Sí, me he puesto enferma de nuevo. O la naturaleza no me quiere, o a los virus les resulta cómodo mi cuerpo. Siento la gran tardanza, encima que llevaba semanas sin coger el pc, cuando lo he tenido por fin entre mis manos, no se me ocurría ni la más mínima idea u.u

No tengo tiempo para contestar los reviews, perdonen perdonen perdonen! Pero nombro a todas las personas, eso sí! Muchas gracias a todos, espero poder devolverles los comentarios en el próximo capítulo (que por cierto, es el último)

Gracias a FerchaO, Chofia (bienvenida!), FerchaO (sí, doble agradecimiento por doble review xD), chidorisagara, Emina Hikary (creo que también eres nueva, no? bienvenida!), Diva-Hitsugaya, MrCarhol (welcome a ti también! XD), AnaVila, cOnfii-momo, Haoshadow y loveichiruki

Como éste es el penúltimo capítulo, ya se me está poniendo la vena dramática y melancólica... De verdad... muchas gracias a todas aquellas personas que llevan desde los primeros capítulos dejando reviews y también muchas gracias a aquellas que son nuevas... aquí todos son bienvenidos! xD Agradezco a la gente que pone el fic en favoritos aunque no comentan... Realmente todos estos pequeños gestos hacen que yo tenga mucha más ilusión por seguir escribiendo e intentando dar lo mejor de mí!

Disclaimer: Bleach no me pertenece. Yo no me tomo dos semanas de vacaciones así sin previo aviso ¬¬


- Shuu…

Era un susurro agradable.

- Shuuhei.

Ahora ya parecía más bien una orden.

- ¡Shuuhei!

Hisagi se despertó tan bruscamente después del grito que hasta se golpeó con las tablas de la cama superior en la cabeza.

- ¡Ya te has despertado!

Esa voz… El teniente giró su cabeza para encontrarse a Matsumoto inclinada hacia él.

- ¿Te has hecho daño?

Hisagi se restregó la frente y le dedicó una sonrisa incómoda a Rangiku. Llevaba unos días esquivándola para evitar conversaciones sobre su… bueno… su anatomía.

- No, tranquila. ¿Qué pasa? ¿Dónde están todos?

- Los humanos y Kuchiki-san se han ido a dar una vuelta juntos por la academia; Ikkaku, Yumichika y Renji intentan que unos compañeros les pasen unas cuantas botellas de sake por encima del muro; la capitana Soi Fong con cara sospechosa fue hace unos diez minutos al edificio blanco y entró en uno de los cuartos de los profesores, me imagino a cual; el capitán Hitsugaya está con Hinamori en la piscina y Kira los ha seguido camuflado intentando que nadie lo viera, pero lo ha visto todo el mundo... y el capitán Kuchiki está sentado fuera del barracón con aire pensativo.

Shuuhei suspiró al ver a Rangiku contando emocionadísima la vida de los demás rasos. Él solo quería saber si había pasado algo inusual.

- ¿Qué hora es?

- Las cinco de la tarde y hace muuucho calor. – contestó Matsumoto mientras se levantaba la camiseta un poco.

- ¿Eh? ¡¿Qué haces?! – Hisagi se enrojeció enseguida y apartó la vista.

- ¡Shuu, eres muy susceptible! ¡Ya está! Ya me he bajado la camiseta.

- Uf…

- Pero si solo se me veía el ombligo.

- Eso ya es suficiente. – susurró Shuuhei para sí mismo, pero la sonrisa picarona de Rangiku le dio a entender que lo había oído.

- Shuu… - el tono de la teniente obligó a Hisagi a tragar saliva sonoramente.

Lo iba a hacer. Hisagi sabía que lo iba a hacer… ¡Iba a preguntarle por el incidente del otro día en el que sus pantalones estaban más tensos de lo normal!

Rangiku abrió la boca para hablar, pero un ruido hizo que abandonara la tarea. Era la megafonía de la academia.

- Atención, se ruega a todos los rasos que se dirijan a la salida norte enseguida. Repito. Que los rasos se dirijan a la salida norte enseguida.

Salvado por la megafonía. Shuuhei salió rápidamente de la cama y corrió hacia el lugar mencionado, dejando a Rangiku con la palabra en la punta de la lengua. Esta sonrió al ver la reacción del teniente, y lo siguió a paso lento.

En unos escasos tres minutos, los rasos ya estaban posicionados en la salida norte de la Academia de Urahara. Allí también había dos personas que no eran rasos, precisamente.

- ¡Hola! – saludaron Kotetsu Kiyone y Kotsubaki Sentaro al unísono, y justo después se dirigieron una mirada poco cariñosa entre ellos.

Los dos oficiales del Treceavo Escuadrón vestían una camiseta y un pantalón deportivo de color negro. Estaba claro que eran profesores.

- Poneos esto por encima de la ropa, por favor. – Kiyone comenzó a repartir entre los rasos una especie de uniforme militar blanco con protecciones.

- Y coged esto, pero no os lo pongáis aún. – Sentaro entregó a cada uno de los presentes una máscara que cubría toda la cara, con un cristal en la zona de los ojos y unos pequeños agujeros en la zona de la boca y de la nariz.

Los rasos obedecieron sin rechistar, pero les embargaba una sensación de terror. ¿Qué tenían planeado esos dos?

- Vamos fuera. – ordenó Sentaro después de colocarles las pulseras para anular cualquier tipo de poder.

En cuestión de minutos se encontraban en el mismo bosque donde Komamura les había hecho huir de los perros rabiosos. El lugar había cambiado levemente, ahora poseía unas cuantas barricadas hechas con sacos de cemento.

Los dos profesores comenzaron a sacar de una caja de madera unas pistolas con unos pequeños depósitos colocados en la parte superior de las armas. Los depósitos eran de cuatro colores diferentes… Mal rollo.

- Sabemos que las espadas, las flechas y los puños se os dan bien. – habló Kiyone – Pero… ¿y las pistolas?

- Vais a jugar al Paintball. – dijo Sentaro con una sonrisa de suficiencia, parecía que lo estaba disfrutando.

- ¡Oye! Déjame acabar.

- Pero si ya habías acabado.

- ¡Pues no había acabado!

- ¡Pues sí!

- ¡Pues no!

Ante las caras de hastío de los rasos, los oficiales decidieron acabar la absurda discusión.

- Bueno, pues acaba.

- Muy bien. ¿Por dónde me había quedado? – Kiyone se aclaró la garganta – Pero… ¿y las pistolas? ¿Sabéis manejarlas? Vais a jugar al Paintball para comprobarlo.

- ¿Eso era lo que tenías que decir? – Sentaro estaba furioso - ¡Ya lo había dicho yo!

- ¡Pues no lo habías dicho!

- ¡Pues sí!

- ¡Pues no!

Hitsugaya tosió descaradamente para que la peculiar pareja se percatara de que no estaban solos, hecho que funcionó.

- El Paintball es un juego en el que se recrea un campo de batalla, pero con pistolas cargadas de pintura. Hay diferentes modalidades pero nosotros nos hemos inventado una. – informó Sentaro ilusionado.

- Querrás decir que tú te la has inventado, porque a mí no me gusta nada.

- ¡Cállate ya, Kiyone!

- ¡Pues no me callo!

- ¡Pues sí!

- ¡Pues no!

Los rasos suspiraron. ¿Cuánto tiempo más iba a durar esta tortura?

- En el lago donde tuvisteis que ir con el capitán Komamura hay una bandera. – dijo Sentaro ignorando a Kotetsu – El equipo que se haga con ella, gana.

- Las normas son sencillas. – continuó Kiyone – La persona a la que le hayan disparado, tendrá que estar un minuto sin moverse de su posición y sin poder disparar. Es la penalización por haberse dejado atrapar.

- Aseguraos de cubriros bien las espaldas. – Sentaro entregaba las armas a los rasos – Si trabajáis en equipo, este juego debería ser muy fácil.

- Por cierto, los equipos son de cuatro y están repartidos de la misma forma que en los cuartos donde dormís. El equipo verde será el de la habitación "Country", el equipo rosa es el de la habitación glaciar, el equipo negro será el de la sala botánica y "la habitación que sobraba" es el equipo turquesa.

Sentaro miró fijamente el depósito de las pistolas del equipo turquesa, y luego dirigió una mirada de furia a Kiyone.

- Eso no es turquesa, es azul celeste.

- Es turquesa.

- ¡Azul celeste!

- ¡Turquesa!

- ¡Azul celeste!

- ¡Es turquesa!

- ¡Pues no!

- ¡Pues sí!

- ¡Pues no!

- ¡Ya basta! – gritaron todos los rasos enfurecidos.

Los dos oficiales se enrojecieron a causa de la vergüenza y callaron.

- Poneos cada equipo en una barricada. – los rasos obedecieron a Kiyone – Y ahora… ¡que comience el juego!

La pareja comenzó a correr hasta ponerse a salvo en un lugar donde podrían contemplar bien la escena.

Entretanto, los rasos no sabían cómo empezar. Estaban escondidos en las barricadas y no se atrevían a salir por miedo a ser tiroteados.

- ¡Que alguien salga, cobardes! – se oyó desde una de las trincheras.

- ¡Sal tú, gracioso! ¡Yo no pienso salir con este uniforme blanco que se ve desde Hueco Mundo! – se pudo escuchar desde otra barricada.

Pero siempre había alguien que se envalentonaba y se exponía al peligro.

Chad dejó la trinchera arrastrándose con sigilo para intentar llegar al cobijo de un árbol.

- ¡Hombre fuera! – gritaron desde la defensa del equipo de la habitación "Country".

En unos segundos, Chad tenía dos pintadas verdes en la espalda. El equipo verde, ni corto ni perezoso, abandonó su barricada corriendo después de abatir a Sado.

Los demás equipos se percataron de ello y empezó una batalla de pintura multicolor en la zona. Lo más positivo de todo aquello era que, por fin, se habían movilizado todos.

Los escudos de los rasos eran ahora los árboles y los arbustos. Poco a poco los equipos se fueron separando para conseguir llegar a la bandera.

Ichigo había memorizado el camino hacia el lago desde el día de la excursión con Komamura. Le faltaba muy poco para llegar al objetivo, cuando vio salir de entre los arbustos a Ikkaku. El calvo comenzó a disparar sin tino al Kurosaki, que tuvo que dar una voltereta en el aire, saltar sobre Yumichika (que estaba en el suelo todo pintado de rosa) y esquivar a Kira, que estaba quieto y con el uniforme chorreando de pintura turquesa (o azul celeste).

Ichigo estaba acorralado tras un árbol, le habían tendido una emboscada. Ikkaku y Matsumoto, que eran del mismo equipo, se mantenían a la espera de que hiciera algún movimiento en falso. Pero de la nada surgió Rukia y le ventiló un cargamento de pintura negra en el pecho a Ikkaku, esto provocó que Matsumoto fuera a cubrirse.

- ¡Corre, Ichigo!

- ¡Gracias, enana! – gritó el Kurosaki antes de continuar su recorrido.

Rukia no corrió la misma suerte, Rangiku le había disparado por la espalda cuando incitaba a Ichigo a huir. La shinigami se quedó inmóvil y con mala cara.

Renji, que pasaba corriendo por allí, le dedicó una sonrisa burlona a Rukia.

- Hace un día muy bueno hoy, ¿eh? – bromeó el pelirrojo mientras partía hacia el lago.

Una bola de color turquesa (o azul celeste) impactó en la nuca del teniente, haciéndolo parar en seco.

- ¡Eso te pasa por listillo! – gritó Matsumoto antes de salir de su escondite rumbo a la meta.

Los reflejos de los rasos se iban agudizando y el trabajo en equipo era el protagonista. Poco a poco iban llegando al lago y cubriéndose entre la maleza. El lago no contaba con ningún sitio donde poder ocultarse, sería un suicidio ir a por la bandera sin más.

- ¿Tenemos alguna baja? – preguntó Hitsugaya, que se tomaba el juego muy en serio, a su compañero de equipo Shuuhei.

- No cuente con Inoue-san, capitán. La balearon hace muy poco tiempo y bastante lejos, no creo que llegue aquí. A Ishida-san le quedan unos segundos de penalización, dentro de poco llegará.

Entre unos arbustos, el equipo verde estaba al acecho. Tatsuki le dio un codazo a Renji para llamar su atención.

- ¿Te apetece hacer algo legendario?

- ¿Qué? Acabo de salir de una penalización y he tenido que hacer malabarismos para que Rukia no me disparara.

- ¿Te apetece o no?

- Cuéntame.

- He hecho cálculos y creo que los otros equipos tienen solo dos jugadores en el lago. Nosotros tenemos también a Hinamori.

- Sí, pero… - Renji se acercó al oído de Arisawa para susurrarle – Es como si no estuviera.

En efecto, Momo sujetaba su pistola con desgana y se dedicaba a contar los peces que veía saltar en la laguna, pensando en Toushiro, claro está. Y en las agujetas que le habían salido por todo el cuerpo después de lo del día anterior.

- Jejeje…

- ¿Decías algo, Hinamori?

- ¿Eh? ¡No, no!

- Es la ocasión perfecta. – continuó Tatsuki - Los demás no cuentan con ella. Tú y yo salimos de cebo y disparamos a todo lo que se mueva, y Hinamori sale un segundo después y coge la bandera.

La estrategia fue llevada a cabo. Pero no contaban con que, en todo el tiempo que llevaban ideando el plan, las penalizaciones habían acabado y ya todos los rasos se encontraban en el lugar. Tampoco contaron con que los otros equipos también habían llegado a la misma conclusión. Así que, salieron al descubierto y a por la bandera todos y cada uno de los rasos.

Aquello era, definitivamente, un caos de pintura. El verde, el rosa, el negro y el turquesa (o azul celeste) bañaban por completo a todos los jugadores. Excepto a uno, uno que había sabido jugar las cartas demasiado bien y ser muy sigiloso.

A Byakuya ya no le quedaba más carga en la pistola de todas las abatidas que había protagonizado, pero tenía el uniforme blanco impoluto. Era bueno, muy bueno. Quizá se debía a que no revelaba su posición porque no hablaba nunca. El noble se acercó a la bandera y la elevó con la mano izquierda.

El equipo negro (o Byakuya solamente) había ganado. Pero no era a eso a lo que los rasos prestaban atención. Todos los ojos se dirigían a la gran Garganta que se había abierto tras el capitán Kuchiki.

De ella salieron, a paso lento, los Espada que habían aterrorizado Karakura días atrás, Ulquiorra y Grimmjow, seguidos de los tres traidores de la Sociedad de Almas, Tousen, Ichimaru y, obviamente, Aizen.

Los rasos se tensaron, unos por la gravedad de la situación y otros por ver a antiguos amigos que ahora eran, simplemente, miserables.

- Hola, shinigamis de alto rango. – Aizen sonaba irónico.

De las profundidades del bosque llegaron a golpe de shunpo Kiyone y Sentaro.

- ¡Alto, traidor! – gritó Sentaro.

- ¡Las pulseras! ¡Quitadnos las pulseras! – suplicó a voces Ichigo.

- ¡Ya vamos! – Kiyone miró a Sentaro – Quítales las pulseras, yo voy a por Aizen.

- ¡Quítaselas tú! ¡Yo voy a por Aizen!

- ¡Yo soy más fuerte, tengo que ir yo a por él!

- ¡El capitán Ukitake siempre me ha mirado a mí más que a ti, eso es porque yo tengo más poder! ¡Voy yo a por él!

- Interesante rivalidad. – Sousuke acompañó sus palabras con dos certeros cortes a los oficiales, dejándolos inconscientes y desangrándose.

Algunos rasos quisieron ir a ayudar a los heridos, pero Ulquiorra y Grimmjow se posicionaron frente a ellos, impidiéndoles el paso.

- Pensé que sería más complicado acabar con todos vosotros. – Aizen sonrió y dirigió la mirada a sus dos súbditos – Ulquiorra, Grimmjow… Terminad con esto.

- ¡Escondeos! – gritó Ishida – Tenemos las pulseras, ¡no pueden sentir nuestro reiatsu!

Los rasos hicieron caso a Uryuu y se ocultaron tras los arbustos y los árboles, como antes habían hecho.

- Buena salida, pero estáis acabados. En cuanto supe de vuestra instrucción sin poderes no dudé en venir a haceros una visita. Puedo hacer desaparecer este bosque si lo deseo.

¿Era esto una prueba? No podía ser… Sentaro y Kiyone estaban muriéndose. Era real. Muy real. Y ellos estaban perdidos.

- Necesitamos que alguien vaya a la academia y pida ayuda. – susurró Hitsugaya a los shinigamis que tenía más cerca. - ¡Corred la voz! Alguien tiene que prestarse voluntario, nosotros lo cubriremos.

- ¿Cómo vamos a cubrirlo? – cuestionó Yumichika.

- Es obvio, ¿no? – Ikkaku miró su pistola – Tendremos que pintarlos un poco.

Tan pronto como todos los rasos se dieron por enterados del plan, Soi Fong se ofreció a llevar la información, puesto que era la más rápida.

- ¡Vamos!

Tras el grito de guerra, los rasos salieron de sus escondites para comenzar una batalla de pintura contra los venidos de Hueco Mundo. Soi Fong corrió y se introdujo en el bosque, zigzagueando y esquivando cualquier obstáculo que se le cruzara. Se mordió el labio fuertemente, sabía que no era buena idea. Y tenía razón. Pocos segundos después notó el dolor agudo que causaba una puñalada en la cadera. La zanpakuto de Ichimaru Gin había conseguido herirla desde muy lejos. Cayó al suelo soltando un quejido entrecortado, y no pudo volver a levantarse.

Los intentos de distracción no estaban dando buenos resultados, tanto los Espada como los traidores los esquivaban sin el menor esfuerzo.

- ¡Quitaos los uniformes y la ropa, o ensuciadla! – Ishida intentaba ayudar – ¡Así no nos descubrirán tan pronto como con el color blanco!

Grimmjow apareció al lado de Ishida, carcajeándose.

- Te has delatado. – el arrancar agarró al Quincy por el cuello y lo lanzó a varios metros, estampándolo contra una roca. El chico estaba inconsciente.

Los rasos se encontraban totalmente impotentes, nada podían hacer por los compañeros heridos. Pero hay veces en los que se arriesga la vida solo por un arrebato.

- ¡Ishida-san! – Inoue corrió hacia él y lo sujetó en sus brazos, las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.

Grimmjow hizo amago de golpear, también, a la chica. Pero una mano paró su ataque.

- No la toques. – Ulquiorra miraba con esos ojos verdes y vacíos a Grimmjow, cosa que siempre hacía rabiar al de pelo azul – Aizen-sama ha dado la orden.

Tousen se mantenía en silencio, esperando cualquier ruido de los rasos para ir a por ellos. La dificultad era encontrarlos, matarlos sería fácil. Yumichika pisó una hoja seca mientras se pintaba la ropa para no ser visto, haciéndola crujir. Ese era el ruido que Kaname quería oír. Faltaron segundos para que Tousen se posicionara a su lado y le clavara su zanpakuto en el estómago. También faltaron segundos para que se abalanzaran sobre él Ikkaku, Ichigo, Chad y Renji. Esta vez, sobraron segundos para que Tousen se los quitara a todos de encima y los dejara exhaustos y tirados por el suelo. Aunque Ichigo había logrado quitarle sus gafas, dejando sus ojos al descubierto.

La situación fue aprovechada por Matsumoto, que salió de su escondite y vació el cargador de pintura turquesa (o azul celeste) en los ojos del ex capitán.

Si bien Kaname era ciego, el escozor que le produjo la pintura en los ojos había sido el mismo que el de cualquier vidente. Tousen se llevó las manos a la cara y gritó como nunca antes lo había hecho. Aizen advirtió el quejido y ordenó a Ulquiorra que acabara con la amenaza. El Espada se aproximó al lugar donde se había oído el lamento de Kaname y aprisionó a Matsumoto entre sus brazos. Rangiku cerró los ojos, si iba a ser su final, prefería no verlo. Notó cómo alguien aparecía en el sitio y cómo era pasada de unos brazos a otros.

- Déjamela a mí. – el tono risueño de esa voz la reconocería a kilómetros de distancia.

- Gin… - la llamada sonó como un reproche, Ichimaru sonrió a Matsumoto mientras se la llevaba lejos de Ulquiorra.

Gin soltó a la teniente, pero se mantuvo muy cerca de ella. Casi intimidándola con su cuerpo.

- ¿Cómo estás, Rangiku?

- ¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso? – Matsumoto empujó bruscamente a Ichimaru, separándolo de ella - ¿Qué quieres que te diga? ¿Eh?

- Nada. – Gin tenía ese rostro burlón tan característico en él.

- Vienes aquí, tan tranquilo, para matar a mis compañeros. ¿Y pretendes que hablemos como si no hubiera pasado nada, como si tú no nos hubieras traicionado? Como si no hubieras destrozado a Kira, como si no me hubieras abandonado… - la teniente luchaba interiormente para que las lágrimas no se desbordasen, aunque estaba bastante orgullosa de sí misma por poder enfrentarse a él - ¿Por qué lo hiciste?

- Porque soy una serpiente, Rangiku. – a Matsumoto le pareció que Gin había borrado su sonrisa por un momento – Pero si quieres saber más cosas sobre mí, tendrás que pagar un alto precio. – Ichimaru volvió a poseer ese gesto facial propio de él y se alejó de la shinigami – Si me disculpas… Tengo que matar a toda esta gente.

Matsumoto sabía que no podía hacerle nada, no solo porque él era más fuerte, sino porque los lazos afectivos que los unían eran demasiado irrompibles. Sabía que no lo habría detenido, que habría dejado que Ichimaru asesinara a sus amigos, si no hubiera percibido un olor. Un aroma, o quizá un perfume. Lo cierto era que olía a Shuuhei. Hisagi estaba cerca, Matsumoto lo notaba. Esa fragancia impidió que Rangiku dejara marchar a uno de los traidores de la Sociedad de Almas.

- ¡Gin! – lo llamó a voces, pero no tan alto como para que los demás la oyeran. El aludido se giró para verla – Estoy embarazada.

La sonrisa de Ichimaru se borró, su cuerpo se tensó y solo atinó a mirar a Matsumoto.

- De gemelos. - concluyó.

Los preciosos ojos de Gin se abrieron, esos ojos que nadie se había puesto de acuerdo para describir, de los que nadie sabía con certeza su color… El caso es que se abrieron tanto que casi no cabían en la cara del ex shinigami. Estaba en shock.

Tal y como Matsumoto había pensado, Shuuhei salió de entre la maleza del bosque seguido de Hitsugaya y Rukia. Hisagi aprovechó el estado de Ichimaru para propinarle un fuerte puñetazo en el rostro. Los otros dos agarraron a Gin fuertemente para que Shuuhei volviera a pegarle, parecía que con un golpe no bastaba para tumbar al cara de zorro. El ex capitán no atendía a ninguno de los golpes, solo miraba a Matsumoto aún atónito, hasta que uno de los puñetazos de Shuuhei terminó con su consciencia.

Grimmjow se percató de los cambios de reiatsu de Tousen y Gin, algo iba mal. Con un Sonido, se colocó al lado de Aizen.

- ¡Necesitamos que des tu permiso para liberar todo nuestro poder! ¡Nos van a vencer si seguimos jugando al perro y al gato!

- No tienen poderes, no tienen nada. Buscadlos y asunto resuelto.

- Al menos ayúdanos.

- Soy el jefe, no intervengo. Además… me duele la cara de ser tan guapo. – Aizen deslizó la mano por su pelo engominado - ¿Eh? ¿Qué es esto? – su mano se había quedado manchada de pintura rosa. Al parecer, en el intercambio de tiros, una de las cargas había impactado en su cabeza - ¡Mi pelo! ¡Mi precioso pelo! – Sousuke ya no poseía su particular rostro de indiferencia malvada, su cara estaba roja de la ira y se podía apreciar una vena naciendo en su frente - ¡Matadlos! ¡Usad las resurrecciones! ¡Matadlos a todos!

El primero en actuar fue él, Aizen. Con la velocidad de un rayo, se adentró en el bosque y se cruzó con Ichigo, al que atravesó con su zanpakuto sin ningún miramiento.

- ¡Ichigo! – Rukia lo había visto. Corrió hacia él asustada.

El grito delató a la Kuchiki. Aizen, de nuevo, usó a Kyoka Suigetsu para apuñalar esta vez a Rukia. Los dos cuerpos yacían muy cerca, ensangrentados y casi inertes. Byakuya lo sintió, no le hacía falta quitarse la pulsera o poder usar kidoh. Se acercó velozmente hasta el sitio donde Ichigo y Rukia habían sido heridos. Aizen también estaba allí. Aquello parecía una cacería, donde unos conejos sin ninguna fuerza luchaban en vano por sobrevivir. Byakuya miró a Sousuke mientras se arrodillaba ante su hermana. No tenía miedo. La superioridad con la que los ojos del Kuchiki se posaron en los de Aizen, hizo que a este último le inundara una profunda rabia. Rabia por no ser temido. Rabia por no ser Dios.

Levantó su zanpakuto lista para clavársela a Byakuya en el corazón. El capitán continuó observando el rostro del traidor. Sin ninguna duda. Sin ningún pavor.

Reaitsus. Reaitsus muy poderosos hicieron acto de presencia en el lago. Aizen se había quedado paralizado. Byakuya estaba salvado. Los altos rangos del Seireitei habían llegado. Kyoraku, Ukitake, Yamamoto, Komamura, Kurotsuchi, Unohana, seguidos por sus respectivos subordinados y los vizard. Soi Fong no se había podido levantar después de ser herida, pero había conseguido llegar a la academia arrastrándose.

Aizen enfundó su zanpakuto y se elevó en el aire para abrir una Garganta.

- Quizá os subestimé. Nos veremos pronto. – Sousuke se introdujo en la abertura - Os presentaré a mis queridos diez Espada ese día.

Tousen le siguió algo tambaleante. Ulquiorra y Grimmjow levantaron del suelo a Gin y lo llevaron a rastras hasta la Garganta. Ichimaru despertó y buscó con la mirada a Matsumoto.

- Rangiku, yo no sabía…

- Gin, las almas no se pueden quedar embarazadas. O al menos las que no pertenecen a la nobleza...

- ¿Ah, no? – Ichimaru sonrió al percatarse de la tomadura de pelo de la teniente – Muy buena, Rangiku. Me habría gustado reírme un poco más contigo, es una pena que tenga que irme ya.

- Aún no sé cómo pudiste traicionarnos…

- Bueno, todo tiene su objetivo, ¿sabes?

- Me apetecería saberlo.

- Algún día, Rangiku. Algún día.

Dicho esto, los Espada cargaron a Ichimaru hasta la Garganta, cerrándola tras ellos.

- ¿Por qué no los habéis matado? ¿Por qué los habéis dejado escapar? – Tatsuki, que había conseguido ocultarse durante todo ese tiempo, se dirigió furiosa a los recién llegados.

Pero ninguno de los aludidos respondió a sus demandas, simplemente se dedicaban a buscar a los heridos y cargarlos a sus espaldas. Tan pronto como habían llegado, los capitanes y sus subordinados desaparecieron portando a los caídos en la batalla. Solo los vizard se habían quedado a examinar el lugar donde la Garganta se había abierto.

- ¿Es que a nadie le importa que se hayan ido?

- Arisawa-san. – Shinji se dirigió a Tatsuki sin mirarla y con un gesto muy serio – Nuestro objetivo es salvar y curar a los heridos antes que nada. Además, no tenemos ninguna información de los apoyos con los que puede contar Aizen. Sería algo estúpido comenzar una pelea en estas condiciones, con la mitad de vosotros heridos o sin poderes. – Hirako dirigió su vista a la chica - ¿No te basta con que hayamos llegado a tiempo y estés viva?

Tatsuki no replicó. Sabía que era correcto lo que habían hecho.

- Chicos. - Shinji habló a los rasos que aún quedaban por la zona – Id a la academia. Aquí ya no hay nada que ver.

Los heridos fueron transportados al cuartel del Cuarto Escuadrón. Los rasos que habían salido ilesos se mostraban impacientes y alterados ante la espera de nuevas noticias sobre los que no habían conseguido burlar los ataques de los traidores y sus subordinados. Aunque, minutos después, sus nervios se fueron disipando lentamente al conocer el estado de los heridos. Parecía que todos estaban fuera de peligro.

Ahora todos añoraban las clases de las que tanto se habían quejado. Querían hacer flexiones bajo la lluvia, correr alrededor de todo el recinto, hacer una coreografía grupal con Rose e incluso huir de perros salvajes. Pero unidos. Unidos y a salvo. Sin embargo, todo apuntaba a que esa había sido la última clase de la Academia de Urahara.


Como siempre, sugerencias, comentarios, críticas... todo en un review.

Aunque en este cap no trato muy bien a Gin, he de decir que el GinRan me apasiona y estoy planteándome escribir algo sobre ellos.

Posdata: Gin en sí, también me apasiona... No entiendo nada del manga, la verdad u.u

Bye!