ARDAMOS
Capítulo 9: Testigos
Tras revisar los manuscritos del número del mes siguiente, Masamune decidió adelantarse y empezar a trabajar en su siguiente proyecto publicitario de uno de los mangas cuya reserialización había sido aprobada unos días antes. Mientras revisaba encuestas y gráficos estadísticos sobre las ventas pasadas, su vista se desvió al escritorio junto al suyo. Mino, su subordinado, trabajaba en un manga cuya serialización había estado a punto de ser cancelada y que de algún modo el joven editor había logrado salvar. Gracias a esto el misterioso hombre recibía el respeto de todos a su alrededor, pero no por ello destacaba más que los otros editores que trabajaban con él. Todos menos él estaban a cargo de obras y autores reconocidos y famosos, mientras que a él le dejaban los mangas cuyos autores desconocidos habían recibido la oportunidad de publicar por primera vez. Era notorio, sin embargo, como lograba que estos autores y sus historias fueran capaces capturar suficientes lectores para llevarlos, si no a la fama, a reconocimiento y premios por parte de la comunidad. Incluso había recibido ofertas de animación para algunas de las obras más conocidas, logrando un éxito mayor y un aumento en las ventas del manga original que no se había visto en autores novatos en muchísimo tiempo.
Por esas cualidades, además de su paciencia y buen humor, había sido elegido por Masamune para ser el mentor de Onodera durante su capacitación. Claro que hubiese preferido hacer ese trabajo por sí mismo, pero sus deberes como jefe del departamento ya lo tenían demasiado agobiado como para encargarse del entrenamiento de un chico que prácticamente era un novato. La experiencia de Onodera en el campo de la edición estaba limitada al área literaria, por lo que tuvo que empezar a aprender prácticamente desde cero. Mino resultó ser, por suerte para él, un maestro mejor calificado de lo que él mismo habría sido, así que su decisión no le quitaba el sueño. Lo que sí lo hacía era el increíblemente inmenso tiempo que se la pasaba pensando en Onodera.
No era solamente tenerlo a su lado todo el día, también era mantener a raya sus sentimientos por él, la incesante necesidad de hablarle, el inamovible deseo de saber si se encontraba bien y a gusto haciendo lo que hacía; pero sobretodo, su irremediable necesidad de convencerse a sí mismo de que Onodera sentía o llegaría a sentir algo por él.
Aunado a todo eso, estaba la preocupación acerca de su situación actual, que no había cambiado.
Onodera llevaba ya una semana entera trabajando en la misma oficina que él. Debido a que ya había tratado antes con muchos de los empleados de la compañía no se le había hecho difícil hacer relaciones con las otras divisiones y departamentos, y todos aceptaron de buen agrado su súbita transferencia llegando incluso a felicitarlo y a darle regalos de bienvenida. La explicación que daba a todos para no revelar nada acerca de su pasado o su presente era sencilla: trabajaba como mensajero para terminar de pagar sus estudios que se vieron truncados tras la muerte repentina de su madre y una vez los hubo concluido metió sus papeles a la compañía para que lo transfirieran. Durante toda esa semana, Masamune se dedicó a ir al cabaret cada noche apenas terminaba su trabajo, sin importar la hora que fuera, y pagaba sumas increíbles de dinero para fingir acostarse con las demás señoritas y jóvenes que laboraban ahí. No había tenido el valor de pagar por Onodera, porque temía que tenerlo tan cerca después de todo el tiempo que ya pasaban juntos en la oficina le iba causar un irremediable deseo de abrazarle, besarle y tocarle más de lo necesario.
Así pues, pasó una semana, y luego dos y tres, y Masamune y Onodera no intercambiaban palabra más que por asuntos relacionados al trabajo. El editor en jefe se convencía a sí mismo de que era mejor así, así Onodera no sentía la presión de tenerlo encima todo el día y por lo tanto sus resultados laborales eran cada vez más fructíferos. Pasado el mes ya no fue lo mismo.
Unos días antes de que Onodera cumpliera su primer mes en el departamento de edición de Emerald, Isaka hizo un llamado urgente a Masamune. Necesitaba verlo en su oficina de inmediato. Al llegar, Masamune supo que no eran precisamente buenas noticias la causa de que el presidente le hubiese mandado a llamar.
- ¿Cómo va el aprendiz, Takano? Me refiero a Onodera-kun.
- Es eficiente, aprende rápido y tiene potencial para volverse editor de manga. Mino me ha dicho personalmente que…
- Sí, sí, como sea. Ahorrémonos las formalidades. El asunto es este - Masamune aceptó la silla que Isaka le ofrecía y se irguió contra el respaldo al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho. - Si Mino y tú piensan que está listo, quiero detener su tiempo de capacitación ahora y ofrecerle un puesto y un sueldo base al chico.
Calmo, como siempre, Masamune asintió y dejó que Isaka terminara de hablar, porque era evidente que eso no era todo lo que tenía para decir. El presidente se removió incómodo sobre su asiento y lanzó una mirada a su asistente, quien se puso de pie como si hubiera recibido una orden insonora y salió de la oficina.
Masamune por su parte, cruzó las piernas y esperó. Tenía una ligera idea de qué iba todo el teatro que le estaba haciendo Isaka, pero para ser franco, no quería escucharlo. No quería escuchar de Isaka nada que tuviera que ver con Onodera desde la vez que había recibido la disfrazada amenaza del presidente.
"A menos que uno de ellos realice actividades que van en contra de la imagen de la empresa...". Masamune había tenido ya un mes entero para repetir las palabras una por una tratando de encontrarles significado. Las había volteado, escrito, leído y releído, porque sabía que algo no estaba bien en ellas. Días después de haberlas escuchado por primera vez llegó a una conclusión que le dejó un mal sabor de boca. Isaka sabía acerca del trabajo de Onodera en el cabaret. El editor se había pasado días enteros tratando de evitar que el presidente y Onodera se encontraran. Comenzó por parecerle una idea muy tonta al principio, pero ¿qué tal si Isaka veía en él a un rival? ¿Acaso no él sabía sobre sus repetidos intentos de intimar con Onodera en el pasado? Y si sabía lo de Onodera, ¿por qué no había hecho nada para ayudarlo? ¿Podría ser posible que Isaka fuera un cliente regular del cabaret y que lo hubiera visto entrar o salir de ahí en alguna ocasión? Masamune no sabía qué pensar, y se limitó a evitar el tema y a pensar más allá de toso eso.
- Respecto a lo que te dije la vez pasada…
- ¿Qué cosa, señor?
- Oh, no te hagas el tonto. He hecho rondas por tu departamento y me he encargado de que tus empleados me reporten ciertos comportamientos tuyos y del novato.
- ¿Y?
- Como me lo temía, tú sigues teniendo un interés en él que va más allá de lo profesional.
- De acuerdo, sí. Lo admito, me interesa a nivel personal, casi todos en este maldito edificio lo saben, pero ¿eso qué tiene que ver con cualquier cosa?
- Oh, pues verás, tal parece que él no ha mostrado tener ese mismo interés hacia ti. Me preocupa que ahora que será tu empleado tomes provecho de tu posición como su superior para obtener favores de él que vayan más allá de lo moralmente correcto, ¿entiendes?
- Sabe que soy serio en el trabajo y que jamás lo mezclaría con asuntos personales.
- Oh, no lo dudo. Es solo que he escuchado rumores por aquí y por allá acerca de conductas tuyas que son inapropiadas, Takano. No quisiera que las traspasaran la barrera de tu vida privada y se tornaran en asuntos que tengan que ver con la compañía. Créeme cuando te digo que no le haría muy buena publicidad escuchar un escándalo en estos momentos.
- ¿Qué quiere decir?
- Quiero decir que lo que hagas una vez sales de aquí es tu problema, pero no quiero escuchar a ninguna otra persona diciéndome que de aquí te vas cada noche a centros nocturnos de dudoso origen y objetivos, ¿queda claro?
Masamune abrió los ojos de la sorpresa, y un poco de alivio al escuchar esas últimas palabras. Tras respirar profundo se puso de pie e hizo una reverencia a Isaka.
- Sí, señor.
Cuando regresó a su departamento, todos estaban ahí, expectantes. No sabía cómo se suponía que debía actuar en esos momentos. Se sentía un tonto por no haberse dado cuenta de que el que hacía ver mal a la compañía era él y no Onodera. Onodera quien tanto le había advertido que no regresara al cabaret, Onodera quien tanto se había molestado por sus continuas visitas, Onodera a quien ahora se las ocultaba cada noche. Pensando más a fondo en el asunto, se dio cuenta de que no solo ponía en riesgo el nombre de la empresa, eso a él le valía menos que un centavo, ponía en riesgo el trabajo nocturno de Onodera. Si ya había rumores de él mismo porque alguien lo había visto entrar o salir de ahí e incluso estos eran tan fuertes que habían llegado a oídos del presidente, significaba que en cualquier momento alguien podría poner en marcha un operativo de investigación o simplemente alguien podría ir a verificar si los rumores eran ciertos, y si eso ocurría, Onodera quedaría expuesto.
Pero ya pensaría en todo eso más adelante. Su prioridad en esos momentos era anunciar el nuevo puesto oficial del novato. Lo hizo sin demasiada ceremonia, y siempre mirándolo a los ojos y manteniendo un tono de voz calmado y serio, desde que comenzó a hablar hasta el momento en que fue su turno de acercarse y estrechar su mano para felicitarlo formalmente por su esfuerzo y sus logros.
- Me gustaría discutir contigo ciertos asuntos acerca de tus nuevas responsabilidades si no es mucha molestia. ¿Puedes quedarte después del trabajo?
- Yo, eh, tengo que ir a un lugar…
- Cancélalo.
- No, no entiendes, Takano. No puedo faltar…
Masamune comprendió que se refería al cabaret. Asintió molesto por no hacerlo desistir todavía acerca de ese asunto y le propuso algo diferente.
- Entonces te acompañaré todo el camino hasta que llegues, si no es mucha molestia. Podemos hablar durante el trayecto.
Onodera estuvo a punto de reclamar, porque obviamente Masamune estaba insinuando que esa noche se verían de nuevo en el cabaret, pero con todos los demás viendo la escena no pudo negarse.
- De acuerdo.
Cuando llegó la noche, Masamune cumplió su promesa. Hizo que Onodera se subiera a su automóvil y arrancó dirigiéndose en sentido contrario de donde se ubicaba el cabaret. Onodera se lo hizo saber, pero Masamune simplemente sonrió.
- Parece como si no hubiésemos hablado así en siglos. Ah, y no te preocupes, es solo para despistar. Tomará mucho más tiempo llegar, pero estaremos ahí, te lo prometo. No quiero causarte problemas.
Onodera quiso leer entre líneas, pero evidentemente Masamune decía la verdad y no parecía tener intenciones ocultas, así que se relajó y se hundió en el asiento sintiéndose afiebrado por la distancia entre ellos. Tal como él había dicho, parecía como si no hubieran hablado en un eternidad a pesar de que se veían casi todos los días en el trabajo.
Masamune bajó la velocidad en cuanto llegaron a las afueras de la ciudad, donde planeaba tomar una ruta directa que llevaba a los barrios por donde se encontraba el cabaret, de modo que no tendría que pasar cerca del edificio de la compañía. Mientras se acercaban, su corazón comenzó a latir más deprisa. Tenía miedo de que Onodera descubriera que en realidad había faltado a su promesa y se había encontrado yendo cada noche al cabaret en busca de información sobre él y que en el proceso no había averiguado casi nada que no supiera ya. Sin embargo sí había hecho un descubrimiento. Todos y cada uno de los empleados tenían algo en común: ocultaban algo. Había hecho hasta lo imposible, e incluso debió realizar actos sexuales para que su fachada no cayera ante aquellos que no ayudaban a Onodera en el cabaret, pero todos se guardaban el secreto con recelo y hasta temor.
Era por eso que debía decirle todo a Onodera esa misma noche.
No sabía cuándo tendría otra oportunidad. Era obvio que en el trabajo no podría ser, y menos ahora que sabía que Isaka lo mantenía vigilado; pero no podía seguir arriesgando el secreto de Onodera por no tener la suficiente cautela en sus visitas de investigación al lugar donde trabajaba de noche. Lo había decidido: esa noche sería la última noche de ambos en el cabaret.
Ya no tenía nada que perder. Onodera ahora ganaba un buen sueldo, incluso mejor que el que recibía por vender su cuerpo por las noches, y lo que fuera que ocultaban los demás empleados no significaría ya nada para ninguno de los dos una vez Onodera renunciara a esa vida. Pensó en Kisa y en su anécdota de cómo había dejado atrás la misma vida de la que estaba tan determinado de liberar a Onodera y supo que al chico le iría bien. Pagaría su deuda, tendría un trabajo decente y, si las cosas marchaban bien, podrían estar juntos. Bastaba con que el chico aprendiera a agradecer lo que Masamune estaba haciendo por él, porque en el fondo el editor sentía que su amor era correspondido. Si Onodera necesitaba mudarse le ofrecería gustoso su departamento, donde no tendría que pagar renta y nunca le faltaría nada. Empezarían desde cero e incluso si no podían funcionar como pareja al principio Masamune esperaría lo que fuera necesario para que funcionara. Imaginó todo un futuro a su lado. Le callaría la boca a Isaka por ser tan metiche cuando por fin anunciara a la compañía que oficialmente salía con Onodera, y él tendría que retractarse de todos los malos deseos y de todas las veces que le dijo que el chico no sentía nada por él. Sería feliz, y él podría hacer feliz a Onodera.
Dejó que se bajara unas cuadras antes del cabaret para que no les vieran llegar juntos y fue a estacionar el automóvil unas cuadras más atrás, frente a una casa abandonada que había descubierto mientras buscaba un lugar más seguro en donde dejar su vehículo para no tener que repetir lo sucedido con el dueño del bar. Al bajar miró a sus alrededores para asegurarse por enésima vez que nadie le había seguido y caminó a paso firme y seguro. Al entrar vio a la chica de la primera noche, Ángel, en la recepción. Al verlo, la chica no pudo reprimir la preocupación en su rostro.
Masamune le preguntó qué sucedía, y ella se negó a contestar. Lágrimas salían de sus ojos a intervalos de tiempo mínimos y sus muñecas se sentían frías contra la palma de las manos de Masamune. Echó un rápido vistazo a la chica y descubrió la razón de su llanto. Enormes marcas de mordidas brillaban de color escarlata en sus muslos semidescubiertos por las medias raídas que llevaba puestas. El recorrido de varias gotas de sangre también estaba dibujado a lo largo de sus piernas y a pesar de que la tela de las medias era de color negro pudo divisar varias marcas que se asemejaban moretones.
- ¿Quién te ha hecho esto?
La chica no podía paraba de llorar, y varios otros empleados observaban desde diferentes puntos del lugar a la chica con lástima en la mirada. Masamune se olvidó por un momento a lo que había ido. Le había tomado simpatía a la chica, en especial por ser con quien más había hablado acerca de Onodera, y una súbita rabia lo invadió de pronto. Sin embargo, mantuvo la calma y llevó uno de sus dedos a la barbilla de Ángel para acariciarla repetidamente como gesto de apoyo.
- Cuéntame, Ángel. Si es necesario saldré ahora mismo a buscar al imbécil que te hizo esto. - Ángel negó con la cabeza.
- Mejor - dijo ella entre sollozos - sube al ático y pártele la cabeza al cabrón en este momento, porque después de acabar conmigo ha ido por Ritsu.
Masamune le encargó a otra empleada el cuidado de Ángel y corrió hacia el ático, sin saber que ese simple acto sería el detonante de todos los problemas que se avecinaron para él y Onodera más adelante.
