Pronto volverá y ya no lucharé más.
Disclaimer: One Piece y sus personajes no me pertenecen.
Adevertencia: RobinxZoroxNami. Rated T y futuros chapters Lemmon.
-.-.-
Zoro era tan buen amigo, pese a que antes siempre peleábamos por tonterías, pese a que pensaba que el era un tonto y un amargado; pero eso cambio, ahora eramos amigos.
Solíamos hacer toda clase de cosas juntos; desde andar juntos patinando, hasta ir a comer helado.
El garaje de Zoro era un desastre, libro y katanas por doquier. Tierra y polvo esparcido por el suelo y por encima de las cajas de cartón llenas de ropa vieja o de chucherías. A Zoro nunca se le dieron las tareas del hogar, pero por fortuna ahí estaba yo.
O eso creía.
Sábado por la mañana, desayunados ya, comenzamos a arreglar el garaje. Sacar cajas, sacudir el polvo, y acomodar los estantes.
-¿Qué piensas hacer con todo esto? -Pregunté arremangándome el suéter para disponerme a cargar una pequeña caja.
-Bueno, -Escuché que decía mientras sacaba cajas más grandes y las acomodaba sobre otras cajas. -Supongo que lo donaré o lo venderé.
Las puso en el suelo y las miró satisfecho con una sonrisa bien marcada bajo sus verdes ojos. (?)
Sonreí mirándolo y el me volteó a ver. Soplé hacia arriba levantando mi fleco y seguí con mi labor de sacar cajas.
-¿Qué quieres hacer esta tarde? -Me preguntó mientras regresaba al garaje abierto y me miraba de frente.
-Bueno, no estoy muy segura. -Respondí sinceramente dándole la espalda mientras tomaba los extremos de las cajas. -¿Qué te gustaría hacer a ti? -Pregunté dándome la vuelta.
Ya estaba a unos pasos de mí, con esa sonrisa tan encantadora, dejando a luz sus blancas perlas.
Me gustaba mucho estar con él. Lo quería de verdad, estos años en los cuales nos hicimos amigos fueron fantásticos, y alejarme de el, no era una opción en mi vida.
De pronto sonó su teléfono.
No presté atención. Seguramente era una de tantas llamadas remitiéndole algo que ver con el equipo de Kendo del que se encargaba.
Seguí cerrando tapas con un ademán leve y apilé una caja sobre otra sin prestarle atención a la llamada.
-¡Robin!
De inmediato me incorporé y dejé pasmado lo que estaba haciendo. Mis ojos se abrieron de golpe al escuchar aquel nombre.
-¡No sabes cuánto te he extrañado! -Seguí escuchando. -Desearía tanto que... ¿Es-estás hablando en serio?
Entrecerré los ojos bastante desanimada.
-¡¿Vendrás a casa?! -Me mordí los labios.
-Me alegra que vendrás, -dijo feliz. –Te esperaré.
Colgó.
-Nami –Me llamó. Escuché sus pasos acercarse a mi, y un jalón en el brazo que me hizo despertar.
Tenía una gran sonrisa en el rostro. Me alejaba y me acercaba contento, como si fuera un niño.
-Robin vendrá, -exclamó sonriendo. –Por fin vendrá.
Sonreí. -Me da mucho gusto. -Susurré con mi sonrisa pequeña y falsa. Zoro sonrío y me soltó saliendo del garaje.
Yo permanecí en las sombras de aquella casa. Estaba triste, realmente quería llorar.
-Me tengo que ir. -Dije saliendo al exterior. El sol entonces me pareció tan agresivo y poderoso. -Quedé de revisar unos asuntos del trabajo antes de medio día.
-Oh, está bien. -Dijo Zoro mirándome con una sonrisa. -Cuídate mucho.
-Gracias. -Dije alejándome de aquel lugar.
Robin era su prometida. Hacía casi dos años se había ido a Italia y nos había dejado a Zoro y a mí. Se mantenían en comunicación constante, a veces eran cartas y otras veces eran llamadas.
¿Por qué me dolía? Yo sabía muy bien que Zoro y Robin se casarían en cuanto ésta volviera de su viaje. Yo mismo había acompañado a Zoro a elegir los anillos y le había ayudado a Robin a cocinar la cena donde Zoro pidió su mano.
Yo sabía muy bien que ambos se amaban.
¿Por qué entonces me tuve que enamorar de Zoro? Si yo sabía cuál era mi lugar.
Intenté ser fuerte pero no pude. Me dolía demasiado.
No había oído el nombre de Robin en cuando menos un par de meses, fue extraño, pero en ese lapso de tiempo tan corto y ahora creo que hasta imaginario; Zoro solamente se desvivía para mí.
Me llevaba a donde yo quería, me compraba cosas tan estúpidas como una llavero con mi nombre, nieve de sabores; cada vez que decía "Tengo ganas de…" siempre me cumplía mis caprichos.
-.-.-
No había visto a Zoro en casi una semana.
De cierto modo no me preocupaba, sabía que estaba demasiado ocupado preparando todo para la llegada de Robin.
Simplemente intenté olvidarme de él, pero me resultaba imposible.
Yo había dedicado todo mi tiempo a mi trabajo; hacía meses que no me sentía tan ocupada a propósito; ordenaba papeles, enviaba mensajeros y aprobaba órdenes que no requerían de gran ciencia. Todo a razón para no pensar más en Zoro.
Sin embargo, a los pocos días recibí una llamada suya.
Estaba en plena jornada laboral cuando sentí mi celular vibrar en el bolsillo del suéter. Lo tomé y miré el número.
No me gustó nada lo que vi.
"¿Qué quiere Zoro?"Pensé.
Dudé en contestar, de verdad no quería.
Dejé el teléfono sobre mi escritorio y seguí acomodando papeles. Éste siguió meneándose unos segundos y se detuvo; no pasó mucho tiempo cuando nuevamente zumbó y siguió vibrando.
Entrecerré los ojos con una mueca de desagrado y solté los papeles; conocía lo suficiente a Zoro como para saber que si no respondía en diez minutos; él sería capaz de irme a buscar a cualquier lugar que yo frecuentara hasta dar conmigo.
Me quise evitar problemas, y mejor lo confronté.
-¿Qué pasa? -Pregunté una vez que alcé la cubierta y me pegué el teléfono al oído.
-¿Dónde estás? -Preguntó él un poco molesto.
-En el trabajo. -Respondí intentando no enojarme. Menee los ojos hacia arriba y desee que colgara.
-¿A qué hora sales? -Me preguntó menos molesto.
-No sé, tengo mucho trabajo, te veo después. -Respondí y colgué al instante.
De verdad no quería tenerlo frente a mí, tal vez era cobarde no darle la cara, pero no quería saber más nada de él.
-.-.-
A la mañana siguiente cuando abrí la puerta del apartamento para ir a trabajar; Zoro estaba parado con una gran sonrisa en el rostro.
Me sobresalté y abrí los ojos de golpe.
-¿Qué haces aquí? -Pregunté sin dejar de verlo sorprendida.
-Ah, es que han pasado casi cinco días desde que no nos vemos y eso obviamente no está bien. -Me dijo sonriente y me agarró del brazo sacándome de la casa.
-¿Qué sucede? -Pregunté mirándolo confundida.
-Te voy a llevar a un lugar. -Me dijo acercándome a su costado y aferrando fuertemente mi brazo. -Quiero que sea nuestro secreto.
-Sí-sí, está bien. -Dije siguiéndole la corriente.
Algo en mí sabía que no debía hacerlo. Pero ya no podía evitarlo.
Tal vez si le decía que tenía que trabajar… Pero obviamente no me creería.
Fuimos en su auto hasta el centro de la ciudad. Durante el trayecto parecía bastante sonriente y no decía nada al respecto del paseo. Yo simplemente tenía la cabeza baja y miraba mis pálidas manos cubiertas hasta la mitad del dorso por mi suéter. No quería hablar, no tenía ganas.
De pronto sentí que volteaba y me miraba.
-¿Te sucede algo? -Preguntó.
-¿Ah? No, nada. No te preocupes. -Mentí.
Separé mis manos y apoyé el codo derecho sobre el borde de la ventanilla abierta. Recargué la barbilla en la palma de la mano y fingí estar concentrada en cualquier cosa.
Después de conducir por unos cuantos minutos más, llegamos a una bonita y pequeña tienda.
-Hemos llegado. -Dijo desabrochándose el cinturón y bajando del auto. Entorné la vista y pude notar que era una tienda de bodas. Era lógico.
Me desabroché el cinturón y abrí la puerta temblando.
-Lo mejor será que te ayude. –Susurré. Y caminé rodeando el auto para subir a la acera y encontrarme con él.
Entramos antecedidos por el sonido de una pequeña campanilla. Y un agradable olor indescriptible como el de las tiendas se esparció por el aire.
Había algunas felices parejas eligiendo argollas, otras más mirando catálogos para decidir sus vacaciones y algunas más estaban eligiendo de entre cientos de modelos diferentes; sus invitaciones de boda.
-Ven, necesito tu opinión en muchas cosas. -Escuché que me decía y me dio un golpe en la espalda para entusiasmarme.
-Claro. -Dije sin interés. Y con un gran dolor en mi cuerpo.
Nos acercamos hasta el mostrador y tomó una carpeta blanca con un rotulado en cursivas doradas: "Invitaciones" La abrió y contempló con mueca de satisfacción.
Yo simplemente intentaba no llorar.
-¿Cuál crees que sea más de su agrado? -Me preguntó pasando las hojas enmicadas con bonitos modelos de tarjetitas y sobres incrustados.
-Yo creo que eso deberías verlo con ella. -Dije mirando hacia otro lado. -No tardará en llegar y creo que esa clase de cosas deben de verse entre pareja.
Aún no sé como pude terminar de decir la oración sin echarme a llorar.
-Tienes razón. -Me dijo cerrando la carpeta. -Entonces ven.
Me tomó de la muñeca y me llevo rápidamente hasta una mesita con varios modelos de vajillas. Estaba tan contento que tomaba las cajas y las examinaba minuciosamente, tomaba los platos sueltos y los revisaba intentando pensar en cómo seguramente se verían en el anaquel de su futura casa.
Tomé mis costados con los brazos entrelazados y miraba al suelo de madera color pasta. Quería largarme lo más pronto posible.
-¿Crees que si las compro ahora será muy precipitado? -Escuché que me preguntaba sin dejar de sostener un bonito plato blanco extendido.
-Yo sigo diciendo lo mismo. -Le respondí mirando a los tazoncitos que se encontraban acomodados monamente en la mesa.
Zoro pareció desilusionarse.
-Al menos veamos lo que podría regalarle. -Sonrió. -¿Te parece?
-Como quieras. -Dije con la mano sobre mi cabello.
Nos acercamos al costado del mostrador y nos sentamos en unos pequeños sillones color verde limón. Frente a éstos había una pequeña mesita sintética color metal, a la altura de mi cintura, y varios folletos y catálogos sobre ella.
Tomó algunos y miró encantado.
-Vaya, tal vez un viaje a Francia le guste. -Dijo leyendo toda una columna dedicada a la introducción de Paris, con una enorme fotografía de la Torre Eiffel de cerca. No dije nada, simplemente me enredaba el cabello que tenía en el hombro con el dedo índice y esperaba tristemente a que nos fuéramos.
-Tal vez España... -Empezó a decir más para sí mismo que para mí. -Alemania... nunca me gustó mucho ese país... -Cambió la hoja. -Bélgica... Suiza... ¡Holanda!... No, no me gustaría pasar una luna de miel en Holanda.
-Tal vez si la llevo a la playa esté contenta.
-Yo creo que estará contenta a cualquier lugar donde ambos estén juntos. -Dije limpiándome una lágrima con el pulgar.
-Tienes razón. -Dijo Zoro como si se hubiera dado cuenta de algo muy valioso.
Cerró el catálogo y se puso de pie. Sentí que tenía una gran sonrisa en la cara. No era para menos.
-Hora de irnos. -Dijo adelantándose.
Yo me quedé sentada limpiándome el rostro y exhalé. Me di prisa y lo alcancé mientras él estaba mirando pastelerías del otro lado de la acera.
-El pastel. -Dijo susurrando.
Yo mejor rodee el auto y abrí la puerta para meterme. Cuando él entró y se colocó el cinturón; parecía tener un semblante de desconfianza en el rostro.
-¿Pasa algo? -Le pregunté cruzada de brazos y piernas con el cinturón ya puesto.
-No, nada. -Me dijo y encendió el auto. Asentí con la cabeza y los ojos cerrados.
-Ah, es cierto. -Dijo alzando el dedo índice con una gran sonrisa. -Lo olvidaba, mañana quiero que me acompañes a ver la iglesia y de una vez veremos si podemos arreglar la hora.
-Tengo trabajo. -Le respondí.
-Entonces pasaré por ti. -Me sonrió. -No hay nada que no tenga solución.
-Por supuesto. -Dije con esa sonrisa pequeña y falsamente entusiasta.
-Gracias. -Me dijo sincera y dulcemente. Me tomó del hombro y suspiró. -Me da mucho gusto que estés aquí conmigo.
-Claro, ¿Por qué no habría de estar? -Dije intentando mantener mi sonrisa.
Zoro pareció satisfecho y entonces dirigió la vista al frente nuevamente.
Yo voltee el rostro y soporté todo el camino a casa, aquel horrible dolor que crecía cada día que pasaba, y cada momento que pasaba con él.
Mirando de lejos cómo empezaba a construir su felicidad con alguien más que no era yo.
Pero yo era su amiga.
Y esa era mi única función.
Continuara...
