Conociendo raíces

En cierta forma, el que terminó perdiendo en la velada de Sora fue Yamato, porque no pudimos ver la película que él había traído. A la mañana siguiente, Sora y su mamá nos habían preparado el desayuno. Absolutamente todos conspiraron en mi contra, no encuentro otra explicación a lo que sucedió, pues todos se despertaron cuando aún era de madrugada. Digo, ¿quién en su sano juicio se despierta a la ocho de la madrugada en vacaciones? Eso está bien cuando hay que ir al colegio, pero en esta época del año es impensable.

Eran cerca de las diez de la mañana y seguía descansando plácidamente y me había acomodado muy bien en la orilla del sillón. Pero, de improviso, una delicada mano me tocó la espalda provocando que me desestabilizara y diera a parar al suelo, pues Yamato y Takeru ya habían quitado el futón en el que habían dormido.

—¡¿Qué fue lo que pasó?! —pregunté somnoliento y adolorido por el porrazo que me acababa de poner.

—Nada, sólo que ya es muy tarde para que sigas de flojo, desperdicias la luz del sol —comentó una voz chillona, posiblemente la responsable de que me cayera y no era otra persona que Mimi Tachikawa. Esta muchacha ya se estaba tomando muchas atribuciones conmigo.

Ya un poco más consciente de mi situación, exclamé: —¡¿Se puede saber por qué me despiertan tan temprano?

—Sí se puede. Es sencillo, el desayuno está listo, así que metete al baño, lávate esa cara y las manos y pasa a la cocina. No quiero que llegues a tu casa quejándote y metas en problemas a mi amiga Sora —lo dijo con una expresión sería y me infundió un poco de temor. Con su mano izquierda en la cadera y la derecha señalando el baño, me sentí regañado; como si la orden la hubiese dado mi mamá, Hikari o Sora, o una maestra, que son las únicas mujeres que me tratan de esa forma.

Hice todo lo que se me indicó y me senté a desayunar con los demás, que ya habían empezado con sus alimentos. Yo tenía mucha hambre y me serví dos porciones de arroz, todo eso dio como resultado, ser el último en levantarse de la mesa.

Después de la primera ingesta de alimentos del día, cada uno tomó sus cosas y partimos a nuestros respectivos hogares. Al llegar, Hikari se metió a la recamara; yo fui a la ducha, para refrescarme un poco, ir a la casa de Koushiro a que me limpiara mi disco y de ahí, partir a mi entrenamiento de soccer.

La casa de Koushiro no quedaba tan lejos de la mía. El chico era el más inteligente de la escuela, un genio, y eso que es de recién ingreso. Él vive en la planta baja de su edificio y eso es bueno porque cuando lo voy a ver, no tengo que subir escaleras.

Toqué la puerta y la Señora Izumi me recibió.

—¡Oh! Taichi, ¿cómo estás? Pasa, ¿buscas a Koushiro, verdad?

—Sí, Señora Izumi, ¡muchas gracias! —le conteste, la Señora Izumi se destaca por su amabilidad.

Fue hasta la habitación de su hijo y tocó la puerta por educación y para interrumpirlo de la manera más delicada posible. Al poco tiempo, pude entrar a su recamara, que en contrario a la mía, estaba muy ordenada; pulcra.

—¿Qué se te ofrece, Taichi? ¿En qué te puedo ayudar?

—Koushiro, esta película ya está muy maltratada, ¿no sé si podrías arreglarlo?

Tomó la caja, la abrió y sacó el disco para poder examinarlo. Le dio varias vueltas y lo miraba de distintos ángulos.

—¡Vaya que lo has maltratado! No te preocupes, yo me encargaré de eso. Voy a ir el lunes a la escuela, puedes recogerlo ahí, me imagino que vas a tener entrenamiento.

—Es probable. ¡Muchas gracias Koushiro! —le dije mientras abandonaba su cuarto y me dirigía a la salida— Te lo encargo, ya me tengo que ir, se me hace tarde para mi entrenamiento —ya en la entrada, me despedí de la Señora Izumi—. ¡Muchas gracias, señora Izumi, nos veremos en otra ocasión!

Ese día volví a ser el mismo en los entrenamientos, es cierto de que ya me enfocaba al cien por ciento en ello; pero ahora volvía a mostrar mi rendimiento a tope, ese que me valió ganarme el respeto de mi entrenador, de mi equipo y de la institución a la que represento. Ese día sólo recibí felicitaciones y mi mejora de juego fue acompañada por la de mis compañeros, lo que dejó satisfecho al entrenador y decidió darnos un par de días con la condición de seguir con esa actitud.

Así que de la nada tenía dos días libres y nada en el panorama, lo malo es que si no surgía algo podrían ser los dos días más aburridos de mi vida; así que mi única esperanza era que a Yamato o a Sora se les ocurriera algo. Lo primero que hice, al llegar a casa, fue marcar a casa de Sora, pero su mamá me dijo que había salido.

Fui a la cocina por un vaso de agua y en eso el teléfono sonó. Era Yamato.

—¿Qué tienes que hacer mañana? —inició preguntando.

—Nada, la final está programada para dentro de tres semanas y hasta entonces no tendremos un partido. Los niños todavía tendrán esta semana de descanso y nos dieron dos días libres. ¿Por qué la pregunta?

—Mamá y papá, planearon un pequeño viaje turístico a Kioto y no sé si tú y Hikari nos quisieran acompañar. Sora, Takeru y Mimi, también irán. Además, invité a Koushiro y a Jou.

—Básicamente, faltamos nosotros, ¿no? —dije con un tono reclamo, pero luego lo cambié por uno de resignación— ¡Cuenta con nosotros!

—En ese caso, los esperamos mañana a las cinco de la mañana. Trata de llegar puntual.

—¡¿A las cinco?! ¡Y, ¿por qué tan temprano?!

—Para llegar temprano, son como cinco horas de camino. Así que ya sabes.

El permiso estaba dado antes de que yo lo pidiera. Todo por obra de mi hermana quien ya sabía del viaje, por boca de Takeru, y ya había hecho la petición. Y como siempre, soy el último en enterarme de todo. Esa es la historia de mi vida. De seguro, cuando se hablé de mí, se escriban biografías y se levanten monumentos en mi nombre, dirán: "Tuvo la mala fortuna de ser el último en enterarse de todo. ¿Qué fue reconocido con el balón de oro de la FIFA? Los recoge balones lo supieron primero. ¿Qué ya nació su hijo? Hasta el perro se enteró antes que él. ¿Qué ganó el premio nobel de la paz? Sus amigos y parientes se enteraron primero, él prácticamente en la ceremonia de entrega". Y cosas como esas.

Pero toda esa situación, provocó que me tuviera que dormirme temprano para poder estar listo a tiempo. Pero no pude pegar los ojos durante buena parte de la noche y cuando llegó la hora de levantarse, la flojera estaba en su máximo punto; no quería ni abrir los ojos. Pero mi hermana me movía insistentemente y no me quedó más remedio que ponerme en movimiento.

Nuestros padres fueron a dejarnos al departamento Ishida. Fue cuando me enteré que mi predisposición a llegar tarde a todos lados es algo genético, heredado de mi padre; pues por la velocidad con la que se desplazaba, era lenta hasta para mí y fuimos los últimos en llegar. El señor Hiroaki, padre de Yamato, subió el equipaje a su camioneta gris, en la cual cabíamos todos; un poco apretados, pero cabíamos.

En el asiento del conductor iba el señor Ishida; en el del copiloto, su esposa. En los asiento de en medio, iban la chicas y Takeru; los demás nos tocó compartir el asiento trasero. Lo malo del viaje fue que me tocó estar en medio de Jou y Koushiro, y ninguno de los dos se callaba. Hablaban de las cosas que iban a ver, de cómo les había ido en la escuela, de los nuevos programas que tenía Kou y de las sorprendentes cosas que había descubierto Jou en el más reciente libro de anatomía que le había regalado su papá. Y yo con un enorme sueño sin poderme dormir; Yamato fue afortunado, porque el quedó en la ventada y, al parecer, la plática no le era molesta y creo que se quedó dormido al inicio del viaje.

El trayecto fue largo, pero como a la mitad, los escandalosos interlocutores, que tenía como compañeros de asiento, también sucumbieron ante el cansancio y yo me les uní. No sin antes, percatarme que los de enfrente hablaban muy animadamente.

Cuando la camioneta se detuvo, todos nos despertamos, pues incluso los de adelante ya habían tomado una pequeña siesta. Los padres de Yamato cambiaron de lugar para que él descansara un poco y ya llevábamos más de tres cuartos del camino recorrido.

Arribamos a nuestro destino alrededor de las diez y media de la mañana. Nos detuvimos cerca de la Torre Kioto y de la estación ferroviaria, lugar que acordaron los señores Ishida para encontrarse con el papá de Sora, quien residía en esa ciudad por cuestiones de trabajo.

El señor Haruhiko Takenouchi arribó con su vehículo personal; para ayudar a descargar, un poco, la camioneta de los Ishida La pausa, además, sirvió para establecer el itinerario y los puntos que visitaríamos. De todos los presentes, fui el menos participativo; la verdad es que me daba igual los sitios a visitar y todavía tenía sueño. Al final, decidieron que primero iríamos al Templo Kiyomizu, luego al Antiguo Palacio Imperial, después al Santuario de Heian y, por último, a los jardines del Templo Higashi Hogan.

Ese viaje, en general, fue como una clase de historia. Los más entretenidos fueron Koushiro y Jou quienes platicaron, a todos, cada uno de los aspectos del Templo en el que estuviésemos. Que si era budista o sintoísta; que si uno data del año 778, otro de 1895; o que este fue reconstruido muchas veces; que lo edificios, tal y como se conservan hoy en día, fueron remodelados en el siglo XIX; que si uno fue, durante mucho tiempo, la residencia oficial del Teno, que este otro fue para conmemorar 1100 de la fundación de la ciudad, cuyo nombre antiguo no recuerdo para nada; espero que eso no venga en algún examen o estaré muerto.

El trayecto de donde estábamos al primer punto duró unos 15 minutos. En el Templo Kiyomizu, los señores Ishida fueron al santuario Jishu dedicado Okuninushino-Mikoto, si no mal entendí, era un dios del amor y de los matrimonios o algo por el estilo. Sora y su padre recorrieron la cascada Otowa-no-taki, beber de su agua para tener salud y longevidad. Además, dijeron que también ayudaba a mejorar en los estudios. Sora y Yamato me incitaban a ir que porque a mí me hace falta, pero me negué rotundamente, el que estaba muy emocionado con eso era Jou, él es una persona muy apegada a las tradiciones. Yo lo que quería era lanzarme de la plataforma del templo, sobrevivir y que se me cumpliese un deseo pero ya no está permitido por lo que me tuve que quedar con las ganas.

Del Templo Kiyomizu al Palacio Imperial, hicimos 19 minutos; de ahí al Santuario de Heian, 12; y de ese al Templo Higashi Hogan, 15. Ese fue el último lugar escogido por sus cercanía a la zona centro y a la casa del señor Takenouchi quien amablemente nos ofreció hospedaje.

En los demás lugares sólo vi salones viejos, por momentos algunos se desaparecían un rato para recorrer el lugar en libertad; por eso mismo propusimos un lugar de reunión y una hora específica para reencontrarnos. A los que tenía más vigilados era a Hikari y Takeru, siempre andaban juntos y conversaban sobre todo lo que veía, se reían y bromeaban entre ellos. Por lo general, yo siempre andaba solo, ya que, curiosamente, se formaron en grupo de dos personas: Hikari y Takeru, como ya lo mencioné; los señores Ishida; Sora y su padre; Koushiro y Jou, sólo ellos se entendían entre sí de todo lo que parloteaban; y a Yamato le tocó entretener a su prima.

Ella, entre todos, era la más emocionada. Hikari había llevado su cámara fotográfica, un regalo que le dio Takeru, y se dedicó a tomar fotos, por lo que fue el objeto principal de búsqueda de Tachikawa. Se tomó fotos en todos los recintos, en cada una de las enormes entradas, en cada uno de los Torii, en la cascada, en el parque público del Palacio Imperial, en el Trono, entre otros muchos lugares más que se me escapan.

El último trayecto fue el que más disfrute, el jardín Shosei-en. A esa hora del día, ya cerca del anochecer, lucía preciosos, adornado con ese cielo naranja que poco a poco le va dejando su lugar al profundo y fuerte azul de la noche. Dimos un paseo en grupo y lo recorrimos tranquilamente.

—¡Oye tú! —me gritó Mimi, quien venía corriendo y traía consigo a mi hermana— Tú y yo aún no nos hemos tomado una foto. ¡No seas amargado y únete a nosotros!

De improviso, pasó su brazo por mi cuello y me abrazó fuertemente, mientras mi hermana se reía por la expresión de mi rostro. Prácticamente me estaba asfixiando y era una situación incómoda en su totalidad. Eso fue aprovechado por los demás que decidieron que era hora de tomarse una foto grupal; Hikari le pidió a otro turista que la tomara para que todos saliésemos. Fue la única de ese tipo, y en ella aparecimos Mimi y yo, abrazados.

De ahí en adelante, me retraté con los muchachos pues todos alegaban que no lo había hecho anteriormente. Ya, casi al final del trayecto, me encontré con una solitaria Mimi, que pasaba su vista del cielo, al lago que estaba bajo el puente. El atardecer la hacía lucir muy bien, el viento jugaba constantemente con toda su cabellera; sus traviesos cabellos se paseaban por su rostro, molestándole en algunas ocasiones.

—¿Mimi? —la llamé dubitativo. Después no pude pronunciar palabra alguna, porque me quedé embelesado viendo sus ojos; lo cual la incomodó un poco.

—¿Qué se te ofrece? —preguntó algo inquieta ante mi improvisada reacción.

—Discúlpame —hice una pausa para carraspear la garganta—. Ya es hora de irnos.

Me sonrió y nos fuimos con los demás. Yo me había cansado un poco, pero como quiera me quedé dormido en el camino a casa del papá de Sora. Cuando llegamos me enteré de que ya habían repartido el espacio para dormir: Sora con su papá, los señores Ishida en uno de los futones que el señor Takenouchi había conseguido, los demás se los repartieron entre Hikari y Mimi, Takeru con Yamato y Jou con Koushiro compartirían el sofá-cama. Así que sólo me quedaban dos opciones, o dormirme en cualquier espacio en el que me llegara a acomodar o dormir en la camioneta. No lo pensé dos veces y me decidí por esta última. Sólo me cambié de ropa a una más cómoda; los demás muchachos hicieron lo mismo.

Lo que sí, es que fueron considerados conmigo, me entregaron una almohada y una cobija. El problema radicó en que ya había tomado una siesta y no tenía sueño por lo que me quedé acostado en el sillón trasero, con las manos detrás de la nuca y mi mirada fija en el cielo buscando la luna, pero no estaba por ningún lado, por lo que supuse que estaba en la fase de luna nueva.

El sonido de la puerta corrediza de la camioneta me puso alerta y me asustó un poco porque era algo que no esperaba. La figura que entró era la de mi hermana, quien prontamente se sentó junto a mí, en el espacio que había quedado desocupado cuando cambié mi posición al sentarme.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté sin tardanza. No tenía ni la menor idea de lo que quería.

—Vine a acompañarte. ¿Te molesta? —y me puso una carita suplicante a la que no me pude negar.

—¡Claro que no! —y la abracé para acurrucarnos juntos.

Detrás de ella, apareció Takeru quien también pidió asilo. Sólo que él se quedó en el sillón intermedio. Otro sonido nos puso alerta, ahora eran las puertas del conductor y del copiloto las que habían abierto. Los que entraron fueron Yamato y Sora, quienes ocuparon esos asientos, respectivamente.

—¿Y a ustedes que mosca les picó? —los cuestioné, pues ya se me estaba haciendo raro lo acontecido.

—Nada más vinimos a hacerte compañía —respondió Yamato.

—La verdad es que nos sentimos mal de que te quedaras solo en la camioneta —se expresó Sora.

Luego entraron Koushiro y Jou, quienes se acomodaron con Takeru.

—¿Y ustedes? ¿Cuál es la razón que tienen para que estén aquí?

—Como el cuarto era pequeño, decidimos que los señores Ishida descansen lo mejor posible, pues ellos serán los que conduzcan mañana de regreso —respondió Jou.

La última en entrar fue Mimi.

—Como todos ustedes se vinieron a dormir aquí, decidí reconfortarlos con mi graciosa presencia, para que no pasen tan mal rato.

Ya no había lugar adelante, entonces tuve que recorrerme hasta el fondo del asiento, Hikari se apoyó en mí y Mimi en ella. Así pasamos una velada apretada, pero agradable. Estaba rodeado de puros amigos.


¡Muchas gracias a todos los que me han leído! Especial agradecimiento a lopos619 y aleprettycat.