¡Lo siento gente! Eh sido una muy terrible persona, por no actualizar rápido. Pero enserio, disculpenme.
Por más que tarde en actualizar, NO abandonaré ninguna de mis historias. Que les quede claro.

Mil disculpas.


-¿Porqué me haces esto, Nami? –me dejó sin aliento. Me lo dijo con una cara seria, mientras se mordía el labio fuerte para no llorar.

Me puse de pie.

Corrí hacia mi puerta y la abrí tan rápido como pude. Zoro llegó tras de mí unos segundos después, impidiéndome cerrarla por completo.

Con todas mis fuerzas empuje contra él.

-¡Déjame en paz! ¡Vete!

-¡Nami, no me hagas esto! –su voz se escuchaba más ronca de lo normal, sus palabras no eran las mismas; no, eran amargas, envueltas en una tristeza, en una decepción.

Empujé una vez más y esta vez escuché un fuerte click afirmándome que la puerta se había cerrado, y al lado opuesto de ésta se escuchaban fuertes retumbes.

Le puse seguro. No quería ver a Zoro.

Me tiré al suelo, mis puños estaban cerrados. Los nudillos se me habían puesto blancos de tanto apretarlos, y mis ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar.

Mi pecho dolía demasiado. Era como si una mano tomase mi corazón y lo apretara fuerte, muy fuerte que incluso se me hiciera difícil inhalar y exhalar aire.

Mis rodillas temblaban cada vez Zoro tocaba la puerta, y mi estomago ardía cuando él gritaba que le abriera, que quería hablar conmigo.

Pero no había nada de que hablar, me mudaría aunque él no quisiera. Él tenía a Robin, ¿Por qué tenía que hacer esto más difícil?

Después de eso, escuché los pasos de Zoro alejarse de mi portal, no recuerdo nada más. Cerré los ojos y me quedé dormida. Con una mano en el pecho, y con los ojos aún llorosos.

-.-.-

-Buen día, señorita. ¿Esta ya todo listo? –preguntó el hombre encargado de la mudanza, pasándome unos papeles a firmar. Asentí sin muchas ganas de hablar, y firme los papeles.

Subí a la camioneta la última caja de ropa, y me subí al taxi que me esperaba.

Después de dos horas de viaje, pude ver a lo lejos, mi nuevo hogar.

Era una casa pequeña, morada, al lado de un arroyuelo.

Inmediatamente me enamoré de ese lugar.

Era regocijador. Con un ambiente agradable, florecillas de colores adornaban las orillas de las casas, los pájaros volaban libres por el cielo, y las personas charlaban entre ellas, como si no existiera ningún mal.

De mi bolso de mano, saqué las llaves nuevas de la casa que ahora me pertenecía.

Abrí la puerta, mire los interiores de las habitaciones y sonreí.

Tenía que comenzar mi vida de nuevo.

El camión de mudanzas ya había llegado, y había puesto todas las cajas en el portal de mi casa.

-Manos a la obra, Nami. –me dije.

Me arremangue las mangas, y me até el cabello en una diminuta coleta dispuesta a terminar todo eso en un solo día.

-.-.-

Dos meses.

Dos meses habían pasado desde la última vez que había visto a Robin y a Zoro.

Supuse que ya no faltaba mucho para su boda. Solo estaba esperando a que me llevaran la invitación de bodas.

Sería la primera persona en felicitarlos por su unión, los abrazaría fuerte y no me permitiría ser egoísta, así que les regalaría una verdadera sonrisa.

Mi regalo sería el más grande, con más amor.

Cuando la boda se terminara, les daría mis mejores deseos y un "vivan felices para siempre, juntos".

Después, me iría de sus vidas. Y esta vez para siempre.

Y cuando llegara a casa, me soltaría en llanto. Lloraría por días, al ser incapaz de ser feliz con él, y también lloraría porque se que Zoro y Robin estarán juntos y a pesar de que yo ya no los pueda volver a ver nunca más, sé que van a ser felices.

Salí de casa, con mi material de pintura.

Desde que llegué aquí, supe que tendría que hacer algo con mi tiempo libre, por lo que decidí probar con pintura.

Las cosas que pintaba no eran unas famosas obras de arte, pero me permitían perderme en la belleza de la naturaleza cuando me sentaba en mi viejo banco de madera a pintar lo que podía ver.

Con mi pincel, cogí un poco de amarillo, mezclándolo con rojo. Estaba pintando un hermoso atardecer.

Los trazos que dejaba fueron opacados por una sombra. Aún era de día, con el sol apenas ocultándose.

Giré mi cabeza y miré por encima del hombro. Mis ojos se abrieron en sorpresa y mi boca balbuceo incoherencias.

Me puse de pie como pude y miré al hombre que estaba frente a mí a los ojos.

Fruncí el ceño.

-Nami. –murmuró fuertemente, y dio unos pasos más hacía mi.

Me alejé un poco, aún sosteniéndole la mirada.

-Zoro. –dije sonriendo después. –Creí que la boda sería en una semana más, a que no pudieron aguantarse ya, ¿Verdad? ¿Has traído mi invitación?- pregunté ansiosa.

"-Estoy emocionada, -volví a hablar al ver que Zoro no se animaba a darme la noticia de su compromiso. -¿En que salón será? ¿Ya tienen la comida lista, los platillos, las cucharas, manteles y servilletas? Todo tiene que ser perfecto, es tu boda. Además, seguro que muchos amigos suyos estarán allí para felicitarlos, al igual que yo.

Zoro se acercó lo suficiente como para tomarme del brazo y me miró fijamente a los ojos.

-Vamos Zoro, entrégame la invitación. De seguro aún les quedan muchas más por repartir.

-Deja de decir eso. –su voz era profunda, con enojo. -¿Dónde haz estado todo este tiempo? Traté de buscarte, más en tu oficina me dijeron que no sabían nada de ti, tus amigos no querían decírmelo. Y como vez, después de dos largos meses por fin di contigo; en un pueblo alejado de la cuidad, donde nadie esperaría encontrarte.

Me quedé atónita. Zoro, el Zoro que yo conozco, ¿Se había pasado dos meses enteros buscándome? Eso si que era algo nuevo. ¿Desde cuando le importaba tanto?

-¿Qué es lo que te pasa, Zoro? Dame ya la maldita invitación. –musité.

-¿Qué es lo que me pasa? No Nami, ¿Qué te pasa a ti? Porque a mi me pasan muchas cosas, me evitas por días, no contestas mis llamadas, mis mensajes los ignoras, me dices que ya no quieres verme, te desapareces por un tiempo, después te mudas. ¿Sabes lo que eh sufrido? Claro que no, no imaginas siquiera como me siento.

Me dejó sin habla.

Con nerviosismo pellizcaba la tela de mi blusón naranja que con mucho esmero me había decidido poner hoy, imaginándome el hermoso día que pasaría. Malo fue que nada de lo que pensé fue cierto.

-Zoro, ¡Dame ya la maldita invitación! –grité con todas mis fuerzas, ignorando todo lo que dijo antes.

-¡Que dejes de decir eso! La boda se canceló. No me casaré con Robin –habló muy de prisa que apenas y pude comprender lo que me decía.

Eso era una mentira, debía de ser una mentira. No podía ser verdad.

No cuando yo ya había decidido alejarme y desearles el ser muy felices.

Una punzada en el pecho me avisó de mis ojos llorosos y que mi labio estaba siendo apretando entre mis dientes, con el solo objetivo de no llorar frente a Zoro.

-¡Deja de jugar con mis sentimientos, Zoro! -le grité girándome dispuesta a entrar a mi hogar, y al querer correr, tropecé con las cajas llenas de botecitos de pintura.

Me asusté al ver como el suelo parecía cada vez estar más cerca de mi, y todo lo que pude hacer fue meter mis brazos al frente para tratar de protegerme.

Esperé el dolor prometiente de la caída, pero nada pasó.

Al abrir los ojos, noté como Zoro estaba más cerca. De hecho, su cabello verdoso hacia cosquillas a mi frente.

Sus brazos rodeaban mi cintura, y mirándome fijamente me sonrió. No era su mejor sonrisa, pero sus ojos delataban el dolor que ocultaba tras ellos.

Yo solo pude sonrojarme, usar mi poca fuerza y zafarme de su agarré.

No se si estuvo mal hacerlo, pero me enfadé mucho, le grité tantas cosas y él solo agachó la cabeza.

Viendolo débil frente a mi, no perdí oportunidad de tirarle los botes de pintura, manchandolo de rojo y naranja. Su ropa era nueva, de seguro, pero no me importó.

Estaba tan enojada que no me dí cuenta de todas las cosas hirientes que dije. Fui una tonta, una gran y estúpida tonta.

Al final del día estaba yo allí, parada frente al hombre que amaba, y lo que hize a continuación fue ignorar la sonrisa culpable que me brindaba y cerrarle la puerta en la cara.

Escuché sus pasos alejarse.

Pensé que al siguiente día regresaría a pedirme disculpas. Espere una semana, quince días, otra semana más y nada.

Y ahora, estoy segura de que Zoro ya no va a regresar, y ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Para pedirme perdón? Claro que no, porque sobre todo, la única culpable que hay aquí soy yo.

Solo yo y nadie más.

Y Díganme ¿Tengo yo la culpa de ser tan tonta? ¿De dejar ir lo que tanto amo? Tal vez.


Fecha del siguiente capítulo: 26 de Febrero 2O13. (ese día podrán leer el siguiente capítulo, muchas gracias por leer).