II – La Canción de los Deseos
Nuestro público gritó eufórico.
Y antes de darle un respiro, rasgueé rápidamente los acordes de la siguiente canción, a mi estilo.
Gray me sonrió de soslayo.
-¿A que sólo se esperaban esto? (Gritó él) ¡Aún queda mucho más!
Al momento, se unieron el violín de Juvia, la batería de Gajeel.
El público gritó extasiado.
Y Gray les respondió:
"Hoy al ver la televisión como siempre estás tú
Luchando por conseguir llegar a la tierra de la felicidad
Están haciendo que entre los dos hagamos muros de rencor.
Y así nunca conocernos tú y yo
Me pregunto qué podemos hacer, es tan difícil olvidar.
Quiero ser, si estás junto a mí, el primero en perdonar."
Sonreí. Es tan extraño llegar a este punto y mirar atrás… Lo más probable es que nadie me entienda y que ya me tachen de hijo de puta. Vete a saber tú si realmente lo soy, no obstante, jamás la olvidaré. Reconozco mi último esfuerzo para que tú me escuches y, estimo, que con esta canción malgasto esta leve oportunidad… pero debes escucharla, Luce, debes entenderme. Sé que me miras, en donde quieras que estés ahora, y sé que tu odio se acrecienta por mucho que me ignores.
Jamás quise dañarte, Luce. Jamás quise… tantas… cosas…
Escúchame, por favor.
Recuerdo esas mañanas con cariño.
Despertaba acalorado, amarrado entre sábanas y sueños. Sus brazos me aprisionaban perezosos y sus piernas me presionaban a su cuerpo. Reconozco la grata sensación, pero también, la culpabilidad. Siempre he sido un crío para muchas cosas y es que, en verdad, no tenía razones para mirar las cosas con mayor detenimiento. Siempre hacía las cosas a mi manera y, saliesen como saliesen, yo siempre corría el riesgo y su consecuencia.
Y ahora, en que nunca había compartido mi cama con alguien… se me vienen tantas ideas contradictorias… ¿Cómo había sucedido?, ¿Cómo había permitido esto? Yo, que siempre di mi vida a las carreras clandestinas ¿Cómo era que había dejado mis convicciones por una mujer?
Recuerdo las enseñanzas de mi padre, recuerdo su mayor regla. Yo no debía poseer algo podría perder y creía firmemente en esa regla. Sin embargo… no soy de hierro, no puedo dejar de sentir.
La primera vez que nos besamos fue mágico, fue más placentero que ganar una corrida. Ni hablar la primera vez que lo hicimos. No puedo asegurar que la amaba, la verdad es que no puedo asegurar nada. Sólo… que fue la primera vez.
Nuestra química fue sorprendente, ella me entendía a la perfección y yo me sentía totalmente pleno en su compañía. Salíamos en mi moto y luego volvíamos a hablar miles de tonterías para luego follarnos.
Lisanna era de otro país, otro continente, de otras historias y culturas. Ella me enseñó lo que es vivir realmente del frío y que, mis problemas, eran realmente una mierda. Su nación vivía en constante tensión y el miedo de una posible guerra civil era palpable. Vino acá de ilegal gracias a mi tío que se compadeció de ella. Sólo tenía a sus hermanos que, por cosas de la vida, tuvo que ser separada de ellos. Su sueño era encontrarlos y poder vivir lo que la vida le había quitado con ellos.
-¿Qué haces mirándome tan embobado?
Lisanna me miraba traviesa, esperando una respuesta mía.
Yo sólo atiné a besarla.
-Oh, ¿así que no te bastó lo de anoche?
Reí, nunca pude decir que la amaba, pero la quería con todo mi corazón.
-Bueno… (Bostecé) Tengo ganas de hacer cosas pero no en la cama
-¿Qué tienes en mente? (Se sentó de lado, coqueta)
-Quiero ir a un lugar
-¿Dónde?
-No sé, sólo ir
Y sin que dijera nada, ella ya corría a la ducha. Crucé mis brazos sobre mi cabeza y pensé en un buen lugar. Quizás, por lo cabezota, no se me ocurrió ninguno. Esperé pacientemente a que se arreglara. Al rato, me duché yo y me puse cualquier cosa antes de ir al comedor. Lisanna me zampó una tostada en la boca y me lanzó una frazada encima.
Reí otra vez.
-Me has visto más que el alma y te quejas por esto
-Lo siento (Me contestó), pero la comida y la cama se separan cuando tengo hambre
Me acomodé en la frazada y saboreé el chocolate caliente.
-¿Y?, ¿A dónde vamos? (Untó mermelada en su tostada) Quiero saber dónde me llevarás con esa moto
No le contesté.
-Oh, vamos ¿Me ignorarás?
-Lo siento (La imité), pero la comida y las preguntas se separan cuando tengo hambre
Ella bufó.
-Despertaste pesado
-Y tú muy dulce, querida
Me ladeó la cabeza con disgusto y seguimos desayunando hablando de cosas más triviales.
Montamos en la moto y ella se apegó a mi espalda, abrazándome. Aceleré y nos entregamos al calor y rapidez de la carretera. Adelantábamos los autos fácilmente y las pocas casas que veíamos eran meras manchas a nuestro paso.
Divisamos la ciudad más cercana y nos adentramos en sus calles. Paramos delante de una heladería y, como niños, nos deleitamos con la frescura del helado en el paladar. Ella me tomó la mano y yo se la dejé posar. Se apoyó en mi hombro y cerró sus ojos en el ir y venir de los gritos y niños en la plaza.
-¿Sabes? Jamás pensé que volvería a oír risas y juegos, jamás pensé que podría tomarme un helado tranquila y no temer de que apareciera de la nada un tiroteo…
La abracé fuerte.
-Nunca pensé (Siguió)… que podría ser feliz
-¿Y qué otra cosa más no pensaste?
Mi pregunta la sobresaltó un poco y la hice sonreír, complacida.
-En poder tener un novio, tal vez
Esa respuesta me chocó, fue como si un balde lleno de agua helada me hubiese caído al pescuezo. Yo… no quería un compromiso, yo no quería amarrarme. Yo…
Ella agarró fuerte mi mano.
-Bueno (habló ella, suspirando), cuando asumes que cada día puede ser el último no te dan ganas para pensar varias cosas
Ella aflojó su agarre.
Quizás, Lisanna siempre supo lo que pensaba. Ella sabía verme un poco más allá de lo que yo podría verme. Quizás, no era necesario que le explicase las cosas que sentía, puede que ella las asumía como tal. No sé, pero en esos momentos sentí una pena gigantesca y una gran culpa.
Nunca pude darle lo que quería.
Seguimos caminando y perdiéndonos en las calles que no conocíamos. Había cosas curiosas, otras vistosas y hasta otras aburridas. Las ciudades te pueden dar tanta entretención y tanto aburrimiento a la vez. Ella estaba distraída y no me hacía mucho caso. Nos adentramos en una feria y nos maravillamos de todas las chucherías que había allí. Collares, pulseras, muñecos, anillos, esculturas, etc. Lisanna estaba motivada por un lindo collar de un hada. Se lo compré y, feliz, se lo puso en cuello mientras daba vueltas, fascinada. Seguimos viendo, seguimos comprando. Al mirar la tarde, ya había anochecido.
Decidimos marcharnos y montamos en la moto para irnos.
Hacía frío y el viento que golpeaba en mi cara no ayudaba mucho. A lo lejos me llamaron y nos detuvimos. Mis compañeros de correrías me encontraron y se burlaron de mí:
-Vaya, vaya (Me dijo uno), Gajeel se fue con su noviecita y tú vas ahí paseándote con la tuya. Es increíble lo marica que te has puesto. Juraba que tenías más agallas, Salamander
-Sí (Atacó otro), apuesto que ni siquiera eres capaz de correr ya
-¿Ah, sí? (Me cabreé) Aún con las manos vendadas, soy capaz de ganarles a todos ustedes
De pronto, aparecieron más y nos encerraron.
-No creemos que tengas agallas, Salamander
-Pruébame y verás
-Echemos una carrera (Un hombre que no había visto antes me desafió). Si ganas te daré una buena recompensa y no mancillaremos tu honor. Pero si pierdes, yo me quedaré con tu chica ¿Estás dispuesto o tienes miedo?
Lisanna se apretó a mí, temerosa. Buscó mi mano y la apretó fuerte.
No sabía que decir.
-Oh, vamos (El mismo hombre habló). El pendejo de Igneel no es capaz de correr por una nena. ¡Qué lástima, señores!
Los abucheos crecieron y varios insultos y amenazas no se hicieron esperar.
Claro, a mí no me importaba correr y hacerle comer polvo al malnacido que me cuestionaba. Pero… no quería poner en peligro a Lisanna… no podía exponerla a esto.
-Natsu le ganará a todos, no hay nadie quién pueda ganarle
Lisanna se había puesto adelante mío y sentenció, sin querer, los acontecimientos que vendrían ahora… ella siempre creyó en mí.
No me quedó más remedio que aceptar.
Subí a mi querida moto y me posesioné al lado del bocazas. Alguien dio un disparo al aire y aceleré con fiereza.
Las carreras fueron en aquellos tiempos una parte esencial de mi ser. Constituían todo lo que yo era y todo lo que sentía. El motor rugía impaciente en la primera curva y el velo de la noche me daba más adrenalina del momento. Ya tomaba la delantera cuando venían curvas mucho más sinuosas y complicadas. En una derrapé a muy ras del suelo y casi caigo en el impulso. Me recompuse a duras penas y aceleré por placer. Di una vuelta y ya podía ver la meta. Me impulsé a todo y la pasé, victorioso.
Lisanna me recibió contenta y me señaló con recelo al perdedor de la apuesto. El tipo chocó con rabia su casco al suelo y me tiró una bolsa antes de irse.
Lisanna la abrió por mí y en él había mucho dinero.
-¡Wow! (Exclamó ella) ¿Este se robó un banco o qué?
Y, de pronto, unas sirenas de policía nos pusieron alertas.
Mierda.
Le indiqué de un vistazo que se subiera a la moto. Y juntos arrancamos lo más rápido posible.
Cuando ya creíamos que los habíamos perdido, una sirena retumbó en nuestros oídos en las motos policiales. Echamos a andar un largo trecho y, aún con mi pericia, yo no era capaz de perderlos.
-¡Detente de una vez! (Con megáfono me habló un policía) ¡Si sigues con esta persecución todo será peor!
Mi respuesta fue acelerar a fondo.
Encontraba todo esto muy extraño, no entendía por qué esta persecución. Nunca me habían hecho tantos problemas por una simple carrera… algo no iba bien.
Logré perderlos en una cruzada.
Me escondí lo que más pude y detuve la moto. Ya era de noche cerrada y las sirenas se escuchaban lejos.
Me permití relajarme.
Lisanna me abrazó asustada.
-¿Qué pasó? (Me preguntó) ¿Cómo es que llegaron tan de repente?
-No lo sé (Le contesté), esto es demasiado extraño. Usualmente no nos salen persiguiendo
Y, de la nada, unos focos nos bombardearon y nos inundaron de luz.
-Deje de huir y entréguese (El megáfono volvió a hablar), lo tenemos todo encerrado ¡Ríndase!
¿Cómo mierda nos encontraron estos imbéciles? Miré en todas las direcciones, encontrando un hueco. Encontré uno entre dos policías ocupados en apuntarme en vez de cercar. Le di vida a mi moto y volví a la carrera que pendía ya no de diversión, sino que, de mi libertad.
Los policías no habían previsto esto. Al poco ya me perseguían y volvían a gritarme cosas. La persecución duró bastante y ya estaba demasiado cansado para seguir, sin embargo, ya no sólo era yo, también estaba Lisanna quien, lamentablemente, no podía permitir que la agarrasen. Ella era ilegal, cualquiera que revisase sus papeles la enviaría deportada de vuelta a su maldito país. Aceleré aún más, dispuesto a todo.
Pronto se iniciaron los balazos. Las balas pasaban muy cerca de mí, podía hasta sentir su calor pasando.
Lisanna se apretó más a mí.
Recorrimos mucho más, la persecución se hizo larguísima.
Un puente roto que atravesaba un acantilado se mostró en nuestro camino. Yo ya tenía pocas opciones y me abalancé a él. Saltamos con gran impulso y llegué a penas al otro extremo. Pero aterricé mal: los malnacidos habían disparado a la rueda trasera de mi moto. Caímos con estrépito y la tierra nos abrazó con furia.
Acabé despertando con las primeras luces de alba. Miré a mi alrededor y lo que vi… me encogió el corazón. Mi moto estaba destruida, hecha añicos de lo poco y nada que quedaba del puente, pero Lisanna… Lisanna ¡Oh, Lisanna! No quiero recordar esto, no quiero rememorarlo, yo no quiero…
Está bien… sólo una vez más.
Lisanna estaba empapada de sangre, de su sangre. Un maldito fierro filoso le había atravesado en el vientre y una bala le destrozó el hombro.
Yo… me quedé plantado, me quedé estático como si algo me hubiese clavado en el suelo, como si unas miles de enredaderas con espinas me hubiesen envuelto. Caí al suelo, de rodillas y lloré, lloré más que la muerte de mi padre. Mi corazón se desangró en un solo segundo.
Su sangre ya había dejado de brotar para cuando pude mirarla otra vez. Su rostro… su bello rostro se quedó estático en el tiempo y hasta podía sentir que me miraba, podía sentir que esto era maldita pesadilla. Me acerqué lo que más pude, a pasos atolondrados. Le cerré los ojos con solemnidad y la vi por unos segundos más…
Podría hasta mentirme diciéndome que sólo dormía…
Si tan sólo hubiese seguido durmiendo.
Cavé un profundo hoyo con mis manos. Tenía las manos destrozadas y las uñas rotas cuando acabé. La saqué con delicadeza del puto fierro y la acosté en su nuevo lecho. Con cada puñado de tierra le fui dando una promesa, con cada lágrima le fui dando un "te quiero". Para cuando terminé, sólo un poco de tierra removida evidenciaba su nuevo hogar. Pesqué dos maderos e hice una cruz con ellos y lo puse en la tumba.
Me quedé arrodillado un par de horas más, sin siquiera poder sentir el calor que ya se iba a por el frío.
Miré la maldita bolsa que había ganado y la vacié. En ella había demasiado dinero y puto diamante del tamaño de un puño con un chip. Saqué como pude el chip y lo lancé lejos, hacia el acantilado. Le vi caerse hasta que se perdió en el vacío. Cogí todo y mi fui, sin mirar atrás.
Ahora podía entender todo lo que decía mi padre y dolía, dolía demasiado. Podría haberle echado la culpa a mi tío por habérmela encargado, podría haberle echado la culpa a los policías por haberla matado, podría culpar a mi maldita vida de carreras… podría haber culpado a tantas cosas.
Pero era mi culpa, mi culpa.
Caminé varios kilómetros sin darme cuenta de nada. Para cuando llegué a la carretera grité, grité hasta quedarme sin palabras que gritar, sin nada más que llorar.
Alzack y Bisca me encontraron hecho un ovillo al lado de la carretera. Sin decir nada, me llevaron dentro de la patrulla hasta la comisaría. Me confiscaron el dinero, pero prefirieron dejarme el diamante. Me explicaron que al cabronazo que le había ganado en la carrera había robado en una famosa joyería y no se dio cuenta sobre el diamante hasta que ya lo había robado. Probablemente, me lo había entregado para que me persiguieran a mí y no a él que ya debería estar deleitándose con su botín. Me preguntaron más cosas, me preguntaron si estaba bien, dónde estaba mi moto, por qué estaba tan herido, por qué estaba echado a un lado del camino.
Yo no pude decir nada, estaba destrozado.
Me tomaron más datos y llenaron una ficha. Para cuando me dejaron en Dassroad yo les di una pequeña sonrisa y les dije:
-Bisca… Alzack… muchas gracias por todo
Me devolvieron la sonrisa, bastante compungidos y se perdieron en la carretera sin decir nada más. Los vi irse y traté de recordarlos con el mayor cariño posible.
Sabía que ya no los volvería ver.
Me adentré en el motel y bebí como un condenado. Me estaba gastando casi toda la plata que tenía encima por la cerveza y ron que bajaba por mi garganta. El alcohol no podía quitar mi dolor pero lo adormecía. Me hice un adicto al alcohol y a tanta mierda que no me acuerdo. No volví nunca más a tocar una moto, no volví nunca más a una carrera. No volví nunca más a ser un crío.
Me hice de un trabajo en el hotel y traté de ser yo mismo. Pasaba el tiempo y era mucho más fácil fingir que sentir algo verdadero. La dueña del local me agarró cariño y ya ni se enojaba cuando me metía en peleas en el bar. Ella asumía que era para mantener el orden y el respeto, la verdad es que lo hacía para desahogarme con unos idiotas.
Tuve una vida tranquila al menos por dos años.
Hasta que apareciste tú.
Por Lisanna no había sido capaz de mirar a otra mujer, ni siquiera era capaz de desear a otra por buena que estuviera. No es que fuera gay y no es que fuera horrendo, sencillamente, no tenía ganas. Lisanna había dejado un agujero tan grande que no podía ir y llenarlo como si nada.
Pero tú eras distinta, eras algo que no podía explicar.
Venías cada cierto tiempo y te alojabas un par de días. No sabía gran cosa de ti, tendía a mirarte de lejos. Aunque supiese que cada visita que dabas podría ser la última, no me animaba a hablarte y me aferraba a una estúpida esperanza de que volverías siempre, quizás, esperándome.
Tenía demasiado presente las enseñanzas de mi padre y no me sentía capaz de hacerme de otra piel que pudiese perder. Tenía el corazón demasiado dolido y roto como para siquiera hablarte.
Y mientras limpiaba el piso, te acercaste.
-Disculpa (Dijiste), ¿sabes cómo puedo encontrar un mecánico por aquí? Mi auto no quiere andar y no sé nada sobre tuercas
Yo te sonreí con la típica sonrisa falsa que hacía.
-Claro (Le afirmé), no hay nadie mejor que yo para arreglar esos cachivaches
-¿De verdad? ¡Oh, te estaría demasiado agradecida! Tengo que ir a cierto lugar y… bueno, no puedo ir si está malo el dichoso auto
Me limpié las manos en mi delantal y le hice una seña a mi jefa para decirle que entraba en mi hora de colación. Te acompañé al estacionamiento y abrí tu auto para ver las pifias. Me quité el delantal y la polera me la puse a modo de cintillo en la cabeza, no me había dado cuenta lo mucho que me había crecido el pelo. El calor pronto me hizo sudar y busqué rápidamente el problema antes que el sol me quemara la piel.
Noté por un segundo que te incomodaste.
Encontré el problema y lo arreglé en un santiamén. Me senté en el asiento del piloto y gire la llave para hacerlo funcionar. Obedeciéndome, el motor ronroneó suavemente.
-¿Cómo… cómo hiciste eso?
Yo sonreí, orgulloso.
-Antes (Cerré mis ojos), tenía una moto y sabía arreglarla con los ojos cerrados. Estos pequeños no tienen grandes diferencias y el funcionamiento es casi el mismo. El calor, como factor común, los achicharra por dentro y eso los dificulta a la hora de correr
-Oh (Llevaste tu mano a tu sien y ladeaste un poco la cabeza, pensativa), ¿Por qué me viene a fallar justo ahora?
-Bueno, he notado que sueles venir con el mismo auto y puede que necesite piezas nuevas
Me miraste como si fuera el peor acosador del mundo.
-¿Y cómo sabes que vengo con el mismo auto, eh?
-Vemos pocos autos acá más allá de los camiones y las motos. A la larga recuerdo cada cosa que viene acá
Mi respuesta no te convenció mucho pero la pasaste por alto.
-Gracias
-De nada
Me disponía a entrar al motel cuando me llamaste:
-Eh, disculpa. Me has arreglado el auto y no me has cobrado
Te miré de vuelta y te respondí:
-Te he arreglado el auto porque quería, no porque quisiera algo a cambio
-¿De verdad? Puedo pagarte
-No, en serio
Y te di la espalda sin mirar atrás.
Desde entonces te recordaba con mayor frecuencia de la que hubiese querido ¿Cómo podrías tú, una mujer prácticamente desconocida, hacerme pensar y sentir lo que pienso y siento? Lo más probable es que Lisanna hubiese tenido la respuesta y se hubiese reído de mí. La culpabilidad se me venía con pasos agigantados cada uno más dañino que el anterior. Puede que el tiempo haya logrado que la herida dejase de sangrar pero no me la ha curado en absoluto. Sé que Lisanna murió por mi culpa y no había nadie quién pudiese sanar este agujero. Puede que, en esos momentos, tu existencia haya hecho que el dolor se abriese para pasar a un paso nuevo, puede que tú hayas hecho que salga de esta horrenda pesadilla. Pero tú eras, también, la que sepultaría su recuerdo y temía, temía que Lisanna se sintiera decepcionada de mis acciones. Me es difícil explicarlo.
Podría decir que el sólo imaginarme otra vida con alguien ya me hacía empañar cualquier resquicio de felicidad al compararlo siempre con lo que tuve con Lisanna, por cómo comenzó y por cómo terminó. Desde que la conocí hasta cuando murió. En esos tiempo, Lucy, pude haberte conquistado, pude haberte invitado a salir, cortejarte, podría haber hecho tantas cosas si te hubiese conocido en otros instantes, en otras circunstancias. Sí, siendo igual de lento que ahora pero no tan hiriente como fui.
Tal vez, por eso fuiste tú quién se acercó a mí.
Venías con mayor regularidad al motel, me observabas de lejos y a veces cruzabas un par de palabras conmigo. Podría asumir que te gustaba, no sé, no quiero ser tan soberbio. Te trataba como trataba a cualquier cliente, nunca quise hacer diferencias contigo. Pronto las bromas comenzaron a sonar a mis espaldas y hasta me trataban de marica por no tener algo contigo. La verdad es que no me importaba lo que decían. Ya había transcurrido otro año y sentía algo tan genuino por ti que sólo hablar un par de cosas ya hacías mis días felices.
Hasta que llegaste con un regalo para mí.
No te entendía al principio, solía seguirte la corriente.
Llegamos al patio y me señalaste un rincón.
No lo podía creer
Había una moto hermosa, prácticamente igual a la mía pero del último modelo. Oh… en un segundo se me vinieron tantos recuerdos, tantas fantasías ¡Podría de un lugar a otro como si nada! ¡Volver a mis corridas como hace tres años! Volver a perderme y simplemente ser yo y la moto, volver a…
Lisanna volvía a mirarme triste, sin vida y llena de sangre.
Ese recuerdo me hizo recaer en la tierra y a estrujar mi pecho.
Yo… no podía… aceptarla.
Me miraste sin comprender. Asumías que iba a estar feliz, que… no tengo idea. Pudiste haber asumido mil cosas pero no mi actitud.
-Gracias (Suspiré), pero no necesito este regalo. Por favor, llévatelo
Estaba a punto de marcharme y me tomaste del brazo.
-Perdona (Susurraste), yo no quise molestarte con esto. Admito que debí haberte preguntado pero quería darte algo que te hiciera feliz con todo lo que tú me has ayudado…
Te miré a los ojos, a tus bellos ojos café. No pude decir nada, me moría por besarte.
Corté la mirada y me puse a caminar.
-¿Es que acaso no me dirás nada?
Te volví a mirar ya más lejos, ya más a resguardo.
-Tengo un pequeño problema, mejor dicho, un gran problema… Lucy (Tu nombre me sonó como miel demasiado caliente). Hay cosas que son demasiado difíciles de explicar y yo… yo no puedo aceptar esto
-Pero…
-No. Por favor, entiéndeme
Te dejé sola ahí, sin más que decepción.
Me sentí como la peor escoria del mundo.
No viniste en un buen tiempo. Pensé que sería mejor así pues me eras una tentación constante, un pecado que mancillaría demasiadas cosas y que yo aún no estaba dispuesto a mancillar. Sin embargo, no podía seguir mintiéndome. Te extrañaba, te extrañaba tanto que dolía. Limpiaba sin fijarme en lo que hacía expectante a que aparecieras en la puerta y que… cruzáramos unas palabras como antes. Pero no aparecías, no venías.
Hasta mi jefa lo notó:
-Natsu (Me dijo un día), ya has trabajado bastante aquí y nunca te has tomado unas vacaciones… ¿Por qué no vas a la playa y te despejas de esa rubia? Debe haber hartas chicas por ahí
La miré y fingí la mejor sonrisa que tenía:
-No, estoy bien. Trabajar me hace bien y este es mi lugar
Mi jefa sólo atinó a pestañear confundida para luego dejarme solo.
Te esperé varios días más y el alcohol fue buen amigo en ese tiempo.
Y cuando menos lo esperaba, apareciste.
Estabas igual de siempre, maravillosa. Dudaste un momento ante de hablarme pero lo hiciste. Parecías un poco emocionada, casi podías contagiarme tu felicidad.
-Y… como nunca aceptaste mi regalo… te regalo esto
Lo dijiste de la nada y me pillaste de improviso. Pusiste una pequeña caja de regalo con una gran cinta.
No supe que decir ni hacer.
Estaba embobado, estático.
Me hiciste gestos para que mirara el regalo para así abrirlo. Te hice caso con mis manos temblando.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Era una escultura, una escultura pequeña de un yo sobre una moto con la frase "Soy el n°1".
Te miré a los ojos y mi escudo se rompió en mil pedazos.
-Gracias… (Sólo pude decir)
-¿Sólo me dirás eso? ¡Me esperaba algo más…! ¿Feliz?
Y sin poder contenerme más, me eché a tus brazos y te abracé, te abracé fuertemente. Sentí tus brazos sobre mi cabeza y me susurraste cosas lindas, querías animarme.
Para cuando recaí en mí mismo, te aparté suavemente.
-Gracias… (Ahora ya más sincero)
Me tomaste de las manos y las balanceaste un poco.
-No sé por qué estás aquí (Dijiste, al fin), ni tampoco sé qué es lo que hiere tanto. Sólo sé que puedes hacer tantas cosas si te atreves a salir del pequeño hueco que decidiste refugiarte. Como este pequeño Natsu (Señaló a la escultura), tú también puedes ser el n°1 y tengo plena confianza que puede ser así
Tus palabras fueron crepúsculo en mi oscuridad.
Quizás… podías sanarme.
Hablamos más, teníamos más confianza. Me contaste de ti, que pasabas cada cierto tiempo para pasar los manuscritos de tus libros. Tu sueño era ser una gran escritora, por mucho que tu padre se opusiese. No habías logrado gran cosa pero tenías fe plena en saltarías a la fama si seguías constante.
Tu entusiasmo se había calado en mis huesos. Hasta casi alimentaba a mis propios sueños.
Venías casi todas las semanas y pasábamos tardes enteras conversando. Tenías planes de viajar, conocer nuevas historias, nuevas culturas, tenías miles de proyector por hacer. Yo te escuchaba, entusiasmado, era demasiado grato estar contigo y tus sueños.
Y nuestra amistad seguía avanzando.
Un día me preguntaste por qué no podía recibir la moto que me regalaba en un principio y te dije que tengo un dolor demasiado grande.
-¿Mal de amores? (Soltaste de repente)
-Algo así
-¿Algún día me lo contarás?
-No lo he hablado con nadie
-Puedes partir conmigo, amo las historias
-Hubo una chica…
-¿Oh? ¿Te dejó?
-No… precisamente
-¿Entonces?
-No quiero ahondar tanto en eso… al menos por ahora
Me revolviste el pelo, traviesa y dijiste:
-Siempre estaré contigo, nunca lo olvides
