta en menos de un santiamén, llevando junto a mi codo un vaso que recién había servido. Mi corazón logró acelerarse en un segundo cuando Inuyasha apareció detrás de mí, con las manos en los bolsillos y esa pose tan despreocupadamente serena. La sonrisa arrogante de sus labios me hizo temblar y la sangre rápidamente se acumuló en mi rostro.

¿Qué no había cosa alguna en él que no causara estragos en mí?

Comencé a tartamudear, justo cuando pensé que tenía la situación controlada. Grave error. Recordé el jugo derramado cuando bajaba por mi codo, con una fría sensación de escalofríos recorriendo mi piel, y lo usé como vía de escape a él y sus penetrantes y extraños ojos dorados. Busqué una toalla de papel y la restregué contra la barra, sin mirarlo por un momento. No dejaba de balbucear.

-¿Sucede algo?- murmuró desde el umbral, escrutándome ligeramente.

Contrólate, Kagome.

-Si…bueno, no…yo- gemí en mi interior por saberme tan inútil de poder completar una frase entera. Fregué una vez más esa mesa más que limpia, buscando las palabras. En verdad me esforcé. Inuyasha parecía burlarse de mi torpeza, entonces desee verdaderamente patearlo.

El timbre de la puerta sonó como miles de campanas clamando libertad. Me dirigí a la puerta victoriosa por dentro, pasando a un lado de él, evitando cualquier contacto que pudiera alocar mis sentidos más de lo que se encontraban. Respiré hondo un par de veces, alisando arrugas invisibles en mi blusa, y giré la perilla.

Una hilera de blancos dientes y ojos tan negros como la noche me recibió del otro lado. Estuve a punto de gritar de la impresión.

-Buenos días, hermosa- canturreó una voz de pana. Tragué el estorboso nudo que se formó en mi garganta, forzándome a responder.

-Oh…Bankotsu, que sorpresa. No me dijiste que vendrías- dije a penas, deseando que cierto chico se quedara en la cocina.

-Bueno, en realidad me sentí un poco mal por lo de ayer. No fue justo que te hiciera a un lado sólo por una conquista- exclamó arrepentido, con esa cara de cachorro que sabía me hacía enternecer.

-Descuida, no pasa nada. ¿Te divertiste?

Soltó un quejido con su garganta, a modo de desapruebo. Luego pasó de mirarme a mí, a observar el interior de mi apartamento, como si algo le llamara verdaderamente la atención. Eso era inusual. Bankotsu no era del tipo entrometido.

-No sabía que tenías visitas- masculló más serio.

Seguí su mirada y me encontré con otra más cálida pero firme. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y me hizo estremecer. Inuyasha nos miraba desde dentro, con la expresión serena y los ojos fijos en mi mejor amigo.

Desde mi punto, todo pareció una batalla mental entre ambos chicos. No dejaban de mirarse, como si con eso pudieran decirse miles de cosas, nada buenas, por cierto. Inuyasha mantenía los brazos cruzados sobre su pecho, inmóvil como una estatua, mientras que Bankotsu, con las manos a los costados y la expresión más dura que jamás vi en él, lo encaraba desde el marco de la puerta principal.

Estuve a punto de ponerme en frente de ambos, pero la escena era verdaderamente intimidante.

Carraspeé un par de veces, en un intento por llamar la atención de ambos. Comenzaba a pensar que en cualquier momento uno saltaría encima del otro. Intenté formar la voz más normal del mundo.

-Bankotsu, él es Inuyasha, está alojándose temporalmente aquí. Inuyasha, este es Bankotsu, un viejo amigo- bramé lo suficientemente alto para que los dos pudieran escucharme.

-Creí que estabas quedándote sola- barreó Bankotsu, aun con la mirada fija en Inuyasha. Yo lo sentí como un golpe en el estómago.

-Sí- me apresuré a responder –pero Inuyasha es nuevo en la ciudad, y necesitaba donde alojarse…

-No sabía que le alquilabas tu casa a extraños- me interrumpió mi amigo. Yo tragué fuertemente de nuevo, pensando con extrema rapidez cuales debían ser mis palabras siguientes.

-Inuyasha no es un extraño. Lo conocí hace tiempo en Osaka, cuando visitaba a mis abuelos. Desde entonces hemos estado comunicándonos. Es un gran chico…y muy confiable- murmuré lo último más bajo, esperando que sólo Bankotsu pudiera escucharlo. Estaba rogando porque me creyera de una vez, no entendía por qué de pronto su ataque de sobreprotección, pero estaba poniéndome en aprietos.

Unos cuantos segundos en los que nadie hizo nada, para después recibir una cálida sonrisa por parte de Bankotsu, como siempre. Acarició la coronilla de mi cabeza, como si fuera una hermana menor.

-De acuerdo, si confías en él yo también lo hago- dijo al final, yo lo miré radiante –pero creo que ya debo irme. Sólo quería disculparme…es todo. Nos vemos el lunes.

Y se fue antes de que pudiera contestar cualquier cosa, como un relámpago extendiendo la mano. Parpadeé un par de veces antes de cerrar la puerta a mis espaldas, con la mirada fija en el suelo, como si fuera lo más extraordinario del mundo. Escuché un suspiro no tan lejano y después unos cuantos pasos hacía mí. No hice nada.

Los segundos se hicieron eternos, segundos en los que sentí mis ojos aguarse como un par de mares.

Nunca le había tenido secretos a Bankotsu, y el saber que mi pequeña mentirilla se había caído como hojas en un huracán, me hizo sentir la más huraña mentirosa de todas. No quería que mi mejor amigo desconfiara de mí, en verdad lo necesitaba más que nunca, pero no pude evitarlo, no quería que se pusiera en peligro sólo porque tenía un problema de boca floja. Ahora me sentía terrible, sin contar que la primera impresión entre ambos fue todo un asco.

Los pasos de Inuyasha se detuvieron a un par de metros de mí. Su fragancia llenó ligeramente mi atmósfera, como un calmante. Después lo escuché hablar.

-Lamento los problemas- comenzó serio -pero debo ser sincero, como tu guardián, ese tipo no me agrada- murmuró sin mirarme. Por un momento creí que intentaba no olvidar el rostro de mi amigo.

Su declaración no logró sorprenderme, en realidad pude notarlo desde que ambos chocaron miradas por primera vez. Así que sus palabras no eran tan impresionantes. No obstante, la verdadera cuestión era ¿Por qué? ¿Qué tenía mi amigo de malo para que Inuyasha pensara en él como una amenaza?

-Escucha, Bankotsu es mi amigo desde que tengo memoria. Lo conozco de toda la vida, y si algo es seguro es que él jamás haría algo que pudiera lastimarme. Así que no hay de qué preocuparse- dije firmemente, no sólo porque se tratara de mi mejor amigo, sino porque estaba completamente segura de ello.

Supe que mis palabras no lo convencieron del todo, pero al menos lograron tranquilizarlo. Aun había un extraño rastro de cautela en su rostro, como si temiera que en cualquier momento apareciera y tumbara la puerta para atacarnos. Absurdo, pero seguro no descartaba nada. Parecía jugarse su papel de guardián a grados inimaginables.

Asintió casi imperceptiblemente, y yo suspiré un tanto aliviada, antes de que a mi nariz llegara el singular olor de algo quemándose.

-¡Demonios¡- exclamé –el desayuno.

-.-

-Descuida, mamá, todo va bien por aquí. Me estoy adaptando rápido al edificio…aún no conozco a nadie, pero tengo la seguridad de que son agradables- le dije a mi madre desde el teléfono.

Tal parece que sus ataques por saber que hago a cada momento habían cesado por un rato, aunque demasiado corto. Dos días exactamente, debía estar agradecida. Ahora sonaba más normal que de costumbre, lo que me hacía pensar que comenzaba a adaptarse a la idea de que ahora no vivía bajo su techo.

Había pasado gran parte de la mañana pegada al teléfono, no por gusto propio, pero fue agradable escuchar la dulce voz de mi madre de nueva cuenta. Los extrañaba. Así que después de recibir la excelente noticia sobre la visita ocurrente de Sota desde la universidad de Tohoku, tuve que despedirme sin más que un "nos veremos pronto", sin saber muy bien cuando sería. Nunca fui experta en el arte del sentimentalismo, y expresarlo de verdad me costaba, a pesar de mis esfuerzos para reprimir el pudor de la ocasión.

Aún seguía sintiéndome nostálgica por apartarme de mi hogar, y el departamento que al principio me pareció tan desconocido seguía siéndolo, sólo que ahora con mis cosas personales.

Suspiré profundamente, había olvidado colgar la bocina después de que dejé de escuchar a mi madre del otro lado de la línea. Seguía sosteniéndola contra mi oído como si pudiera viajar por medio de ella hasta mi casa.

-Si la extrañas tanto ¿Por qué no regresas?- escuché a mis espaldas. Ésta vez no me sorprendí en lo absoluto. Comenzaba a acostumbrarme a sus repentinas apariciones.

Era seguro que Inuyasha había escuchado toda o gran parte de nuestra conversación, y también identificado cada una de mis caras al hablar. No estaba sorprendida por ello, ni por el hecho de que cuidara tanto de mí… a final de cuentas ese era su trabajo ¿Tanto abarcaba su contrato? Parte de eso me hacía sentir bien, segura, protegida, en lugar de sentirlo osadía.

El chico de ojos dorados me miró fijamente, tratando de traspasar esa mirada ausente y expresión vacía. Entonces recordé con cuanta facilidad eso podía provocarme un sonrojo.

-Es complicado- respondí a medias, evitando cualquier contacto visual.

Pensaba en ello, en las causas que me habían llevado a abandonar a mi familia, nada buenas desde mi visión, e incomprensibles desde la de los demás. No esperaba que Inuyasha lo comprendiera, por ello nunca había sacado el tema. Tampoco es que compartiéramos muchas palabras en el día. Eran aquellas cosas que reservaba a mi mundo, sólo para mí.

Sonaba más grave de lo que era.

Me deslicé por la pared hasta que toqué el suelo. La fatiga de esas noches sin sueño y ajetreos del día me estaban cobrando la cuenta. Luego, sin invitaciones o ademanes, Inuyasha hizo lo mismo que yo, colocándose justo enfrente de mis ojos. Seguía esperando una respuesta, aunque no estuviera consciente de que no deseaba que la obtuviera. Parecía interesado…yo no podía negarme a algo así.

Me mordí el labio nerviosa.

-Yo era muy pequeña cuando mi padre murió en un accidente de auto- comencé, sin saber de dónde obtuve el valor y el coraje –mi madre estaba embarazada de mi hermano. Nunca pudo reponerse de ello.

Desvié la mirada hacía el techo, evitando imaginar la escena de hace años. Inuyasha me miraba atento, y yo supe que ahora no podría dejar de hablar. No lo estaba pensando tampoco, me sería inútil.

-Desde entonces fuimos sólo ella, yo, y el pequeño que se aproximaba- continué, forzando una sonrisa- con el tiempo aprendimos a depender los unos de los otros, y sin pensarlo me dediqué a protegerlos…hasta que mi hermano recibió esa beca para ir a la universidad…eso destrozó a mi madre, pero lo acepto de buena manera, después de todo se trataba del futuro de Sota, y eso le importaba mucho.

"Pasó el tiempo, y sólo éramos ella y yo contra el mundo. La apoyaba y estaba en todo momento con ella, pero sabía que no le haría nada bien con el tiempo. Algún día tendría que seguir los mismos pasos que siguió mi hermano menor, y no quería que mi madre dependiera tanto de mí cuando sucediera. Eso la dejaría indefensa."

Hice una pausa para mirarlo. Estaba tan atento a mis palabras que no pude evitar compararlo con un niño escuchando el cuento de su madre, o sólo era la intensidad de su mirada. Quién sabe. Respiré hondo.

-Bankotsu conocía mis temores, y me dio la grandiosa idea de la mudanza…incluso ayudó a conseguir el lugar- lo vi apretar la mandíbula, no muy contento de que mi amigo tuviera lugar en la historia –no estaba segura, no me agrada la idea de dejarlos, pero no quería causar molestias en el futuro, por eso acepte. Por el bienestar de mi madre.

Descubrí que había sido demasiado sencillo contarle eso a Inuyasha. Sabía que no me juzgaría por mis acciones, y tampoco criticaría sobre mi forma de vida. Lo apreciaba. Podía confiar en que respetaría mi decisión.

Sin embargo, se veía de nuevo sumergido en ese inmenso trance que lo había tenido cautivo los días anteriores, como si su consciencia fuera trasladada a lo más profundo de un recuerdo. No me atreví a preguntar ésta vez, comenzaba a ser más cuidadosa con respecto a las situaciones de él y su pasado. No quería otra escena como la de la noche anterior.

Ese chico representaba para mí todo un enigma jamás conocido. Desde su forma de expresarse, lo burlesco de sus palabras cuando estaba relajado, y lo serio que se volvía cuando creía en el peligro. Incluso la manera ágil y feroz al luchar. No imaginaba cómo había llegado a su situación, encerrado en un libro por cientos de años si era necesario, sólo a la espera de la siguiente que necesitara de sus servicios y lo liberara.

Debía ser difícil.

-¿Puedo preguntarte algo?- musité con calma, recibiendo en respuesta una mirada como el oro fija en mí. Lo tomé como una afirmativa -¿Cómo es que llegaste a ese libro?

No era problema si se reusaba a hablar, no lo presionaría después de todo, pero necesitaba saber qué tipo de persona era, de dónde venía, y cuál era su propósito haciendo lo que hacía.

Pasó un corto tiempo antes de que contestara, con una voz fuerte y suave a la vez.

-Fue hace ya mucho…en la guerra de la que te hablé. Mi madre era humana y mi padre un poderoso Inu Youkai.

-¿Tú papá era un demonio? Entonces eres parte demonio- lo interrumpí, asombrada. Él asintió.

-No era muy usual ver ese tipo de relaciones, por lo que nací como un ser híbrido, un hanyou. Con el tiempo aprendí a cuidarme solo y a sobrevivir, robando aldeas y asaltando a los viajeros en los caminos. Era temido en la región, y me conocían como el demonio Inuyasha… Todo iba muy bien, hasta que un grupo de guerreros nada usuales decidió luchar conmigo. Perdí. Pero antes de morir uno de ellos, un monje que parecía la cabeza del grupo, me ofreció una vida sirviendo a las grandes majestades de la región. Estuve a cargo de cuidar a Midoriko.

No había expresión alguna en su rostro al hablar, más que la de alguien que se concentra en recordar ciertos detalles que olvidaba. Ahora yo era la que lo escuchaba atenta, sin perderme ningún detalle. Ciertamente no esperaba que respondiera mi pregunta como si nada.

-Por años ellos ayudaron a incrementar mis poderes y controlarlos a placer. Me volví más fuerte, y sin pensarlo me convertí en uno de ellos, protegiendo la aldea y cumpliendo mi cargo como guardián de la sacerdotisa… Hasta la inesperada guerra por el poder- hizo una mueca de desagrado, después siguió –Yo estaba a cargo de vigilar a Midoriko, pero, cuando decidió dar su vida para detener tal tragedia no pude detenerla.

"Luego apareció Onigumo y la absurda idea para crear nuevas perlas con el alma de jóvenes aprendices inocentes. Frustramos cada uno de sus planes, lo que desató su furia, y como venganza me encerró en ese libro, como maldición, dejándome salir sólo cuando siento la presencia del alma de Midoriko en apuros...y, cuando la amenaza era aniquilada, regresaba al libro, a dormir por muchos años más. Onigumo dijo algo como 'Guardián hoy, guardián por siempre'. Esa es mi condena"

Finalizó viendo a través del pasillo. Yo permanecí pensando en su historia, y lo trágica que era. Saberse el responsable de que una de las más grandes entidades de tiempos feudales sacrificara su vida debía ser una carga grande con la que debió cargar todos los días, al punto de ser maldecido para siempre.

Una parte de mí se removió por él. Imaginaba lo difícil que era pasar la eternidad dentro de un libro, esperando a la siguiente persona que lo despertaría de un sueño eterno, para volver a dormir después. Rostros diferentes, épocas diferentes. No lograba adivinar como lograba acoplarse a cada tiempo en el que despertaba. Ahora comprendía esas miradas perdidas, después de todo, ésta no era su época.

-Entonces has estado atrapado desde entonces ¿Cuántos años tienes en realidad?

-519 con exactitud- masculló burlón –aunque es difícil saberlo. Estando dentro del libro no envejezco, sino que me adentro en un sueño profundo, y cuando despierto ya han pasado muchos años.

-Sólo envejeces cuando estás despierto, sin duda envidiable. Imagina la cantidad de modelos que darían cualquier cosa por algo así- reí.

Inuyasha me miró divertido, le había agradado mi broma después de todo. Me sentí satisfecha, sabiendo que había logrado mucho en tan poco.

Sin duda su pasado debió haber estado rodeado de sombras, pero ahí estaba el típico Inuyasha, burlándose de su destino y los que se entrometían. Jamás se había quejado por ello, eso era de admirar. Aunque nunca se lo diría.

El ambiente era agradable, como si nos conociéramos de toda la vida. No me había importado abrirme de esa manera con él, fue espontáneo e incluso relajante, e Inuyasha no tuvo problemas al contarme una parte de su pasado que, a pesar de saber que era demasiado pequeño, me hacía sentir una parte verdadera de su futuro, no sólo como la chica que lo invocó accidentalmente cuando limpiaba su casa.

Comenzaba a sentirme parte de ese mundo. El mundo donde existían todas aquellas criaturas que la gente normal llamada "leyendas". Un mundo presentado ante mí de manera inesperada, y que ahora se adhería mi ser y lo que eso significaba. Tal vez no estaba contando con todos los riesgos que proclamaban ser una descendiente de la gran Midoriko, pero confiaba en Inuyasha para protegerme.

De manera absurda confiaba en él.

-Escucha…estuve pensando, y no me parece justo que tengas que dormir en ese incómodo sofá- exclamé -¿Qué te parece si arreglamos la habitación de huéspedes para ti?

Él negó.

-Nunca me gustó mucho ese lugar- sentenció el chico de ojos dorados –pero me agrada lo que hiciste con ese cuarto de tiliches.

Se levantó de su lugar y me extendió la mano para que hiciera lo mismo. Yo la tomé, sintiendo una oleada de corrientes eléctricas recorrer desde la palma hasta mi columna. Sonreí abiertamente, impulsando mi cuerpo al levantarse.

-Entonces ya sé lo que haremos ésta tarde.

Continuará…

Que tal, mis queridas lectoras. Aquí presentándome con un nuevo capítulo de guardián.

Es momento de que las situaciones mejoren, o empeoren, qué más da, la cuestión es que habrá diversión al máximo. Falta mucho por conocer por parte de Inuyasha, el extraño chico de ojos dorados, y Kagome, la chica cotidiana de poca paciencia. Espero no se hayan matado aun al fin de este fic.

Nos seguimos leyendo!

Ángel Nocturno…