ARDAMOS

Capítulo 7: Cosas de mujeres

- Querida, te he dicho que salgas de aquí cuando entre algún cliente.

La mujer deslizó su dedo índice por el contorno de la mandíbula de la atractiva y joven chica. Ella sonrió y se acomodó la coleta en la parte alta de la cabeza.

- Perdone, madame. Es que no he terminado de lavar todo esto.

- No te preocupes por eso linda, puedes terminar después.

La mujer retiró el flequillo de la chica hacia un lado y posó un beso delicado sobre su amplia frente, justo por encima de una ceja. La joven sonrió agradecida y anunció que iría un rato al cuarto de descanso. La mujer aprobó su decisión y la urgió a apresurarse. Después echó un vistazo a la trampilla que llevaba al ático. Había pasado ya una hora entera desde que el cliente había subido y comenzaba a sentirse ansiosa.

No era la primera vez, claro. Sabía de sobra que con el chico de cabello castaño y mirada agresiva no bastaba una sola ronda. Por propia experiencia podía describir lo disfrutable que era cuando sus caderas se movían deliciosamente acompasándose al ritmo de quien lo poseyera y sus labios temblaban mientras recorrían la piel ajena; o cuando con maestría se dejaba domar a pesar de las lágrimas que se amontonaban en sus bellos ojos verdes. La obediencia que mostraba ante cualquier comando que le dieran. La forma tan lasciva de provocar a alguien con su lengua. Pero sobretodo eso, sus gritos y gemidos que se revolvían entre dolor y placer cuando intimaba con alguien.

La mujer sonrió con picardía ante la imagen mental que acababa de formarse dentro de su cabeza y decidió concederle más tiempo al cliente. Tal vez eso le resultara productivo a fin de cuentas. Aún sonriente regresó al vestíbulo para esperar su turno pacientemente.

La joven por otro lado no sabía qué más hacer para hacer decrecer su pena, así que se acostó a dormir sobre un viejo sofá de terciopelo rojo que era de la dueña. Cada noche veía a todas las chicas alrededor de ella siendo llevadas a un cuarto y saliendo con dinero entre los encajes de su ropa interior mientras ella se pudría lavando platos y preparando cenas que muchas y muchos de los empleados ni siquiera se molestaban en tocar. Y no, no era como si prostituirse fuera su más anhelado sueño o aspiración, pero sentía envidia de que al menos a las demás, incluso si era a cambio de dinero, había alguien que las sujetara y acariciara. A ella no le habían regalado ni ese consuelo.

Además debía ver como casi todas las noches la persona a quien amaba invitaba a su habitación privada a alguna persona para hacer solo Dios sabía qué cosas, porque siempre lo veía salir de ahí con moretones o temblando e incluso ebrio algunas veces. Ella ayudaba como podía. Las otras chicas le facilitaban drogas que hacían dormir a los clientes y Ritsu se encargaba de hacer parecer que en realidad les había dado el mejor sexo de sus vidas. Era joven y encantador después de todo, no le era muy difícil engañarlos.

Pero algo la preocupaba incluso más últimamente. Un hombre que jamás había visto había empezado a reclamar a Ritsu cada semana, a veces por noches seguidas, y siempre se iba tarde. Qué era lo que hacían era algo que no quería saber, pero el hecho de que Ritsu se notara más y más deprimido desde que ese tipo había empezado a frecuentarlo debía significar que no era nada bueno, ¿verdad? Y a pesar de eso, Ritsu no había dado señal alguna de estar en contra como generalmente lo hacía. Al contrario, justo esa noche a la chica le había parecido ver un rastro de sonrisa centellar en los labios del chico, y a ella se le había encogido el corazón. ¿Estaba triste o estaba feliz? ¡Ya no entendía nada! Y cada vez que el hombre bajaba al terminar y le sonreía o le hacía un gesto de despedida la chica casi no podía resistir la tentación de lanzarle una cacerola directo a su maldita y atractiva cara.

Cuando entre sueños sintió un roce repentino, despertó.

Esperaba ver a Madame Fumio ahí con ella, haciéndole compañía como siempre, pero en su lugar una sonrisa fingida y unos ojos verdes la recibieron en la realidad. Onodera le acariciaba el cabello con delicadeza sentado en un pequeño espacio junto a ella, y la chica solo pudo sonreír como respuesta.

Si Ritsu no fuera tan endemoniadamente amable ella habría podido rendirse hacía mucho tiempo, pero estaba aliviada de que lo fuera porque esa era una de las cosas que más le gustaban de él. Reprimió un bostezo, lo que le costó algunas lagrimillas de cansancio que se limpió con el dorso de la mano, y se incorporó.

- Ricchan, hola.

Su saludo no pudo haber sonado más lamentable. ¡Vaya que era mala para leer el ambiente! Y sin embargo Ritsu le sonrió amablemente y le contestó de la misma manera.

- Hola.

¿Cómo lo hacía? ¿Tenía alguna clase de magia que se encargaba de encantar a todos a su alrededor? Si así era, a ella no le importaba porque le hacía sentir bien que a pesar de no ser correspondida aún recibía más atenciones de él que la mayoría. Le gustaba gozar de ese derecho de antigüedad.

- ¿Tiene mucho rato que saliste?

- Sí, un poco. Hoy el cliente tenía algo de prisa.

- Qué bien, ¿no? He visto que ese tipo te está acosando demasiado estos días, ¿no has intentado decirle algo o reportarlo para que no regrese?

- Eh, no, no creo que sea necesario. Además aunque le he dicho que no regrese es terco, lo sigue haciendo.

La chica notó algo divertido en el rostro de Ritsu. No era una expresión de alguien que estaba genuinamente enojado con otra persona, era un rostro que se denotaba lo mucho que el chico se esforzaba por parecer enojado cuando en realidad no lo estaba.

"Oh, ya entiendo", pensó la chica y su interior se estremeció un poco al darse cuenta. Ritsu ahora le pertenecía a alguien más, y ese alguien más había llegado de la nada como uno más de sus clientes. ¡Maldita su suerte! Si tan solo hubiese sido más precavida, si tan solo hubiese podido evitar ese encuentro. Trató de tranquilizarse pensando que no era su culpa que el idiota tuviera el síndrome de Estocolmo o una mierda parecida a esa, pero eso solo la hizo enfurecer más. ¿Qué había hecho ese depravado que los demás no para que Ritsu hubiese terminado por prenderse de él? Ella en realidad no quería saberlo.

- Ann, ¿estás bien?

Cuando la chica escuchó su nombre y captó la pregunta también se dio cuenta de que estaba llorando. ¡Demonios! ¿Qué se suponía que hiciera ahora? Fingir tener alguna clase de dolor o algo parecido no iba a funcionar, y no quería fingir más debilidad de la necesaria delante de Ritsu.

- Estoy contenta de que te liberaran temprano hoy.

- No exactamente, Fumio-san quiere hablar conmigo en privado.

- ¡Oh! ¿Es para discutir lo de tu deuda? Estoy segura de que ya no te debe faltar demasiado para terminar de pagarla.

- Sí, exactamente por eso.

- Ya veo. Te dije que era buena persona. ¡Muy buena suerte entonces! – la chica claramente estaba demasiado enceguecida por el amor como para no haber notado que Ritsu mentía.

Y mientras ella soñaba despierta en el día en que su amado sería libre, Ritsu era forzado a abrir las piernas para recibir una asquerosa boca que no quería sentir mientras en su cadera unas uñas rojas como la sangre se hundían lenta y dolorosamente en su carne. Y Ann imaginaba a Fumio acariciando la mano de Ritsu compasivamente como hacía cuando ella se sentía triste, cuando en la realidad esas manos sostenían las muñecas del chico a un lado de la cama para que no pudiese forcejear cuando lo obligara a penetrarla hasta que el cansancio y el sudor se volviesen demasiado intolerables para ambos.


Rayos, en verdad lo siento. Había empezado este capítulo hace mucho tiempo y cuando finalmente creí que lo había terminado ¡bam! tuve bloqueo de escritor y como no me gustó el resultado final hube de reescribir todo de nuevo solo para que al final les trajera este pedacito de intento de capítulo súper corto. En verdad lo siento, ya me pondré a trabajar más arduamente. Pronto nos leemos.

~Hitomi G.