ARDAMOS JUNTOS
CAPÍTULO 5: Deseo y aceptación
Cada Mañana Masamune se levantaba al primer sonido de su alarma. Su entrada era hasta después del mediodía, así que generalmente utilizaba sus mañanas, si no estaba muy cansado, para lavar su ropa sucia y hacer las compras. Su departamento se encontraba en el tercer piso del edificio cercano a la biblioteca pública del distrito en el cual vivía, y solía quedarse mirando a los transeúntes desde su ventana.
Ese día no pudo levantarse para hacer la limpieza cotidiana. Muchas veces había considerado pagar el servicio de limpieza que le ofrecían en el edificio, pero nunca había tenido problemas para acomodar su horario.
Ahora se arrepentía. No era como si lo necesitara tampoco. Takano Masamune siempre fue un hombre independiente que debió aprender a ser ordenado y a hacer de todo por su cuenta, y nunca había necesitado de nadie. Además, le gustaba hacer los quehaceres cotidianos, pero ese día la pila de platos sin lavar de la semana se quedó en el fregadero.
Eran ya pasadas de las once de la mañana y aunque ya estaba despierto seguía envuelto entre sus sábanas deseando que se hiciera de noche otra vez. Cuando el sol que se colaba por el tragaluz en la pared de la habitación le dio directo en la cara y lo hizo sentir incómodo y acalorado se levantó por fin. Realizó parte de su pequeña rutina matutina con rapidez: se preparó un desayuno ligero que consistió en jugo de naranja y sobras de comida que encontró dentro del refrigerador, se lavó los dientes cuidadosamente y después tomó una taza de café recalentado del día anterior. Luego de apilar la taza con el resto de los platos sucios tomó su maletín, y salió de su departamento para ir a trabajar. Decidió bajar por las escaleras ese día solo para evitar quedarse dormido en el ascensor, además el ejercicio le haría bien.
Apenas logró bajar cinco escalones antes de que su vecino del departamento contiguo al suyo lo alcanzara. El hombre, ya entrado en años y con notorias canas en algunas partes del cabello, le dio los buenos días y preguntó educadamente si podía acompañarlo durante su descenso. Takano no vio razón para negarse, así que asintió y continuó bajando por las escaleras.
- ¿Cómo va el trabajo, Takano-kun?
Masamune se sintió un poco más joven por el uso del honorífico y le sonrió amargamente al hombre.
- Bien, pero por eso mismo no he podido dormir bien los últimos días.
- Yo diría "las últimas semanas". ¡Anoche me diste un susto! Saqué a mi perro a hacer sus necesidades como a las tres de la mañana y cuando regresé escuché que alguien abría tu puerta. Estuve a punto de llamar a la policía, hasta que vi que eras tú. ¿Es el fin del ciclo?
Masamune asintió y se disculpó con el hombre por haberlo preocupado. Continuó bajando las escaleras a su lado prestando atención a sus consejos sobre cómo cuidar mejor su salud con las pocas horas de sueño que tenía al día y al llegar hasta abajo cada quien tomó su respectivo camino.
Al llegar al edificio de la compañía, Masamune miró rápidamente su reloj de pulsera y se aseguró de que había llegado a tiempo; aún tenía suficiente para llegar y firmar su entrada en el departamento de recursos humanos. Al llegar saludó al chico que trabajaba ahí, Mike, en su idioma natal y después se despidió de la misma forma. Por supuesto, al llegar a su oficina todo el personal estaba ahí; pero no solo eso, sino que además su compañero, Kisa, hablaba animadamente con el mensajero de la compañía.
- ¡Ah! Takano-san, este jovencito te estaba buscando. Toma, te devuelvo esto, ahora puedes entregárselo en persona, Ricchan.
Masamune vio a Kisa extenderle un pequeño papel a Onodera y a éste dándole las gracias y disculpándose por las molestias. Hizo además de retirarse, pero se detuvo al lado de Masamune y le extendió el papel con el ceño fruncido.
- ¿Qué es esto? – la pregunta tomó desprevenido a Onodera, quien contestó con la mirada fija en el suelo.
- Es, ah… Es un mensaje de ese tipo de ventas con el que siempre andas. Me pidió que te lo trajera porque está ocupado.
- ¿Yokozawa? Ya veo, muchas gracias. – Masamune intentó desdoblar el papel, pero una mano delgada del mensajero lo detuvo. - ¿Eh? ¿Pasa algo? ¿Te dijo algo más?
- Eh, no. Solo… - el chico suspiró y puso su cara de póquer más convincente. – Me parece que no es buena idea revisar mensajes personales en horas de trabajo, los demás podrían verlo, ¿no?
- Ah, vale. Lo leeré en cuanto tenga tiempo libre entonces. ¿Alguna otra cosa?
- Sí – dijo Onodera mientras finalmente retiraba su mano del papel que le había pasado a Masamune. – Quiere verte a la hora del almuerzo en la sala de conferencias ocho.
- De acuerdo, gracias.
Apenas se había retirado el chico, Masamune se sentó frente a su ordenador y fingió leer los pendientes para ese día cuando en realidad deslizaba su mano dentro del bolsillo de su pantalón sintiendo el borde del pequeño papel que le habían entregado. Era imposible confundirse, por el color y el tamaño Masamune supo que ese papel era el que el día anterior había deslizado adentro del bolsillo de Onodera y sentía ansiedad por leerlo. Luego de poner algunas cosas en orden y de hacer unas cuantas llamadas relacionadas a su trabajo, Masamune dejó a otro de los editores a cargo del departamento mientras él salía por un momento.
Se dirigió al baño. Luego de asegurarse de que no había nadie adentro se lavó la cara mientras susurraba palabras de ánimo. Finalmente, tomó el pedazo de papel de su bolsillo y lo desdobló con cuidado. Reconoció su letra y lo que había escrito en el papel el día previo, pero no logró ver ni una marca o respuesta para él. Irritado, tiró el papel al cesto de la basura y se lavó las manos antes de regresar a su departamento. Faltaba solo media hora para su descanso del almuerzo, y por tanto, faltaba media hora para que fuera a la sala de conferencias número ocho. Los treinta minutos de espera más frustrantes en su vida hasta ese momento.
Cuando finalmente llegó la hora, se despidió de sus colegas y se dirigió al lugar en que Onodera lo había citado. Al llegar lo vio de pie afuera de la entrada de la sala con la mirada perdida en algún punto de la pared de enfrente. Masamune miró a sus alrededores y se aseguró de que no había nadie cerca de ellos para aproximarse y posar afectuosamente su mano sobre la cabeza del chico.
- ¿Esperaste mucho? Disculpa.
Onodera negó con la cabeza y retiró la mano de Masamune de su cabello; se alejó algunos pasos y le indicó que entrara a la sala de conferencias. El editor obedeció el comando mudo y esperó a que el chico cerrara la puerta detrás de ellos. Después, tomó asiento en una silla cercana y se dispuso a observarlo. Ya no le parecía tan vulnerable como la noche anterior cuando lo vio por última vez, por el contrario, su expresión era el mismo ceño fruncido que mostraba siempre en la compañía, pero podía notar un toque distinto, algo parecido a tristeza.
- ¿Te sientes bien?
- ¿Qué? Ah, estoy bien, gracias.
- Entonces, ¿para qué me has pedido que venga a este lugar? – la voz de Masamune sonó algo violenta aunque esa no había sido su intención. El incidente del papel lo había dejado de mal humor.
- ¿Te sientes tú bien? ¿Qué hay con ese humor tuyo?
Masamune cerró los puños e inhaló una gran bocanada de aire. No se podía creer que el chico actuara de forma tan distante después de lo que habían pasado durante la noche y que además él fuera el único que parecía sentirse afectado por las acciones del otro.
- No es nada en especial – le contestó lo más calmado que pudo. – Solo que no entiendo por qué quieres verme aquí después de haber rechazado tan amablemente mi número de celular y mi dirección.
- Takano-san…
El aludido miró al chico fírmemente esperando a que concretara su respuesta, pero esto no sucedió. Exasperado, se levantó bruscamente y se dirigió a la puerta.
- Te mandaré un mensaje – dijo Onodera antes de que el editor tuviera tiempo de girar el picaporte. – Solo eso quería decirte. Guardé tu información de contacto, pero tú no tienes la mía así que pensé…
- En verdad eres idiota – comentó el otro mientras retrocedía los pasos que había dado. – no tenías que hacerme venir para decirme eso. Solo envíalo y punto, por lo menos pudiste haber escrito una respuesta en el papel si ibas a devolverlo. Ah, pero estoy aliviado. Creí que te habías retractado de todo lo que me dijiste anoche y que no querrías saber nada de mí.
- ¿Qué tipo de persona crees que soy?
El tono hostil en la pregunta de Onodera alertó a Masamune de que algo no estaba bien. No solo eso, el chico había cambiado su expresión por completo. Las orejas las tenía rojas, y sus ojos se veían húmedos.
- Escucha, sé que sientes cosas por mí, me lo has dejado claro. Y a decir verdad creo que fue muy mala idea pedir tu ayuda sabiendo eso, pero ya lo hice y no pienso retractarme; ¡pero pensar que haré una barbaridad como esa! ¿qué te has creído? Sé que te lastimé mucho aquella vez en el pasado y pienso componer ese error tratándote mejor esta vez, así que presta atención: jamás volveré a hacer algo tan bajo como aquello. Estoy confiando en que tú y en que esos sentimientos tuyos por mí sean los que me ayuden a salir de mi situación actual. No te estoy utilizando, pero tampoco quiero que pienses que al final de todo esto correré a tus brazos. Si confío en ti es porque es mi forma de disculparme por todo lo que te hice pasar, ¿de acuerdo?
Masamune estuvo a punto de perder el equilibrio por la sorpresa al escuchar aquello. Onodera lo sabía, sabía que iba en serio y no dudaba de lo que sentía por él. Obviamente le quedaba mucho camino para conquistarlo, pero eso era ya un gran avance y no pudo evitar esbozar una sonrisa de idiota y rodearlo entre sus brazos por el alivio que sintió. Onodera forcejeó un poco para que lo liberara, pero al final cedió ante la fuerza del abrazo y dejó colgar sus manos a los costados mientras dejaba que el editor disfrutara de ese pequeño momento que le concedía.
- Sabes que prácticamente estás aceptando mis sentimientos, ¿verdad?
- No, yo solo… Ay, ¿qué hago ahora? Creo que me has malinterpretado. Además, recuerda que no puedo salir con nadie.
- Podrías salir conmigo, prometo cuidarte.
- La última vez no resultó muy bien, ¿recuerdas? Además mi vida es ya demasiado complicada sin ti persiguiéndome como para que te mezcle en ella.
- Por favor…
- Me lo pensaré.
Masamune fue sorprendido por su propia voz al haber cambiado de agresiva los primeros momentos a suplicante los últimos. Era feliz, aunque muy en el fondo sabía que la respuesta de Onodera acerca de pensar si salir o no con él probablemente tardaría mucho tiempo antes de convertirse en una verdadera respuesta a su proposición. Perdido en sus ensoñaciones recargó más peso del que debía sobre el frágil cuerpo de Onodera y lo hizo caer de espaldas al suelo. El muchacho soltó un quejido, pero Masamune no lo soltó. En vez de eso hundió su nariz en su cuello y aspiró su aroma. Deseaba darle un beso ahí, pero se contuvo porque sabía que si lo hacía haría que la barrera que acababa de derribar en su amado sería reconstruida de nuevo a pesar de los más de tres años que había luchado por derribarla desde su reencuentro. Pero ya no temía más. Su confianza le decía que en algún punto el chico terminaría por rendirse ante él.
- Seguro estás pensando en algo ridículo como "quiero besarlo", ¿no?
- Deberías ser un poco más modesto, Onodera Ritsu. Pero sí, puedes evitar que te toque, que te hable, que te mire; pero jamás podrás hacer nada para evitar que piense en ti, idiota.
- Lo sé, y lo siento. Si tuviera el poder de hacer que ya no me quisieras…
- Pero no lo tienes, así que confórmate con saber que te quiero.
Onodera se revolvió incómodo hasta lograr que Masamune lo liberara y se puso de pie. El editor lo imitó y sin decir ni una palabra más salió junto con él de la sala de conferencias y caminaron juntos hasta el elevador. Una vez dentro cada quien oprimió un botón distinto y se bajó en un piso diferente. La siguiente vez que volvieron a verse fue en la habitación de Onodera en el cabaret. El chico se había quedado de piedra cuando Masamune atravesó la trampilla que llevaba al interior y le recriminó su presencia. En ningún momento había accedido a que Masamune fuera todas las noches a verlo.
- ¿No es mejor así? Mientras esté aquí contigo no pueden enviar a más clientes – había sido la excusa que el editor le había dado.
Onodera comenzó a formular un argumento en contra, pero se llevó la mano a la boca súbitamente y corrió hacia el baño de la habitación. Masamune lo siguió preocupado. Al entrar se encontró al joven arrodillado frente al excusado vomitando. Lo ayudó a ponerse de pie y a limpiarse la boca y después le interrogó acerca de lo que había comido ese día.
El hombre estaba furioso. No estaba seguro de por qué Ritsu se prostituía, pero parecían enviarle a los clientes más grotescos, agresivos y depravados con la intención de humillarlo. Onodera le contó que esa noche antes de que llegara debió atender a un cliente nuevo que resultó ser un bebedor con poca resistencia al alcohol y que le había obligado a ingerir grandes cantidades de licor en poco tiempo. Por suerte, el hombre se había desmayado debido a la ingesta, y Onodera había empezado a forzarse el vómito para evitar una intoxicación. Lamentablemente debido al problema de anemia que tenía, ya no pudo dejar de sentir nauseas toda la noche, y al llegar Masamune no pudo hacer otra cosa que disculparse por el espectáculo que daba.
Ni siquiera estaba completamente vestido. Su torso estaba descubierto, y el cinturón estaba suelto. En el pecho del muchacho abundaban marcas de mordeduras y chupetes, y en su espalda varios moretones amorfos parecían estarse desvaneciendo. Masamune se preguntaba cómo había pasado todo eso desapercibido antes. Se dio cuenta de que en realidad jamás lo había visto descubierto. La primera vez que se lo topó ahí el chico usaba una camiseta de manga larga y la segunda se había cubierto con las sábanas para que no pudiera verlo llorar. ¿Cuánto tiempo llevarían ahí esas marcas?
- Cúbrete el pecho, Onodera.
- ¿Te molesta?
- Oh, claro que me molesta, en más de una forma. Todas esas marcas, no sé quién te las ha dejado, el solo pensar que alguien más te ha tocado…
- Es mi trabajo, no puedo hacer nada para evitarlo.
- ¿Tu trabajo? ¡Já! Tu trabajo debería ser junto a mí en un departamento de edición en la compañía. Siempre hablabas de lo mucho que querías estudiar literatura, ¿qué pasó?
- ¿Puedes dejar de hacer eso? Sabes que no te hablaré de mi pasado.
Masamune frunció el ceño. Quiso recurrir a la técnica de súplica que había utilizado esa tarde, pero sospechaba que no funcionaría dos veces el mismo día. Se disculpó y siguió observando al chico. Comenzó a preguntarse cómo es que aún se mantenía de pie. Se le veía muy delgado e incluso podía contar sus vértebras cuando le miraba la espalda llena de hematomas. Onodera tenía puesto el mismo pantalón que le vio esa tarde y Masamune sintió un poco de pena por el chico.
- Oye, ¿te duelen esas heridas? – Onodera le contestó que en su mayoría no. – Déjame verlas.
El pecho de Masamune ardió en deseo cuando Onodera Ritsu se aproximó y se sentó frente a él dándole la espalda. Había una distancia considerable entre ambos, no estaban lo suficientemente cerca como para considerarse en una distancia demasiado íntima, pero tampoco lo suficientemente lejos como para que Masamune no pudiera estirar los dedos y rozar la espalda de Onodera, cosa que hizo sin siquiera dudarlo. El escalofrío que recorrió su espalda lo hizo detenerse. La piel de Onodera era suave, mucho más de lo que podía recordar, y su temperatura era cálida, tanto que Masamune deseó poder pegar su rostro a la espalda del muchacho y quedarse ahí sintiendo el calor que emanaba su cuerpo.
- ¿Se ve muy mal? – preguntó Onodera, interrumpiendo los pensamientos de Masamune. – He probado con algunos ungüentos y remedios caseros, pero la mayoría solo hace que el dolor desaparezca por un periodo de tiempo y… ¿qué haces?
Dos brazos rodearon su cintura y unas manos se detuvieron a descansar sobre su regazo. No se movió más por costumbre que por otra cosa al sentir un tacto húmedo y suave sobre su omóplato. Masamune le estaba besando la espalda, y no solo eso, sino que además se negaba a soltarlo.
- ¿Podemos hacerlo? – imploró el mayor. – Por favor, prometo ser gentil.
- ¿Perdiste un tornillo? ¡Claro que no!
- Te lo ruego – el aliento cálido de Masamune rozó el oído de Onodera y lo hizo estremecerse.
- ¿Por qué?
Al principio Onodera no obtuvo respuesta. Masamune se apartó y se tiró boca abajo sobre la cama, procurando que su cara quedara oculta entre las almohadas. Después de murmurar algo contra ellas se incorporó de nuevo y se sentó a la orilla de la cama mirando a Onodera fijamente.
- Lo siento, pero debes entender que tener frente a ti a la persona que amas y en tales condiciones… Mejor ponte algo de ropa o no te aseguro que pueda contenerme.
Onodera bajó la mirada y se disculpó también por no haber pensado en sus sentimientos. Fue a tomar una camisa al armario para cubrirse y se acomodó el pantalón, encintándolo bien.
- Debes entender también, Takano-san, que para mí el sexo no es algo que haga por placer. Tengo un largo historial de sufrimiento en ese campo.
- Yo podría arreglar eso si me dejaras.
- Pero no lo haré. Y tampoco dejaré que sigas viniendo. Primero, no me sentiré a gusto sabiendo que te pones así cada vez que me vez en estas condiciones y segundo, si frecuentas demasiado este lugar se verá muy sospechoso y terminarán por investigar lo que sucede.
- Debo decir que concuerdo un poco… además no tengo tanto dinero. En algún momento no seré capaz de pagar tu precio.
Onodera hizo una mueca de disgusto ante el comentario y después suspiró. Masamune seguía sintiéndose inquieto por la soledad que le hacía sentir a pesar de estar frente a él. El editor se llevó las manos a la cara y se sobó la frente tratando de pensar en alguna solución para el problema. Prometió ayudarlo y lo haría, y si Onodera no aceptaba sus condiciones no le quedaba de otra que acoplarse a las de él. No regresar al cabaret, sin embargo, le sonaba algo descabellado. Masamune estaba consciente de que no podría dormir en paz sabiendo que cada noche Onodera recibía a personas en su cama y les brindaba el placer de su compañía, e incluso era maltratado físicamente por ello.
El reloj dio las tres de la mañana, toque de queda para todos los empleados del cabaret como Masamune había aprendido en su visita anterior. Onodera estaba seguro por esa noche, pero él no quería irse sin aclarar el asunto primero. En la compañía era difícil que lograra encontrar un momento libre, además de su descanso para almorzar, en el que pudiera hablar con él; y aproximarse en público era algo que el mensajero jamás permitiría. Se le ocurrió que podía verlo en su día de descanso, pero no estaba seguro de si Onodera descansaba el mismo día, así que le preguntó.
- No llega correspondencia los fines de semana, porque las oficinas de correo descansan esos días.
- Entonces, ¿te parece quedar el próximo sábado para discutir este asunto?
- Solo si prometes no aparecerte por aquí lo que queda de la semana. – Masamune comenzaba a reclamar. - ¡Promételo!
El editor asintió en contra de su voluntad debido a la insistencia de Onodera. Faltaban tres días para el sábado. Se le harían tortuosamente largos, y probablemente habría repercusiones en su humor, pero al menos tenía tres días para pensar en una solución.
- Otra cosa – le dijo Onodera antes de dejarlo partir. – Seguramente intentarás alguna osadía con tal de estar vigilándome aquí por las noches. No te preocupes, pediré incapacidad estos tres días, así que ve tranquilo al trabajo. No te quiero ver gritándole a Kisa-san o a alguien más en tu departamento por culpa mía.
Masamune sonrió aliviado y se acercó a Onodera, quien le dejó posar un beso sobre su frente. Hizo ademán de haberlo borrado con el dorso de la mano y se despidió. Cuando Masamune se hubo retirado Onodera se tiró a la cama dispuesto a descansar pensando en la mentira que acababa de decir.
No había manera en que esos tres días el cabaret no contara con su estrella principal.
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¡Lamento de nuevo el retraso! Ya tenía este capítulo desde hace tiempo, pero cuando lo intenté subir la página no me dejaba... En fin, espero que hayas disfrutado de la lectura y como siempre agradezco todo tipo de comentario y/o sugerencia para mejorar mi redacción para que leer la historia sea más fácil y entendible para ustedes. Ya para el próximo capítulo se revelará parte del porqué Ritsu trabaja en el cabaret... *¡Chan chan chan!* je, je, je. Quiero ver si puedo terminar el capítulo hoy mismo y subirlo mañana. Hitomi-G fuera. Bye!
