¿Con qué nos quedamos?
Desde ese día, mi alma ya no estuvo tranquila. Mi ánimo volvió a decaer. Mi entrenador se dio cuenta y me mandó a entrenar a doble sesión, pero aún no estaba a punto; físicamente sí, mentalmente no, y todo estaba puesto para que fuese banca. Me llegó a decir que mi estado de ánimo se parecía a una montaña rusa; subiendo, bajando y dando un montón de vueltas desordenadas y aleatorias. ¡Bendita adolescencia!, cruzó por mi mente ese pensamiento sarcástico.
En las noches no podía dormir, por eso ese tiempo lo dediqué a ver una película en particular. Mi hermana, en una ocasión, se despertó en la noche y me sorprendió quitándola del reproductor.
El día del partido me había levantado temprano pero sin las ganas que rodean un encuentro como ese. Es decir, ¡era una final! ¡Debería de estar emocionado y confiado en que obtendríamos la victoria! Pero no, yo estaba muy desanimado para ello. El calentamiento lo hice con los suplente, prueba firme de que no estaba contemplado para iniciar el partido y posiblemente ni siquiera de jugarlo.
Estaba triste y enojado, esto último porque mi familia, mis amigos y mis alumnos, habían ido a apoyarme. Todos en la misma fila y con la sorpresa de que el capitán no iba ir de titular. Sora y Yamato, abandonaron sus asientos unos momentos y fueron a verme, antes de que comenzara el partido.
—Taichi, ¿estás bien?
—¡No, Sora, no estoy nada bien!
—Relájate, ya no puedes hacer nada para arreglar esto, pero puedes evitar que empeore. Muestra un poco de actitud y es posible que, si el equipo se ve en dificultades, te metan para que hagas lo que sabes hacer y que lo disfrutes.
Al decir esto, Yamato extendió su mano como una sincera prueba de amistad y se estaba disculpando por lo que había pasado; a su manera, pero era una disculpa que acepté gustoso.
El partido dio inicio y estaba parejo. Nosotros alineamos a Genzō en la portería; Atsuto, Maya, Ryō y Hiroshi Jitō, como defensas; Taisuke y Mamoru, contenciones; Ariajasuru y Taro eran los volantes; Hiroshi Kiyotake el creativo y Kensuke en punta. Ellos tenían a uno de los mejores delanteros del torneo Tsubasa Ōzora, compitiendo conmigo como goleador.
Si bien, al inicio, ellos dominaron el balón y tomaron posesión de la media cancha, nuestro equipo fue capaz de sacar pases largos y ganarle las espaldas a los centrales. Por desgracia, su portero estaba imponente y no permitió que lo vencieran fácilmente. Practicante, estábamos sitiados en nuestra área, pero nuestro portero también estaba inspirado y la buena fortuna nos sonreía con un par de disparos al poste que salieron de la cancha. El equipo, defensivamente hablando, estaba haciendo una gran labor, nuestro gran problema estaba en el medio campo.
El primer tiempo se fue cero a cero, con posibilidades de ambos equipos pero un claro dominio del rival. Mientras el equipo titular descansaba, los de banca comenzamos nuestro calentamiento. El segundo tiempo inició con nuestro primer cambio, el entrenador sacó a Mamoru y metió a Takashi, con la pretensión de tratar de ganar ese medio campo. Sin embargo, la suerte no nos sonrió en esta ocasión y nuestro marco fue taladrado por Tsubasa quien metió un buen e imparable cañonazo, todo por una genialidad, pues la marca era correcta, sólo que él hizo algo que nunca esperamos al realizar un túnel y una pared. Y la cosa empeoró cuando Genzō, en un lance, se golpeó con uno de los postes y se lesionó el brazo; el segundo cambió fue el del portero.
Y cuando más oscuro pintaba el panorama, llegó el amanecer, un rayo de luz. En las gradas vi la llegada de Mimi, siempre sí había ido a apoyarme.
El equipo decidió darlo el todo por el todo y el rival se encargó de esperarnos y matarnos en un contragolpe. Pero un defensa tiró a Kensuke en el área y el árbitro marcó el penal correspondiente. Todo era algarabía en el equipo, a diez minutos del final teníamos la posibilidad de empatar y llevar el partido a penaltis. Desgraciadamente, el compañero también se lesionó y en la cancha no había nadie que supiera tirar un penal en un momento de presión. Inmediatamente, el entrenador me encaró y pregunto:
—¿Te sientes capaz de anotarlo?
Miré a las gradas, vi a mi hermana, mis padres, a Sora y Yamato, por último a Mimi. Todos ellos gritando, brincando y con una sonrisa en el rostro.
—¡Por supuesto! —el entrenador volvió a ver mi confianza en mis ojos y asintió, me metió a la cancha. Era el último cambio.
Entré corriendo y presto me apresuré a tomar el balón y ponerlo en el manchón penal. El público estaba expectante; los jugadores, tanto de la banca como los que estaban dentro del campo, completamente nerviosos y yo mantuve fija la mirada en mi objetivo, el ángulo superior derecho. El portero me gritaba muchas cosas, claramente tratando de desconcentrarme, pero estaba tan metido en lo mío que no preste oídos a sus palabras.
Todo el ruido en el ambiente, de pronto, se había desvanecido. En mi cabeza, sólo estaba el balón, el portero y la portería. De repente mi mente sustituyó todos esos pensamientos y seleccionó uno en particular: la hermosa sonrisa de Mimi mientras el viento acariciaba su cara y hacía volar su largo cabello castaño; entonces sonreí. El árbitro hizo sonar el silbato, corrí hacía la pelota, la pateé fuerte para que el portero no pudiera ni verla y con la dirección ya fijada. Todos saltamos de alegría al ver que había anotado, tal y como lo tenía previsto, el portero ni siquiera se movió, y estábamos de vuelta en la contienda.
No perdí el tiempo, cogí el balón y lo puse en el círculo centrar para apurar el saque del rival, quien también estaba presuroso. Se volcaron al ataque y en ningún momento nos prestaron el esférico. Su esfuerzo estuvo a punto de rendir frutos, cuando tiraron de larga distancia, pero Takashi desvió la trayectoria del balón mandándolo a tiro de esquina.
Me posesioné en la media luna, en punta para liderar el contraataque y con un defensa observándome, cerca del círculo central, para recuperar la pelota o retrasarme. Se cobró el tiro de esquina y el servició iba abierto, Ken Wakashimazu, el portero suplente, no pudo salir, Tsubasa remató en seco, pero el portero reaccionó correctamente, se tendió a su izquierda y no dio rebote; se quedó con el esférico.
Rápidamente lo puso en movimiento, y lo lanzó hacía mí. Estaba solo, y el defensa se había acercado para estorbar mi recepción, pero moví la pierna y golpeé suavemente el balón, antes de que tocara el suelo, para desviar su trayectoria. Pasó por las piernas del defensor, rumbo a la banda derecha y fui tras él. El guardameta había ido al remate y la portería estaba desprotegida. Pegado a la banda y en medio campo, intenté dar el mejor tiro de mi vida, desde ahí pateé y el esférico, con efecto, se incrustó, justo en el ángulo superior opuesto. El mejor gol de mi vida, seguido del silbatazo final. ¡Éramos campeones!
Del infierno a la gloria, así podría describir, en pocas palabras, el partido. De ser banca, después de haber contado con el gafete de capitán y de ser la estrella, fue algo muy duro para mí, pero me estaba volviendo a vestir de héroe y darle el campeonato al equipo, a la institución y a mí mismo.
Mi familia, amigos y pupilos, bajaron a la cancha a felicitarme. Un compañero de equipo tomó un tambo de agua y me lo vació todito. Después, todos juntos, fuimos por el bote en el que teníamos la bebida rehidratante y se lo vaciamos al entrenador. Ambos terminamos empapados.
En las escaleras de las gradas, justo para bajar al campo, estaba Mimi viéndome, sonriéndome, como sólo ella podía hacerlo. Corrí en su dirección, la abracé efusivamente y me correspondió con la misma efusividad. Nos besamos varias veces, besos pequeños pero emotivos. No notamos que nos veían hasta que Yamato carraspeó la garganta y Sora le dio con codazo por lo mismo.
Dejamos la plática para después y suspendimos, por el momento, las felicitaciones para pasar a la entrega de reconocimientos. Gané tres distinciones: mejor jugador del torneo; goleador del torneo, hasta antes de este partido estaba empatado con Tsubasa, pero yo anoté dos veces y el sólo una; y mejor gol del campeonato, el que había servido para ganar el título.
Mis padres decidieron organizar una cena en la casa, invitaron al entrenador, a los muchachos, a mis amigos y mis dirigidos. Muchos de ellos aceptaron por cortesía, por lo que comieron, se estuvieron un momento y se retiraron. Al final sólo se quedaron Yamato, Sora, Jou, Mimi, Koushiro, Takeru, Hikari y mis padres. Sólo que, de los mencionados, a la que no encontraba era a Tachikawa.
—¿Buscas a Mimi? —me preguntó mi hermana.
—Sí, ¿la has visto?
—Yo sí —respondió Sora—, salió, dijo que iba a tomar un poco de aire.
Me dirigí a la salida y ahí, recargada en el barandal, mirando la ciudad y el horizonte. Me posesioné junto a ella y nos sonreímos mutuamente.
—¡Muchas felicidades! —exclamó mientras me abrazaba— ¡Estuviste fenomenal! ¡Ese último gol fue la locura! Todo el mundo se paró a aplaudirte, incluso el entrenador del equipo rival.
—¡Gracias! La verdad es que ese gol lo hice pensando en ti —y tenía que abrir la bocota para decir eso.
El ambiente de tristeza había retornado a nosotros y me di cuenta de que era mi culpa.
—¿Cuándo te vas? —pregunté para saber, era lo mejor.
—Mañana.
—¿Mañana? ¿Tan pronto?
—Sólo tenía permitido venir este mes. Me voy mañana para tener una semana para adaptarme al cambio de horario. ¡Justo cuando comenzaba a acostumbrarme a este!
Salieron los muchachos y todos se nos quedaron viendo.
—Mimi, ya es hora de irnos. Mañana nos tenemos que levantar temprano y tienes que descansar, te espera un pesado y largo viaje —le dijo Yamato.
—Lo sé. Adiós Taichi —expresó con lágrimas en los ojos.
—¿Adiós? Pero te vas mañana.
—No quiero que vayas a despedirme, no me sentiría cómoda. Si fui a tu partido fue por curiosidad y por la insistencia de tu mamá. Pero te pido que no vayas mañana.
La sostuve entre mis brazos y la atrapé con ellos; ella recargó su cabeza en mi pecho. En realidad no quería que se fuera, en el poco tiempo que habíamos convivido, su presencia se había hecho muy agradable y podría decir que necesaria, su aroma, su esencia, sus besos.
Todos se adentraron en el elevador, ella iba en medio y nos dirigimos una última mirada.
—Adiós, princesa —susurré sólo para mí. Muy dentro, me negaba a que esa fuese nuestra despedida.
Era domingo y yo estaba muy inquieto. Aún me debatía entre ir o no al aeropuerto aunque ella me había dicho, explícitamente, que no me quería ver ahí. Mi hermana sólo se dedicaba a observarme, me imagino que no quiso intervenir porque no sabía que decirme.
Paré mi andar cuando recibí la notificación de un mensaje en mi celular. Al ver su contenido, me fui de inmediato a la recamara a buscar la cámara de mi hermana.
—Hikari, necesito que me ayudes a imprimir una foto, por favor.
Sin perder tiempo, mi hermana me llevó al local en el que imprime sus fotos. Ella fue la que hizo todo el proceso, yo sólo le indiqué la foto que quería imprimir. Sonrío en cuanto la vio y partimos de ahí con dos copias en la mano.
No había mucho tiempo y tuve que optar por llevar a mi hermana conmigo. Arribé al aeropuerto lo más rápido que me fue posible y recorrí todos los pasillos buscándolos, pues haciendo cálculos basados en la información obtenida, apenas estaría documentado sus maletas. Llegué justo cuando Mimi se despedía de sus primos. Absolutamente todos, se sorprendieron demasiado al verme llegar y a mi hermana detrás de mí. La más impresionada era Mimi.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a despedirme. Sé que no lo querías, pero no podía dejar las cosas así. Además, vengo a entregarte esto —le tendí mi mano y en ella llevaba las fotos que acababa de imprimir, la que nos tomamos en la estatua LOVE.
Ella las tomó lentamente y sus ojos se humedecieron al instante.
—Son dos, una para mí y la otra para que te la lleves —me miró directamente a los ojos—. Así, cada vez que la veas te acordaras de mí.
Nos abrazamos como tantas veces lo habíamos hecho en el transcurso de la semana. Era cálido y confortante, y lo estábamos disfrutando al máximo, podría ser el último que nos diéramos en la vida. Ella comenzó a llorar y sus lamentos eran un poco silenciosos pero audibles.
—¡Hey! No tienes porqué llorar.
—¡No me gusta decir adiós!
—Pues no lo digamos, esto puede ser un hasta luego.
—Aunque me duela admitirlo, te voy a extrañar mucho.
—A mí no me duele aceptarlo. Y te lo digo, te voy a echar de menos. Pero, eh, ya no llores—y pasé mis dedos por sus mejillas limpiando una lagrima correr por ella.
—Es que, ¿con qué nos quedamos?
—¡¿Con qué nos quedamos?! Nos quedamos con los buenos momentos y bellos recuerdos —comenté mientras le acariciaba la mejilla, siempre me gustó hacerlo. Había llegado el momento de soltar la bomba—. Además, siempre nos quedará Tokio.
Me miró muy extrañada.
—Esa frase… es muy… muy parecida a…
—A una que dicen en la escena final de Casablanca. Sí, una frase que me parece apropiada en estos momentos. Es decir, es una despedida, en un aeropuerto, entre un hombre y una mujer que vivieron algo importante.
—¿Ya la habías visto?
—La vi esta semana. Un día, recogiendo mis cosas, encontré tu película en mi maleta. A veces no podía dormir y decidí verla para no aburrirme, quería hacer algo que a ti te gustaría.
—Pero ellos… su despedida fue para siempre.
—Bueno, eso no se sabe. Yo digo que no podemos tener una completa certeza de cómo vaya a terminar nuestro caso. Es más, si quieres, te puedo hacer una promesa. No traigo la película, se me olvidó en casa. Tal vez, no sé, puedo ir a visitarte a Nueva York y entregártela personalmente.
Su rostro se iluminó de nuevo. Una esperanza naciente estaba surgiendo en su corazón. Era un sí implícito. Por los altavoces, pedían que los pasajero comenzaran a abordar. Se terminó de despedir de todos con fuertes abrazos. Cuando entregó su boleto, decidí alcanzarla, tomarla del brazo y besarla por última vez. Todo había comenzado en un aeropuerto, y este capítulo, terminaba en el mismo lugar.
Entró a la sala de espera para entrar directo al túnel que la llevaría al avión que a su vez la llevaría a casa. Todos se habían retirado unos momentos antes y nos habían dejado un rato de intimidad. Cuando me reuní con ellos me acerqué a Yamato.
—Muchas gracias por avisarme.
—No tienes que, me pareció que tenían que despedirse de otra forma.
—¿Ya no estás enojado conmigo?
—Ya no tanto. La hiciste llorar mucho y eso no me gustó, pero también le alegraste la estancia. Así que lo dejaste parejo.
Mi hermana y Takeru estaban hasta adelante; después, Koushiro y Jou, detrás de ellos iban los señores Ishida y al final nosotros tres.
—¿Y bien? ¿Qué haremos? Ya casi se nos acabaron las vacaciones de verano —pregunté para ir rompiendo el silencio.
—La verdad es que estoy agotada, no tengo ganas de salir ni nada.
—¿Por qué no vienen a casa y jugamos videojuegos un rato? Así convivimos y no nos agotamos —propuso Yamato.
—Yamato, creo que este es el inicio de una bella amistad —expresé emocionado pero con un tono juguetón.
—¡Ay, Taichi! Eres todo un caso —exclamó Sora y la risa nos inundó.
Ellos riéndose de mí y yo de mí mismo, eso a veces es sano. Pasé, cada uno de mis brazos, por sobre sus cuello, los abracé, y partimos así de ahí; los tres juntos.
¡Muchas gracias a todos los que han seguido esta historia! De corazón se los digo. Especialmente a: ShaoranSagreiros y Arlequines por sus correspondientes review en el capítulo pasado. También agradecer a aleprettycat.
