Justo como prometí, aquí esta el siguiente capítulo. Disculpenme por lo que leerán a continuación, pero era necesario para que la historia se hiciese más amena y a un paso no tan apresurado.

Disfruten.


Abrazos.


Desperté malhumorada. Enojada con el mundo entero, me di la vuelta y me hice bolita entre las cobijas, bueno fue que era sábado y no tenía trabajo.

Los dígitos verdes del reloj de mesa divisaban las ocho en punto, demasiado temprano para mi parecer.

Traté de dormir otro rato más; cinco minutos me dije.

Me revolqué por más diez minutos, tiré patadas al aire, grité enfadada, y cuando el reloj comenzó a sonar con su molesta alarma, le tiré un almohadazo con todas mis fuerzas. Morfeo debe odiarme, y no solo él, todos deben hacerlo.

Me puse de pie y tomé un blusón amarillo y un pantalón corto negro y me dirigí al baño, azotando la puerta en conjunto.

Una ducha no me vendría mal.

...

Me sequé el cabello, con mi cuerpo envuelto en una toalla blanca, y tomé el cepillo de mi estante rojo y comencé a cepillarme el cabello con calma.

Me quedé pensando en lo que pasó con Zoro, aún me dolía, aún podía sentir el autentico dolor que sentí al verlo tan desdichado y triste por mi culpa.

Mis días sin él no cuentan. Porque él era el único que me hacia verdaderamente feliz; como cuando me llevaba a pasear por las desoladas calles que daban al parque del pueblo y que yo murmuraba que tenía ganas de helado y sin esperarlo, a los quince segundos podía probar la deliciosa esencia de vainilla proveniente del cono de nieve que Zoro me compraba.

¿Por qué? Púes porque Zoro era como mi protector, él que siempre cumplía mis deseos y mis caprichos con tal de verme sonreír, y claro, yo era su niña mimada.

Recuerdo esa vez, cuando llegando a las doce de la noche, frente a la puerta de mi casa, le dije que tenía ganas de un enorme plato de fresas con crema, y él sonriendo y burlándose de mi me dijo "No tendrás nada, si sigues comiendo de esa forma estarás tan gorda que no cabrás en mis brazos cuando te abrace".

Me enfurecí mucho, inflé mis morritos y giré mi rostro en otra dirección, desviando mis ojos para no verlo de frente.

Él continuó riendo y después de diez minutos de su burla, estaba yo decidida a cerrarle la puerta en la cara.

Al girarme, sentí su fuerte mano apretando mi delgado brazo, y me abrazó tímidamente por detrás.

"Es broma, Nami." Susurró en mi oído. "Te querré de todos modos, y si te abrazo créeme que no te dejaré ir".

Mis mejillas se tiñeron de un lindo carmesí, y mis ojos vidriosos brillaban más que nunca.

Zoro es un tonto a veces, pero eso no significa que no pueda ser dulce.

"¿comiste de más?" se rió un poco, al apretarme fuerte la cintura. "Puedo sentir tu pancita".

"¡Idiota!" gruñí molesta. "No eh comido nada aún, ¡¿Qué no vez que debo comer saludable para cuidar mi figura?!"

"Ya veo, ¿Cuándo empiezas la dieta? Que por cierto, falta te hace." Siguió riendo, pero paró en seco cuando mi puño conectó con su quijada y mi siguiente movimiento fue un ágil gancho al hígado.

Sus brazos dejaron de rodearme y se tocó el estomago, tosiendo audible.

"Nami, Nami." Dijo en agonía. "No dejes que nadie te diga gorda, eres hermosa como eres…" dijo en un suspiro, tratando de meter nuevamente el aire a sus pulmones.

"Y si alguien te lo dice, llámame, le romperé la cara" sus brazos rodearon mi cintura, de forma protectora acarició mis cabellos y hundió su nariz en ellos, captando el aroma a coco de mi nuevo shampoo para cabello maltratado.

Después de eso sonreí y cerré la puerta deseándole una buena noche.

Al día siguiente cuando me preparaba el desayuno unos golpecitos llamaron mi atención, alguien estaba tocando a puerta.

Dejé las cucharas y bajé el fuego a la estufa, caminando hacia la puerta mientras me secaba las manos en el mantel rosa que me había puesto para cocinar.

Abrí la puerta, y sin esperarlo, allí estaba Zoro parado junto a mí, y en sus manos tenía una bandeja mediana.

"¿Qué es eso?," pregunté curiosa. No esperé a escuchar ni un buenos días, la curiosidad había captado mi atención y yo realmente me preguntaba que era lo que tenía Zoro en sus manos.

Solo sonrió y se hizo paso dentro de casa, dirigiéndose a la cocina. Lo vi olfatear los sartenes, y probar los alimentos con el dedo.

Se acercó nuevamente a mí y destapó la bandeja.

Me acerqué a ver mejor que era lo que tenía; me sorprendí mucho.

"Come un poco." Ofreció pasándome las fresas con crema que había comprado especialmente para mí. Estaba tan feliz.

Comimos los dos juntos, y lo invité a quedarse un rato más, hasta que el almuerzo estuviese listo para que de nuevo pudiéramos comer los dos.

Fui afortunada al ganar la última fresa en el platón.

"¿Sabes porqué te traje esto?"

Pensé que quería burlarse de mí por ser tan comelona, lo que me hizo enojarme y bufar. Después se me ocurrió que era para cumplir mi capricho como un hobby suyo.

Las dos opciones fueron desechadas cuando él las escuchó.

"¿Recuerdas lo que te dije ayer? Si comes engordas, así que siendo un buen amigo, eh decidido ayudarte."Me dejó confundida. No entendía nada. No quería que engordara, pero me traía fresas –las fresas no engordan, pero la crema sí, así que ¿Qué quería decir con todo eso?

"Tendré que medir cuanto a crecido tu estomago para asegurarme de que no sobrepases tu dieta." Dijo tomándome de la cintura y acercándome a su pecho.

Me apretó fuerte contra él, y esta vez, no hundió su nariz en mi perfumado cabello, sino en el hueco de mi cuello.

Su respiración agitada daba de golpe contra mí, poniéndome nerviosa.

"¿Y? ¿Qué tal?" pregunté para hacer menos incomoda la situación; no era que estuviera molesta, pero este tipo de cosas no eran las que Zoro suele hacer, me tenía sacada de onda.

"No lo sé," este tipo solo me confundía cada vez mas, no entendía ni un coño de lo que hablaba. Era raro, pero lindo a su misma vez. "No lo sé Nami… Solo quería abrazarte"

Mi corazón golpeó mi pecho fuertemente, descontrolado y latiendo contento.

Fue la cosa mas linda que me pasó esa semana, ni el aumento de sueldo que mi jefe me dio me puso así, ni la llamada inesperada de mi mejor amigo, ni el boleto de lotería que gané, ni la entrevista de puesto superior que me ofrecieron. Nada de eso se comparaba a la felicidad que el simple recuerdo de eso me ofrecía.

No podía evitarlo, realmente amaba a ese tonto.

Podía ser un cabezotas siempre, pero cuando me molestaba con él parecía un perrito detrás de su dueño, pidiendo disculpas.

Quizá eso fue lo que me hizo enamorarme de él, sus tiernas palabras, sus leales acciones, sus bromas pesadas, y su forma tan hermosa de pedirme disculpas.

Cuando me abrazaba podía sentir sus musculosos brazos en mi cuerpo, su boca tan cerca de mi oído, y cuando suspiraba sentía su cálido aliento en estos. A veces me apretaba tan fuerte que me dejaba sin aire, y otras era solo un suave sentir de su pecho contra el mío, en donde me dejaba ansiosa y hambrienta de más abrazos.

Triste era que hoy, mi corazón no latía alegre, sino de dolor.

Mis ojos ya no lloran lágrimas, pues parecen derramar sangre. Y mis manos y pies ya no tiemblan, pues parecen haber dejado de funcionar.

Y duele recordar eso.

Dolió y dolerá. Saber que ahora solo puedo abrazarme yo sola.

Sentarme en el suelo, aún envuelta en la toalla, y hundir mi rostro entre mis rodillas, abrazando mis muslos fuerte mente mientras me muerdo el labio y mis amargas lágrimas caen y se rompen en el suelo melocotón de mi triste fachada.


Hubiese querido hacerles un cap más largo, pero decidí dejarlo así para poder escribirles el próximo pronto.

Próximo capítulo: 5 de Marzo.

¡Gracias por leer!